El ancla y la cadena cayeron pesada y ruidosamente en el agua. Bajamos dos lanchas rojas de nuestro barco de investigación, cargamos los equipos de buceo y zarpamos hacia la laguna interior del atolón. Tras cinco días de travesía desde Fidji hasta la isla Kanton, ardíamos en deseos de comprobar si los arrecifes habían sobrevivido a un inusitado desastre oceánico: una elevación brusca y letal de la temperatura del agua marina de la zona. Durante el fenómeno de El Niño de 2002-2003, una masa de agua 1 °C más caliente de lo normal se había instalado durante seis me­­ses alrededor de las islas Phoenix, un diminuto archipiélago del Pacífico central. Se decía que esa masa caliente había causado un grave blanqueamiento en los corales de la región. Mientras descendía hacia el fondo de la laguna, deseaba que la cosa no fuese tan mala como la pintaban.

Cuando me acomodé junto al arrecife, vi coral muerto por doquier. Las que fueron placas de coral florecientes eran ahora espectrales recuerdos de su antigua belleza. En mi primera visita a las Phoenix, diez años atrás, los arrecifes sustentaban numerosas especies de corales duros, almejas gigantes, anémonas marinas, nudibranquios e importantes poblaciones de peces, como tiburones de arrecife de puntas negras, peces loros y pargos bohar. Al haber permanecido intactas, las islas se habían librado de la sobrepesca, la contaminación y otras agresiones modernas, pero no del cambio climático, que según casi todos los científicos intensifica los fenómenos de El Niño.

Negándome a aceptar semejante calamidad, descubrí con alegría gran cantidad de peces arrecifales y vibrantes corales que asomaban entre los esqueletos: los primeros signos de recuperación.

Diez años antes había cogido un avión hasta Tarawa, capital del estado micronesio de Kiribati, al que pertenecen las islas Phoenix, para entrevistarme con sus autoridades. En el Ministerio de Pesca me esperaban David Obura y Sangeeta Mangubhai, de la organización conservacionista CORDIO, quienes me habían ayudado a efectuar los primeros estudios submarinos sistemáticos de las islas Phoenix. Las diapositivas que pasamos a los ministros de Pesca y Medio Ambiente presentaban escenas de tiburones, corales florecientes y densos cardúmenes de peces multicolores. Habituados a los degradados arrecifes próximos a sus ciudades y aldeas, los ministros y sus colaboradores se quedaron pasmados al ver los arrecifes «como nuevos» de las Phoenix.

«¿Te das cuenta de que sois los primeros cientí­ficos que os habéis molestado en venir a contarnos lo que habéis aprendido en nuestras aguas?», me dijo Tetebo Nakara, entonces ministro de Pesca.

En posteriores conversaciones con las autoridades supimos que un 25% de los ingresos de Kiribati (12 millones de euros en 2000) procedían de la venta de licencias para pescar peces, tiburones, atunes y otros recursos de sus arrecifes a países como Japón, Corea del Sur y Estados Unidos. A cambio de la licencia de pesca comercial, las empresas extranjeras abonaban el 5% del valor total de sus capturas en aguas de Kiribati.

Pregunté a Nakara si Kiribati estudiaría la posibilidad de recibir un pago, en lugar de cobrar licencias de pesca, por dejar las especies en sus aguas. De ese modo seguiría ingresando unas cantidades muy necesarias, pero preservaría su santuario submarino. Sin arrecifes vivos, estas islas podrían sufrir una rápida erosión. El ministro sonrió y dijo: «Sería bueno para Kiribati», siempre y cuando su país pudiese continuar in­­gresando en concepto de «licencia de antipesca». Anote Tong, presidente de Kiribati, respaldó el proyecto con entusiasmo, y desde entonces lo ha convertido en fructífera realidad.

Declarada oficialmente reserva en la conferencia del Convenio sobre la Diversidad Biológica celebrada en Brasil en 2006, el Área Protegida de las Islas Phoenix (PIPA) fue ampliada dos años después para convertirse en la mayor zona marítima protegida del mundo, con 408.250 kilómetros cuadrados. Pero aún quedaban muchos interrogantes: ¿Cómo podría Kiribati fijar el justiprecio de su vida marina? ¿De dónde saldría el dinero? ¿Quién vigilaría una reserva tan enorme?

Para dar respuesta a tales cuestiones, conseguí la ayuda de Conservación Internacional (CI), que en 2001 había creado el Fondo de Conservación Global para proteger los bosques lluviosos y otros hábitats con una estrategia parecida. Receptivo a la idea, el parlamento de Kiribati creó la PIPA Conservation Trust, con un consejo integrado por miembros del Acuario de Nueva Inglaterra (NEA), CI y el Gobierno de Kiribati, y se emprendió una campaña de captación de fondos para reunir 25 millones de dólares.

Ahora regresaba a Kanton con David Obura, Randi Rotjan, del NEA, y otros científicos para evaluar el impacto de El Niño. El blanqueamiento había aniquilado el coral del fondo de la laguna, pero casi la mitad mostraba signos de recuperación: la más acelerada que habíamos visto jamás. La explicación saltaba a la vista: la abundancia de peces. Cuando el coral se blanquea, las algas pueden proliferar sin control, asfixiando la recuperación coralina; pero los peces se alimentan de algas, evitando que éstas sofoquen el coral. Como la ictiofauna de la zona estaba protegida, los arrecifes hacían gala de una asombrosa capacidad de recuperación incluso tras sufrir uno de los peores blanqueamientos de los que se tiene noticia.

Mientras los océanos sigan absorbiendo el impacto de la actividad humana y del cambio climático, necesitaremos más zonas protegidas para propiciar la supervivencia de los ecosistemas. Los océanos son nuestro equipo de soporte vital. Cuidarlos nunca ha sido tan importante.