Calentamiento global

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Glaciar Tahumming, Columbia Británica

La fusión de los glaciares de montaña contribuye a la subida del mar con otra tercera parte. Para 2100 es probable que añadan varios centímetros más al nivel del mar, pero no metros. Comparados con los mantos polares, no contienen mucho hielo.

Foto: James Balog, Extreme Ice Survey

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Cañon Birthday, Groenlandia

Actualmente el manto de hielo de Groenlandia contribuye poco a la subida del nivel del mar, pero su superficie ha empezado a fundirse en verano, lo cual es un signo preocupante. El agua contenida en este manto de hielo podría aumentar el nivel del mar casi 7,5 metros.

Foto: James Balog, Extreme Ice Survey

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Glaciar Pine Island, Antártida Occidental

La Antártida Oriental parece bastante estable, pero algunas partes del manto de hielo de la Antártida Occidental están siendo socavadas por un océano cada vez más caliente. Su futuro, como el de Groenlandia, es muy incierto.

Foto: Maria Stenzel

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Intoxicación por agua salada

Estos cipreses de un humedal al este de Nueva Orleans probablemente murieron por la infiltración de agua salada procedente del golfo de México incluso antes de la llegada del huracán Katrina en 2005. Pero cuando la marea de tempestad del Katrina rompió un dique cercano, el resultado fue devastador para el resto de la marisma.

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Foto: George Steinmetz

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Lagos de metano

El metano burbujea en los lagos de un Ártico cada vez más cálido. La ecóloga Katey Walter Anthony (a la derecha) hace arder una burbuja atrapada en el hielo otoñal, liberada a golpe de picahielos. 

Foto: Mark Thiessen

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Cazadores de colmillos de mamut

Después de pasar miles de años congelado en el lecho de un río siberiano, este colmillo de mamut, en perfecto estado de conservación, reportará a su descubridor un importante beneficio económico.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Hace unos años, los buscadores de colmillos de la aldea de Yukagir encontraron en un acantilado de hielo este ejemplar juvenil de mamut, al que apodaron Yuka. Conforme aumenta el número de cazadores de colmillos, el ritmo de los descubrimientos se acelera.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Un buscador de colmillos rastrea la costa de la isla Gran Liajovski. Atraídos por los precios al alza del marfil de mamut, centenares de hombres cruzan cada primavera los congelados mares del Ártico para buscar colmillos en las orillas, sometidas a la erosión marina. 

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

De entre la pila de huesos amontonados junto a unos baños improvisados cerca del lago Bustaj, Vladímir Potápov muestra su trofeo: el cráneo de un bisonte prehistórico. 

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Unos buscadores de colmillos comparten la comida bajo la mirada de un mamut en una cabaña junto al lago Bustaj. Cerca del final de la temporada de búsqueda de cinco meses, las provisiones menguan y el hambre aumenta. Cuando llegue el otoño, muchos de ellos habrán perdido 10 kilos o más. 

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Los valiosos colmillos de mamut contribuyen al sustento económico del norte de Yakutia. Un ejemplar dibujado en el cuaderno del cazador de colmillos Lev Nikoláevich.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Unos hombres desembarcan colmillos en la costa septentrional de Siberia, donde esperarán a que los transporten río arriba por el Yana. Un buen colmillo puede suponer el sustento de una familia entera durante un largo invierno, pero algunos buscadores regresan con las manos vacías. 

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Al final del verano los hombres yakuto pesan y miden su botín en la orilla del lago Bustaj, en el norte de Siberia. Los buscadores de colmillos venderán el material a intermediarios en la aldea de Kazachye, donde los precios oscilan entre 90 y 450 euros el kilo.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Ruslan Garipov and Petr Vanin excavan un cráneo de mamut en la tundra de la isla Gran Liajovski. El cráneo tiene poco valor, pero los hombres esperan que les conducirá al par de colmillos que sustentaba.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Nikolai Haritonov escudriña la erosionada costa de la isla en busca de colmillos.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Slava Dolbaev emplea una lanza para extraer un colmillo que asoma de un acantilado de hielo. Liberar una única pieza puede requerir horas de trabajo, incluso días. Estos buscadores de colmillos dejan a menudo cuentas de colores o joyas de plata como ofrenda a los espíritus del lugar. 

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

El viaje desde el permafrost hasta el mercado empieza en una modesta barca. Cerca del 90 % de los colmillos acaban en China.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Cazadores de colmillos de mamut

Un artesano de Yakutsk, la capital de Yakutia, convierte un colmillo en un desfile de mamuts en miniatura. Estas piezas decorativas se venderán en Rusia, pero la demanda en China es aún mayor, y además va en aumento. Los precios allí pueden superar los 1.400 euros el kilo.

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Foto: Evgenia Arbugáeva

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Texas, Estados Unidos

Unas plantas rodadoras quedan atrapadas en los surcos de un campo de algodón en barbecho cerca de Brownfield, al sudoeste de Lubbock, Texas. Los fuertes vientos y una ola de calor sin precedentes produjeron una erosión muy perjudicial, explica Buzz Cooper, quien conduce una desmotadora de algodón en las cercanías. «Era como un horno con ventilador», dice.

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Foto: Robb Kendrick

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Tuscaloosa, Alabama, Estados Unidos

ESTADOS UNIDOS

El 27 de abril de 2011, se formaron sobre Estados Unidos 199 tornados, un número récord para un solo día. Sin embargo, los científicos señalan que no hay pruebas concluyentes de un aumento a largo plazo de la frecuencia de los tornados. El vórtice que trazó una clara trayectoria a través de Tuscaloosa (Alabama), a 305 kilómetros por hora, perdonó por tan solo un kilómetro el estadio de fútbol americano de la Universidad de Alabama (arriba, a la izquierda) y pasó después entre un gran centro comercial (el edificio en forma de X del centro) y el hospital general, donde ya empezaban a llegar las víctimas. El tornado se cobró 44 vidas y prosiguió su marcha hacia el noreste, hacia el área de Birmingham, donde mató a otras 20 personas.

Foto: Digitalglobe

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Lago Ginebra, Suiza

La rociadura helada procedente del lago Ginebra sepulta árboles, coches y una vía pública durante una ola de frío intenso en febrero de 2012. Un inusual desplazamiento hacia el sur de la corriente en chorro polar, que llegó hasta África, llevó aire ártico y fuertes nevadas a Europa y causó cientos de muertes.

Foto: Martial Trezzini, European Pressphoto Agency/Landov

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Nashville, Tennessee, Estados unidos

Jamey Howell y Andrea Silvia acababan de enterarse de que la misa había sido cancelada cuando la riada sumergió su todoterreno cerca de Nashville, Tennessee, el 2 de mayo de 2010. Pasaron más de una hora agarrados a la baca del vehículo y después, ante la mirada impotente de sus padres, se soltaron. Tras ser arrastrados aproximadamente un kilómetro por la corriente, los jóvenes llegaron vivos a la orilla.

Foto: Rick Murray

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Vicksburg, Mississippi, Estados Unidos

Protegida por un dique, una vivienda de las afueras de Vicksburg, Mississippi, resiste un desbordamiento del río Yazoo, en mayo de 2011. La fusión de la nieve y las lluvias intensas (ocho veces más de lo normal en algunas zonas de la cuenca del Mississippi) provocaron inundaciones que causaron unos daños valorados entre 3.000 y 4.000 millones de dólares.

Foto: Scott Olson, Getty Images

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Bradshaw, Nebraska, Estados Unidos

«¡Vaya si avanzaba!» A 209 kilómetros por hora, para ser exactos, pero el fotógrafo Mike Hollingshead, curtido cazatormentas, no pensó en dar media vuelta y huir. Hollingshead captó este tornado el 20 de junio de 2011 en las afueras de Bradshaw, Nebraska, cerca de la Interestatal 80 y de las vías del tren, donde hizo descarrilar varios vagones de carga. 

Foto: Mike Hollingshead

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Bangkok, Tailandia

Un autobús urbano se abre paso por una calle inundada de Bangkok el 7 de noviembre de 2011. Miles de fábricas cerraron, se perdieron millones de toneladas de arroz y hubo más de nueve millones de damnificados. El país sufrió las peores inundaciones en más de 50 años.

Foto: Paula Bronstein, Getty Images

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Embalse Jablanicko, Bosnia-Herzegovina

Un cementerio inundado por las aguas del embalse Jablanicko reaparece en febrero de este año al secarse el lago. La grave sequía, que comenzó en agosto del año pasado, redujo la producción hidroeléctrica de las presas situadas sobre el río que alimenta este embalse, el Neretva. Bosnia, que normalmente exporta energía a la región, tuvo que importar electricidad en enero de este año.

Foto: Dado Ruvic, Reuters

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Golovanovo, Rusia

Unos hombres tratan de frenar el avance de las llamas cerca de Golovanovo, en la región de Ryazan, el 5 de agosto de 2010. Aquel verano Rusia sufrió los peores incendios forestales de su historia moderna. Hubo 50 muertos y el presidente Medvédev destituyó a altos cargos militares por su negligencia en la gestión de la catástrofe.

Foto: Natalia Kolesnikova, AFP / Getty Images

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Texas Hill Country, Texas, Estados Unidos

En sus buenos tiempos el río San Saba a la altura de Brady, en la región de Texas Hill Country, era una corriente de 15 metros de ancho rebosante de percas. Pero el año pasado se secó completamente. Los colores de estos árboles ribereños no son los propios del otoño, sino los de unos ejemplares que se están muriendo.

www.robbkendrick.com

Foto: Robb Kendrick

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Río de Janeiro, Brasil

El 5 de enero de este año, un tramo de la autopista BR-356 quedó destruido por la rotura de un dique durante el desbordamiento del río Muriaé en el municipio de Campos dos Goytacazes, en el estado de Río de Janeiro. Más de 300 familias de la región tuvieron que ser desalojadas de sus casas.

Foto: © Marcos de Paula / Agencia Estado / Zuma24.com

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Glasgow, Montana, Estados Unidos

 Un diluvio se precipita desde el corazón de una tormenta cerca de la localidad de Glasgow, Montana, en julio de 2010. «Sentí que si hubiese podido situarme justo debajo, al mirar hacia arriba habría visto el paraíso», recuerda el fotógrafo Sean Heavey.

 

 

Foto: Sean R. Heavy, Barcroft Media / Landov

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Phoenix, Arizona, Estados Unidos

La mayor tormenta de polvo que se recuerda se abate sobre Phoenix, capital del estado de Arizona, el 5 de julio de 2011, y reduce a cero la visibilidad. La actividad tormentosa sobre el desierto levantó una pared de polvo y arena de 1,5 kilómetros de altura.

 

Foto: Daniel Bryant

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Sequías y hambrunas

Supervivientes de la sequía que en 1984 asoló Etiopía, con la consiguiente hambruna, Ansha Seid y Aminat Yimam conocen bien el precio de las cosechas perdidas. Hoy son miembros de una comunidad con banco de semillas financiado por Ethio-Organic Seed Action. En períodos de prosperidad los agricultores aportan semillas que pueden recuperar en caso de que los cultivos se echen a perder de nuevo.

Foto: Jim Richardson

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Fortaleza de espítiru

Unos niños juegan en Jaliakhali, una localidad devastada por el ciclón Aila en 2009. Al llegar la tormenta captada por esta imagen, los habitantes del pueblo buscaron protección en uno de los miles de refugios recién construidos contra los ciclones (arriba), muchos de los cuales funcionan además como centros comunitarios.

Mantener un país a flote

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Lecciones para el futuro

Los niños acuden durante todo el año a una escuela flotante. Para las niñas, que tradicionalmente se quedan en casa, es una ventaja que la escuela vaya a su encuentro. Varios estudios demuestran que las niñas más instruidas (y también los niños) tienen menos hijos de mayores.

Foto: Jonas Bendiksen

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Soluciones autóctonas


Amarrado seis días a la semana, un buque escuela de propulsión solar colabora en la educación de los niños cuyos hogares sufren inundaciones periódicas.

Foto: Jonas Bendiksen

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Soluciones autóctonas

Un ejército de sanitarios formados por una ONG bangladesí llamada BRAC han contribuido a reducir tanto la tasa de mortalidad infantil como la tasa de natalidad.
 

 

Foto: Jonas Bendiksen

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Una mano amiga

El barco hospital de una organización de cooperación llamada FriendshipBd da asistencia a los cientos de miles de bangladesíes que viven en las islas sedimentarias efímeras del río Jamuna.

Foto: Jonas Bendiksen

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Asentamientos efímeros

Nada dura demasiado en Sirajbag, una población de varios miles de habitantes asentada en una de las islas sedimentarias efímeras del río Jamuna, al norte de Dhaka. Unos voluntarios reerigen la mezquita del pueblo; la desplazan periódicamente para evitar que la barra el río.

Foto: Jonas Bendiksen

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En busca de terreno más elevado

Unos aldeanos aúnan esfuerzos para trasladar los edificios construidos en Sirajbag, un islote de arena y lodo del río Jamuna donde las inundaciones son frecuentes. Desmantelada a mediodía, esta mezquita fue reconstruida a tiempo para las oraciones vespertinas.

Foto: Jonas Bendiksen

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En casa, de momento

Con el agua hasta casi las rodillas, la familia Uddin se reúne para comer. Hacía poco que habían trasladado su casa a este lugar, huyendo de las inundaciones en una isla cercana a Kurigram. Poco después de tomar esta fotografía, la familia decidió desmontar la casa para volver a trasladarla.

Foto: Jonas Bendiksen

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Para no mojarse

Cuando crece el río, los hijos de Jabed Ali saben lo que hay que hacer: trepar al bambú del patio y agarrarse fuerte. Los habitantes de los chars (las islas en constante transformación que jalonan las llanuras de inundación de los tres grandes ríos de Bangladesh) están habituados a este tipo de calamidades, cada vez más frecuentes.

Foto: Jonas Bendiksen

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Río Jamuna

Que el agua llegue a la puerta de su casa ya es rutina para las familias de pescadores que viven en las islas del río Jamuna. Conocidos como los habitantes de los chars, se han convertido en los mayores expertos del mundo a la hora de adaptarse a cualquier circunstancia que la vida —y el cambio climático— les eche encima.

Foto: Jonas Bendiksen

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Dhaka

Tórridas, planas y abarrotadas, las calles de Dhaka absorben la multitud que no cabe en la mezquita para celebrar el final del Ramadán. Dhaka, una de las ciudades de crecimiento más acelerado del planeta, rebosa de migrantes que huyen del rural, castigado por inundaciones y tormentas.

Foto: Jonas Bendiksen

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A punto de reventar

Los barrios de chabolas de Dacca, como Korail (en primer término), están abarrotados de refugiados medioambientales, lo que supone una presión todavía mayor para una ciudad abrumada por el peso de unas infraestructuras obsoletas, la enorme pobreza y las frecuentes inundaciones.

Foto: Jonas Bendiksen

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Atestados de gente

Los taxis flotantes, llamados kheya nouka, cruzan el río Buriganga hasta Sadar Ghat, la principal terminal fl uvial de Dacca, ofreciendo transporte en una de las ciudades más densamente pobladas del mundo. Situada a muy baja altura, la capital de Bangladesh es una de las ciudades más amenazadas por el aumento del nivel del mar.

Foto: Jonas Bendiksen

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Hacia la ciudad

Bajo el cielo de la estación lluviosa, los migrantes regresan en tren a Dhaka tras visitar sus aldeas natales al norte de la capital. A cada lado hay arrozales; aquí están sanos, pero más al sur la salinidad causa estragos.

Foto: Jonas Bendiksen

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A merced del clima

Arrimados a un muro, los trabajadores de una fábrica de ladrillos se protegen de la furia de un aguacero juanto al río Turag, al oeste de Dacca.

 

Foto: Jonas Bendiksen

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Cosecha temprana

Cogidos por sorpresa por una inundación temprana, el granjero Abdul Kadir (delante) y sus hombres cosechan el yute aún verde en una isla del Jamuna próxima a Kurigram. El cambio climático ha recrudecido las crecidas estacionales en las últimas décadas.

Foto: Jonas Bendiksen

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Mantener un país a flote

En el sur salobre, los agricultores han convertido los arrozales anegados en charcas para gambas y cangrejos que toleran la salinidad.

Foto: Jonas Bendiksen

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A unos palmos sobre el nivel del mar

Los habitantes de la costa sur de Bangladesh no solo tienen que soportar unas de las precipitaciones más copiosas del mundo; también viven en comunidades castigadas por los ciclones y asentadas en terreno blando, a apenas unos palmos sobre el nivel del mar.

Foto: Jonas Bendiksen