Animales miméticos, el arte de esconderse

Sobrevivir significa a veces mentir, embaucar o esfumarse. Descubre la galería de animales miméticos fotografiada por Christian Ziegler.

6 de octubre de 2009

Cuando a Macbeth le dijeron que no tenía nada que temer a menos que el bosque empezara a marchar hacia su castillo, el tirano suspiró aliviado, por­que, «¿quién puede alistar al bosque, ordenar al árbol: “¡arráncate!”?».

Evidentemente, Macbeth nunca había estado en la isla Barro Colorado, en Panamá.

Son las nueve de la noche y está oscuro como boca de lobo, pero en el cono de luz que proyecta mi linterna frontal parece como si algunas partes de los árboles estuvieran «arrancándose» para moverse con voluntad propia. Una ramita de 10 centímetros zumba por encima de nuestras cabezas y aterriza sobre una rama cercana. Una hoja de color verde lima rebusca entre un montón de hojas marrones y, al no encontrar nada interesante, se arrastra hasta otro montón.

Me acerco a esas «cosas» movedizas para mi­­rarlas de cerca, sabiendo perfectamente lo que son, pero aun así maravillada por los detalles y la seriedad casi cómica de la farsa que representan. La «ramita» es un insecto palo, un magnífico espécimen del orden de los fasmópteros, con un exoesqueleto que imita a la perfección la corteza estriada de un árbol, y el cuerpo y la cabeza jalonados de falsos brotes axilares y cicatrices de hojas: los pequeños bultos y nudosidades que hacen que un insecto parezca una ramita.

Durante el día esos insectos se mueven poco y es casi imposible distinguirlos del fondo silvestre al que imitan, y eso, lógicamente, es lo que pretenden: volverse invisibles a los ojos de los depredadores que usan la vista para cazar. Pero cuando cae la noche, los insectos palo y hoja se sacuden el «sopor vegetal» para comer hojas y detritos del suelo del bosque, y en ese momento podemos admirar sus ancestrales triquiñuelas gracias a nuestras modernas luces artificiales.

La imitación nos atrae y perturba a la vez. De niños, nos disfrazamos y jugamos a ser otras personas, y aprendemos a entender a nuestros congéneres imitando sus conductas. Nuestros más elaborados bailes de máscaras (para Carnaval o Halloween) a menudo están relacionados con nuestros miedos más profundos. ¿Qué asesino hollywoodense que se respete saldría a la calle sin una máscara inspirada en El grito de Edvard Munch o sin la peluca de su madre?

Magos del mundo natural

Del mismo modo, la imitación en la naturaleza nos produce admiración o rechazo; pero más allá de nuestros juicios humanos, es indudable que el truco funciona: el mundo natural está lleno de magos que ocupan todos los nichos ecológicos y engañan todos los sentidos. Los biólogos no han hecho más que empezar a catalogar las legiones de embaucadores de la biosfera y a trazar la historia evolutiva y genética del disfraz de cada impostor. A veces el engaño sirve de camuflaje y permite a su portador eludir la detección por parte de los depredadores, de las presas, o de ambos.

Otras, el timador quiere que su mercancía se vea. El pez pescador abisal, por ejemplo, sacude la cabeza para que sus apéndices carnosos ondulen como gusanos y atraer así a otros peces. La orquídea pútrida produce unas flores violáceas grandes y fétidas, semejantes por su aspecto y olor a la carne muerta, para atraer a las moscas carroñeras, que se posan sobre ellas, se impregnan de polen, y quizá la ayuden a reproducirse.

La forma sensorial que asume un acto de mimetismo varía según las habilidades sensoriales del público al que va dirigido. Para nosotros, primates visuales, los mimetismos más familiares son los orientados a engañar la vista, como el de las ranas ribereñas que permanecen inmóviles a orillas del río, tan redondas y brillantes como las piedras que las rodean, o el de la oruga que, en caso de peligro, levanta el extremo delantero y enseña una cara rosa salmón con un par de temibles ojos de serpiente. Pero también hay mimetismos sonoros, como el de una variedad de polilla tigre (un árctido) que se libra de los murciélagos imitando los chasquidos ultrasónicos de una polilla tóxica que éstos detestan.

También están los mimetismos olfativos, como el de las arañas boleadoras, maquiavélicas perfumistas capaces de atraer a los machos de polillas secretando una imitación perfecta del aroma de las hembras. Incluso hay mimetismos táctiles, como el de un hongo parásito que vive en las cámaras interiores de los termiteros, donde disfruta de un ambiente cálido, húmedo y libre de competidores, asumiendo la forma y la textura de los huevos de termita maduros.

Las historias de imitación en la naturaleza pueden parecer relatos de O. Henry: extraños dilemas con soluciones inesperadas. Por ejemplo, las orugas, criaturas voraces, dejan tras de sí un rastro de hojas masticadas. A las aves les encantan las orugas, y cuando vuelan, buscan signos de su actividad. Para eludir el reconocimiento aéreo, la oruga medidora ha adoptado nuevos modales en la mesa. En lugar de atacar el follaje de cualquier manera, corta las hojas con minuciosa habilidad, moviéndose a lo largo de los bordes como una costurera con sus tijeras, dentro y fuera, en zigzag. Cuando ha terminado, las hojas pueden ser mucho más pequeñas, pero sus bordes mantienen el perfil dentado original.

El mejor ataque es un buen engaño

A veces un engaño macabro es el mejor ataque. En un artículo reciente del boletín de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos, Leslie Saul-Gershenz y Jocelyn Millar describieron el caso del abominable escarabajo aceitero y la desprevenida abeja solitaria. Este escarabajo vive en los desiertos del sudoeste de Estados Unidos. Las hembras ponen sus huevos en zonas herbáceas donde las abejas solitarias van a buscar comida. Todos los huevos se abren a la vez, y las larvas recién nacidas (cerca de un millar) se reúnen de inmediato en cerrada formación. Juntas, forman un óvalo oscuro y movedizo que se desplaza como una unidad inseparable, subiendo y bajando por las briznas de hierba, con el aspecto y la conducta de una solitaria abeja hembra.

Al poco tiempo empiezan a secretar una falsa feromona, y a oler como una abeja hembra. Cuando una abeja macho se posa sobre lo que cree es una posible pareja, las larvas se agarran a él en masa. Decepcionado por el encuentro, pero aparentemente ignorante de la carga, el macho vuela en busca de un nuevo amor. Si encuentra una hembra auténtica y la aborda, las larvas de escarabajo inmediatamente se agarran a ella. Ésta las conducirá adonde quieren ir: a su bien abastecido nido. Una vez allí, las larvas desembarcan, se instalan y se atiborran de néctar, polen y huevos de abeja hasta alcanzar la madurez.

Por supuesto, ni siquiera tras la más ingeniosa de las imitaciones hay un cerebro planificador. El mimetismo ilustra la evolución por selección natural, la lucha implacable en la que los progenitores producen una diversidad de descendientes que el azar y el ojo cruel de la naturaleza ante las debilidades eliminan casi por completo. Si un ligero parecido con un excremento de ave es ventaja suficiente para llegar a la madurez y re­­producirse, la progenie heredará tal vez la afortunada semejanza con el guano. Quizás uno de los hijos sea incluso mejor que su progenitor en la imitación del estiércol, y al cabo de cientos de generaciones el rasgo se habrá extendido a toda la población y será la norma para la especie.

El mimetismo también revela lo caótica que puede ser la evolución, y el modo en que acumula casualidades e improvisaciones. Por ejemplo, Ximena Nelson y Robert Jackson describen en el boletín de la Royal Society de Londres el dilema del macho de Myrmarachne, una araña saltadora. La evolución ha llevado a estos arácnidos, como a otras muchas arañas saltadoras del mundo, a parecer hormigas, una estrategia que aprovecha la antipatía de muchos depredadores hacia esos insectos sociales agresivos, profusamente armados y ecológicamente dominantes.

Pero esa estrategia básica plantea un problema a las arañas macho, ya que los rituales de apareamiento les exigen la posesión de unos apéndices bucales alargados, que pueden estropear el efecto general de similitud con las hormigas. La evolución ha llegado a una solución intermedia: mientras que las hembras parecen hormigas corrientes, los machos, con sus grandes aparatos bucales, parecen hormigas transportando una carga en la mandíbula, como hacen a ve­­ces las obreras. La solución es ingeniosa, pero no perfecta, ya que los machos suelen caer víctimas de los depredadores selectivos que sólo atacan a las hormigas menos propensas a devolver el ataque, es decir, las que transportan una carga.

A los científicos les interesa particularmente el mimetismo imperfecto, en el que un organismo presenta sólo una vaga semejanza con otro. En algunos casos, la forma burda puede indicar que la estirpe acaba de embarcarse en la senda de la imitación y que la evolución sólo ha empezado a perfeccionar el simulacro. En otros, las diferencias son el resultado de la divergencia de la especie imitada respecto a unos imitadores no deseados. Si los colores de advertencia desarrollados por una especie para avisar de su toxicidad son imitados por demasiados impostores comestibles, su «imagen de marca» se abarata y pierde parte de su valor protector.

La imitación también puede servir para atraer a la pareja, aprender o hacer amigos. Entre las aves cantoras y las yubartas, los machos rivales parecen imitar el canto de los otros machos. Y algunos delfines imitan los saltos de sus congéneres. Los loros son maestros de la imitación, como los simios. Por eso los orangutanes pueden aprender a preparar crêpes y los chimpancés, a cazar con utensilios, y por eso nosotros nos comparamos mutuamente e imitamos la alegría de nuestros congéneres con una sonrisa.

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