Desiertos

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Qusair Amra

A 85 kilómetros de Ammán, en pleno desierto de Jordania, se alza el castillo-palacio de Qusair Amra, construido a pincipios del siglo VIII d.C. En su interior, el príncipe omeya Al-Walid II ordenó pintar un excepcional conjunto de pinturas murales que constituye un valioso testimonio del primer arte islámico.

Foto: Riccardo Auci

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Mural al lapislázuli

Al-Walid, en el centro de la imagen, aparece tumbado sobre un mullido diván junto a sus dos hijos y un escriba, mientras es abanicado por una esclava. La restauración de este mural ha revelado una escena cortesana de gran refinamiento y el uso de lapislázuli para los tonos azules.

Foto: Riccardo Auci

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La restauración del palacio

Dos restauradoras del Instituto Superior de Conservación y Restauración (ISCR), con sede en Roma, trabajan en una bóveda de cañón del edificio.

Foto: Riccardo Auci

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Datado en letra

La inscripción II en escritura cúfica antigua, descubierta durante la restauración, ha permitido datar y atribuir la construcción a Al-Walid II. 

Foto: Riccardo Auci

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Restauraciones desafortunadas

El clima del desierto, el hollín de las hogueras encendidas por los beduinos durante siglos y una serie de restauraciones poco afortunadas han dañado gravemente las pinturas de Qusair Amra. En una de las bóvedas de cañón aparecen representados diferentes oficios de la época.

Foto: Riccardo Auci

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El mural de los enemigos

En este fragmento de mural muy deteriorado los estudiosos han identificado a seis monarcas enemigos del islam: un soberano chino, uno turco o hindú, el emperador persa Cosroes, el emperador de Bizancio, el negus de Abisinia y el rey visigodo don Rodrigo, este último vencido pocos años antes, en 711, por los árabes. 

Foto: Riccardo Auci

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El saber hecho cenizas

Las cenizas halladas en el caldarium se pasan con minuciosidad por el cedazo para recoger valiosa información. 

Foto: Riccardo Auci

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Bardenas Reales

Formado por un páramo de belleza inhóspita, el desierto de Bardenas Reales fue declarado Reserva de la Biosfera en el año 2000.

Foto: Archivo de Turismo "Reyno de Navarra"

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Cabezo de Castildetierra

Una de las formaciones rocosas más características del parque es esta chimenea esculpida por la fuerza de la lluvia y el viento. Se ha convertido en la imagen de Bardenas Reales.

Foto: Archivo de Turismo "Reyno de Navarra"

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Dasht-e Lut , Irán

Suspendido sobre una inmensidad de arena, Alain Arnoux pilota su paramotor en medio de vientos traicioneros siguiendo una colosal duna en el desierto de Lut. El campeón francés del paramotor ha asistido al fotógrafo George Steinmetz en más de doce expediciones aéreas destinadas a captar en imágenes la belleza de las zonas más áridas del planeta.

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Foto: George Steinmetz

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Rub Al-Jali, Arabia Saudí

Las dunas jóvenes parecen trazar una caligrafía en el desierto de Rub al-Jali (en árabe, «Media Luna Vacía»). Entre ellas destaca una duna en estrella, cuyas dimensiones probablemente le permitan resistir decenios en el mismo lugar. 

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Foto: George Steinmetz

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Litoral Pacífico, Perú

Los fuertes vientos procedentes del sur esculpen una cadena de dunas en una playa remota de la parte central de Perú. Las olas del océano aportan enormes cantidades de arena que ayudan a la formación de grandes dunas. 

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Foto: George Steinmetz

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Badain Jaran, China

Lagos inverosímiles brillan como zafiros entre las dunas en estrella de 300 metros de altura que jalonan un desierto habitado por pastores mongoles de cabras y ovejas. Su supervivencia depende de los manantiales de agua que alimentan estos lagos salinos. 

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Foto: George Steinmetz

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Barján. Litoral Pacífico, Perú.

Un barján es una duna en forma de media luna que se genera en los bordes de los mares de arena cuando el viento sopla regularmente en una sola dirección.

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Foto: George Steinmetz

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Seif. Sáhara, Chad.

Los largos y afilados seifs (que en árabe significa espada), o dunas longitudinales, se forman en zonas con cantidades modestas de arena y vientos variables.

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Foto: George Steinmetz

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Duna de estrella. Rub Al-Jali, Arabia Saudí

 

Los vientos estacionales crean dunas en forma de pirámide con múltiples brazos. Al crecer a lo alto más que a lo ancho, pueden llegar a superar los 300 metros.

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Foto: George Steinmetz

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Uadi Hazar, Yemen.

Las dunas gigantes parecen deshacerse en pedazos, un fenómeno sorprendente que tiene lugar en la región de la Media Luna Vacía. Las variaciones en la morfología de las dunas quizás obedezcan a un cambio en el régimen de los vientos. 

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Foto: George Steinmetz

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Sáhara, Argelia.

En un oasis cercano a la ciudad de Timimoun los habitantes del lugar vallan sus huertas con hojas de palmera para protegerlas de la arena en suspensión que, debido a la acción del viento, se va acumulando junto a los cercados. 

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Foto: George Steinmetz

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Desierto de Namib, Namibia.

La arena se apodera de Kolmanskop, una población dedicada a la extracción de diamantes que se abandonó en la década de 1950. Las ruinas se encuentran cerca de un río de arena activo que quizás acabe por enterrarlas.

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Foto: George Steinmetz

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Sahara, Mauritania.

Siguiendo una antigua ruta caravanera, los turistas recorren un laberinto de dunas a lomos de dromedarios. Las tormentas de arena desplazan las dunas constantemente, ofreciendo de este modo un paisaje cambiante y caleidoscópico. 

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Foto: George Steinmetz

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Los ojos del desierto

Rebeldes tuareg se cruzan en el camino con un nómada de su misma etnia. Le obsequian con té y azúcar y le preguntan qué ha visto. «Para saber lo que pasa por aquí, hay que hablar con un tuareg –explica el cabecilla rebelde–. Somos los ojos de este desierto.»

Brent Stirton

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Un pasado todavía presente

Unos simpatizantes hacen campaña en favor de un candidato tuareg en Agadez antes de las elecciones de 2009 en Níger. La historia ensombrece la política, pues la minoría tuareg se enfrenta al rencor de los grupos étnicos a los que esclavizó en el pasado.

Foto: Brent Stirton

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Aumenta la tribu

Unas mujeres tuareg se reunen en torno a unos cuencos de macarrones durante la ceremonia para elegir nombre a un recién nacido. Las familiares de más edad de la madre proponen tres posibles nombres, y a cada uno de ellos le asignan un palito. La madre escoge uno de los tres palitos y, con ello, el nombre del hijo.

Foto: Brent Stirton

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El fin de un modo de vida

Las mujeres preparan la cena al pie de la jaima. Con los rebaños diezmados por las sequías, muchos tuareg nómadas se han marchado a las ciudades para trabajar como herreros, guarnicioneros y guías turísticos.

Foto: Brent Stirton

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La llegada de la estación seca

La estación húmeda llega a su fin. A Moussa (en el fondo de la imagen) le esperan meses duros, durante los que deberá procurar pasto suficiente para sus rebaños con que sobrevivir hasta que la lluvia regrese. «El agua es vida», dice, recitando un proverbio tuareg.

Foto: Brent Stirton

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Agua; el tesoro mas preciado

Un niño tuareg mantiene a los burros alejados del pozo.

Foto: Brent Stirton

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Un mundo de arena

Un caravanero de ascendencia tuareg y árabe conduce sus camellos en Mali. De sus tíos tuareg aprendió qué plantas pueden curar, o matar, al ganado, y a orientarse por el color, la textura y el sabor de la arena.

Foto: Brent Stirton

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Nómadas del desierto

Al final de la estación lluviosa, los nómadas tuareg del noroeste de Níger, con sus tiendas a lomos de asnos, trasladan su bien alimentado ganado hacia las áreas de pasto invernales.

Foto: Brent Stirton

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Los mercaderes de la sal

Las caravanas de camellos que antaño cruzaban el Sahara desaparecen con rapidez ante la llegada de los camiones. Los tuareg que se dirigen a Timbuctú con sal de Taoudenni (arriba) temen por el futuro de la tradición. «Nuestros hijos no muestran interés», dicen.

Foto: Brent Stirton

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El uranio de la discordia

Poco después del amanecer, los rebeldes tuareg del Movimiento de los Nigerinos por la Justicia toman posiciones durante unas maniobras cerca de su base del macizo del Aïr. Los tuareg han protagonizado dos rebeliones contra el Gobierno de Níger, la última de ellas en relación con la explotación de las minas de uranio ubicadas en sus tierras.

Foto: Brent Stirton

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Rebelión en el desierto

Combatientes tuareg observan una escuela que ha resultado dañada en la batalla, en el norte de Níger. En los últimos años los tuareg de Níger y Mali se han rebelado, afirmando que sus Gobiernos los gravan con impuestos pero apenas invierten en sus regiones empobrecidas.

Foto: Brent Stirton

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Azul añil

Con las manos manchadas por el tinte añil de sus ropas nuevas, unas tuareg celebran un nacimiento. Estas mujeres no suelen cubrirse el rostro. Los hombres sí lo hacen, ataviados con turbantes.

Foto: Brent Stirton

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Tassili-n-Ajjer

El viento vespertino agita la túnica de un tuareg que camina por Tassili-n-Ajjer, en el sudeste de Argelia.

Foto: Brent Stirton

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Ubari, Libia

De color rojo intenso debido a las algas que se han adaptado para sobrevivir en unas aguas hipersalinas, este lago salado de Ubari se alimenta de manantiales de un acuífero subterráneo creado por antiguas lluvias. El agua dulce se evapora, provocando grandes concentraciones de sal.

Foto: George Steinmetz

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Recuerdos de un lago

Palmeras datileras y juncos forman un exuberante vergel en Umm al-Maa, recuerdo del antiguo lago Megafezzán, que hace unos 200.000 años llegó a cubrir una superficie del tamaño de Inglaterra.

Foto: George Steinmetz

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Descanso eterno

Piedras de distintas tonalidades y cuidadosamente seleccionadas señalan la tumba solitaria de un pastor que murió hace entre 3.000 y 5.000 años. A medida que las lluvias empezaron a escasear, los habitantes del Fezzán se concentraron en torno a oasis dispersos.

Foto: George Steinmetz

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A merced del viento

Las Montañas Akakus, sometidas a un largo proceso de erosión, atraviesan el Fezzán, formando una sinuosa línea de enormes masas rocosas y abruptas mesetas. El arte rupestre y los grabados de hace 8.000 años abundan en las grutas de estas montañas de piedra caliza.

Fotos: George Steinmetz

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Montes Akakus

La arena y los fuertes vientos tallaron este arco en los montes Akakus. aLa creciente sequedad del clima obligó a los antiguosa pobladores de la zona a abandonarla, dejando atrás la árida y silenciosa belleza del Fezzán bajo el cielo del desierto.

Foto: George Steinmetz

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El mar de arena de Murzuq

Moldeadas por los vientos, las dunas del mar de arena de Murzuq se extienden hasta el horizonte. Durante siglos, las caravanas han cruzado el Sahara: de norte a sur, cargadas de aceite, vino y piezas de vidrio; de sur a norte, con oro, marfil y esclavos.

Foto: George Steinmetz

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Sabha, Libia

Apenas hay accidentes de tráfico, pero los carteles con la imagen del líder libio Muammar al-Gadafi están por todas partes en Sabha, la principal ciudad del Fezzán, donde las precipitaciones son de apenas unos diez milímetros al año. Más allá de la ciudad y de unos cuantos pueblos se extiende el Sahara, donde no hay carreteras.

 

Foto: George Steinmetz

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Waw an Namus

Los turistas que viajaron a Waw an Namus para ver el eclipse total de sol el 29 de marzo de 2006 dejaron su huella en las rocas del desierto. Miles de personas se instalaron en una «ciudad-desierto» provisional para presenciar el acontecimiento.

Foto: George Steinmetz

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Testigos pétreos

La lucha entre dos felinos salvajes grabada en la piedra junto al uadi Matkandush hace 5.000 años, antes de que las lluvias cesaran y el Fezzán se volviera un desierto, podría evocar los poderes que para los cazadores de la región tenían los feroces carnívoros.

Foto: George Steinmetz

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Umm al-Maa

Palmeras datileras y juncos alimentados por un acuífero subterráneo jalonan la orilla de Umm al-Maa, una de las doce lagunas de agua salada en el mar de arena de Ubari, recuerdo del antiguo lago Megafezzán.

Foto: George Steinmetz

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Hace mucho tiempo..

Semienterrados entre las dunas, los pináculos de arenisca de Maridet hacen que una camioneta parezca pequeña (abajo, derecha). Hace mucho tiempo, en un Sahara verde, las lluvias tropicales disolvieron
la roca circundante y dejaron estas formaciones.

Foto: George Steinmetz

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En el corazón del Sahara

 El agua de lluvia caída hace miles de años se acumula en el cráter volcánico de Waw an-Namus. El viento arrastró la ceniza negra de la última erupción a 20 kilómetros de distancia a través del desierto.

Foto: George Steinmetz