Ruta literaria por París

Cinco grandes escritores con los que pasear y descubrir los lugares más literarios de la Ciudad de la Luz

14 de diciembre de 2017

Llego al corazón de París en dos movimientos: salir de casa, subir al tren. París es un género literario. Lo pienso justo en el lugar donde se perdieron los manuscritos de Ernest Hemingway, en la Gare de Lyon, que está catalogada como Monumento Histórico. Aquí llegan los trenes de cercanías, los regionales y los de alta velocidad desde España.

Grandes escritores que pasearon por París

El de 1922 fue un mal año para Ernest Hemingway. Fue en el tiempo de juventud, pobreza y felicidad de cuando París era una fiesta. Era septiembre y Elizabeth Hadley Richardson, su esposa entonces, debía tomar un tren a Estambul (Constantinopla, en la época) para reunirse con el joven escritor. Guardó todos los manuscritos de su marido en una maleta y emprendió viaje. En un descuido, aquella maleta desapareció del vagón, convirtiéndose en uno de los grandes misterios de la literatura. ¿Cómo habría sido la historia de E. Hemingway si no hubiera perdido sus primeros manuscritos?

Dejo atrás la zona de andenes y voy hacia la salida, dispuesto a releer las calles de París. Afuera, la famosa torre del reloj de la estación –se me antoja una especie de Big Ben enano– marca casi las 16 h. Puede ser que las guías describan qué hacer en París; pero la ciudad se conoce mejor con la literatura y junto a algunos de los escritores que pasaron por ella. Nunca paseas solo en París.

Otro escritor que paseó bien París fue Julio Cortázar. Él lo hizo algo más tarde que E. Hemingway y la caminó arriba y abajo, paseó por la orilla del Sena, montó en bicicleta, viajó en metro, lo hizo, incluso, conduciendo una motocicleta de la marca Vespa, con la que sufrió un accidente que le dejó postrado en un hospital. El accidente sucedió en abril de 1953 y lo explica en varias de las cartas que escribió desde París a sus amigos en Buenos Aires, el matrimonio Jonquières. Tal vez de aquella experiencia, pienso, sacara la anécdota de su relato La noche boca arriba: un joven tiene un accidente en motocicleta y acaba en el hospital, donde comienza a tener alucinaciones y unos extraños sueños. La vida y la literatura se confunden siempre en Julio Cortázar.

Antoine de Saint-Exupéry nunca se accidentó en motocicleta. Lo suyo era estrellar aviones, y de todos salió indemne, salvo del último. El autor de El Principito –la prueba de que un libro puede traer a la vez la fama y el anonimato– dejó Lyon, su ciudad natal, y se instaló en un modesto hotel en la Rue de Seine, en Saint-Germain-des-Près. Y allí vivió la bohemia de París de 1920, la caminó, sobre todo, de noche. Tanto que se olvidó de la causa principal de su estancia en París: estudiar. Una vidente le aseguró que sería un escritor célebre, que se casaría con una mujer extranjera y que evitara los aviones. Acertó en todo. Esa mujer extranjera fue la artista salvadoreña Consuelo, con quien Saint Exupery contrajo un apasionado, y polémico, matrimonio.

Boris Vian es otro caso de los muchos escritores que pasearon por París. En 1949, el responsable de las famosas Guides Verts le encargó una guía de uno de los enclaves más literarios de París: el barrio de Saint-Germain-des-Prés. Estaba claro que el autor de la polémica Escupiré sobre vuestra tumba no podía hacer una guía al uso. Acabó entregando "un manual para vivir" Saint-Germain-des-Prés. Manual de Saint-Germain-des-Prés es un repaso a los personajes ilustres del barrio (entre ellos gente como Simone de Beauvoir y Jean Cocteau) y de las famosas cuevas en las que no paraba de sonar jazz y los cafés de las tertulias.

La lista de escritores que pasearon por París podría ser infinita. Pero el primero de todos ellos fue el poeta Charles Baudelaire: el “Flanêur” (paseante). El poeta fue cronista de su época, e hizo, verso a verso, una panorámica completa de ese París que fue la capital cultural del siglo XIX. Ser paseante desde entonces no es algo ligero. “Flaneur” es la libertad, la vida urbana, la arquitectura, la fotografía, es filosofar, es hacer literatura con cada paso, y, lentamente, releer París.

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