Un dinosaurio convertido en piedra

El sorprendente grado de fosilización de este dinosaurio es tan infrecuente como ganar el premio gordo de la lotería

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Un descubrimiento extraordinario

Hace unos 110 millones de años, este herbívoro acorazado deambulaba pesadamente por lo que hoy es el oeste de Canadá cuando una riada lo arrastró al mar. Al quedar enterrado en el lecho marino, todos los detalles de su coraza se preservaron en perfecto estado. El cráneo aún conserva las placas, semejantes a tejas, y una pátina gris de piel fosilizada.

Foto: Robert Clark

MM8543 161220 01025. Un trabajo minucioso

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Un trabajo minucioso

Mark Mitchell, técnico del Museo Real Tyrrell, extrae poco a poco el pie del nodosáurido, con su escamosa almohadilla plantar, de la roca donde está encajado.

Foto: Robert Clark

nodosaur-fossils-herbivore-puzzle.adapt.1190.1. El mejor fósil de nodosáurido hallado hasta la fecha

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El mejor fósil de nodosáurido hallado hasta la fecha

En vida, este nodosáurido alcanzaba 5,50 metros de longitud y un peso de alrededor de 1,3 toneladas. Los investigadores creen que este impresionante herbívoro se fosilizó entero, pero cuando fue hallado en 2011 solo se pudo recuperar la mitad delantera, desde el hocico hasta las caderas. El espécimen es el mejor fósil de nodosáurido hallado hasta ahora.

 

Foto: Robert Clark

MM8543 161219 00119. Mortaja natural

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Mortaja natural

Tras mantenerse una o dos semanas a flote, el hinchado cuerpo estalló y se hundió en el lecho marino patas arriba, levantando una nube de fango que lo envolvió y se convirtió en su mortaja. Una grieta en esa 'coraza' recorre parte del omóplato derecho del animal.

Foto: Robert Clark

MM8543 161219 00362. Interior del hueso

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Interior del hueso

Un corte fortuito en una espina del nodosáurido permite ver el interior del hueso. La punta de las espinas estaban cubiertas por una capa de queratina, el mismo material presente en las uñas de los seres humanos.

Foto: Robert Clark

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¿La última comida?

Una acumulación de masas semejantes a guijarros, cuya localización sugiere que podrían ser restos de su última comida.

Foto: Robert Clark

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Coraza bien conservada

Las características placas de los dinosaurios acorazados se dispersaban normalmente en las primeras fases de la descomposición, pero no fue el caso de este nodosáurido. El increíble estado de conservación de esta coraza –reproducida aquí casi a tamaño natural– permitirá a los científicos entender mejor el aspecto de los nodosáuridos y cómo se movían.

Foto: Robert Clark

Nodosaur silo FLAT 3 IPAD. Sepultado en sedimentos marinos

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Sepultado en sedimentos marinos

El espécimen permaneció más de 110 millones de años sepultado en sedimentos marinos, lo que le confirió un perfecto estado de conservación.

Ilustración: Davide Bonadonna. Fuentes: Caleb Marshall Brown and Donald Henderson, Royal Tyrell Museum of Palaeontology; Jakob Vinther; C. R. Scotese, Paleomap Project

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Un dinosaurio convertido en piedra

Una tarde del mes de marzo de 2011 un operador de maquinaria pesada llamado Shawn Funk estaba excavando en la roca sin imaginar que pronto le saldría al paso un dragón. Aquel lunes día 21 había comenzado como otro cualquiera en la mina Millennium, una enorme explotación a cielo abierto situada a 27 kilómetros al norte de Fort McMurray, en la provincia canadiense de Alberta, y gestionada por la petrolera Suncor. Hora tras hora, la gigantesca excavadora avanzaba hacia los estratos de arenas bituminosas, restos metamorfoseados de plantas marinas y otros seres que vivieron y murieron hace más de 110 millones de años.

Eran los únicos indicios de vida prehistórica que Funk veía con regularidad. En 12 años de trabajo, había encontrado vestigios de madera fosilizada y algún que otro tronco petrificado, pero nunca los restos de un animal, y menos aún de un dinosaurio. Pero hacia la una y media, la pala de la excavadora topó con algo mucho más duro que la roca adyacente. Unos trozos de piedra de un color diferente se desprendieron de la pared de la mina y cayeron rodando al banco inferior. A los pocos minutos, Funk y su capataz, Mike Gratton, se estaban preguntando qué serían aquellas rocas de color castaño claro. ¿Madera fosilizada? ¿Unas costillas? Entonces dieron la vuelta a una de las piedras y descubrieron un insólito dibujo: unos discos marrones dispuestos en hileras, cada uno de ellos rodeado de piedra de color gris oscuro.

«Inmediatamente Mike dijo: “Esto tiene que verlo alguien” –declaró Funk en una entrevista de 2011–. Nunca habíamos visto nada parecido». Casi seis años después, estoy de visita en el laboratorio de preparación de fósiles del Museo Real Tyrrell, en los ventosos terrenos acarcavados de Alberta. La cavernosa nave vibra con el zumbido del sistema de ventilación y el ruido que hacen los técnicos al separar el hueso de la roca. Pero lo que más me llama la atención es una masa pétrea de 1.100 kilos que veo en un rincón.

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A primera vista, los bloques grises reensamblados parecen la escultura de un dinosaurio de unos tres metros de largo, con el cuello y el dorso cubiertos por una coraza ósea, y círculos grises en torno a cada una de las escamas. El cuello se curva con delicadeza hacia la izquierda, como si quisiera alcanzar una planta apetitosa. Pero no es una escultura, sino un dinosaurio de verdad, petrificado desde el hocico hasta las caderas.

Cuanto más lo miro, más me maravilla. Las abultadas placas que cubren el cráneo del animal aún conservan restos fosilizados de piel. El pie anterior derecho yace a un costado, con los cinco de­dos vueltos hacia arriba. Puedo contar las escamas de la planta. Caleb Brown, investigador posdoctoral del museo, sonríe ante mi asombro. «No solo tenemos un esqueleto –me dice–. Tenemos un dinosaurio tal como debió de ser cuando vivía».

Según los paleontólogos, el sorprendente grado de fosilización de este dinosaurio –debido a un rápido enterramiento en el lecho marino– es tan infrecuente como ganar el premio gordo de la lotería.

El sorprendente grado de fosilización de este dinosaurio –debido a un rápido enterramiento en el lecho marino– es tan infrecuente como ganar el premio gordo de la lotería

Por lo general únicamente se conservan los huesos y los dientes, y solo en raras ocasiones se mi­neralizan los tejidos blandos antes de pudrirse. Tampoco hay ninguna garantía de que un fósil conserve la forma que tenía en vida. Por ejemplo, los dinosaurios emplumados hallados en China están aplastados, y los hadrosaurios «momificados» de América del Norte parecen resecos y marchitos.

El paleobiólogo Jakob Vinther, un experto en coloración animal de la Universidad de Bristol, en Gran Bretaña, ha estudiado algunos de los mejores fósiles del mundo en busca de indicios de melanina. Pero después de cuatro días trabajando con este fósil, incluso él estaba asombrado. El dinosaurio está tan bien conservado que «es como si hubiera estado caminando por aquí hace un par de semanas», según sus propias palabras.

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El extraordinario fósil pertenece a una especie y un género nuevos de nodosáurido, un tipo de anquilosaurio menos famoso que sus primos de la familia de los anquilosáuridos. A diferencia de estos últimos, los nodosáuridos no tenían una maza en el extremo de la cola, aunque también poseían una coraza espinosa para disuadir a los depredadores.

Cuando deambulaba por el mundo, hace entre 110 y 112 millones de años, casi a mediados del Cretácico, este coloso de 5,50 metros de longitud y 1,3 toneladas de peso era el rinoceronte de su tiempo, un herbívoro habitualmente solitario. Pero si algún animal se cruzaba en su camino –quizás el temible Acrocanthosaurus–, tenía la solución: dos espinas de 50 centímetros que le surgían de los omóplatos, como si fuesen un par de cuernos de toro mal colocados.

El paisaje del oeste de Canadá que conoció este dinosaurio era muy di­ferente de las gélidas llanuras barridas por el viento que visité el pasado otoño. En tiempos del nodosáurido la región se parecía más a la actual península de Florida, con un clima cálido y húmedo y bosques de coníferas y praderas de helechos. Incluso es posible que esta criatura viera el océano al levantar la vista.

A comienzos del Cretácico, el aumento del nivel del mar hizo que el océano penetrara en el continente, formando un pasillo marino que cubría gran parte de la actual provincia de Alberta. El lecho de aquel antiguo mar yace hoy sepultado bajo bosques y extensos campos de trigo.

Un desafortunado día aquel animal terrestre acabó muerto en un río, posiblemente arrollado por una inundación. El cadáver fue arrastrado por la corriente y se mantuvo a flote panza arriba a causa de los gases que producían las bacterias en su cavidad abdominal, hasta que llegó al mar, suponen los científicos.

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Los vientos lo empujaron hacia el este y, tras mantenerse una o dos semanas a flote, el hinchado cuerpo estalló y se hundió en el lecho marino patas arriba, levantando una nube de fango que lo envolvió y se convirtió en su mortaja. Los minerales se infiltraron en la piel y la coraza y le envolvieron el dorso, de tal manera que el nodosáurido muerto conservó la forma que había tenido en vida, pese a las rocas que fueron apilándose sobre él a lo largo de millones de años.

Cada eslabón de aquella improbable cadena de acontecimientos fue imprescindible para la inmortalización del animal. Si hubiera flotado a la deriva cien metros más allá, se habría fosilizado fuera de los terrenos de Suncor y nunca habría salido a la luz. Pero en cambio Funk se topó con el dinosaurio más antiguo hallado en Alberta.

«Fue un descubrimiento emocionante –dice la paleontóloga especializada en dinosaurios acorazados Victoria Arbour, del Museo Real de Ontario, en Canadá–. El hallazgo es representativo de un entorno muy distinto del actual». (Arbour ha empezado a estudiar un Ankylosaurus igualmente bien conservado, hallado en Montana en 2014, que en su mayor parte está todavía encajado en un bloque de piedra de 16 toneladas).

El espécimen canadiense es indescriptible, en más de un sentido. Al cierre de esta edición, el personal del museo estaba terminando la descripción científica del animal y aún no había acordado un nombre común. Pero el fósil ya está ofreciendo nuevos conocimientos acerca de la estructura de la coraza de los nodosáuridos. La reconstrucción de esta armadura suele exigir cierto grado de especulación, ya que las placas óseas, llamadas osteodermos, se dispersan en una fase muy temprana del proceso de descomposición del cadáver.

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Pero en el caso de este no­dosáurido no solo se conservan los osteodermos en su posición original, sino que quedan vestigios de las escamas situadas entre ellos. Es más, muchas de esas osificaciones tienen todavía su funda de queratina, lo que permite a los paleontólogos determinar hasta qué punto este recubrimiento exageraba la forma y el tamaño de la coraza. «Para mí, este fósil es la piedra Rosetta de las corazas», comenta Donald Henderson, conservador de la sección de dinosaurios del Museo Real Tyrrell. Pero no fue fácil extraer esta piedra Rosetta de su sepulcro de roca.

Cuando la noticia del descubrimiento llegó a la dirección de Suncor, la empresa se puso rápidamente en contacto con el Museo Real Tyrrell. Henderson y Darren Tanke, uno de los técnicos más veteranos del museo, volaron en uno de los aviones de la compañía hasta Fort McMurray. Una vez allí, trabajadores de Suncor y del museo colaboraron en turnos de 12 horas, durante los cuales no dejaron de picar piedra entre humos de gasóleo y nubes de polvo.

Al final, lograron desprender un bloque de 6.800 kilos que contenía al dinosaurio y que se podía izar fuera de la mina. Pero justo cuando las cámaras estaban grabando la victoria, se produjo el desastre. Mientras los operarios levantaban el bloque, la roca se partió, fragmentando el espécimen en varios trozos. El interior parcialmente mineralizado del fósil no pudo soportar su propio peso.

Tanke pasó la noche ideando un plan para salvarlo. A la mañana siguiente, el personal de Suncor envolvió los fragmentos en escayola, mientras Tanke y Henderson buscaban algo que pudiera servir para estabilizar el fósil en el largo viaje por tierra hasta el museo. En lugar de troncos, usaron arpillera enrollada y endurecida con escayola.

«La coraza era claramente protectora, pero esos cuernos tan complejos en la parte anterior del cuerpo debieron de ser casi como un reclamo»


La solución, digna de MacGyver, funcionó. Después de recorrer 675 kilómetros, la expedición llegó al laboratorio del Museo Real Tyrrell, donde los bloques fueron confiados al pre­­pa­rador de fósiles Mark Mitchell. Su trabajo con el no­dosáurido ha sido en cierto modo el de un escultor: durante más de 7.000 horas en el transcurso de los últimos cinco años ha sacado poco a poco a la luz la piel y los huesos del fósil. El proceso es comparable a separar polvos de talco comprimidos en un bloque de hormigón. «Hay que luchar por cada milímetro», asegura Mitchell.

Ahora la lucha de Mitchell casi ha terminado, pero harán falta años o incluso décadas para comprender a fondo el fósil. El esqueleto, por ejemplo, queda oculto en su mayor parte por la piel y la coraza. En ciertos aspectos está demasiado bien conservado, porque para llegar hasta los huesos habría que destruir las capas más externas. Las tomografías computarizadas financiadas por National Geographic Society han revelado muy poco. La roca es obstinadamente opaca.

Para Vinther, los rasgos más revolucionarios del fósil de nodosáurido podrían estar en los restos microscópicos de su coloración original. Si consigue reconstruir la distribución de los pigmentos, podría contribuir a revelar la manera en que el dinosaurio se desplazaba por su entorno y utilizaba su llamativa armadura.

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«La coraza era claramente protectora, pero esos cuernos tan complejos en la parte anterior del cuerpo debieron de ser casi como un reclamo», afirma. Pudieron servirle para atraer a potenciales parejas o para intimidar a sus rivales, y es posible que destacaran sobre un fondo rojizo. Los análisis químicos de la piel indican la presencia de pigmentos rojos, que contrastarían con la tonalidad decididamente clara de esas enormes espinas.

En mayo, el Museo Real Tyrrell presenta el no­dosáurido como la pieza central de una exposición de fósiles recuperados de las zonas industriales de Alberta. Ahora el público puede maravillarse ante el fósil que desde hace seis años tiene fascinados a los científicos: un embajador del pasado remoto de Canadá, hallado en un paisaje desolado por un hombre con una excavadora.

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