Te están vigilando. Cámaras de seguridad en las ciudades

La tecnología y nuestra creciente demanda de seguridad nos han puesto a todos bajo vigilancia. ¿Está tocando a su fin el concepto de privacidad?

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MM8500 172337 03 Portrait. Vigilando continentes

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Vigilando continentes

Dino Bertolino, técnico aeroespacial sénior de Planet, sostiene uno de los satélites equipados con cámaras que esta empresa de San Francisco llama Doves («palomas»). Planet tiene en órbita más de 150 de estos satélites del tamaño de una caja de zapatos, tomando dos fotografías por segundo. Con su flota, y si las condiciones son óptimas, la empresa puede fotografiar toda la masa terrestre del planeta en un día.

 

Foto: Craig Cutler

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Vigilando la atmósfera

Estos minúsculos drones de la Marina de Estados Unidos (básicamente, placas de circuitos aerodinámicas) fueron diseñados para ser soltados desde el aire a modo de enjambre. Sus aplicaciones son múltiples: monitorizar huracanes, tender un cable trampa virtual a lo largo de una frontera o guiar a los agricultores en la siembra.

 

Foto: Mark Thiessen, NGM

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Vigilando a los francotiradores

Shooter Detection Systems, una empresa de Boston, ha inventado un dispositivo (arriba) que se instala en la pared y localiza tiradores activos en el interior de un edificio. El sistema identifica el sonido de los disparos gracias a un software acústico y los verifica mediante detectores infrarrojos que detectan el destello producido en el cañón del arma. Acto seguido proporciona automáticamente a los agentes de seguridad un mapa con la ubicación exacta del incidente.

 

Foto: Robert Clark

MM8500 170930 10240. Vigilando las calles

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Vigilando las calles

Apodados como la «quinta agencia de inteligencia más grande del mundo», más de 850.000 voluntarios –jubilados con chaleco o brazalete de color rojo– son los ojos y los oídos de los barrios de Beijing donde viven. Desplegados en masa en la capital china los días festivos, ayudan a organizar el tráfico, dan indicaciones a los turistas y visitan a los enfermos. Pero sobre todo se les conoce por estar ojo avizor en las calles, atentos a conductas sospechosas.

Foto: Mark Leong

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Vigilando delincuentes

Peter Gold regresa a la calle de Nueva Orleans en la que recibió un disparo cuando intentaba salvar a una mujer de ser secuestrada a punta de pistola. Entonces era un estudiante de medicina de 25 años, e intervino cuando un hombre –identificado como Euric Cain– trataba de meter a la mujer por la fuerza en un vehículo. El incidente, ocurrido en 2015, fue grabado por una videocámara; muestra a Cain disparando a Gold en el abdomen e intentando rematarlo dos veces con un tiro en la cabeza mientras la víctima yacía en la acera. No lo logró porque se le encasquilló el arma. Al igual que el empresario que había instalado la cámara, cada vez más ayuntamientos y ciudadanos particulares recurren a la videovigilancia de las calles para combatir la delincuencia.

Foto: Max Aguilera-Helweb; Departamento de Policía de Nueva Orleans.

Calibration Mark AJ56 with Satellites. Vigilando satélites

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Vigilando satélites

En la década de 1960 el Cuerpo de Ingenieros del Ejército estadounidense construyó más de 270 cruces de hormigón de 18 metros de ancho en el desierto de Arizona. Las dimensiones conocidas ayudaron a calibrar los primeros satélites espía del mundo. Para crear la imagen que aparece sobre estas líneas, dos artistas fotografiaron la cruz, identificaron las trayectorias de los satélites que la sobrevuelan y dibujaron en el cielo los arcos que describen.

Foto: Julie Anand y Damon Sauer

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Vigilando furtivos

Unos guardas de la Reserva Nacional Masai Mara de Kenya rescatan una cría de elefante  que se separó de su manada y quedó a merced de los depredadores; el pequeño fue transportado a un santuario animal.

Foto: Pete Muller

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Vigilando furtivos

Gracias a las cámaras que WWF proporciona a Mara Conservancy, los guardas  pueden proteger la fauna durante la noche.

Foto: WWF

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Ampliar la perspectiva

Para demostrar las capacidades del sistema de CCTV de Islington, las autoridades accedieron a seguir a un hombre contratado por National Geographic en sus desplazamientos por Goswell Road. En esta foto la cámara de alta definición hace zoom para captar un primer plano desde una distancia de 387 metros.

Foto: Toby Smith/ Sala de Control del CCTV de Islington

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Vigilando el planeta

Planta solar Nooro III, Marruecos

Foto: Dove the Planet

Peter Gold2. Vigilando delincuentes

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Vigilando delincuentes

Peter Gold regresa a la calle de Nueva Orleans en la que recibió un disparo cuando intentaba salvar a una mujer de ser secuestrada a punta de pistola. Entonces era un estudiante de medicina de 25 años, e intervino cuando un hombre –identificado como Euric Cain– trataba de meter a la mujer por la fuerza en un vehículo. El incidente, ocurrido en 2015, fue grabado por una videocámara; muestra a Cain disparando a Gold en el abdomen e intentando rematarlo dos veces con un tiro en la cabeza mientras la víctima yacía en la acera. No lo logró porque se le encasquilló el arma. Al igual que el empresario que había instalado la cámara, cada vez más ayuntamientos y ciudadanos particulares recurren a la videovigilancia de las calles para combatir la delincuencia.

Foto: Max Aguilera-Helweb

Palley DSC5241. Vigilando incendios

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Vigilando incendios

En esta foto de larga exposición (derecha), una avioneta del Servicio de Bosques de Estados Unidos sobrevuela un incendio cerca del lago Isabella, en el Bosque Nacional de las Secuoyas, California, para tomar fotos (abajo) con un escáner infrarrojo térmico. Los datos se superponen a los mapas (inferior) para conocer los perímetros de los incendios, lo que permite a los bomberos planear sus maniobras e identificar amenazas.

Foto: Stuart Palley; Servicio de Bosques del Departamento de Agricultura de Estados Unidos

Dalian.jpg. Vigilando el planeta

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Vigilando el planeta

El primer portaaviones chino construido desde cero se bota en Dalian, ciudad portuaria del mar Amarillo. Estas imágenes, tomadas por los satélites Dove de Planet, muestran el buque en un amarradero (izquierda), saliendo al agua (centro) y amarrado (derecha). Planet fotografía movimientos parecidos día a día en cualquier lugar del mundo.

Foto: Dove the Planet

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Vigilando el cielo

Mientras un avión deja su estela en el cielo, tres telescopios del centro de vigilancia espacial Deimos Sky Survey, ubicado en Ciudad Real, España, observan atentos para detectar asteroides cercanos y basura espacial que pudiesen causar daños a los satélites. Noelia Sánchez Ortiz, ingeniera aeroespacial, y Jaime Nomen, astrónomo y director del observatorio, monitorizan los instrumentos.
Luca Locatelli

Foto: Luca Locatelli

Vigilancia en las ciudades

Te están vigilando. Cámaras de seguridad en las ciudades

Al cabo de tres o cuatro minutos abandonan de repente Upper Street y entran en una avenida residencial tranquila y arbolada. Se suben a la acera y apagan las motos. Se apean de ellas y, sin sacarse el casco, charlan un buen rato. Solo ellos conocen el contenido de su conversación. Pero hay algo que seguramente ignoran: a menos de dos kilómetros de distancia, desde una sala sin ventanas, otros dos hombres los están vigilando.
«Se mueven», le dice Sal a Eric.

Con una separación de unos tres metros entre uno y otro, están sentados ante el largo panel de mandos de la sala de control del circuito cerrado de televisión (CCTV) de Islington, una habitación con paredes y moqueta grises y sin ninguna de­coración. Sal es de mediana edad; Eric es mucho más joven. Ambos visten ropa informal de oficina.

No hay charla banal entre ellos. Cuando los dos motoristas reanudan la marcha, Sal teclea algo en el ordenador y aparece en la pantalla la imagen de la cámara 10. Y ahí está de nuevo la pareja, recorriendo Upper Street como una flecha. Cuando desaparecen del campo visual de Sal, Eric los localiza en la cámara 163. Con un joystick hace zoom sobre la moto que va a la zaga hasta que se lee perfectamente la placa de matrícula.

Sal llama por radio a la comisaría de policía. «Tenemos dos motocicletas sospechosas haciendo caballitos en Upper Street».

Sal y Eric están frente a un inmenso panel con 16 pantallas que proyectan en tiempo real las imágenes captadas por las 180 cámaras del CCTV de Islington. Lo que en ellas se ve revela que esta mañana de sábado es relativamente tranquila. Esta misma semana un joven murió apuñalado en un piso de la zona, y un hombre acabó con su vida tirándose desde el paso elevado de Archway Road, conocido por el funesto nombre de «el puente de los suicidas». Este mismo sábado, dentro de un rato, las cámaras pasarán horas barriendo los 35.000 asistentes al festival de Finsbury Park en busca de carteristas, borrachos pendencieros y maleantes de poca monta.

Sospechosos a la vista

Pero por el momento lo único que llama la atención son los dos motoristas. Y aunque Sal y Eric –que llevan en este trabajo 15 y cuatro años, respectivamente– siguen la pista a sus presas de cámara en cámara con rutinaria eficiencia, puedo sentir que se les acelera el pulso. Porque lo que tenemos aquí, según creen, son dos integrantes de las bandas que llevan más de un año haciendo estragos en Islington: arrebatan los móviles de los viandantes y luego los venden en el mercado negro. Es algo que ocurre unas 50 veces por semana en este municipio de casi 233.000 habitantes.

Y, sin embargo, para el lego en la materia, la posibilidad de pillar a los motoristas con las ma­nos en la masa puede parecer una minucia. Lo que a mí me fascina es el espectáculo de dos individuos que aparentemente no tienen la menor idea de que los vigilan vayan por donde vayan. A lo mejor son delincuentes. O sociópatas.

Nuestra vigilancia no dirime estas cuestiones. Lo único que sabemos con seguridad es que los estamos viendo y ellos a nosotros no. Como un ciervo en el visor de una escopeta de cazador, los motoristas no dan muestras de su vulnerabilidad. En este sentido están absolutamente vendidos.

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Fotografías


Esa misma noche, a unos pocos kilómetros de aquí, tomo asiento dentro de una unidad móvil estacionada en el sudoeste de Londres, un poco más abajo del metro de Vauxhall. A mi lado tengo a un joven afable al que llaman Haz. Ante nosotros, varias pantallas de CCTV proyectan las imágenes enviadas por las 10 cámaras que enfocan dos discotecas cercanas.

Haz trabaja aquí un par de fines de semana al mes. Las discotecas, Lightbox y Fire, quieren evitar los problemas con la ley que podrían causarles eventuales trapicheos de drogas entre clientes, así que han contratado a un operador de CCTV móvil y expolicía, Gordon Tyerman, para que ponga a su hombre, Haz, a echar un ojo al personal.

«Es el trabajo más interesante y emocionante que he tenido nunca –dice Haz–. Es impredecible. Está todo tranquilo y de repente hay una pelea».

Haz hace turnos de 10 horas seguidas en la unidad móvil sin apartar la mirada de los clientes. Si ve un posible trapicheo de droga o una pelea, lo comunica por walkie-talkie a los de seguridad de las discos. No sale de su asombro ante la nula discreción que exhiben algunos camellos, con sus calcetines llenos de bultos y sus indisimuladas transacciones, pese a saber que hay guardias de seguridad. «Nos preguntamos: “A ver qué burro eres” –se ríe–. Pero ellos se lo toman como un reto».

Borracheras, peleas, trapicheos...

Esta noche no hay trapicheos ni peleas, solo las idioteces absurdas de jóvenes borrachos. Se tambalean por la calzada. Se meten mano. Vomitan en la acera… Aunque Haz insiste en que ha adquirido «habilidades inestimables en el desempeño de este trabajo», el grueso de esas habilidades que está perfeccionando son las propias de un antropólogo experto en la noche vauxhalliana.

«Ves cada cosa en el CCTV –dice, con asombro– que a veces te preguntas: “¿Pero este tío es un adulto?”. La gente suele olvidar quién es».

¿De veras olvidan quiénes son? ¿O simplemente olvidan que quizás alguien los está vigilando?

En 1949, el fantasma del autoritarismo europeo llevó al novelista británico George Orwell a publicar su magistral distopía 1984, con su siniestra advertencia: «El Gran Hermano te vigila». Por perturbadora que pu­diese resultar aquella idea, en realidad la «vigilancia» de aquella época era una actividad sumamente limitada. Ese mismo año, en 1949, una empresa estadounidense puso a la venta el primer sistema de CCTV disponible para el público general. Dos años después, en 1951, Kodak presentó a un público anonadado la cámara de cine portátil Brownie.

Nuestra vida en internet

Hoy se comparten o cuelgan en internet más de 2,5 billones de imágenes al año, por no hablar de los miles de millones de fotografías y vídeos que los usuarios manejan en privado. En 2020, calcula una empresa de telecomunicaciones, 6.100 millones de personas tendrán un teléfono móvil con cámara. Por el momento se están vendiendo en torno a 106 millones de cámaras de vigilancia al año. Más de tres millones de cajeros automáticos del planeta miran fijamente a sus clientes.

Decenas de miles de cámaras conocidas como dispositivos de reconocimiento automático de matrículas (o ANPR, por sus siglas en inglés) se ciernen sobre las redes viarias para cazar excesos de velocidad y aparcamientos indebidos, sí, pero también, como es el caso del Reino Unido, para vigilar las idas y venidas de presuntos delincuentes.

El número –no cuantificado, pero creciente– de individuos que portan cámaras corporales ya no solo incluye a policías, sino también a profesionales hospitalarios y de diversos ámbitos ajenos a los cuerpos de seguridad del Estado. También se multiplican por doquier los aparatos de monitorización personal –cámaras para el salpicadero del coche, cámaras acopladas al casco de los ciclistas para grabar colisiones, timbres domésticos con lentes para evitar hurtos cuando la persona no está en su casa– que rá­pidamente se están convirtiendo en parte del ar­­senal cotidiano de muchos urbanitas.

Menos cuantificables todavía, pero infinitamente más fastidiosas, son los miles de millones de imágenes de ciudadanos desapercibidos captadas por las tecnologías de reconocimiento facial y almacenadas en bases de datos del sector privado y de los cuerpos de seguridad públicos sobre las que prácticamente no tenemos el menor control.

Y esos son solo los aparatos de «vigilancia» que están al alcance de nuestra mirada. En este mismo instante el cielo es un hervidero de drones: en 2016, aficionados y empresarios estadouniden­ses adquirieron 2,5 millones de unidades. Esta cifra no incluye la flota de vehículos aéreos no tripulados que emplea el Gobierno de Estados Unidos no solo para bombardear terroristas en Yemen, sino también para frustrar la entrada de inmigrantes ilegales de México, rastrear las inundaciones causadas por huracanes en Texas o capturar a cuatreros que actúan en Dakota del Norte. Tampoco incluye los miles y miles de aerodispositivos espía que usan otros países, entre ellos Rusia, China, Irán y Corea del Norte.

También desde el espacio nos vigilan. Más de 1.700 satélites observan nuestro planeta. Desde unos 500 kilómetros de distancia, algunos de ellos logran distinguir una manada de búfalos o determinar las fases de un incendio forestal. Una cámara hace clic desde el espacio exterior, y un absoluto desconocido puede adquirir una imagen detallada del edificio en el que trabajamos.

Simultáneamente, en ese mismo edificio, es posible que nos fotografíen decenas de veces al día, a distancias tan cortas como perturbadoras, desde unas cámaras que quizá nunca lleguemos a localizar, y que nuestra imagen se almacene con propósitos que tal vez nunca lleguemos a conocer. El smartphone que manejamos, las búsquedas que hacemos en internet y las cuentas que abrimos en las redes sociales delatan continuamente nuestros secretos. Gus Hosein, director ejecutivo de Privacy International, apunta: «En el siglo XIX, si la policía quería saber qué estabas pensando, tenía que torturarte; hoy les basta con echar un vistazo a tus dispositivos electrónicos».

El smartphone que manejamos, las búsquedas que hacemos en internet y las cuentas que abrimos en las redes sociales delatan continuamente nuestros secretos


Este es –por fusilar el título de otro futurista británico, Aldous Huxley– nuestro nuevo mundo feliz. Que lo veamos venir es flaco consuelo, dado que, en palabras de Alessandro Acquisti, profesor de tecnologías de la información de la Universidad Carnegie Mellon, «en este juego del gato y el ratón que es la protección de la privacidad, el sujeto-dato lleva siempre las de perder». Rendirse al juego es una propuesta descorazonadora, pero proponernos actuar para proteger nuestra intimidad puede ser aún más desmoralizante.

Randolph Lewis, profesor de la Universidad de Texas, escribe en su último libro, Under Surveillance: Being Watched in Modern America (Bajo vigilancia: vivir observado en los Estados Unidos de hoy): «Muchas veces la vigilancia es agotadora para quien verdaderamente percibe su tirón:

Apabulla con su acoso incesante, sus misterios omnipresentes, sus tabulaciones infinitas de desplazamientos, adquisiciones, potencialidades».
El deseo de privacidad, dice Acquisti, «es un rasgo universal del ser humano que trasciende culturas y épocas. Lo preocupante es que si todos nosotros sufrimos individualmente por la pérdida de privacidad, la sociedad como conjunto tal vez no será consciente de su valor hasta haberla perdido para siempre y sin remedio».

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Fotografías


¿Es nuestro avance hacia el estado de oscuros tintes orwellianos que se vislumbra en el horizon­te un camino sin retorno? ¿O existe una perspectiva más esperanzadora, en la que un planeta vigilado podría ser en muchos sentidos un lugar mejor? Pensemos en las 463 cámaras-trampa de las que se vale el Fondo Mundial para la Naturaleza en China para monitorizar los movimientos del amenazado panda gigante.

O en los dispo­sitivos termográficos con los que los guardas detectan de noche a los cazadores furtivos que merodean por la Reserva Nacional Masai Mara de Kenya. O en el sistema de cámaras submarinas fonoactivadas que han desarrollado investigadores de la Universidad de California en San Diego para seguir la pista en el golfo de California a la casi extinta vaquita marina. O en las cámaras co­nocidas como «vigilantes forestales» que han instalado en Sri Lanka para proteger sus menguantes bosques maderables.

«Si quieres hacerte una idea de cómo será el futuro –era la funesta advertencia que Orwell nos hacía en su obra maestra–, figúrate una bota aplastando un rostro humano… incesantemente». Esta visión autoritaria subestima la posibilidad de que los Estados puedan utilizar este tipo de instrumentos para incrementar la seguridad ciudadana.

Recordemos, por ejemplo, el papel que cumplieron las grabaciones de las cámaras de seguridad en el esclarecimiento de los atenta­dos del metro de Londres en 2005 y de la maratón de Boston en 2013. Existen cantidad de episodios menos famosos, como el de Euric Cain, a quien en 2015 una cámara grabó disparando a un estudiante de medicina llamado Peter Gold cuando este frustró su intento de raptar a una mu­­jer en las calles de Nueva Orleans. (Gold sobrevivió; Cain fue condenado a 54 años de cárcel por una carrera criminal desenfrenada que incluía violaciones, atracos e intentos de asesinato).

En el puerto de Boston se ha testado un método de visualización de mercancías inventado por dos físicos del MIT, Robert Ledoux y William
Bertozzi. Gracias a la técnica de fluorescencia de resonancia nuclear, que posibilita la identificación de elementos mediante la excitación de sus núcleos, este artefacto es capaz de determinar la composición elemental de lo que se esconde en el interior de un contenedor sin tener que abrirlo. A diferencia de un escáner de rayos X convencional, que solo muestra la forma y densidad, el nuevo dispositivo logra discriminar entre refrescos azucarados y edulcorados, entre diamantes naturales y artificiales, entre plásticos y explosivos de alta energía o entre material nuclear y no nuclear.


¿Alguien duda de que si en los últimos 150 años el mundo hubiese estado sometido a inspecciones más rigurosas, nos habría ido mejor? Tal vez sabríamos quién era Jack el Destripador, si Lee Harvey Oswald actuó en solitario, si O. J. Simpson hizo algo o no hizo nada…

Huelga decir que la seguridad pública ha sido el pretexto para implantar vigilancias desde antes de Orwell, pero hoy en día estas tecnologías pueden entenderse como un salvavidas en un sentido más amplio que nunca. Gracias a las imágenes enviadas por los satélites, las organizaciones de ayuda humanitaria han localizado refugiados cerca de Mosul, acampados en los desiertos del norte de Iraq. Y gracias a numerosas sondas espaciales, los científicos tienen pruebas de que el clima del planeta está cambiando a pasos agigantados.


¿Es posible que la imaginación de Orwell haya errado? ¿Acaso el Gran Hermano salvará a la humanidad en vez de esclavizarla? ¿O tal vez ambos escenarios pueden verificarse simultáneamente?

En ningún otro lugar del mundo he visto un afán por la vigilancia como en el Reino Unido», me dijo Tony Porter, el único comisionado para la videovigilancia del que se tiene noticia en el mundo, cuando nos reunimos en la cafetería de un edificio gubernamental de Londres desde cuyos rincones nos observaban varias cámaras de CCTV. Exagente de policía y especialista en lucha antiterrorista, Porter fue reclutado hace cuatro años por el Ministerio del Interior británico para dar una apariencia de supervisión al galopante estado de vigilancia total que vive el país.

Con un presupuesto anual de solo 270.000 euros, Porter y tres empleados dedican su jornada laboral a conminar una y otra vez –con relativo éxito– a los usuarios de cámaras de vigilancia, tanto del Estado como de las empresas, a ceñirse a las normativas y recomendaciones pertinentes. Sin em­bargo, más allá de hacer constar el nombre de quienes no las respetan en los informes que remite al Parlamento, el negociado de Porter carece de competencias para hacer cumplir la ley.

Aun así, su apreciación de que el Reino Unido es el país del mundo más receptivo a las tecnologías de vigilancia está muy extendida. La red londinense de cámaras de vigilancia se concibió a principios de los años noventa a raíz de dos atentados perpetrados por el IRA en la City, el distrito financiero de la capital. Lo que se desencadenó entonces fue una proliferación febril de los sistemas de vigilancia. William Webster, profesor de política pública de la Universidad de Stirling en Escocia, y un experto en el tema, recuerda: «En aquel momento el discurso de la seguridad pública era: “Quien no tiene nada que ocultar, no tiene nada que temer”. Visto a posteriori, el origen de semejante lema nos retrotraería a la Alemania nazi. Pero era una frase muy repetida que aplastó cualquier atisbo de crítica contra los CCTV».

La infraestructura de seguridad original de Londres, el «anillo de acero», se amplió y aumentó posteriormente con la implantación de tecnologías de ANPR en las grandes arterias viarias. Ahora hay repartidas a lo largo y ancho del país 9.000 cámaras de reconocimiento de matrículas que cada día captan y almacenan de 30 a 40 millones de imágenes de todas y cada una de las matrículas que pasan frente a ellas, no solo de coches que exceden los límites de velocidad o llevan delincuentes al volante.

A lo largo y ancho del país 9.000 cámaras de reconocimiento de matrículas que cada día captan y almacenan de 30 a 40 millones de imágenes de todas y cada una de las matrículas que pasan frente a ellas


Como apunta Allan Burnett, excoordinador de lucha antiterrorista de la policía escocesa, «hoy sería muy difícil atravesar Escocia sin que te vea alguna cámara de ANPR».

«Diría sin temor a equivocarme que tenemos más sistemas de CCTV per cápita que ninguna otra ciudad del planeta –me dijo el ex viceprimer ministro Nick Clegg en su despacho de Londres, mientras desde el otro lado de la calle una cámara lo observaba, enfocándole directamente la espalda–. Y básicamente ha ocurrido sin que mediase un debate significativo, ni público ni político.

En parte es así porque no tenemos los antecedentes de fascismo y regímenes no democráticos que en otros países han instilado una profunda suspicacia para con el Estado. Aquí se percibe como un ente benévolo. Solo que, tal como nos enseña la historia, es benévolo hasta que deja de serlo».

El miedo y el romanticismo ayudan a explicar el grado de vigilancia que impera en el Reino Unido. Al fin y al cabo, hablamos de un país que se salvó gracias al espionaje: el museo de Bletchley Park, todo un homenaje a los legendarios criptógrafos de la Segunda Guerra Mundial situado a 70 kilómetros de Londres, recibe en la actualidad un gran número de visitas.

Tantas como la exposición permanente que el Museo del Cine de Londres dedica al apuesto espía James Bond, personaje creado por el novelista y exagente de inteligencia naval británico Ian Fleming.

La figura del agente 007 se entreteje en la propia imagen de posguerra de la nación, como también la estremecedora realidad de que el Reino Unido fue uno de los primeros países que bregaron con la amenaza constante de un atentado terrorista. En su papel de protector de la ciudadanía, el Gobierno británico proyecta una imagen más positiva que quizá la de los Gobiernos de otras sociedades libres.

Incluso después de que Edward Snowden, antiguo empleado de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, revelase que las agencias de inteligencia estadounidense y británica se habían dedicado a hacer acopio de montañas y montañas de datos sobre sus ciudadanos –una revelación que llevó a los dos partidos estadounidenses a exigir reformas–, el Parlamento británico no hizo sino blindar esos poderes a finales de 2016 al sancionar la Ley de Poderes de Investigación sin apenas oposición pública.

Así es como me lo explicó David Osman, exdirector del Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno, una de las agencias de inteligencia británicas que según las acusaciones de Snowden recogen datos de manera masiva e indiscriminada: «En general consideramos que nuestro Gobierno es eficiente y benévolo. Gestiona la sanidad, la educación y la seguridad social.

Y gracias a Dios no hemos vivido la experiencia de que un hombre con abrigo militar de piel marrón aporree la puerta de nuestra casa a las cuatro de la mañana, así que cuando hablamos de que el Gobierno vigila, aquí evocamos un imaginario totalmente distinto».

Esto no significa ni mucho menos que un país como Estados Unidos, cuya visión de un Gobierno poderoso es más escéptica, sea absolutamente inmune al avance sigiloso de la vigilancia. La mayoría de los departamentos de policía estadounidenses ya utilizan o están pensando en utilizar cámaras corporales, un avance que –al menos por el momento– ven con buenos ojos los colectivos de defensa de las libertades civiles, convencidos de que pondrán freno a los abusos policiales.

Todas las grandes ciudades de Estados Unidos cuentan con cámaras de ANPR para hacer cumplir las normativas de circulación y estacionamiento. A raíz de los atentados del 11 de septiembre, el ayuntamiento de Nueva York amplió su red de CCTV: hoy tiene unas 20.000 cámaras oficiales solamente en Manhattan. Mientras tanto, Chicago ha invertido a lo grande en su red de 32.000 puntos de CCTV para ayudar a atajar la epidemia de homicidios que lacran el centro de la ciudad.

Pero otras ciudades estadounidenses sin antecedentes de atentados terroristas y con tasas de delincuencia violenta relativamente bajas también han abrazado las tecnologías de vigilancia. Estudié la red de CCTV que sigilosamente se ha extendido por el centro urbano de Houston, Texas. Hace bien poco, en 2005, la ciudad no tenía ni una sola cámara. Pero entonces Dennis Storemski, director del departamento municipal de Protección Pública y Seguridad Interior, empezó a visitar otras ciudades. «Básicamente me llamó la atención esta tecnología por lo que vi en Londres», recuerda.

Hoy, gracias a los fondos federales, Houston cuenta con 900 cámaras de CCTV, con acceso a otras 400. Al igual que en Londres, los agentes no monitorizan todas esas cámaras minuto a minuto, y por ello, alega Storemski, «no constituye una vigilancia per se. Quisimos anular la presunción de que hay gente observando». Quizá por ese motivo, el sistema de CCTV de Hous­ton pronto superará con mucho los límites del centro urbano, pero –en un estado que no destaca precisamente por su confianza en el Gobierno–sin desencadenar el más mínimo revuelo.

En la misma línea, el beneplácito que los británicos dan a la proliferación de cámaras es sorprendente. Las cámaras de CCTV y de ANPR –y los carteles que advierten de su presencia (aunque ni mucho menos de todas)– son tan anodinas que se funden con el resto de las infraestructuras urbanas. Durante las tres semanas que estuve en Londres paseé por los plácidos barrios en los que residieron Orwell y Huxley.

Las cámaras de CCTV y de ANPR –y los carteles que advierten de su presencia (aunque ni mucho menos de todas)– son tan anodinas que se funden con el resto de las infraestructuras urbanas.


La casa de Orwell, en Canonbury Square, en Islington, entra en el encuadre de varias cámaras de CCTV y ANPR y apenas dista cuatro minutos andando de la central de control del municipio. La que fuera residencia de Huxley, a unos pocos kilómetros de distancia, se vigila permanentemente desde una inexpugnable sala de control acorazada.

Fuera de la ciudad, en el condado de South Yorkshire, visité el hospital Barnsley, parte de cuyo personal de seguridad porta cámaras corporales para disuadir a pacientes y visitantes de mostrar conductas conflictivas. Durante mi estancia en el país se publicó que estaba testándose el uso de cámaras similares en el caso de los maestros.

Dado que unos 150.000 agentes de policía británicos, según se calcula, ya están equipados con estos dispositivos, quizás el siguiente paso natural conduzca a otras figuras de autoridad, como educadores y enfermeros. A partir de ahí, ¿con quién seguiríamos? ¿Con los auxiliares de vuelo? ¿Los carteros? ¿Los psicólogos? ¿Los directores de recursos humanos?

«Hay autoridades locales empeñadas en que los taxistas lleven obligatoriamente cámaras –me contó Porter, el comisionado para la videovigilancia–. Ante eso, y el uso de cámaras corporales en hospitales y colegios, yo plantearía la siguiente pregunta: ¿en qué clase de sociedad queremos vivir? ¿Es aceptable que vayamos por la calle grabándonos legalmente los unos a los otros, por si acaso en un momento dado alguien llegase a hacernos algo?».

Reflexioné sobre esa pregunta en los últimos días que dediqué a vagar por las pulcras calles de Londres, con la vista ya acostumbrada a buscar miradas ciclópeas en esquinas y farolas. Cuando mis pasos me llevaron inevitablemente al famoso puente de Westminster, sobre el Támesis, me vi de pronto engullido por la masa de turistas de múltiples nacionalidades que alzaban sus smartphones para anotarse el último selfie londinense. Al principio agachaba la cabeza, me daba la vuelta y pedía perdón, pero pasado un rato comprendí que era en vano.

Y aquellas eran solo las cámaras que me ponían delante de mis narices. ¿Estaban quedando grabados todos mis movimientos? ¿Tenía en realidad la menor importancia que el Gran Hermano me observase o dejase de observarme, habida cuenta de que todo el mundo estaba ya observando a todo el mundo?

Había estado debatiendo a propósito de la creciente obsesión social por fotografiarlo absolutamente todo con dos avispadas observadoras. La primera, Chloe Combi, fue maestra, y su ópera prima, el libro Generation Z: Their Voices, Their Lives (La generación Z: sus voces, sus vidas), es el fruto de cientos de horas de entrevistas con adolescentes británicos. En ellas hacían gala de una notable indiferencia al saberse fotografiados y filmados en cualquier contexto imaginable. «Si echas un vistazo al teléfono de una persona, te encuentras con un documental biográfico en toda regla –me dijo Combi–.

Vivimos en un mundo en el que cada vez es más difícil tener un secreto. Y es muy posible que la privacidad acabe siendo un símbolo de riqueza, un lujo tan solo al alcance de quienes puedan costeárselo con una fortuna. Para los demás, el mundo entero terminaría siendo un escenario, sobre el que todos interpretaríamos un papel deliberadamente».

Vivimos en un mundo en el que cada vez es más difícil tener un secreto



El espectáculo futurista concebido por Chloe Combi –un teatro en el que todos y cada uno de nosotros somos simultáneamente voyeurs y exhibicionistas las 24 horas del día, los 7 días de la semana– se me antojó una versión un tanto igualitarista de 1984 y Un mundo feliz, si bien no menos distópica. ¿Estamos ya inmersos en él, en la estación terminal de lo que William Staples, sociólogo de la Universidad de Kansas, denominó en el año 2000 el «estado de visibilidad permanente», solo que en virtud de nuestro propio consentimiento y no por imposición del Estado?

Nuestra constelación visual está repleta de bebés, gatitos y elefantitos adorables, pero también de decapitaciones del autodenominado Estado Islámico, famosos pillados en cama ajena y políticos con el micro abierto, policías disparando a civiles desarmados… A su vez, a nosotros nos escudriñan, de cerca y hasta extremos demasiado personales, los guardas de seguridad de los aeropuertos, las vallas publicitarias «inteligentes» que nos muestran unos anuncios u otros en función de nuestro aspecto, y todos los amigos de aquella persona que nos fotografió o grabó con su cámara aquel día que habríamos jurado que estábamos solos.

Es difícil decir si todo lo anterior conduce a una sociedad más informada, más sobreestimulada o a ambas cosas. Pedí opinión a Susan Greenfield, neurocientífica y reputada crítica de la obsesión por las redes sociales, que además es diputada del Parlamento británico. El análisis de la baronesa Greenfield no era menos contundente que el de Combi. «El concepto de privacidad, de privación, es cerrar la puerta a algo –dijo–.

Tenemos que incomunicarnos. Da la impresión de que todo el mundo encuentra fantástico estar permanentemente conectados y expuestos. ¿Pero qué ocurre cuando todo es literal y visual? ¿Cómo explicas un concepto como el honor cuando no aparece en Google Images? El universo de lo abstracto es inexplicable. Los matices de la vida se esfuman».

Y así, mientras hablaba con Tony Porter en la cafetería hipervigilada del Ministerio del Interior, me sorprendí a mí mismo repitiendo algo que ya le había manifestado meses atrás. ¿No creía que ese miedo al Gran Hermano ahora parecía desfasado? ¿No se trata de algo que ya está superado?

«Ahora utilizo ese término en mis discursos», me informó el comisionado británico para la videovigilancia con una sonrisa satisfecha. Luego su expresión se tornó seria. Porter acababa de estar en la Unión de Emiratos Árabes, una federación de monarquías que no consiente la disidencia y tiene un vivo interés en las tecnologías de vigilancia. Aquello le daba mala espina. «Entiendo por dónde va usted –me dijo–, pero la vigilancia estatal es invasiva, es potentísima, y es capaz de hacer conexiones que la población no podría ni imaginar. Eso no tiene absolutamente nada que ver con hacerse un selfie, por decir algo.

»Mire –prosiguió–, el verdadero peligro será cuando demos el paso hacia la vigilancia integrada. Las grandes cadenas comerciales están invirtiendo millones de libras en estudiar cualquier posibilidad de hacerlo realidad.

Yo soy un señor gordo de mediana edad; imagine que entro en un supermercado y enseguida empiezan a anunciar por megafonía su oferta de croissants. ¿Y si la cosa es más siniestra y, a partir de mi perfil de Facebook, consiguen poner la diana en mi hija y preguntar dónde compra? ¿Quién va a regular eso? ¿O no es necesario regularlo? ¿Es demasiado tarde y ya no hay nada que hacer? ¿Es un tema que ya está “superado”?».

Las tecnologías de la vigilancia se sofistican por momentos, hasta el punto de que más de un defensor de las libertades civiles ve en ellas un tren de alta velocidad que ha perdido el control. Ross Anderson, profesor de ingeniería de la seguridad de la Universidad de Oxford, advierte: «Tenemos que empezar a pensar a 20 años vista, porque para entonces estará aquí la realidad aumentada, un Oculus Rift 2.0 con al menos 3.000 píxeles por centímetro.

Eso significa que desde la última fila de un paraninfo, usted podrá distinguir perfectamente el texto de la pantalla del móvil del docente. Al mismo tiempo, las cien cámaras de CCTV que habrá en ese paraninfo leerán sin problema la contraseña que usted esté marcando en el suyo».

«Las cien cámaras de CCTV que habrá en ese paraninfo leerán sin problema la contraseña que usted esté marcando en el suyo.»


Ni siquiera Huxley, cuya obra maestra presenta la pavorosa visión de un Londres hiperindustrializado en el año 2540, alcanzó a vislumbrar un mundo visibilizado hasta tal extremo que no siempre podemos ocultar nuestros secretos más íntimos. ¿En qué situación nos deja eso? Por un lado, hace que la supresión voluntaria de estos instrumentos resulte de todo punto inconcebible.

En palabras de David Anderson, abogado londinense que durante seis años fue el revisor independiente en materia de legislación antiterrorista nombrado por el Gobierno: «Una de dos, o creemos que la tecnología nos ha dotado de unas capacidades muy potentes que el Gobierno debería utilizar con salvaguardas igual de potentes, o creemos que esta tecnología es tan terrorífica que conviene hacer como si no existiese.

Y yo me alineo rotundamente con la primera opción; no porque afirme que hay que confiar en el Gobierno, sino porque en una democracia madura como la nuestra somos capaces de construir salvaguardas lo bastante buenas como para que los beneficios compensen las desventajas».

Por otro lado, permitir que tal progreso tecnológico llegue a un mercado apenas regulado parece igual de imprudente. Jameel Jaffer, director y fundador del Knight First Amendment Institute, de la Universidad Columbia, en Nueva York, dice: «Creo que vivimos una existencia cada vez más grabada y rastreada. Y también pienso que solo estamos empezando a bregar con lo que eso conlleva, que en nuestras sociedades arraiguen nuevas formas de vigilancia, se impone re­flexionar sobre sus implicaciones a largo plazo».

¿Cómo articular esos juicios? Esforzarse en hacerlo es particularmente irritante cuando un nuevo adelanto pone patas arriba nuestra idea de cómo podemos ver el mundo. De hecho, ya se ha producido algo revolucionario en este sentido que cambia las reglas del juego: existe una tecnología capaz de observar toda la masa terrestre del planeta en una sola jornada. Es la creación de una empresa radicada en San Francisco llamada Planet, fundada por dos excientíficos idealistas de la NASA, Will Marshall y Robbie Schingler.

Su sede central está en un inhóspito almacén del barrio de South of Market. Su interior es el arquetipo de Silicon Valley: más de 200 tecnólogos, la mayoría jóvenes, vestidos de manera informal, afanándose en silencio ante un teclado en un espacio abierto del que solo se escinden media docena de salas de reuniones rotuladas en alusión a algunos de los héroes que inspiran a la empresa, como Galileo, Gandhi y Al Gore. Tomé asiento en una de ellas, desde donde se dominaba la sofisticada cafetería de los empleados.

Se reunieron conmigo Marshall y Schingler. El primero es un británico larguirucho; el segundo, un californiano de espaldas anchas y modales desenfadados. Ambos de 39 años, parecían recuperados de la cena con la que la víspera habían celebrado el quinto aniversario de cuando empezaron a trabajar a tiempo completo en Planet. En la NASA les había fascinado la idea de captar imágenes desde el espacio, en especial de la Tierra, y por motivos más humanitarios que científicos.

Experimentaron con poner en órbita smart­phones normales y corrientes, gracias a lo cual confirmaron que una cámara relativamente económica funciona en el espacio exterior. «Pensamos: ¿qué podríamos hacer con esas imágenes? –dijo Schingler–. ¿Cómo podemos usarlas en beneficio de la humanidad? Haga una lista de los males del mundo: pobreza, falta de vivienda, desnutrición, deforestación… Todos ellos, problemas cuya solución se agiliza si disponemos de información actualizada sobre el planeta. Imagínese que dentro de unos años nos despertamos y nos topamos con un agujero en la selva amazónica. ¿Y si hubiésemos podido aportar datos al Gobierno brasileño con más celeridad?».


Satélites de bajo coste


Como si del guion de una película se tratase, Marshall y Schingler desarrollaron su primer modelo en un garaje de Silicon Valley. La idea era diseñar un satélite de bajo coste y del tamaño de una caja de zapatos (para minimizar el presupuesto astronómico que a menudo exige el desarrollo de estas tecnologías), y a continuación, como me explicó Marshall, «lanzar la mayor constelación de satélites de la historia de la humanidad». Con un gran número de aparatos en órbita, la empresa podría conocer la transformación que se produce a diario en toda la superficie terrestre.

En 2013 lanzaron los primeros satélites y re­cibieron las primeras fotografías, que aportaban una visión de la vida en todo el mundo muchísimo más dinámica que las imágenes de cartografía global disponibles hasta ese momento. «Lo que más nos sorprendió fue que casi todas las imágenes recibidas mostraban cómo estaba cambiando la Tierra –recordaba Marshall–. Se reconfiguraban campos, se movían ríos, se talaban árboles, se levantaban edificios. Verlo en conjunto altera totalmente la concepción de un planeta estático. Y en vez de conformarse con un número que cuantifica la superficie de territorio deforestado en un país, ahora la gente puede motivarse por las imágenes que muestran cómo está produciéndose esa deforestación».

Hoy Planet tiene en órbita más de 200 satélites, 150 de los cuales, aproximadamente, son los llamados Doves («palomas»), unos dispositivos capaces de fotografiar a diario hasta el último metro de tierra si las condiciones lo permiten. Planet tiene estaciones terrestres en puntos tan distantes como Islandia o la Antártida. Y su clientela es igual de variada.

La empresa trabaja con la Asociación para la Conservación de la Amazonia monitorizando la deforestación de Perú. Ha aportado a Amnistía Internacional imágenes que do­cumentan los ataques contra aldeas rohinyá por parte de las fuerzas de seguridad birmanas. El Centro de Estudios para la No Proliferación del Instituto Middlebury emplea imágenes planetarias para detectar la aparición repentina de un campo de pruebas de misiles en Irán o en Corea del Norte. Y cuando USA Today y otras cabeceras necesitaron imágenes aéreas de la base aérea siria de Shayrat antes y después del bombardeo estadounidense del pasado mes de abril en represalia por el ataque químico contra una ciudad siria bajo control rebelde, la prensa tuvo muy claro a quién debía solicitarlas.

Los clientes citados reciben imágenes de Planet gratuitamente. Entre los que pagan por ellas figuran Orbital Insight, una empresa de análisis geoespacial con base en Silicon Valley que interpreta datos a partir de imágenes de satélite. Con ese material visual, Orbital Insight sigue el avance de obras de construcción viaria o arquitectónica en América del Sur, la expansión de plantaciones ilegales de palma aceitera en África y los rendimientos agrícolas en Asia.

En la sala de reuniones de la empresa, James Crawford, su director ejecutivo, abrió el portátil para mostrarme vistas aéreas de tanques de almacenamiento de petróleo chinos, cuyos techos flotantes indicaban que estaban a dos tercios de su capacidad. «Los fondos de inversión, los bancos y las propias petroleras saben cómo están sus tanques –me dijo con una sonrisa maliciosa–, pero no los ajenos, así que la resolución temporal es de capital importancia».

La empresa de Crawford también usa la potencia visual de Planet con fines benéficos. Por ejemplo, lleva a cabo análisis de pobreza en México para el Banco Mundial, utilizando la altura de los edificios y la densidad del parque automovilístico como indicadores de bienestar económico.

Mientras tanto, el equipo de marketing de Planet pasa los días estudiando fotos para localizar clientes potenciales: una compañía de seguros que quiere seguir la pista a los daños por inundación que han sufrido las viviendas del Medio Oeste; un investigador noruego en busca de pruebas de que los glaciares pierden masa… ¿Pero qué ocurriría si ese cliente fuese un dictador interesa­do en localizar un ejército disidente desplegado?

Ahí es donde entrarían en juego las propias normas éticas de Planet. No solo podría negarse a trabajar con un cliente al que mueven motivos malévolos, sino que tampoco permite que los compradores obtengan el uso exclusivo de las imágenes que adquieren. La otra restricción significativa es de naturaleza tecnológica.

La observación del mundo con una resolución de tres metros basta para distinguir el contorno desdibujado de un camión, pero no la silueta de un ser humano. En materia de resolución, los 30 centímetros que constituyen actualmente la máxima calidad disponible son mérito de otra empresa de imágenes de satélite: DigitalGlobe. Pero por ahora, solo Planet, con su formidable flota de satélites, tiene la capacidad para suministrar imágenes diarias de toda la superficie terrestre del planeta. «Hemos logrado un hito que parecía imposible –afirmó Marshall–. Pero saber que es posible no hace que sea más fácil».

Pese a todas las dificultades, Planet ha abierto una senda pionera. Otros seguirán sus pasos algún día. Cuando eso ocurra, ¿cómo pondrán coto a la posibilidad de ver una parte tan importante del globo todos y cada uno de los días del año? ¿Serán sus objetivos tan benévolos como los de Planet?

¿Querrán perfeccionar la fotografía de satélite para alcanzar mayor resolución y, por ende, mayor potencial invasivo? Marshall no lo cree posible. «Para identificar a una persona a 500 kilómetros de distancia se necesitaría una cámara del tamaño de un autobús», me dijo. Y en cualquier caso, añadió, la empresa estadounidense que se lo propusiese se toparía con los considerables obstáculos de la legislación federal.

Cierto es que las normativas cambian. Como también cambian los límites de nuestras posibilidades tecnológicas. No hace ni dos años que el propietario de la mayor flota de satélites funcionales en órbita era el Gobierno de Estados Unidos, con unos 170. Ahora Planet reina en los cielos, superando en efectivos a la nación más poderosa de la Tierra.

¿Quién da más para convertirse en el Supergrán Hermano?

Una tarde de otoño en San Francisco regresé a Planet para ver el mundo a través de su lente omnividente. Más de una docena de clientes estarían allí mostrando cómo usan las imágenes de satélite, lo que significa, en esencia, ver el mundo en todo su dinamismo. Zigzagueé entre se­micírculos de tecnólogos embelesados frente a sus monitores. Dondequiera que mirase, el mundo se hacía visible.

Vi, en el estado brasileño del Pará, cómo franjas de color verde oscuro de la selva amazónica se encendían en rojo y automáticamente se enviaban correos electrónicos al propietario del terreno: ¡Atención, alguien está deforestando sus tierras! Vi la bulliciosa actividad del puerto de Singapur. Vi una red de carreteras totalmente nueva en un Alepo devastado por la guerra de Siria (y, dicho sea de paso, un obstáculo también totalmente nuevo en una de esas vías, tal vez el cráter de un bombardeo). Vi plataformas de perforación petrolera en Siberia: un 17% más que el año anterior, sorprendente indicio de una producción acelerada que probablemente desencadenaría reajustes frenéticos en los mercados mundiales de crudo y gas.


Un joven llamado John Goolgasian deseaba mostrarme cómo la empresa que había fundado en Virginia hacía menos de un año, GeoSpark Analytics, asociaba datos de delincuencia con las imágenes de Planet. Tras un par de clics, estábamos observando en la pantalla barrios de Nigeria tomados por el grupo extremista Boko Haram. Más clics, y se materializó ante nosotros un litoral con forma de media luna que había visitado nueve años antes: Mogadiscio, en Somalia, con las heridas aún abiertas de los atentados con bomba perpetrados por Al-Shabaab. Otra serie de clics mostró una imagen todavía más familiar: mi barrio de Washington, D.C.; concretamente un punto cerca de mi casa donde acababa de darse parte de un robo.

Los anfitriones de Planet hicieron una pausa en las exposiciones para dirigirnos unas palabras. Andy Wild, CRO (Chief Revenue Officer) de la empresa, es decir, el responsable de todas las actividades capaces de general rentabilidad, habló de los nuevos horizontes. Una cosa era alcanzar «una cadencia cotidiana de la masa terrestre entera», pero a continuación los custodios de aquella tecnología debían «materializarla en resultados».

Tom Barton, director de operaciones, declaró: «Confío en que dentro de un año estaremos aquí diciendo: “Madre mía, hemos cambiado el mundo en sentido literal”».


Reflexionaba sobre todo aquello cuando una joven me mostró su portátil. Era Annie Neligh, directora de «ingeniería de soluciones al cliente» de Planet. Uno de esos clientes en busca de soluciones era una aseguradora de Texas. La compañía sospechaba que estaba renovando las pólizas de seguros a clientes que ocultaban haber instalado una piscina en el jardín, con lo que incurría en pérdidas de un 40%.

Así que solicitó a Planet imágenes de satélite. Neligh me mostró lo que había detectado. Observando un barrio de 1.500 fincas en Plano, saltaban a la vista 520 pequeñas masas de agua brillantes, una proporción que superaba con creces lo comunicado por los clientes. Neligh se encogió de hombros y esbozó una fina sonrisa. «La gente miente, ya se sabe», dijo.

Ahora su cliente conocía la verdad. ¿Qué pensaba hacer con aquella información? ¿Llevar a cabo un registro sorpresivo de los somnolientos barrios de Plano? ¿Subir las primas? ¿Adquirir imágenes en las que apareciesen brigadas de obreros instalando nuevos jacuzzis y cubiertas de teja cerámica?

El futuro ya está aquí, y en él, la verdad es algo más que un benigno agente informativo: es un arma que se blande contra leña­dores furtivos, ladrones, terroristas y catástrofes naturales, pero también contra pequeñas miserias humanas. La gente miente, ya se sabe. Y ha llegado la era de la transparencia.

Mientras regresaba caminando al hotel, recordé a los dos motoristas de Islington, como tantas otras veces en los meses transcurridos desde aquel ejercicio de vigilancia londinense. Me pregunté si los habrían detenido. Si habrían cometido algún delito más allá de llamar la atención.

Y si algún día sabrían que unos desconocidos invisibles habían estado vigilándolos, igual que otro desconocido podría estar vigilándome a mí en ese instante, un desconocido que quizás estaría escudriñando en una pantalla de CCTV el espectáculo de una figura que, en solitario, caminaba a buen paso por una calle oscura y desierta en una noche fría, sin abrigo, como huyendo de algo.

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