En el reino de los espíritus, la máscara es más que una mera fachada. Tiene el poder de transformarlo todo por completo. El enmascarado (casi siempre un hombre) puede hablar de otra forma, moverse de otro modo, comportarse de otra manera, porque es otro ser. Se coloca la máscara, y la línea que separa realidad e ilusión, dios y hombre, vida y muerte se desdibuja. El enmascarado no interpreta un papel. Se convierte en él.

La máscara constituye la clave del disfraz, a menudo con accesorios, que se lleva en la mascarada, una ceremonia ritual ejecutada ante una comunidad. Algunas mascaradas son meramente lúdicas; es el caso de un desfile, por ejemplo, o de una danza que afianza la identidad cultural de una comunidad. Otras forman parte integral de un rito religioso o social. En ellas el enmascarado puede representar el papel de una especie de policía moral que da órdenes, castiga, mantiene y restablece el orden, o que preside un cambio, una transición: de niño a hombre, de ciudadano a caudillo, de la siembra a la cosecha.

Los orígenes de las máscaras se pierden en las nieblas de la historia ancestral, pero quizá radiquen, como sugiere el experto en historia del arte Herbert M. Cole, en rituales de caza: el deseo de encarnar o tal vez apaciguar el espíritu de la presa.

Phyllis Galembo lleva más de 20 años viajando a África y Haití para documentar el arte de la mascarada. ¿Qué hay en las máscaras que ejercen tal atracción? «Es su creatividad –dice la fotógrafa–. No es solo la máscara,sino todo el conjunto y la singularidad del atuendo ritual.» Para tomar sus imágenes, Galembo recorre tanto ciudades como aldeas remotas y, con ayuda de un guía, averigua cuándo y dónde se celebrarán las ceremonias de máscaras. Monta la iluminación y un trípode de cara a una pared, una valla, el lado de una casa… y deja que los retratados se coloquen como quieran. Tira un carrete de 12 fotos. Y no hay más. «A veces me sale bien, a veces no», dice. Casi siempre sí.

Fotografías de Phyllis Galembo