La industria de la moda está acabando con el planeta: las consecuencias de la moda rápida

En los últimos años, la industria textil ha experimentado una drástica transformación; las modas vienen y van a una velocidad cada vez mayor, y lo que antes podía mantenerse en tendencia durante un periodo mayor a un año ahora solo se mantiene bajo el foco durante escasos meses. El hecho de que estas prendas estén destinadas a ser olvidadas en tan poco tiempo ha provocado que las marcas de ropa dejen de centrarse en la calidad del producto, poniéndoles una fecha de caducidad a muy corto plazo. A este fenómeno se le denomina fast fashion o moda rápida, y es uno de los mayores problemas a los que se enfrentarán las futuras generaciones si no se produce un cambio en la población.

Por un lado, este contribuye a uno de los mayores problemas que ya afectan a esta era: la contaminación medioambiental, ya que esta industria se considera de las más contaminantes del mundo. Los materiales de los que suelen estar hechas las prendas en la moda rápida suelen ser artificiales y requieren grandes cantidades de productos químicos tóxicos que acaban siendo vertidas en las aguas de los países en los que se fabrican (India, China, Vietnam, etc), afectando no solo al propio ecosistema, sino también a las personas que viven cerca de estas aguas. A esto se suman los extensos volúmenes de agua que se necesitan para su confección, anteponiendo ésta a las necesidades de agua de la población; por ejemplo, se necesitan alrededor de 20.000 litros de agua para producir 1kg de algodón, lo que sería suficiente para cubrir gran parte de las necesidades de la población india.

Además de esto, el fenómeno también genera problemas medioambientales tras el fin de su vida útil (que como se ha mencionado anteriormente es escasa), ya que los materiales son generalmente plásticos como el poliéster o el elastano. Estos tejidos pueden llegar a tardar 200 años en descomponerse, lo que hace que se desechen en grandes terrenos como el desierto de Atacama en Chile, donde hoy en día se pueden encontrar toneladas de ropa que no se pueden revender.

Por otro lado, uno de los problemas más camuflados que trae consigo la moda rápida tiene que ver con la velocidad con la que cambia la demanda en la industria: los tiempos a cumplir son muy rápidos, por lo que la producción se traslada a países en vías de desarrollo, que generalmente permiten a las marcas tener unas políticas laborales más precarias, como es el caso Bangladesh o Sri Lanka. En la mayoría de los casos, la realidad del país obliga a los trabajadores a aceptar el puesto de trabajo con el fin de llevar dinero a casa. La situación de estas familias puede llegar a ser tan extrema que incluso los más pequeños y vulnerables, los niños, se vean obligados a colaborar en la economía familiar aceptando este tipo de tareas.

Afortunadamente, muchas marcas empiezan a lanzar colecciones más sostenibles y la población comienza a ver el problema que supone la moda rápida; sin embargo, esto puede no ser suficiente para abordar el problema, por lo que habría que tomar otras medidas como campañas de concienciación en colegios (la población joven tiende a comprar más ropa) o desarrolla políticas que obliguen a las marcas a ser más transparentes. En conclusión, la moda rápida trae consigo unas consecuencias muy serias para las generaciones futuras y, como tal, debe ser abordada con urgencia.

Sin embargo, los jóvenes ya pueden empezar a dar sus primeros pasos hacia un armario más sostenible: evitar caer en la trampa de comprar en exceso es un buen comienzo, pero si de verdad es necesario, las tiendas de segunda mano ofrecen una alternativa que alarga la vida de las prendas que ya están en el ciclo. Por último, evitar materiales puramente sintéticos no solo ayuda a encontrar prendas más biodegradables, sino que también ayudará a que estas tengan mayor vida útil.