La capa de hielo marino que cubre el océano Ártico no es el manto blanco y de una pieza que se dibuja en los mapas. Es un puzle de témpanos móviles que están colisionando constantemente, deformándose y fracturándose a causa del viento y las corrientes oceánicas. El pasado mes de febrero me encontraba en la cubierta del Lance, un viejo buque de investigación noruego, mientras se abría paso a través de un laberinto de canales navegables. Una estéril llanura blanca de hielo y nieve se extendía hasta el horizonte en todas las direcciones. El casco de acero se estremecía y chirriaba al surcar los fragmentos flotantes de hielo irregular. El Lance buscaba una superficie sólida de hielo a la que amarrarse para seguir su deriva a través de aquel mar helado y cartografiar el destino de la banquisa del Ártico.

Los noruegos ya habían hecho esto hace más de un siglo, cuando el explorador polar Fridtjof Nansen quedó tres años atrapado en la banquisa a bordo del Fram durante un in­tento fallido de llegar al polo Norte. Pero el Ártico de hoy es un océano diferente. A lo largo del siglo pasado el aire de esta región se ha calentado un promedio de 3 °C, más del doble que la media global. La superficie del océano que está cubierta de hielo se ha reducido, y ese hielo es en buena parte estacional y más delgado, mientras que los témpanos viejos y gruesos van desa­pareciendo. Se ha producido un círculo vicioso con consecuencias de gran calado: a medida que el hielo es sustituido en verano por agua marina, esta, al ser más oscura, absorbe más radiación solar, y tanto el agua como el aire se calientan más, lo que acelera el actual deshielo.



«El Ártico se calienta antes, más y más deprisa», explica Kim Holmén, director internacional del Instituto Polar Noruego (IPN), la entidad que opera el Lance. Los modelos climáticos predicen que hacia 2040 se podrá navegar en verano por aguas abiertas hasta el polo Norte.

La banquisa del Ártico contribuye a enfriar el planeta porque refleja la radiación solar y la devuelve al espacio. Por eso su pérdida afectará al clima y a las condiciones atmosféricas más allá de esta región; lo que no está claro es cómo. Para mejorar las predicciones hay que recabar más datos acerca de la banquisa y su distribución irregular y cambiante. «La mayoría de las campañas científicas en el Ártico se realizan en verano, la época de la que tenemos más información –dice Gunnar Spreen, físico del IPN a quien conocí en el Lance–. Los continuos cambios que se producen desde el invierno hasta la prima­vera son una laguna en nuestro conocimiento.»

Durante los cinco meses que duraría la misión del Lance, su tripulación rotatoria compuesta por científicos de varios países investigaría las causas y los efectos de la desaparición del hielo haciendo un seguimiento de la banquisa a lo largo de todo su ciclo estacional, desde que se forma en invierno hasta que se derrite en verano.

Al cabo de unos días de que el fotógrafo Nick Cobbing y yo llegáramos al buque a bordo de un rompehielos y un helicóptero desde Longyear­byen, en la isla de Spitsbergen (la base del IPN para las expediciones árticas), el Lance avanzó hasta los 83 grados de latitud norte, al oeste del territorio ruso. Los científicos eligieron un témpano de medio kilómetro de ancho formado principalmente por hielo estacional para estudiarlo. La tripulación amarró el buque al témpano, con cabos de nailon atados a unas robustas estacas metálicas hincadas en el hielo, y apagó el motor principal. Aislados y en la semioscuridad de la noche polar, iniciamos la caprichosa deriva y nuestro turno de un mes por el desierto de hielo.

Investigación polar

Los científicos montaron campamentos sobre el témpano, instalaron tiendas y tendieron cables eléctricos. Los físicos, como Spreen, hicieron un levantamiento topográfico con dispositivos láser y midieron el grosor y la temperatura de la nieve superficial; los oceanógrafos perforaron el hielo para recoger datos sobre el agua y las corrientes; los meteorólogos erigieron postes con instrumentos para recabar datos atmosféricos y medir los gases de efecto invernadero, y los biólogos fueron en busca de algas que viven en la cara inferior de los témpanos y en los canales de agua salada que se forman cuando el hielo nuevo expulsa la sal. En unas pocas semanas, cuando regresara el sol para acabar con la noche polar y empezara a filtrarse a través del témpano, los científicos verían el despertar del ecosistema.

Las temperaturas caían regularmente hasta los 30 grados bajo cero. Los científicos tenían que lidiar con la congelación de los dedos, las roturas de cables, las averías en los instrumentos electrónicos y el peligro de los osos polares. «Esto es investigación extrema», decía uno.

En 2007, el grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC por su acrónimo en inglés) de la ONU advirtió de que los efectos del cambio climático en el Ártico a lo largo del próximo siglo «superarán los efectos previstos para muchas otras regiones y producirán una retroalimentación que tendrá consecuencias significativas en todo el planeta». Casi una década después, la funesta predicción ya se está cumpliendo. Probablemente ninguna re­gión esté más afectada por el cambio climático que el Ártico. El permafrost se está derritiendo y la tierra está reverdeciendo: los límites de la vegetación arbórea avanzan hacia el norte y arbustos y hierbas invaden la tundra. Ciertas poblaciones de osos polares, morsas y caribúes están experimentando mermas considerables. Según el oceanógrafo de la NOAA James Overland, «el Ártico es como el canario de la mina que nos indica que el cambio climático es real».

Desde 1979, cuando comenzaron los registros por satélite, el Ártico ha perdido más de la mitad de su volumen de hielo, que ha menguado tanto en extensión total como en grosor. La superficie congelada se reduce hasta su mínimo anual en septiembre, al final del verano. Pues en septiembre de 2012 su extensión fue solo la mitad de la media registrada durante las décadas de 1980 y 1990. La extensión máxima de la banquisa en invierno, que normalmente se alcanza en marzo, también está disminuyendo, aunque a un ritmo más lento; su grosor medio se ha reducido a la mitad. Lo que antes era una capa de témpanos de entre tres y cuatro metros de grosor que perduraban durante años –el hielo perenne– ha dado paso ahora a grandes tramos de hielo más fino y menos reflectante que se forma y se derrite en el mismo año. La capa de hielo marino siempre ha fluctuado de forma natural, pero entre la co­munidad científica existen pocas dudas de que los gases de efecto invernadero de origen antrópico están acelerando su declive. «La antigua y gruesa banquisa era una reserva mundial de frío, pero eso está cambiando», advierte Overland.

Todo un ecosistema se está derritiendo. La pérdida del hielo marino podría hacer estragos entre algunos de los organismos fotosintéticos que están en la base de la cadena trófica marina, esas algas unicelulares que viven bajo el hielo y proliferan en primavera, cuando regresa la luz. Los cambios en la magnitud y periodicidad de esta proliferación de algas, determinados por una retirada del hielo invernal más rápida y temprana, podrían interferir en los ciclos vitales de los copépodos, un tipo de zooplancton que se alimenta de las algas y que a su vez es el alimento del bacalao ártico, las aves marinas y las ballenas de Groenlandia. Para mamíferos marinos como el oso polar, la morsa del Pacífico y la foca anillada, la pérdida de cientos de miles de kilómetros cuadrados de banquisa ya ha tenido consecuencias desastrosas.

La previsión es que, sin campo en el que jugar, este mismo siglo perderán toda su ventaja competitiva. Por ejemplo, es probable que las orcas reemplacen a los osos polares como principales depredadores marinos a medida que estos se va­­yan retirando a los menguantes restos de hielo estival. Aunque los osos polares pasan tempora­das en tierra firme, donde últimamente algunos se han hibridado con grizzlies, Ian Stirling, de la Universidad de Alberta, descarta cualquier posibilidad de que a la larga puedan sobrevivir allí. La ausencia de hielo podría atraer a otros compe­tidores –zooplancton (quizá menos graso y nu­tritivo), peces y focas– de aguas más templadas.

La pérdida de hielo también está haciendo que el Ártico sea más vulnerable a la acidificación oceánica, otra consecuencia del aumento de dióxido de carbono en la atmósfera. El agua fría absorbe más CO2 que el agua templada, y ahora hay más agua fría en contacto con al aire. A medida que el agua se acidifica, pierde carbonatos. En los próximos 15 años puede que ya no contenga la cantidad suficiente para que animales como los gasterópodos marinos construyan y mantengan sus conchas de carbonato cálcico. Stirling expone a las claras cuál será el resultado de todo esto: «El ecosistema marino del Ártico, tal y como lo conocemos hoy, dejará de existir».

Se prevé que el aire cálido situado sobre la cuenca oceánica tendrá un impacto sobre las costas circundantes de Rusia, Alaska y Canadá, y que sus efectos de retroalimentación se notarán hasta 1.400 kilómetros tierra adentro; entre ellos, una fusión acelerada del manto de hielo de Groenlandia y un aumento de las emisiones de CO2 y de metano generadas por el deshielo de la tundra. Los modelos del IPCC predicen que la pérdida total del hielo marino estival podría causar por sí sola un tercio del calentamiento del hemisferio Norte y un 14 % del calentamiento global total hacia finales de este siglo. Lo que no está claro es cómo influirá el rápido calentamiento del Ártico en el tiempo atmosférico del resto del hemisferio. Los meteorólogos Jennifer Francis, de la Universidad Rutgers, y Steve Vavrus, de la de Wisconsin, han sugerido que los estadounidenses quizá ya estén experi­mentando los efectos de la fusión de la banquisa del Ártico, sobre todo durante los dos últimos inviernos en la costa Este, donde «vórtice polar» ha acabado siendo un término corriente.

El vórtice polar ártico es la masa de aire frío que normalmente está confinada sobre el polo Norte por la corriente en chorro polar, un flujo de aire que circula a gran altitud y a gran velocidad alrededor del polo, de oeste a este. La corriente en chorro adquiere la mayor parte de su fuerza del contraste de temperatura y de presión entre el aire frío del norte y el aire más cálido del sur. A medida que la pérdida de la capa de hielo marino intensifica el calentamiento del Ártico –según la teoría de Francis–, ese contraste se reduce, lo cual debilita los vientos del oeste que conforman la corriente en chorro. Esta se torna más lenta y sinuosa, con grandes meandros similares a los de un río que se extienden más al sur y más al norte. Como esos meandros avanzan lentamente a lo largo del mapa, cualesquiera que sean las condiciones atmosféricas que traigan durarán más tiempo. Durante los dos últimos inviernos, este patrón más ondulante provocó que el aire ártico y las nevadas se ensañaran con Nueva Inglaterra y que la sequía se instalase en California. El deshielo del Ártico podría estar afectando también al tiempo atmosférico de otros lugares. Unos investigadores coreanos han vinculado los duros inviernos que está padeciendo Asia oriental con los cambios en la circulación atmosférica causados específicamente por la pérdida de hielo en los mares de Barents y Kara.



Es una teoría bien fundada, pero tiene algunos puntos débiles, reconoce Francis. Y tampoco convence a muchos investigadores que estudian las dinámicas atmosféricas. Una explicación más plausible sobre la causa de que la corriente en chorro sea más ondulante y que se produzcan esas incursiones del vórtice polar hacia el sur, argumentan algunos, es la influencia del Pacífico tropical, una fuente de calor mucho más potente que el Ártico. Para zanjar el debate habrá que dedicar años a recopilar y procesar datos.

En cualquier caso, mientras el calentamiento del planeta continúa, las olas de frío de todo tipo serán cada vez menos frecuentes. Aunque se establezcan estrictos límites a las emisiones de gases de efecto invernadero durante los próximos 20 años, el hielo marino seguirá menguando durante décadas. «Es un viaje sin retorno», dice Overland. El aumento de otros 4 °C en el Ártico está casi garantizado para mediados de este siglo, afirma, suficiente para que el océano esté sin hielo durante por lo menos dos meses al año, suficiente para que se alteren las estaciones en la región, «suficiente para que afecte a todo».

A finales de junio, durante la fase final de la campaña, los científicos que iban a bordo del Lance se despertaron con la noticia de que el último témpano al que se habían amarrado también se estaba desintegrando. Salieron todos en desbandada para salvar los equipos antes de que acabaran en el mar. Para entonces el buque había pasado 111 días en el hielo, anclado a diferentes témpanos durante varias semanas cada vez, y había recorrido en total unas 4.000 millas náuticas por el Ártico. En su camino se habían cruzado con osos polares, que a veces se paraban a jugar con los extraños aparatos de los científicos. Las tormentas habían empujado enormes bloques de hielo contra el buque, elevándolo por encima de la superficie. Durante los próximos dos años los 68 investigadores participantes es­tarán metidos en sus laboratorios climatizados interpretando toda la información recabada.



Una mañana de marzo acompañé a Gunnar Spreen y a Anja Rösel, otra investigadora del IPN, en una de sus expediciones periódicas para medir los cambios en el grosor del hielo. Vestíamos los tres ropa aislante: mono, pasamontañas, gafas, guantes y manoplas por encima de los guantes. Los científicos llevaban una sonda para medir la profundidad de la nieve, un dispositivo GPS y un trineo de plástico cargado con el instrumento para medir el grosor del hielo. Yo, una pistola de bengalas y un rifle, por si los osos… Seguimos un sendero de un kilómetro, caminando sobre dunas de nieve y crestas de presión (aristas de hielo formadas al chocar dos témpanos) que parecían muros derruidos. Más o me­nos a cada metro, Spreen clavaba la sonda en la nieve, hasta que un pitido indicaba que la medición se había realizado.

Aquel día, la idea del calentamiento del Ártico parecía un concepto abstracto –yo no sentía los dedos de los pies–, pero Spreen veía pruebas del cambio. «Esta cantidad de nieve no es normal», comentó. Bajo nuestras botas había medio metro, el doble de un año normal. Un dato no señala una tendencia, pero ese en concreto casaba con los modelos de predicción: a medida que la banquisa mengua, la cantidad extra de calor y vapor emitida a la baja atmósfera por las aguas abiertas generará más precipitaciones.

El hecho de que caiga más nieve sobre un glaciar debería ser algo bueno, porque así es como los glaciares crecen, acumulando capas de nieve tan gruesas que los niveles inferiores se comprimen y se transforman en hielo. Pero la banquisa se forma cuando el aire frío congela el agua del mar, y la nieve que cae encima actúa como una manta aislante que ralentiza el crecimiento del hielo. Dos semanas después de mi paseo con Spreen, el Centro Nacional de Datos sobre el Hielo y la Nieve de Colorado anunció que la capa de hielo marino del Ártico había alcanzado su extensión máxima invernal a finales de febrero, mucho antes de lo habitual. Los satélites nunca habían registrado un máximo tan reducido.