¿Imaginas, dentro de unos pocos años, poder elegir entre la cartas de vino de un restaurante un exquisito cabernet sauvignon con denominación de origen de la estepa rusa? A día de puede sonar completamente disparatado, sin embargo, al ritmo en que las condiciones climáticas están cambiando en nuestro planeta, esto podría ser una realidad dentro de 2 o 3 décadas, pues el patrón de distribución de los árboles en el mundo parece estar cambiando.

La tundra en retroceso

Mientras que en algunas regiones tropicales los árboles mueren debido al cambio climático, la deforestación o los incendios forestales, otras zonas del mundo parecen estar experimentando un constante y progresivo reverdecimiento. Así, en la tundra siberiana, por ejemplo, algunas pequeñas plantas leñosas están comenzando a tomar el tamaño de arbustos, pequeños arbustos están comenzando a tornarse arboles de modesto porte, y algunos árboles más grandes están comenzando a salpicar un paisaje antes dominio exclusivo de líquenes y musgos.

Musgos y líquenes que, por ejemplo en Alaska, están empezando a ser sustituidos por abetos. Mientras tanto, en Noruega, abedules y pinos avanzan hacia los polos ganando terreno a la tundra. Y es que a lo largo de la línea de árboles del norte de la Tierra, la tundra está retrocediendo dando paso a nuevos árboles.

Un planeta con más CO2, un planeta con más árboles

El caso de la tundra es especial. La tundra siempre ha sido para los seres humanos un lugar carente de vegetación e inhóspito reservado a unos pocos pueblos especialmente adaptados a sus condiciones climáticas como los inuit, los aleutianos o los nenets. Un lugar, hasta cierto punto incomprendido, pero no el único en el que la vegetación está comenzando a medrar ante todo pronóstico.

Lejos del extremo norte de nuestro planeta, en otras zonas más áridas, también se está experimentando un incremento de la masa arbórea que se achaca a un mayor incremento en la concentración de CO2.

El CO2 es uno de los principales gases de efecto invernadero y por tanto, uno de los responsables más directos del calentamiento global. Sin embargo, un efecto colateral menos conocido del CO2, es que un incremento de este gas también incide en el metabolismo de las plantas, permitiendo a estas usar el agua de manera más eficiente y prosperar en condiciones más secas.

Es decir, el CO2 también actúa como una especie de fertilizante que propicia que los árboles incrementen su biomasa en forma de hojas y madera, lo que puede conducir a un futuro con más árboles que, además, crecerán de forma más rápida. Este CO2 atmosférico permite también que los árboles reduzcan la pérdida de agua, ya que no necesitarían abrir tanto sus estomas para absorber el propio CO2, lo que podría permitir que las plantas echen raíces en donde hoy no pueden.

¿El aumento de árboles frenará el calentamiento global?

Una pregunta tan general no se puede entender en términos de "sí" o "no". Mientras que en los trópicos las masas boscosas están disminuyendo su capacidad de secuestrar CO2, cada día se agravan los efectos de la deforestación, las sequías son cada vez más acusadas y los incendios forestales más frecuentes, en las regiones más frías las últimas investigaciones están demostrando que las condiciones climáticas y el aumento en la disponibilidad de CO2 se está traduciendo en un aumento tanto de la extensión como de la productividad de los bosques. En el futuro, más CO2 también impulsará a los bosques a expandirse a nuevas áreas.

Por otro lado, es sabido que los árboles son eficientes reguladores de la temperatura. En las ciudades, por ejemplo, pueden reducir el calor entre 1 y 12 ºC. Sin embargo, aún no está suficientemente claro como a nivel global podría afectar a las temperaturas el aumento de masas boscosas, y en este sentido otras investigaciones cuestionan el impacto positivo del desarrollo de nuevos bosques.

Por ejemplo, un incremento en las masas boscosas en zonas no tropicales podría traducirse en un incremento de los incendios no solo en los bosques templados, sino en los actuales bosques boreales.

Otro aspecto muy discutido es la capacidad de los nuevos bosques para cambiar la reflectividad, o el albedo de las superficies terrestres, es decir, la cantidad de radiación solar que la superficie de la Tierra devuelve reflejada al espacio y que incide directamente en el cambio climático.

Las superficies cubiertas de nieve y hielo, o de alta montaña, tienen un albedo de entre el 80% y el 90%, mientras que un dosel denso de árboles puede tener un albedo del 15% o un bosque de coníferas del 8%; algo especialmente relevante en las áreas boreales de nuestro planeta, donde la sustitución de las superficies cubiertas de nieve por árboles podría disminuir el albedo a nivel global incrementando las temperaturas. Dicho de otra manera, a menor albedo, más se calienta la Tierra.

¿Podría entonces la aparición de nuevos bosques resultar en una aceleración de calentamiento global a largo plazo? Si esto es así ¿son los bosques una posible solución a la necesaria descarbonización de la sociedad? Preguntas como estas impulsan a los científicos a resaltar la importancia y tratar de comprender mejor cómo interactúan los bosques y el clima de la Tierra a nivel global.

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