Colonias de coral rojo, praderas de posidonia y centenares de otras especies proliferan en las zonas marinas protegidas. Cuando los ecosistemas dejan de sufrir el estrés ambiental causado por la actividad humana, el proceso de recuperación casi siempre es posible. Prueba de ello son las reservas marinas del sobreexplotado Mare Nostrum.

El nuestro es un mar antiguo. Hace más de 3.000 años vio cómo en su orilla más oriental los fenicios aprendían a construir embarcaciones capaces de navegar por alta mar y se lanzaban a explorar costas y territorios ignotos. Los griegos lo llamaron el «mar en medio de las tierras», los romanos, «nuestro mar», y los árabes, el «mar intermedio». A caballo de tres continentes, su línea de costa se extiende, incluyendo las islas, a lo largo de 46.000 kilómetros, y en sus riberas viven hoy casi 130 millones de personas, una cifra que se eleva a cerca de 500 millones si contamos los habitantes de todos los países de la cuenca.

Calificado infinidad de veces como cuna de civilizaciones, el Mediterráneo es y ha sido a lo largo de milenios el modus vivendi esencial para los habitantes de las tierras bañadas por sus aguas. Millones de personas subsisten gracias a los recursos que extraen de este mar casi cerrado, y debido al desarrollo demográfico e industrial de esa veintena de países, en la actualidad el nuestro es un mar muy sobreexplotado.

El Mediterráneo es en la actualidad el nuestro es un mar muy sobreexplotado

Hace ya muchos años que la comunidad científica alerta sobre la presión excesiva que estamos ejerciendo sobre sus recursos y ecosistemas. Hace medio siglo, el célebre comandante francés Jacques-Yves Cousteau, oceanógrafo, explorador, inventor y experto buceador, ya advirtió de esta situación. Tras años de inmersiones en unas aguas que le causaban auténtica fascinación, empezó a detectar graves problemas ambientales que lo llevaron a posicionarse firmemente a favor de las políticas de conservación.

Por este motivo, conmemorando el centenario de su nacimiento, el pasado verano el buque oceanográfico Alcyone, buque insignia de la Sociedad Cousteau tras el hundimiento accidental del Calypso en 1996, zarpó del puerto de Marsella con el objetivo de visitar de nuevo algunos de los lugares del Mediterráneo donde en 1946 el polifacético comandante había realizado unas extraordinarias filmaciones submarinas.

A bordo del Alcyone, una tripulación de lujo: el hijo menor de Jacques-Yves Cousteau, Pierre-Yves, un equipo compuesto por realizadores y operadores de cámara de National Geographic Channel y el ecólogo marino Enric Sala, explorador de National Geographic. Todos partieron con la misión de revisitar los ecosistemas marinos filmados por Cousteau hace 65 años, realizar nuevas filmaciones y comparar los fondos mediterráneos actuales con los del pasado. El resultado, eje vertebral de un documental que National Geographic preestrenó en Mónaco el pasado mes de febrero, ha servido también para establecer propuestas concretas dirigidas a mantener la salud de los ecosistemas marinos del Mediterráneo a largo plazo.

Son muchos los problemas que mantienen en un estado de estrés permanente a los organismos que viven en sus aguas

Y es que buena falta les hace. Las conclusiones de un estudio reciente realizado por investigadores del Instituto de Ciencias del Mar del CSIC, en Barcelona, evidencian que la biodiversidad marina de nuestro mar es una de las más amenazadas del mundo. «Son muchos los problemas que mantienen en un estado de estrés permanente a los organismos que viven en sus aguas –afirma Marta Coll, bióloga marina y coordinadora del estudio–. Entre ellos, la sobreexplotación, la destrucción del hábitat, la contaminación, el aumento de la temperatura de la superficie del mar causado por el cambio climático y la llegada de multitud de especies invasoras: 637 contabilizadas hasta el momento.»

La mayoría cruza el canal de Suez a bordo de los barcos, en las aguas de lastre, que son las que se utilizan para estabilizar las embarcaciones. «Entre ellas, destacan las medusas Mnemiopsis leidyi y Rhopilema nomadica –añade Marta Coll–, dos especies invasoras muy dañinas. En algunos lugares del Mediterráneo oriental, como Israel, causan graves daños en los ecosistemas y afectan a la actividad pesquera.» Aunque una reserva no impide la llegada de especies invasoras, favorece la recuperación de los organismos autóctonos, y éstos se hacen más resilientes a otros impactos.

«Cuando Jacques Cousteau comenzó a bucear en estas aguas hace más de 60 años –señala Enric Sala, director científico de la expedición–, contempló unos fondos intactos con bosques de algas y de posidonia saludables, donde los peces de gran tamaño eran abundantes. Hoy esos bosques y praderas submarinas están muy degradados, y a menudo, cubiertos por una mucosa capa de algas filamentosas y bacterias.»

Estas algas y bacterias proliferan cuando la materia orgánica en suspensión es abundante, debido, entre otras causas, a la contaminación provocada por los vertidos de aguas fecales. Las algas llegan a cubrir y asfixiar las praderas de posidonia hasta hacerlas desaparecer, y con ellas, a todas las especies que cobijan.

«Los fondos parecen vacíos, sin vida. Sólo en las reservas marinas que hemos visitado hemos podido ver abundantes bancos de peces y ejemplares grandes como antaño», dice Sala. Tras años de preservación, en las reservas se ha recuperado en parte la riqueza que había, mientras que muchas de las áreas sin ninguna protección son extensiones yermas. En ellas no queda nada de la biodiversidad que Cousteau filmó en 1946.

Para Pierre-Yves Cousteau, sumergirse en aguas del Mediterráneo supuso una experiencia extraordinaria. «Las áreas marinas bien gestionadas son oasis de vida en un mar agonizante –declara–. Debemos estar enormemente agradecidos a las personas que hace 10, 20 o 30 años decidieron proteger estas zonas, que ahora son un modelo de cómo era entonces la vida bajo la superficie del Mediterráneo.»

Aunque el Mare Nostrum es uno de los mares más biodiversos de la Tierra, «tan sólo el 0,01% de sus aguas está completamente protegido», añade Sala, quien asegura que hay mucho trabajo por hacer. «Deberíamos conseguir, como mínimo, que el 10% del Mediterráneo estuviera bajo protección, y aun así no sería suficiente, ya que la comunidad científica recomienda preservar el 20% de sus aguas», recalca el biólogo.

La CIESM es una comisión internacional integrada por 22 estados miembros que cubre todas las disciplinas en investigación marina en el Mediterráneo y el mar Negro

El pasado noviembre, Sala y Frederic Briand, Director General de la Comisión Científica del Mediterráneo (CIESM), convocaron en la ciudad siciliana de Siracusa una reunión con 30 científicos mediterráneos, quienes apoyaron la creación de ocho parques marinos internacionales para preservar una parte importante de la geodiversidad y biodiversidad del Mediterráneo. La CIESM es una comisión internacional integrada por 22 estados miembros que cubre todas las disciplinas en investigación marina en el Mediterráneo y el mar Negro. Apoyada por 4.500 científicos en 520 institutos de investigación, la CIESM produce informes rigurosos e imparciales sobre el estado y las tendencias de los sistemas marinos mediterráneos, con recomendaciones para en­­tender, monitorizar y proteger mejor un mar que se halla muy degradado. «La propuesta de la CIESM es revolucionaria –apunta Briand–, porque nuestras zonas incluyen áreas costeras y aguas internacionales que permitirían la combinación de medidas de gestión y protección armonizadas sobre hábitats marinos interconectados.»

El Alcyone, equipado con sus dos turbovelas, un innovador sistema de propulsión marítima que Cousteau y su equipo desarrollaron en la década de 1980 y que permite un ahorro de combustible de hasta un 35%, zarpó de Marsella el pasado mes de junio y enfiló su proa hacia la Reserva Natural de Scandola, en la costa occidental de la isla de Córcega, establecida en 1975 y declarada Patrimonio de la Humanidad junto al Parque Regional de Córcega en 1983. «Mientras que en Marsella el fondo marino es pobre, en Scandola es evidente cómo, tras años de protección, las especies se han recuperado y el ecosistema es estable. Las colonias de coral rojo, los centollos y los bosques de algas pardas son algunas de sus especies emblemáticas», dice Sala.

Cuando se protege un área marina, poco a poco el ecosistema empieza a ser recolonizado. «Las especies que se recuperan antes son las de crecimiento más rápido, esperanza de vida más corta y tasa de reproducción elevada, como, por ejemplo, los pequeños peces que se alimentan de invertebrados. Por el contrario, los grandes depredadores, como los meros, aumentan de tamaño lentamente y pueden vivir hasta 50 años, con lo que su recuperación se consigue a largo plazo», dice Sala. Al principio, todas las especies incrementan su abundancia. Pero cuando las poblaciones de depredadores alcanzan su cénit, las de sus presas tienden a disminuir. «En el mar ocurre lo mismo que en tierra, donde poblaciones estables de depredadores como leones o lobos regulan las poblaciones de sus presas, y el ecosistema es más saludable», añade.

La protección de los ecosistemas marinos es hoy una necesidad, y también un “negocio” en el que todos ganan

Tras abandonar Scandola, el Alcyone navegó rumbo a la península Ibérica hasta las islas Medes, frente a la Costa Brava catalana, y de allí se dirigió a Baleares, primero a la reserva de S’Espardell, en Formentera, y luego a Cabrera, esta última protegida bajo la categoría de parque nacional. En todas las reservas, la recuperación de las es­­pecies ha sido espectacular. Es frecuente observar meros de gran tamaño, abundantes colonias de gorgonias, ufanas praderas de posidonia… y un sinfín de especies más que en el pasado proliferaban en todo el Mediterráneo y que hoy están restringidas a estos pequeños reductos a salvo de la acción humana.

«La protección de los ecosistemas marinos es hoy una necesidad, y también un “negocio” en el que todos ganan –declara Sala–. Las reservas actúan como cuentas de ahorro, donde hay un capital que no se gasta y que nos da unos intereses de los que podemos ir viviendo. A los pocos años de crearse una reserva marina, la cantidad de peces es tal, que cierta cantidad de adultos, juveniles y larvas rebasa las fronteras del área protegida y pasa a engrosar las poblaciones pesqueras comerciales de los alrededores. En es­­pecial favorece las artes de pesca artesanales, las únicas que hoy pueden considerarse sostenibles.»

Sala opina que aunque al principio muchos pescadores pueden tener reticencias frente a la creación de reservas, a la larga entienden su utilidad. Incluso los hay que claman por la ampliación de las ya existentes, conscientes de que sin tales medidas, sus hijos no podrán seguir en la profesión. Además, las reservas marinas son una importante fuente de ingresos. «En las Medes, por ejemplo, una reserva de apenas un kilómetro cuadrado, gracias al turismo se generan unas ganancias de seis millones de euros, una cifra 20 veces superior a la que se genera con la pesca. Por no citar la cantidad de puestos de trabajo que se crean para atender la demanda de los turistas que vienen a observar lo que ya no puede verse en casi ninguna parte del Mediterráneo», recalca.

Hoy, la utilidad de las reservas marinas está comprobada en todos los aspectos. Lo que hace falta ahora es que ese convencimiento llegue a toda la sociedad y que los centros de toma de decisiones actúen en consecuencia. Si los antiguos romanos acuñaron el apelativo de Mare Nostrum cuando llegaron a dominar toda su cuenca, quizá ya es hora de que volvamos a sentirlo nuestro, pero no bajo las premisas de una explotación sin límites, sino en concordancia con los objetivos de un nuevo milenio que nos exige enormes cambios a escala planetaria.