La antigua isla de Socotora se originó en el precámbrico, en los tiempos de Gondwana. El sustrato rocoso ígneo conocido hoy como las montañas graníticas de Haggeher, donde se encuentra el pico más alto de la isla, el Jabal Skand, de 1.526 metros de altitud, emergió hace entre 800 y 700 millones de años y conectaba las tierras vecinas de Yemen y Somalia. A lo largo del cretácico y especialmente durante las épocas del paleoceno y el eoceno, se formaron los sedimentos carbonatados en las zonas sumergidas que hoy constituyen las mesetas que rodean las montañas de Haggeher.

Sucedió así: tras la apertura del golfo de Adén tuvo lugar la escisión de Socotora de la placa continental y su posterior elevación, hace entre 35 y 19 millones de años. A consecuencia de los movimientos tectónicos, de las lluvias bianuales relacionadas con los monzones y de la acidificación del suelo, la piedra caliza sufrió un proceso de karstificación, que es el efecto químico que se produce en esta roca sedimentaria cuando es sometida al agua y al CO2.

Este proceso de formación del relieve kárstico originó las magníficas y numerosas cuevas que se hallan bajo el suelo de Socotora, repletas de espectaculares espeleotemas, como estalactitas, estalagmitas o columnas. La mayoría de ellas aún están por explorar. De hecho, las primeras investigaciones espeleológicas se realizaron en el año 2000, cuando un equipo de geólogos de la Universidad de Bruselas liderado por Peter De Geest puso en marcha el Proyecto Socotra Karst. «Desde el año 2000 hasta hoy hemos realizado nueve expediciones durante las cuales se ha efectuado el inventario de 50 sistemas de cuevas. Hasta ahora hemos cartografiado más de 30 kilómetros de galerías en las que hemos hallado valiosos restos arqueológicos, además de fauna endémica y reservas hídricas que nos eran desconocidas, como la que subyace en Erher, en el este de la isla, donde se encuentra uno de los mayores acúmulos de agua dulce de todo Socotora, procedente de la meseta caliza de Homhil», explica el geólogo. Gran parte de la isla está conformada por este tipo de mesetas, que constituyen un extenso altiplano en cuyo perímetro proliferan escarpados barrancos y acantilados. Las mesetas tienen una altura media de entre 300 y 700 metros, aunque la de Diksam alcanza los 1.000 metros a los pies de las montañas de Haggeher.

El paisaje vegetal es predominantemente arbustivo. Aquí, centenares de especies vegetales únicas de Socotora se distribuyen por los diversos ecotipos, adaptadas a unas condiciones insulares marcadas por prolongados períodos de aridez, súbitas inundaciones estacionales y el fuerte azote de los monzones. Destacan las poblaciones relictas del drago sangre de dragón -Dracaena cinnabari- catalogado como vulnerable, con cuya codiciada resina roja han comerciado los lugareños desde hace muchos siglos. Pero hay muchas más: la subespecie de rosa del de­­sierto Adenium obesum sokotranum, el árbol pepino -Dendrosicyos socotranum-, la higuera botella -Dorstenia gigas-, el granado silvestre -Prunica protoprunica-, árboles productores de resinas, como el incienso y la mirra… Y la lista de endemismos continúa.

Sorprendentemente, algunas especies de esta remota isla, como los dragos, presentan similitudes con algunas de las que crecen muy lejos de aquí, concretamente en las islas Canarias. «Existe una relación entre la biodiversidad de Socotora y la de los archipiélagos de la Macaronesia, y en especial con las islas Canarias –explica Arnoldo Santos, jefe de la Unidad de Botánica del Instituto Canario de Investigaciones Agrarias, que ha visitado ya dos veces Socotora para estudiar su vegetación–. Todavía hay especies nuevas por descubrir en Socotora. El inventario actual es incompleto, sobre todo en lo relativo a especies botánicas e invertebrados.»

Canarias y Socotora comparten también especies faunísticas, como el alimoche, que pese a estar amenazado a escala mundial cuenta en la isla yemení con una numerosa población distribuida por toda su orografía. «Los alimoches son habituales en todo el territorio –apunta el fotógrafo Oriol Alamany–. Al igual que las cabras, forman nutridos grupos que se acercan a las mesas de los restaurantes y a los turistas para llevarse los restos de comida. Se comen hasta las servilletas de papel.»

La población de esta singular especie es aquí tan relevante que el año pasado un grupo de biólogos de la Estación Biológica de Doñana viajó hasta Socotora para estudiarla. «Nuestro equipo ha investigado a los alimoches en diversos lugares durante años, especialmente a los de la población canaria, donde reside una subespecie endémica, el guirre -Neophron percnopterus majorensis-, que está al borde de la extinción», explica Laura Gangoso, miembro de esta expedición.

En Socotora, los investigadores estudiaron la población para conocer su estado de conservación, las diferencias con otras poblaciones conocidas y el efecto que el desarrollo socioeconómico del territorio puede tener sobre estas aves. «Hay muchos paralelismos entre la población de alimoches de Socotora y la canaria –añade Gangoso–. Ambas viven en islas, con todo lo que eso supone. Pero mientras que “nuestros” alimoches han sufrido ya el embate del progreso, los de esta isla aún se mantienen como antaño y representan una oportunidad única para estudiar procesos asociados a su condición insular. Es como viajar al pasado.» Los investigadores, que trabajan actualmente en las conclusiones de su estudio, esperan aportar datos para seguir adelante en su investigación tanto en pro de la recuperación de los alimoches canarios como para evitar, llegado el caso, que los de Socotora lleguen a estar amenazados.

En esta isla yemení a la que los antiguos griegos denominaron Dioscórida, cuya traducción del sánscrito es «isla bendita», soplan vientos de cambio. El hecho de que científicos de todo el mundo hayan descubierto en ella unos valores naturales excepcionales será de gran ayuda para afrontar su futuro más inmediato.