El macaco de Berbería es un mono muy particular. Es el único primate, aparte de los humanos, que se encuentra en el continente africano al norte del Sahara, y el único macaco que vive fuera de Asia. En su día hubo otras especies de macaco en la franja que va desde el este de Asia hasta el noroeste de África; sin embargo, solo la de Berbería soportó los cambios ecológicos y resistió en África.

Pero el área de distribución geográfica no es su única particularidad. Con un grueso pelaje rojizo y una mirada avispada, estos macacos sin cola, del tamaño de un niño de dos o tres años, siempre han sido objeto de deseo –y trofeo de caza– de los viajeros que pasaban por sus dominios. Se han hallado restos óseos de macacos de Berbería en las cenizas de Pompeya, en las entrañas de una antigua catacumba egipcia y enterrados bajo una colina irlandesa desde la que reinaron los reyes del Ulster durante la Edad del Bronce.

Hoy su hábitat se limita a unos cuantos reductos forestales de Marruecos y Argelia, a los que se suma la población semisalvaje de Gibraltar. Por desgracia todavía hay viajeros con la misma pulsión de siempre. Los colectivos conservacionistas calculan que los cazadores furtivos sacan de Marruecos unas 300 crías al año para el creciente mercado europeo de mascotas, lo que malogra la sostenibilidad de las poblaciones. Apenas quedan 6.000 individuos de esta especie amenazada, entre 4.000 y 5.000 de ellos en Marruecos.

El fotógrafo Francisco Mingorance dedicó más de un año a fotografiar a Macaca sylvanus en las elevaciones del Atlas Medio, hogar de una de sus poblaciones más nutridas. «El amor con el que tratan a sus crías es casi humano –dice–. Vi a una madre llevar en brazos durante cuatro días a su cría muerta. Me conmovió en lo más hondo.»

A diferencia de la mayoría de los primates, los machos de esta especie suelen cargar con las crías, explica Bonaventura Majolo, fundador del Barbary Macaque Project, un estudio de la especie iniciado en 2008. Las usan para trabar relaciones amistosas con otros machos. Majolo denomina a esta práctica «interacción sándwich»: un macho coloca la cría entre sí mismo y otro macho, y a veces los adultos se acicalan uno a otro al tiempo que cuidan del pequeño.

Los machos se enfrentan a muchos peligros para proteger a las crías. «Algunos tienen verdadero pánico de las personas», dice Siân Waters, de la ONG Barbary Macaque Awareness & Conservation. Pero cuando ella y sus colegas devuelven una cría perdida o robada, «los machos se acercan a pocos metros. Ver una cría los estimula tanto que pierden cualquier atisbo de miedo».