El cambio climático es la mayor amenaza medioambiental a la que se enfrenta la humanidad. Desde hace décadas nuestro planeta esta experimentando los cambios de un calentamiento global propiciado por la acción humana. Son cada vez más frecuentes las sequías, olas de calor, incendios e inundaciones en todo el mundo, y lo serán aún más en los próximos años si no se mitigan sus efectos. Según el ultimo informe del Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC) la situación se complicará si a final de siglo la temperatura media del planeta asciende 1,5ºC o lo que es aún peor, si sube hasta 2ºC respecto a la actual.

¿Puede ser una erupción volcánica tan potente como para disminuir drásticamente la temperatura media global?

Por ello, son muchas las cuestiones que surgen alrededor de cómo podríamos “solucionar” —o más bien mitigar— el principal problema medioambiental del planeta. La implantación global de energías renovables, la reducción de las emisiones de CO2, la mejora de la eficiencia de los transportes… son algunos de los aspectos que deberían cumplirse para poder finalizar el siglo en el mejor de los escenarios. Sin embargo, la pregunta surge también en el ámbito natural ¿podría la Tierra producir una respuesta que reduzca los efectos del cambio climático? ¿Puede ser una erupción volcánica tan potente como para disminuir drásticamente la temperatura media global?

Volcanes ¿aliados contra el cambio climático?

Lo primero que debemos saber es que las erupciones volcánicas pueden reducir la temperatura del planeta ¿Por qué? Básicamente porque las partículas y gases que expulsan quedan retenidas en la estratosfera y no dejan pasar la radiación solar, reflejándola de vuelta al espacio. Para que esto ocurra la erupción debe ser lo suficientemente potente como para enviar la columna de partículas a la atmósfera y que estas sean lo suficientemente abundantes como para provocar este efecto.

Ejemplos no faltan en la historia. El Pinatubo —un volcán situado en Filipinas— arrojó en 1991 a la atmósfera toneladas de roca y ceniza y más de 15 millones de toneladas de dióxido de azufre. Estos gases y partículas formaron aerosoles al unirse al vapor de agua atmosférico y estos reflejaron la radiación solar durante años. Como consecuencia, se produjo una disminución de la temperatura media global en unos 0,5ºC.

Si nos remontamos más atrás en el tiempo, nos encontramos con el Krakatoa (en Indonesia) cuya erupción en 1883 arrojó cenizas a 80 kilómetros de altura en la atmósfera. También con el volcán Tambora, el cual se consideró la erupción más potente jamás registrada, lanzando a la atmósfera 151.75 kilómetros cúbicos de polvo, cenizas y piedras. Sucedió en 1815 y, al permanecer las cenizas varios años en la atmósfera las temperaturas bajaron notablemente, provocando lo que se conoció como "el año sin verano". Logró disminuir la temperatura media global más de 2,5ºC.

Geoingeniería para enfriar la atmósfera

Sin embargo, los volcanes no erupcionan cuando nosotros lo deseamos y algunos científicos ya han planteado la posibilidad de intervenir en la atmósfera —inyectando partículas de aerosoles— para enfriar el planeta y combatir, de este modo, el calentamiento global.

El mayor problema de esto, además de producir una intrusión no natural en el sistema climático, es el hecho de que se pueden producir cambios en los patrones de circulación en el caso de inyección de dióxido de azufre, algo que también puede afectar a la formación de la microfísica de nubes.

Podría tener impacto además sobre los seres humanos produciendo una pérdida del ozono estratosférico y por lo tanto contribuyendo a que llegue mayor radiación solar. Esto produciría índices de radiación ultravioletas elevados y mayor posibilidad de cáncer de piel y enfermedades derivadas.

Lo que está claro es que, si queremos que la Tierra continúe siendo un lugar habitable, se deben tomar medidas contra el cambio climático, un fenómeno global que cada vez preocupa más a los investigadores, gobiernos y población en general.

Mar Gómez. ElTiempo.es