Las coordenadas del despacho de «El Geógrafo» de National Geographic Society son 38° 54’ 19” N, 77° 2’ 16” O.
Podría decirse que Juan José Valdés, la persona que hoy ostenta ese título, sabe perfectamente el lugar que ocupa en la Sociedad. Pero las atribuciones de su departamento –National Geographic Maps–, que este año celebra su centenario, no se restringen a ubicar solamente a El Geógrafo, sino también todos los montes, ríos, lagos, carreteras, arrecifes, fiordos, islas, ensenadas, glaciares, océanos, planetas, galaxias y sistemas solares que existen; en resumen, todos y cada uno de los accidentes físicos de la tierra, el mar o el espacio. Mientras escribo estas líneas (y el dato queda obsoleto nada más consignarlo) National Geographic Maps ha producido 438 mapas de gran formato, diez atlas del mundo, decenas de globos terráqueos, unos 3.000 mapas para la revista im­­presa y muchos, muchos más en formato digital. ¿Qué distingue un mapa de National Geographic? Sin duda alguna, la exactitud y la meticulosidad. El mapa de la Luna confeccionado en 1969 ubicaba los puntos de alunizaje de 22 de las 23 naves no tripuladas que se posaron sobre la superficie lunar (se ignoraba, y aún se ignora, dónde se estrelló la sonda Orbiter 4). Pero el sello distintivo de la división cartográfica, fundada por el primer director a tiempo completo de la revista, Gilbert H. Grosvenor, es y siempre será la innovación. El primer jefe de cartografía, Albert H. Bumstead (cartógrafo jefe entre 1915 y 1939), marcó el ritmo al inventar la brújula solar que utilizó Richard E. Byrd cuando en 1926 voló hasta el polo Norte (ya que las brújulas magnéticas no funcionan bien cerca de los polos), además de la fotocomponedora epónima, la Bumstead, que sustituía la laboriosa rotulación manual de topónimos por tipografías obtenidas fotográficamente. Para garantizar la legibilidad de los mapas, Charles E. Riddiford, cartógrafo en plantilla desde 1923 hasta 1959, diseñó varios tipos de letra elegantes y de fácil lectura que la Sociedad patentó en su día y todavía hoy sigue utilizando. En 1957 la sección de mapas puso su ingenio al servicio del programa espacial diseñando un pequeño rastreador portátil de satélites. Su inventor, Wellman Chamberlin (cartógrafo jefe entre 1964 y 1971), ideó también el geómetro, una es­­pecie de funda de plástico con la que se cubría un globo terráqueo y permitía medir distancias.
La cartografía progresaba al mismo ritmo acelerado que el propio mundo. John B. Garver (cartógrafo jefe entre 1982 y 1991) supervisó la instalación de un sistema informático Scitex tan grande que precisaba su propia sala climatizada; el ordenador elevó el nivel de precisión y simplificó el proceso de producción cartográfica. Allen Carroll (cartógrafo jefe entre 1998 y 2010) lanzó en 1999 National Geographic MapMachine, el primer atlas interactivo de NGS en la web.
En el pasado se tardaba meses en producir un mapa. En la vertiginosa era digital, algunos de los mapas que se cuelgan en la web de National Geographic pueden estar listos en cuestión de horas, pero la precisión sigue siendo importante.
¿Qué deparará el futuro a la ya centenaria división cartográfica? «La cartografía ciudadana permitirá que cualquiera cree mapas superespecíficos –dice Juan Valdés–. A medida que más dispositivos se co­nectan a internet, los usuarios pueden localizar y cartografiar más lugares. Los relojes y las gafas inteligentes recogerán muchos más geodatos.» «Huelga decir –añade– que los cartógrafos de la Sociedad seguirán teniendo que estar ahí para recopilar y analizar esos datos.»