Expedición a Nueva Guinea: paisajes de un mundo inexplorado

A mediados del siglo XIX, el legendario Alfred Russel Wallace escribió que el paisaje abrupto y frondoso de Nueva Guinea suponía «una barrera casi infranqueable para el interior desconocido», una aseveración que mantuvo su validez durante gran parte del siglo XX

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Aldea de Pasapena

Los habitantes de la aldea de Pasapena dan la bienvenida a los miembros de la expedición, llegados a bordo de un Cessna.

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Montes Foja

Con más de 2.200 metros de altitud, los montes Foja se yerguen sobre la selva de tierras bajas circundante como una isla virtual donde las especies han evolucionado durante milenios en total aislamiento. No se han hallado indicios de ocupación humana en las cotas más altas, donde aún prosperan animales desaparecidos en otras montañas de Nueva Guinea.

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Montes Foja del oeste

Remotos, abruptos y con un dosel boscoso ininterrumpido, los montes Foja del oeste de Nueva Guinea eran casi desconocidos hasta la expedición científica realizada en 2005. En 2008 el ornitólogo Bruce Beehler (en la imagen, durante un reconocimiento aéreo) organizó una segunda expedición. Un helicóptero trasladó a un equipo multinacional desde una aldea de las llanuras hasta un campamento en el bosque lluvioso, a 1.700 metros de altitud.

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Campamento base

Este claro natural en medio de la selva es una zona pantanosa que sirvió como lugar de aterrizaje para la expedición. En el margen superior derecho del claro se estableció el llamado campamento del pantano.

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Helechos arborescentes

Los helechos arborescentes se extienden por el interior del bosque nuboso, a unos 1.700 metros de altitud.

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Río Mamberamo

El río Mamberamo serpentea por la selva de tierras bajas de Papúa, Indonesia. El río atraviesa las estribaciones de los montes Foja.

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Pequeñas comodidades

Las lonas protegen de la lluvia las tiendas del campamento del pantano, base de operaciones de la expedición.

 

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Una alfombra de musgo

Los musgos lo cubren todo en la selva de montaña de los montes Foja. Altitud aproximada: 1.700 metros.

 

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Naturaleza en estado puro

Cerca de una tienda que sirve de laboratorio improvisado, el herpetólogo australiano Paul Oliver graba el canto de una rana al principio de la estación lluviosa. Los chubascos diarios nutren la biodiversidad de los montes Foja, pero crean condiciones adversas para los científicos, obligados a recorrer kilómetros de sendas cenagosas y empinadas en sus investigaciones.

 

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Orientación acústica

Oliver está atento al canto de las ranas en un pequeño arroyo de la selva de montaña, a 2.100 metros de altitud.

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Gigantes primitivos

En las zonas más altas de los montes Foja, entre 2.150 y 2.200 metros de altitud, crecen helechos arborescente gigantes.

 

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La expedición montó su campamento más elevado a 2.000 metros de altitud.

 

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El dosel de la selva de montaña filtra la luz

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Caminos fangosos

Un miembro de la expedición camina con dificultad por el fango del campamento del pantano.

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Protegiéndose de la lluvia, el botánico Asep Sadili aguarda la llegada del helicóptero que ha de recogerlo. Finalmente, el helicóptero no apareció aquel día.

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Vista de los montes Foja entre el campamento del pantano y la aldea de Kwerba

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Expedición a Nueva Guinea: paisajes de un mundo inexplorado

El día empezaba con el canto de los pájaros, en especial con el de la vocinglera y ubicua pe­­troica terrestre chica. Jalonaban la rutina diaria los ásperos gritos de las bandadas de loris, que surcaban el aire sobre las cabezas de los expedicionarios como balas rojas y verdes; el arrullo constante de las palomas frugívoras, que misteriosamente permanecían ocultas en las copas de los árboles pese a su deslumbrante plumaje verde y amarillo, y el interminable goteo del agua sobre las tiendas.

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Fotografías

Al atardecer estallaba el reclamo ensordecedor de las cigarras, que a las cinco y media de la tarde sonaban como alarmas de coche y a las seis parecían sirenas de policía. Luego caía la noche, y las ranas se sumaban al coro. Cada día traía consigo nuevos descubrimientos y sorpresas, desde el raro, y casi mítico, canguro arborícola dorado (cuyo nombre científico, Dendrolagus pulcherrimus, significa «la más bella liebre arborícola), hasta las polillas, que parecían reunir todas las combinaciones posibles de formas y colores.

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