Mujeres

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Hipatia de Alejandría

Hipatia fue una matemática, astrónoma y filósofa natural de Egipto que nació en Alejandría y que fue brutalmente asesinada en la misma ciudad en el siglo V.

Foto: Scala, Firenze

adalovelace. Ada Lovelace

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Ada Lovelace

Ada Lovelace nació en Londres en 1815 y murió en la misma ciudad en 1852, a los 36 años de edad, víctima de un cáncer, probablemente de útero. Se la considera la madre de la programación informática.

mariecurie. Marie Curie

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Marie Curie

Marie Curie fue Premio Nobel de Física de 1903 y Premio Nobel de Química en 1911, entre otras cosas por el descubrimiento del polonio, que denominó así en honor a su tierra natal.

Foto: AP Photo / Gtres

rosalindfranklin. Rosalind Franklin

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Rosalind Franklin

La científica británica Rosalind Franklin, especializada en el campo de la biología molecular, permanece prácticamente desconocida, a pesar de sus contribuciones esenciales sobre la estructura del ADN.

Foto: Gtres

turismo responsable mujeres jirafa. Visitar a las mujeres jirafas

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Visitar a las mujeres jirafas

Este zoo humano situado al norte de Tailandia es uno de los principales atractivos turísticos del país. La visita, no obstante, lo que fomenta es que estas mujeres, cuyos cuellos están cubiertos de aros que aumentan con la edad, sigan siendo esclavas de un negocio que pone en peligro sus vidas y que las aleja de la libertad de la tribu. 

esposas10. Pequeñas luchadoras

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Pequeñas luchadoras

Los padres de Sunil organizaron la boda de su hija cuando ésta tenía 11 años, pero ella amenazó con denunciarlos a la policía en Rajastán, y cedieron. Ahora Sunil, de 13 años, sigue yendo a la escuela. «Estudiar le dará ventajas», dice su madre.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas09. Arrastrada a una nueva vida

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Arrastrada a una nueva vida

Aunque el matrimonio temprano es habitual en su pequeña aldea nepalí, Surita, de 16 años, se lamenta al abandonar su hogar, protegida por la tradicional sombrilla nupcial y trasladada en un carro al pueblo de su nuevo marido.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas08. Tradición y mercancía

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Tradición y mercancía

Rajani y su novio apenas se miran el uno al otro mientras son casados ante el fuego sagrado. La tradición dicta que la joven novia viva en su casa hasta la pubertad, cuando mediante una segunda ceremonia será entregada a su marido.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas07. Secretos a voces

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Secretos a voces

Mucho después de la medianoche despiertan a Rajani, una pequeña de cinco años, y su tío carga con ella para llevarla a su boda. El matrimonio infantil es ilegal en la India, por lo que las bodas suelen celebrarse de madrugada. Se convierten en un secreto que guarda toda la aldea, explicó un granjero.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas06. Impunidad medieval

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Impunidad medieval

En Kandahar, la policía Malalai Kakar detiene a un hombre que ha apuñalado a su mujer, de 15 años, por haberlo desobedecido. «Nada –dijo Kakar cuando le preguntaron qué le pasaría al marido–. Aquí los hombres son los reyes.» 

Foto: Stephanie Sinclair

esposas05. Un paso al frente

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Un paso al frente

Nujood Ali tenía diez años cuando huyó de su marido, despótico y mucho mayor que ella, y tomó un taxi hasta el Palacio de Justicia de Sanaa, Yemen. El valeroso acto de la niña, junto a la batalla legal que protagonizó, la convirtió en una heroína internacional de la lucha por los derechos de la mujer. Divorciada en la actualidad, ha regresado a casa con su familia y asiste de nuevo a la escuela.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas04. Madre a los 14

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Madre a los 14

Asia, una madre de 14 años, lava a su recién nacida en su casa de Hajjah mientras su otra hija de dos años juega. Asia todavía sangra a raíz del parto, pero no sabe qué debe hacer para cuidarse ni tiene acceso a ese tipo de información.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas03. Casadas y sin estudios

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Casadas y sin estudios

Este grupo de jóvenes esposas de un pueblo del oeste de Yemen se mostraban tímidas y reservadas hasta que en la conversación salió el tema de la educación. La mayoría de las mujeres, que se habían casado entre los 14 y 16 años, nunca habían asistido a la escuela, pero todas afirmaron que aún esperaban poder acceder a una educación.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas02. Sidaba y Galiyaah

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Sidaba y Galiyaah

Después de celebrar la fiesta nupcial con las mujeres de la familia, las novias yemeníes Sidaba y Galiyaah son veladas y acompañadas a la que será su nueva vida junto a sus maridos. «Algunas muchachas rurales ven el matrimonio como una forma de escapar del control familiar», dice un activista de Sanaa.

Foto: Stephanie Sinclair

esposas01. Tahani, 8 años.

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Tahani, 8 años.

«Cada vez que lo veía, me escondía. Odiaba verlo.» Tahani (de rosa) recuerda sus primeros meses de matrimonio con Majed, cuando ella tenía seis años y él, 25. La joven esposa, ahora de ocho años, posó para esta foto con su antigua compañera de clase Ghada, esposa niña también, a la puerta de su casa en Hajjah.

Foto: Stephanie Sinclair

mujeresafganas23

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Tituladas excepcionales
Muchas chicas en Afganistán jamás han pisado un aula, y las que se escolarizan no suelen estudiar más de cuatro años. Eso hace de las alumnas de la promoción 2010 de la Universidad de Kabul una minoría. Con hijab bajo el birrete y sentadas en filas separadas de sus compañeros, las mujeres fotografiadas en esta imagen acaban de licenciarse en filología. Los talibanes habían prohibido la educación femenina, pero las clases se retomaron al caer el régimen en 2001. Esta graduación se celebró en un hotel de Kabul bajo estrictas medidas de seguridad dictadas por un recrudecimiento de la actividad terrorista.

Lynsey Addario

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Mujeres jóvenes, muchas de ellas estudiantes de magisterio, se divierten en el Jardín para Mujeres de un parque pensado para familias que viven fuera de la ciudad de Bamiyan. Fundado por la gobernadora de la provincia, Habiba Sarabi, el jardín ofrece un lugar para que las mujeres afganas disfruten del aire libre. El picnic es típicamente afgano: pan, carne de cabra y de cordero y fruta, con un toque occidental en la elección del refresco.

Lynsey Addario

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Habiba Sarabi, gobernadora de la provincia de Bamiyan y única mujer gobernadora de Afganistán, da su habitual paseo matutino por las colinas, acompañada por un agente de seguridad. Famosa por las estatuas de los budas gigantes destruidas por los talibanes, Bamiyan es una de las provincias de mentalidad más abierta para las mujeres, que allí pueden conducir y trabajar fuera de casa. Aun así, el nombramiento de Sarabi al cargo de gobernadora por parte del presidente Hamid Karzai en 2005 se consideró un atrevimiento.

Lynsey Addario

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Elisabeth Reyes, soldado de primera del Cuerpo de Infantería de Marina del Ejército de Estados Unidos, charla con una mujer afgana y sus hijos en una clínica de la provincia sureña de Helmand, una de las zonas consideradas como más peligrosas del país. La soldado es miembro de las unidades femeninas de combate, relativamente nuevas, que acompañan a las patrullas de a pie formadas sólo por hombres. Estas unidades tratan de comunicarse y ganarse la confianza de las mujeres afganas de esta región conservadora, a las cuales no se les permite hablar con hombres que no sean de la familia. Reyes y otras miembros de la unidad ayudaron a acordonar parte de una clínica del distrito de Now Zad para facilitar áreas de tratamiento separadas por sexos.

Lynsey Addario

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Gulam Farouq, soldado del Ejército Nacional Afgano, reparte pan a las viudas y otras mujeres a las afueras del santuario del poeta y filósofo sufí Kwaja Abdullah Ansari en Herat. En un país donde el 35% de la población carece de empleo y el 36% vive por debajo del umbral de la pobreza, los soldados y los agentes policiales afganos suelen recoger donativos de los visitantes del santuario y repartirlos entre los pobres y los discapacitados.

Lynsey Addario

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En el Hospital Esteqlal de Kabul los médicos trataron de salvar a Zahra, de 15 años, que se roció el cuerpo con gasolina y se prendió fuego después de que la acusaran de robar en casa de unos vecinos. La adolescente, oriunda de Mazar-e Sharif, sufrió quemaduras en el 95% de su cuerpo y murió tres días después de que se le tomara esta fotografía.

Lynsey Addario

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Quemada a lo bonzo
«Cogí el bidón de gasolina y me prendí fuego —me contó Fariba, que tiene 11 años y vive en Herat—. Cuando volví a la escuela, los niños se reían de mí. Me llamaban fea.» Hoy asegura estar arrepentida de aquel error. Las razones de que actuara de esa manera no están claras; Fariba adujo que una mujer la visitaba en sueños y la animaba a quemarse. Muchas mujeres afganas se prenden fuego porque ven en el suicidio la única vía de escape de un matrimonio violento, unos familiares maltratadores, la pobreza o la angustia de la guerra. Si sobreviven, temen el oprobio o el castigo por lo que hicieron, y a veces cuentan que se produjo una explosión de gas cuando estaban cocinando. Los médicos saben distinguir cuándo una quemadura ha sido intencionada, y no accidental, por el olor, la morfología y la localización.

Lynsey Addario

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En la provincia de Balj, en el norte de afganistán, la casa de una mujer adicta al opio está sembrada de vainas vacías de adormidera. Cuenta que de niña recogía la cosecha de opio, que a los 12 se hizo adicta y que desde entonces ha mascado y fumado la droga. «El opio es mi hijo, mi hija –dice–. No he tenido comida en todo el invierno. El opio ha sido mi alimento.» Ahora la cuidan unos vecinos. Afganistán es el principal suministrador mundial de opio, del que se extrae la heroína. Un estudio de 2010 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito reveló que un millón de afganos con edades comprendidas entre los 15 y los 68 años (el 8% de la población) es adicto a las drogas. El número de consumidores de opio ha aumentado más de un 50% desde 2005, hasta alcanzar la cifra de 230.000 personas.

Lynsey Addario

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Una esposa encarcelada
Una reclusa de la prisión de Mazar-e Sharif acaba de ser liberada, y Maida-Khal, de 22 años, rompe a llorar porque ella sigue encerrada en su celda. Cuando tenía 12 años la casaron con un septuagenario paralítico. «Yo era muy joven y no podía moverlo porque pesaba mucho para mí, y por eso sus hermanos me pegaban», recuerda. Cuando hace cuatro años pidió el divorcio, la encarcelaron. «Estoy en prisión porque no tengo mahram [un hombre que vele por ella]. No puedo divorciarme, y no puedo salir de la cárcel sin un hombre.» Con un comedimiento asombroso, me dice: «He tenido una vida difícil».

Lynsey Addario

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El coraje de conducir
Con el rostro, el pelo y los brazos a la vista, la actriz Trena Amiri pasea a una amiga por Kabul un viernes. Pone el casete de sus canciones favoritas a todo volumen y las acompaña moviéndose y cantando, marcando el ritmo sobre el volante. Incluso en Kabul, ciudad afgana relativamente progresista, tiene que soportar miradas, bocinazos y gritos tanto de hombres como de mujeres. Los hombres de Afganistán ven en las mujeres fuertes una provocación, pues simbolizan una libertad que ellos no acaban de asimilar. Amiri huyó del hombre con quien llevaba siete años casada; cuenta que su marido la encerraba en casa y le pegaba. Atrás dejó a tres hijos. No planea volver a casarse pero sabe que quizá deba hacerlo si quiere sobrevivir en Afganistán, donde las mujeres dependen de los hombres para casi todo. Cuando me intereso por su actual novio, cuyo nombre lleva inscrito en una pulsera de oro, contesta que la boda es imposible: «No me dejaría seguir actuando, y yo deseo continuar con mi arte».

Lynsey Addario

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Invitadas de punta en blanco
Estas dos niñas asistirán así vestidas y maquilladas a la boda de un pariente en Kabul. Muchas mujeres y niñas afganas se maquillan y pasan horas en la peluquería para esos acontecimientos. Las más jóvenes pueden exhibir su look festivo, pero en cuanto llegan a la pubertad, se ocultan de los hombres tras un burka o un hijab.

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Entrenamiento policial
Policías afganas manejan fusiles AMD-65 en un campo de tiro de las afueras de Kabul. Las entrenan los carabinieri, la policía militar italiana integrada en las tropas de la OTAN en Afganistán. Hacerse policía es una decisión audaz para una mujer afgana. Los insurgentes suelen atacar a las fuerzas policiales. Muy pocas obtienen permiso del marido y los hombres de la familia. De 100.000 agentes, sólo hay unas 700 mujeres. Pese a todo, son bien recibidas, porque pueden ocuparse de tareas que la costumbre islámica veta a los hombres: cachear a otras mujeres o registrar viviendas cuando hay mujeres presentes. Muchas son viudas de agentes abatidos que deben sostener a la familia. Ganan unos 126 euros al mes.

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Esta madre caminó durante cinco horas para visitar a una comadrona en una clínica móvil en la aldea de Koreh-e Bala. La mujer espera fuera de un recinto familiar para recibir asesoramiento médico acerca de su bebé de 10 meses, que está enfermo desde que nació.

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Una maestra en ruta
Todas las mujeres de la aldea están invitadas a las clases de salud e higiene que imparte una matrona itinerante (en esta foto, con hijab blanco y gafas). Trabaja para una clínica móvil financiada por el Fondo de Población de las Naciones Unidas y el grupo de cooperación médica internacional Merlin, que proporciona atención perinatal y posnatal a las mujeres de aldeas aisladas como ésta del nordeste de la provincia de Badajshán. Viaja con un enfermero que hace chequeos rutinarios a los niños.

Lynsey Addario

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Una madre afortunada
Tras recorrer zonas remotas donde la mayoría de las mujeres paren en casa, sin disponer siquiera de una comadrona, fue un alivio visitar el hospital de Faizabad, capital de provincia. El personal del centro, médicas, enfermeras y matronas, trabajan día y noche. Estas profesionales afganas, formadas en Rusia y en Kabul, tienen los conocimientos y los equipos necesarios para resolver un parto complicado, aunque apenas les alcanza el dinero para adquirir guantes de látex y batas de médico. Allí fotografié a Kokogol, de 25 años, cuando daba a luz a gemelos acompañada de su madre.

Lynsey Addario

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La disc-jockey Rokhsar Azamee, idolatrada por las jóvenes afganas, trabaja en un programa de televisión donde la gente llama para pedir canciones. Prohibida durante el régimen talibán, la televisión tiene hoy una gran audiencia, y el programa de Azamee es una de las razones. Diversos programas de entretenimiento tienen a mujeres como presentadoras.

Lynsey Addario

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Desfigurada de por vida
Bibi Aisha tenía 19 años cuando la conocí en 2009 en el refugio de Mujeres pro Mujeres Afganas de Kabul. Su marido le pegaba desde el día en que se casó con él, a los 12 años. Un día le dio tal paliza que escapó para pedir auxilio a una vecina. En castigo por salir sin permiso, el marido, combatiente talibán, se la llevó a un lugar perdido de las montañas. Varios hombres la sujetaron mientras él le cortaba la nariz, las orejas y el pelo. Ella gritó en balde. «Si pudiese, los mataría a todos», me dijo. Yo quería mostrame fuerte ante ella para infundirle esperanzas. Pero cuando me describió ese momento, rompí a llorar. Aisha viajó a Estados Unidos en agosto para someterse a una intervención de cirugía reconstructiva.
 

Lynsey Addario

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Una novia esmeralda
Fotografiar una boda afgana es un asunto muy delicado. Las mujeres se despojan del velo y a menudo eligen vestidos que dejan ver su figura y se arreglan con llamativos maquillajes; por eso no les gusta que el mundo exterior vea esas imágenes. La novia de esta boda de Kabul se llama Fershta y tiene 18 años. Para la ceremonia luce un vestido verde, un color que en la tradición islámica se asocia con la prosperidad y el paraíso. El novio es Amin Shaheen, hijo del director de cine Salim Shaheen. La expresión seria de su esposa refleja el importante hito que supone el día de la boda en la vida de una mujer afgana.

Lynsey Addario

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Oración y llanto
El santuario erigido en Herat a Shahzada Qasim, descendiente del profeta Mahoma, tiene más de mil años de antigüedad. Un día por semana, una zona del templo se separa con una mampara para que las mujeres puedan rendirle culto. Delimitados para crear refugios femeninos, estos oratorios se me antojan unos de los lugares más seguros e íntimos del país. Las mujeres que rezan en este lugar sagrado de Herat se cubren de pies a cabeza con el chador, influidas por lo que se estila en la vecina Irán. En este santuario, como en todos los de Afganistán, algunas mujeres lloran desconsoladamente. Siempre me he preguntado por qué. ¿Será por la emotividad que entraña la oración pública y por la santidad del lugar?
 

Lynsey Addario

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Sin miedo a manifestarse
La primera vez que estuve en Afganistán gobernaban los talibanes. Las únicas mujeres que se veían en la calle eran mendigas, casi siempre viudas o esposas de inválidos. Muchos viernes los talibanes realizaban ejecuciones públicas en el estadio de Kabul. Diez años después, ese estadio acoge el mitin de un candidato a la presidencia en el que participan mujeres, algunas con burka, otras sin él. Para esta foto, las que no quisieron ser fotografiadas se cubrieron el rostro.

Lynsey Addario

mujeresafganas01. Afganistán

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Afganistán

De parto en la carretera
Vi a dos mujeres en una ladera, con burka y sin compañía masculina. En Afganistán es muy raro ver una mujer sin acompañante. Noor Nisa, de unos 18 años, acababa de romper aguas. Su marido, cuya primera esposa había fallecido de parto, estaba empeñado en llevar a Noor Nisa al hospital de Faizabad, a cuatro horas en coche desde su aldea en la provincia de Badajshán. El coche que le habían prestado se averió, y se fue a buscar otro. Al final, yo misma llevé a Noor Nisa, a su madre y a su esposo al hospital, donde dio a luz a una niña. Mi intérprete, médico de profesión, y yo estábamos haciendo un reportaje gráfico sobre salud y mortalidad materna, y por azar nos topamos con una historia real.

Lynsey Addario

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