Las plantas colonizan la Antártida por el cambio climático

El calentamiento global está provocando una rápida expansión de ciertas plantas en la Antártida cuyo crecimiento está transformando los ecosistemas antárticos, cada vez más frágiles como consecuencia del aumento de la temperatura.

Floración en Georgia del Sur

Floración en Georgia del Sur

La proliferación de distintas especies de plantas con flor nativas  podría alterar los ecosistemas antárticos. En la imagen, una colonia de pingüinos en la isla de Georgia del Sur, con un manto de vegetación de fondo. 

Foto: Istock

En la Antártida, el aumento de la temperatura acelera todavía más la degradación de unos ecosistemas frágiles y amenazados. Y es que la fusión del hielo no solo provoca la desaparición paulatina del hábitat de las especies que allí habitan, como es el caso de los pingüinos, sino que de forma indirecta afectan a la proliferación de otras, como las plantas autóctonas, cuyo crecimiento puede poner en jaque a todo el ecosistema.

Un nuevo estudio liderado por un equipo científico de la universidad italiana de Insubria ha realizado un seguimiento de dos especies autóctonas que se han extendido muy rápidamente, coincidiendo con el aumento de la temperatura. Para ello, ejecutaron una minuciosa investigación de las poblaciones de las especies Deschampsia antarctica y Colobanthus quitensis en la isla de Signy, en el archipiélago de las Orcadas del Sur. Descubrieron que la primera de ellas se había extendido hasta cinco veces más rápido entre 2009 y 2018 que entre las últimas cinco décadas (documentadas entre 1960 y 2009), mientras que la última había aumentado su presencia casi diez veces más en ese período.

Estas plantas habían crecido cinco veces más en los últimos cinco años de lo que lo habían hecho en el último medio siglo.

​​Los científicos achacan este fenómeno al aumento de la temperatura del aire durante el verano antártico, que, a su vez, habría provocado uno de los mayores cambios en la vegetación del continente. Sin embargo, también se dieron cuenta de que existía otro vínculo: descenso del número de focas en la isla, que, al pisar las plantas, dificultan su floración.Aunque hasta la fecha se desconoce qué ha podido causar el descenso de las poblaciones de estas focas, la principal hipótesis es que esté relacionado con el descenso del alimento disponible.

Desgraciadamente, los investigadores esperan que en las próximas décadas la Antártida siga calentándose, lo que supondrá la aparición de más zonas libres de hielo, con lo que el escenario documentado en Singy podría ser una muestra de lo que puede ocurrir en el resto del continente antártico. “Nuestros hallazgos apoyan la hipótesis de que el futuro calentamiento provocará cambios significativos en estos frágiles ecosistemas antárticos”, sentencian los científicos en el artículo, publicado en la revista Current Biology.

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Cambios en el microbioma

¿Y cómo afecta la floración de estas plantas en el ecosistema antártico? En primer lugar, provocará cambios en la acidez del suelo, lo que podría repercutir en la composición química del mismo, con sus consecuentes implicaciones en el crecimiento de líquenes. En segundo lugar, podría afectar a la microbiota del lugar, como bacterias y hongos. Estos cambios, unidos a la desaparición del ‘permafrost’, la capa de hielo permanente congelado en el subsuelo, podría provocar una escalada de cambios en los ecosistemas antárticos que, según apuntan los científicos, acarrearon importantes consecuencias en todos los animales terrestres.

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Un peligro latente: las especies invasoras

Las plantas de la Antártida están adaptadas a una estación de crecimiento muy corta y son capaces de realizar la fotosíntesis en condiciones muy adversas. Por ejemplo, con temperaturas inferiores a los 0 °C o con la presencia de grandes cantidades de nieve. Pero nada pueden hacer para competir con otras plantas no autóctonas que podrían invadir estos ecosistemas antes aislados. Incluso es posible, según alertan los investigadores, que puedan desaparecer en favor de las especies colonizadoras, lo que podría ocasionar pérdidas irremplazables.

La literatura científica cuenta con numerosos ejemplos de cómo una especie invasora puede acabar causando estragos en los ecosistemas antárticos. Por ejemplo, a mediados del pleistoceno (hace entre 10.000 y 12.000 años), el continente experimentó eventos de calentamiento que permitieron la migración espontánea de muchas especies, desde América del Sur hacia la Antártida, y viceversa. Los científicos creen que los actuales niveles de calentamiento atmosférico podrían ya haber desencadenado la migración de especies como musgos, líquenes, plantas e incluso algunos invertebrados, un hecho acelerado hoy por la actividad humana.

“En 2030 el clima de la Tierra podría parecerse al que experimentó el planeta en períodos más cálidos, como los registrados a mediados del mioceno”, sentencia el artículo científico. Un calentamiento que, explica, podría beneficiar a algunas o muchas especies terrestres nativas aisladas, pero que también provocará un mayor riesgo que podría tener consecuencias: una pérdida de biodiversidad irreversible, y cambios drásticos en ecosistemas frágiles y únicos.

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