La vida de las monjas de clausura católicas en México

En este reportaje nos adentramos en un convento de clausura mexicano para saber qué ocurre entre sus paredes

29 de diciembre de 2016

Siempre quiero saber lo que ocurre entre bastidores. Ya esté fotografiando un parti­do de béisbol o una función de ballet. Me gusta mirar detrás de las cortinas y ver cómo es en realidad la vida de las personas. Así que cuando me dieron una beca para pasar tres años documentando la vida de las monjas de clausura católicas en México, no lo dudé.

En Puebla, donde me he criado, al­gunas iglesias católicas tienen más de 400 años. Las primeras hermanas que hubo aquí ayudaron a los españoles a difundir el catolicismo en el país. Pero muchas monjas permanecen recluidas dentro de los conventos y tienen prohibido relacionarse con el mundo exterior. Cuando yo era pequeña creía que eran una leyenda.

Una fotógrafa en el convento

Lograr acceso a su mundo no fue fácil. Cuando llamaba a la puerta de un convento, me decían que me fuera y luego me daban con la puerta en las narices. Pero yo soy tozuda y persistente, y al final me dejaron entrar.

Algunas monjas tomaron los votos para evitar el matrimonio

Al preguntar a las monjas por qué habían tomado los votos, algunas me contestaban que habían sentido la llamada; otras lo habían hecho para evitar el matrimonio. Y hubo dos que habían formado parte de una banda de rock y se habían hecho monjas buscando un sentido espiritual a sus vidas.

Todas las mañanas empezaba el día igual que ellas, a las 4.30 horas. Sus cantos eran mi despertador. Luego las seguía mientras hacían sus oraciones y sus tareas diarias, como lavar, limpiar y cocinar.

Enseguida me di cuenta de que también se divierten. Ríen y bailan, juegan a cartas y a otros pasatiempos, escuchan rock-and-roll… Conocí a una que era fanática del fútbol. Veía los partidos en la televisión y seguía a los equipos que le gustaban; incluso rezaba por los jugadores y saltaba de alegría cuando ganaban.

Mi propósito con esta serie fotográfica es mostrar la vida diaria de aquellas personas a quienes la reclusión ha convertido en invisibles. Quiero que todo el mundo vea lo vivas que están y lo humanas y femeninas que son. Quizás algún día su modo de vida de­saparezca. Pero todavía no.

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