La España rural de Soria, uno de los lugares más despoblados

La comarca de las Tierras Altas, en Soria, es uno de los lugares más despoblados de España, pero no todo el mundo abandona el pueblo para trasladarse a la ciudad. El fotógrafo José Manuel Navia nos acerca a esta zona rural a través de su cámara de fotos.

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Villar del Río

Villar del Río, situado al pie de la carretera general de Soria a La Rioja por Oncala, ejerce de verdadero eje comarcal. Es el segundo pueblo de Tierras Altas en cuanto a mayor número de habitantes, con casi 150 censados, solo por detrás de San Pedro Manrique, «la capital».

Foto: Navia

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Duras condiciones de vida

Una sola casa mantiene el fuego encendido todo el año en Matasejún, la de la familia compuesta por Antonio Barrero, Pilar, su esposa, y Ángel, el hijo soltero. Padre e hijo (en la imagen) se dedican al cuidado de sus ovejas en unas condiciones climáticas con frecuencia difíciles. En ningún momento se han planteado marchar del pueblo que los vio nacer.

Foto: Navia

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Rebaño de ovejas

El rebaño de Eutimio atraviesa la aldea de Valduérteles. Cada vez escasean más los grandes rebaños de ovejas en estas tierras. Y cada vez son menos los que practican la trashumancia; hoy la mayoría de los pastores permanecen durante todo el año en sus lugares de origen.

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Una escuela sin apenas niños

Izán llama a Sandra, su maestra, en la escuela de Yanguas, que llegó a estar cerrada y ahora tiene 13 alumnos en dos clases.

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Valle del Cidacos

Carretera por el valle del Cidacos. Un dicho popular de Tierras Altas afirma que por aquí el verano comienza en Santiago (25 de julio) y termina en Santa Ana (26 de julio). Sin duda es un tanto exagerado, y además dicen los viejos que cada vez nieva menos, pero aun así, convivir con la nieve forma parte de la vida cotidiana.

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Doctora de pueblo

La doctora Lola Garrido atiende en el consultorio de Vizmanos a Francisco Ortega, mientras espera su esposa, Juana García.

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Una vida de sacrificio

Dolores, vecina de Los Campos, vive hoy tranquila, pero no olvida las penas que pasó su madre, viuda, para sacar a sus hijos adelante.

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Un cura comprometido

Antonio Arroyo, «Toño», desvistiéndose después de celebrar misa en la iglesia de San Pedro Manrique. Este cura, para el que la espiritualidad significa sobre todo servicio a los demás, sabe tender una mano a Dios y otra al prójimo, y lleva 40 años luchando para que la vida no deje de latir en estas tierras.

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Ausencias

«No me pidáis presencia; las almas huyen para dar canciones: alma es distancia y horizonte, ausencia».

Antonio Machado

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Ni un retrato olvidado

"Ni un retrato olvidado. Ni un vestigio de vida. Cuando Andrés vuelva a Ainielle, será para saber que todo está perdido". 
Julio Llamazares

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Casas abandonadas

"Y que fueras entrando, uno por uno, en los corrales, en los huertos, en las majadas y en las casas: todas abandonadas…".
Avelino Hernández

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Pasto del olvido

"Cuantas más gentes de ideas utilitarias existan, más aumentará la población urbana y más disminuirá la población rural".

Julio Caro Baroja

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Frío y silencio

Si es verdad que el frío acompaña, como le gustaba decir al poeta Ángel Crespo, y que el silencio es el mayor productor de glóbulos rojos, como escribió el provenzal Jean Giono, en estas altas tierras del nordeste soriano podremos tonificar con generosidad nuestra sangre. Y, en sus frías soledades, difícilmente nos sentiremos solos.

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Duras condiciones de vida

La España rural de Soria, uno de los lugares más despoblados

El autobús ascendía fatigosamente las rampas, aún de tierra, del puerto de Oncala un mediodía de julio de 1961.
En él viajaba un joven alicantino recién licenciado que acudía a cubrir su plaza de médico en el pueblo de San Pedro Manrique. Sentado cerca del conductor, debía de llamar la atención por su aspecto de señorito. Con el recuerdo de la luz y la exuberancia mediterráneas aún en su retina, miraba por la ventanilla: «El paisaje era espectacular y tétrico; montañas resecas, sin árboles, con rocas negras hasta el infinito… A lo lejos se distinguía un gran rebaño de ovejas. Quedé asombrado y pregunté a mi vecino de asiento: –Pero, ¿qué comen estos animales?, a lo que el lacónico viajero respondió: –Piedras, comen piedras». El médico se llamaba Rafael Cano García, y nos dejó sus impresiones de estas tierras y de sus gentes, a las que dedicó lo mejor de su juventud, en un libro humilde y honesto titulado Tierras de San Pedro, hoy difícil de encontrar.

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Don Rafael llegó a las Tierras Altas de Soria en la que podríamos denominar la década de la «desolación», la de los sesenta. Fueron pasando los años y vio «cómo aquella comarca se fue cubriendo de pinos al tiempo que se quedaba sin habitantes». Las viejas sendas y caminos de herradura que tan dificultosamente comunicaban muchos pueblos se fueron modernizando. «Lo que no se había hecho antes por las personas se hizo entonces por los pinos». Y por esas mismas pistas por las que llegaron los pinos se fueron yendo las personas.

Desde que Sergio del Molino publicó hace un par de años su libro La España vacía –título tan certero como simplificador por lo que tiene de titular, y especialmente doloroso para las gentes que todavía pueblan esa España–, el problema demográfico parece haberse puesto una vez más de actualidad. Es como si se tratase de algo cíclico. Primero les tocó sacarlo a la luz, a contracorriente de la movida de los ochenta, a los que podríamos considerar hijos de esa España vacía, con el escritor Julio Llamazares y su novela La lluvia amarilla al frente. Y ahora les toca a los nietos, como Sergio del Molino o Paco Cerdá, con otro libro, Los últimos.

Pero esa España en realidad no está vacía, o al menos no del todo, y por ello el problema es profundamente humano. Ya sabemos que las cifras son peligrosas y manipulables al gusto… ¿cuánto es mucho o poco? Dicen los periódicos que el 20% de la población española vive en el 80% del territorio y viceversa. Parece impactante, pero no olvidemos que ese 20%, esa España interior, aún suma ocho o nueve millones de habitantes, algo más que la población de Nueva York. También podemos decir que en la que se ha dado en llamar, de modo un tanto reduccionista, Serranía Celtibérica, una gran extensión en torno al Sistema Ibérico que abarca varias provincias e incluye algunas capitales, viven apenas medio millón de personas censadas, lo que da una densidad de población de menos de 8 habitantes por kilómetro cuadrado; de ahí a empezar a llamar a este territorio la Laponia española hay un paso (tópicos y eslóganes siempre al acecho). Pero, con medio millón de personas, todavía llenaríamos los estadios del Real Madrid y del Barça un par de veces cada uno… todo es relativo. Y para terminar con las cifras, si ponemos la lupa en Tierras Altas, la comarca soriana que nos ocupa, son 57.800 hectáreas (algo así como 57.800 campos de fútbol, por seguir con el símil futbolístico) en las que viven 1.211 personas, lo que da un promedio de 2,09 habitantes por kilómetro cuadrado (que tocarían a casi 48 campos de fútbol por persona), reunidos en 57 pueblos y aldeas, un 40% deshabitados o abandonados, que se agrupan a su vez en 11 ayuntamientos.

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Fotografías

Pocos son, pero aunque fuesen la mitad de la mitad, importarían lo mismo, o más, porque en definitiva son personas y no cifras. Gentes que resisten contra viento y marea y a las que, como me dijo un día uno de los últimos habitantes de una aldea del Maestrazgo turolense, «nos tendrían que pagar por mantener abierto el campo». Y con estas personas el Estado tiene una obligación ineludible, pues aunque no sean ciudadanos en el estricto sentido de la palabra (son campesinos, y en su mayoría orgullosos de serlo), asumen sus obligaciones ciudadanas sin rechistar y, por tanto, son merecedores de disfrutar como mínimo de los mismos derechos. Si no de más, porque, como dijo Miguel Delibes en su discurso de ingreso en la RAE citando a Frederic Uhlman: «¿Qué interés tiene preservar la Naturaleza en un parque nacional si luego no se puede encontrar allí a los que, desde siempre, han vivido la intimidad de su país; si no se encuentra allí a los que saben dar su nombre a la montaña y que, al hacerlo, le dan vida?». Julio Llamazares nos ha enseñado que «el paisaje es memoria», memoria de los antepasados y también memoria viva de los que aquí resisten. Empecemos pues a hablar de estas personas por sus nombres.

La comarca de Tierras Altas, ubicada en el norte de la provincia de Soria y colindante con La Rioja, es, con 2,09 habitantes por kilómetro cuadrado, una de las regiones con las tasas de población más bajas de Europa.

«Donde las cifras oficiales dicen 1.200, tú pon 700, pues no creo que sean más los que pasan frío, o sea, los que viven realmente todo el año en estos pueblos», afirma con rotundidad Antonio Arroyo, «Toño», el cura de San Pedro Manrique y los 56 núcleos de población restantes antes citados, toda una institución en esta comarca, a la que ha dedicado 40 años de su vida. Una parte de ellos en compañía de Jesús Mendoza, hoy destinado a otra zona de la provincia (la escasez de vocaciones obliga al obispado a optimizar la mano de obra). Toño ejerce su labor pastoral desde una «espiritualidad de lo rural», como le gusta decir, sabiendo que lo que importa es estar ahí, acompañar y dedicar tiempo a los pequeños detalles. Y con plena conciencia de que, de momento, esta vida está en la tierra, y terrenales son los problemas que la acucian. Nada más gráfico que el término que un día acuñó Jesús: el 113. «Los curas somos el 113, porque tenemos que llegar a donde ya no llega ni el 112». Dinamización social, coope-rativas, vivienda, inmigración, papeles… nada de esto le es ajeno a Toño. En una ocasión se presentó en la casa parroquial uno de los primeros inmigrantes búlgaros, pequeño colectivo muy presente hoy en la zona, junto con los magrebíes y latinos, diciendo solo cuatro palabras en español: «cura Toño, papeles, trabajo». Su implicación y conocimiento de esta realidad a pie de obra, sumados a su reconocida bonhomía, han hecho de Toño la verdadera alma mater de este reportaje. Qué necesario sería encontrar el modo de incentivar a funcionarios, médicos, maestros, etc., para que no solo trabajaran aquí, sino que, como él, se animaran a enraizar en estas tierras, evitándose además largos desplazamientos diarios. Ya sabemos que no es fácil, pero… Acaso en otros países como Francia esto tenga más prestigio.

Tal vez la primera pregunta debería ser: ¿cómo se ha llegado hasta aquí? Y la respuesta no es sencilla. Por aquello de desmitificar, empecemos diciendo que en las montañas y mesetas de la España interior nunca vivió mucha gente. Si nos remontamos a la Antigüedad, Estrabón ya escribió en los primeros años de nuestra era que «La mayor parte [de Iberia] es difícilmente habitable, pues en una gran extensión la pueblan montañas, bosques y llanuras de suelo pobre que ni siquiera disfruta de agua uniformemente». Lo observaron también los viajeros del siglo XIX, entre ellos el inglés Richard Ford, que se mostró impresionado por el vacío de las grandes mesetas del interior de esta península que denominó Berbería cristiana. En consecuencia, la ganadería parecía el único aprovechamiento posible, y así fue, con el florecimiento de la Mesta, entre los siglos XIV y XVII, cuando estos pueblos vivieron su época de mayor esplendor. Pero con el ocaso de la ganadería lanar comenzó la decadencia.

Nadie lo puede explicar mejor que el escritor soriano Avelino Hernández (1944-2003), quien dedicó una parte importante de su obra y de su vida a denunciar el abandono secular de su tierra: «Estamos ya de lleno en las sierras de la Mesta. […] Sobre estas crestas, por estas lomas y en estos barrancos que ves, pastaban en la primavera de 1525 tres millones y medio de cabezas de ganado. […] Fueron tiempos de riqueza, que es poder. […] Pero nadie se ocupó de poner siquiera un telar de paños o un lavadero de lana en cualquiera de estos pueblos. Se llevaban de aquí todo, la carne y la lana. Y un día se llevaron también las merinas. […] Y detrás se fueron también los pastores. Los ministros ilustrados creyeron que podría recuperar la sierra su esplendor dándola a la agricultura. ¡Ya ves, aquí, por estas alturas! Donde hay años de ser diez los meses de invierno. […] Se empeñaron en que se hicieran labradores los pastores que con la pérdida de las merinas se quedaron sin quehacer. Y ahí han estado, casi dos siglos, labrando barrancos estériles y lomas baldías y su propia miseria».

Y el remate fue el gran éxodo rural de los años sesenta del siglo pasado. La repoblación forestal y las pequeñas indemnizaciones que ello supuso allanaron el camino, pero el proceso era ya imparable en muchos pueblos. Sus habitantes huían de la miseria en busca de trabajo y, sobre todo, de un futuro mejor para sus hijos. «Era una tierra hostil y una gente independiente, libre y dura, que vivía por encima del bien y del mal […] Todo su interés se centraba en lo que les permitiese la supervivencia en aquella tierra hosca y fría. Todo lo demás era extraño para ellos», en palabras del médico Rafael Cano, que vivió este éxodo.

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Ismael, uno de los últimos vecinos de Valdeprado, me contó, tomando un vino en el bar de su pueblo: «Fui a la escuela hasta los 14 años; mi padre no me sacó ni un solo día. Pero a los 14 años me sacó, me dio un macho y me dijo:

»–Anda a vender la mercancía a Fitero [pueblo navarro a 40 kilómetros].

»–Padre, si no sé el camino –le respondí.

»–Vete con éste [otro vecino], que va para allá, y fíjate cara a la vuelta, que volverás tú solo.

»¡Menos mal que el macho se sabía el camino!».

Y me hablaba, con un punto de añoranza, de los que se fueron a la ciudad y prosperaron, y hoy tienen buenas pensiones.

Un éxodo rural tan concentrado en el tiempo dio lugar al abandono de muchas poblaciones. Quienes partían lo hacían con lo mínimo y marchaban sin mirar atrás, dejando un rastro de olvidos y memorias… de una belleza a veces difícil de explicar. He querido seguir el consejo de Avelino Hernández y entrar con respeto en las majadas y en las casas abandonadas para sentir la presencia de sus antiguos moradores, descubrir ropas, papeles, viejas fotografías olvidadas, objetos en los que el tiempo parece detenido, y «oír el trabajar de la carcoma en las escuelas con pupitres y pizarras».

De los 57 pueblos y aldeas de Tierras Altas podemos encontrar 12 completamente abandonados, casi irrecuperables, como Aldealcardo, La Mata, Vea, Acrijos, Fuentebella, Buimanco o Valdemoro, entre otros. Pero desde hace años viene teniendo lugar un nuevo fenómeno, el de los pueblos espejismo. Son pueblos que no parecen abandonados, aunque un día lo estuvieron, o casi, y en los que hoy lucen bastantes casas restauradas, pero en las que no vive nadie durante buena parte del año y solo en verano y en fiestas se llenan de vida. Fruto de cierta prosperidad, muchos emigrantes arreglan las viejas casas de sus antepasados y las convierten en segunda residencia; en Diustes, Valdecantos, Navabellida, Castillejo, Las Fuesas… y así hasta 11, con Sarnago a la cabeza. Su asociación de antiguos moradores, capitaneados por José Mari Carrascosa, ha logrado, con buenas dosis de voluntad y a veces de voluntarismo, cambiar el signo de un lugar que perdió su último vecino en 1980. Ahora la pregunta es: ¿qué pasará con las siguientes generaciones, que tal vez ya no sientan el mismo apego por el lugar de sus antepasados, cada vez más remotos?

Pero no es solo el latido del pasado ni la belleza del paisaje lo que nos empuja a recorrer Tierras Altas, sino sobre todo el encuentro con las personas que resisten orgullosas contra viento y marea en una tierra que no sabe de contaminaciones. Son los últimos vecinos de esta comarca. Ellos y algunos inmigrantes, bien llegados de otros países empujados por la necesidad, bien procedentes de las ciudades, con ganas de probar suerte en el campo, ya sean neorrurales que han mitificado la vida natural o personas con un proyecto de vida más serio. Y entre el ir y venir de unos y otros recuperan algún oficio, mantienen algún pequeño negocio o hacen que se abra de nuevo alguna escuela. Podrá parecer poca cosa, pero entre tan pocos, cualquier cosa es mucho. En Yanguas, por ejemplo, la escuela, que permaneció cerrada algunos años, se ha abierto de nuevo gracias a los hijos de los inmigrantes. En enero de 2018 dos maestras, Ana y Sandra, atendían a 13 niños y niñas en dos clases. Sus nombres dan fe de lo variado de su origen: Nuria, Noah, Bilal, Araceli, Hosam, Manuel, Ana, Anouar, Carola, Isabel, Izán, Omaima, Oussama.

La tradición ganadera, que se resiste a morir, es aún hoy una de las principales actividades de la zona, con algún proyecto ilusionante puesto en marcha por gente más joven. Al llegar a Matasejún pronto tropezaremos con Antonio. Es el último vecino del pueblo, y vive aquí todo el año con Pilar, su mujer, y con su hijo Ángel, dedicados en cuerpo y alma a sus ovejas, tarea no exenta de heroicidad en los días de nieve. Como en Valduérteles, donde acompañé a Flores, pastor búlgaro al cuidado de un importante rebaño, que vivió durante años en estas tierras con Gurana, su mujer (el pastoreo es una ocupación frecuente entre los inmigrantes). En Yanguas visité a los antiguos cabreros Concha y Rafael. El día en que me abrieron la puerta de su casa, y con ella, la de su corazón, Rafael me contó que él sacaba a todas las cabras de Yanguas, y que llegó a juntar hasta mil cabezas, pero que ya no queda ni una cabra en el pueblo.

Si tiramos por el valle del Cidacos, uno de los parajes más hermosos de esta tierra, un rosario de pueblos nos aguarda para demostrarnos que el latido de la vida, aunque débil, aún es posible; no encontraremos ninguno abandonado o deshabitado. En Los Campos pego la hebra con Teófilo e Isabel, que me reciben en su cocina, como es de rigor, y me acompañan a visitar a Dolores, su vecina. «Para mi madre no hubo Dios, ¿sabe usted? –me dirá Dolores–. Ahora sí hay Dios, pero para ella no lo hubo. Viuda, con niños pequeños, teniendo que pedir y nadie le daba. Para ella no hubo Dios».

Ahora que hay más medios, falta gente; cuando había más gente, faltaban los medios… Acompaño a la doctora Lola Garrido a Vizmanos y a Las Aldehuelas, como otro día acompañé a la enfermera Carmen Jiménez en sus visitas domiciliarias por Fuentes de Magaña y Valtajeros. Su presencia siempre es recibida como un acontecimiento. En esta tierra que ha sufrido una dura despoblación, bien saben que de esos servicios sociales, tan difíciles de mantener como necesarios, depende lo que más les importa: no verse obligados a abandonar sus casas y marchar a la ciudad con los hijos o a una residencia.

En el consultorio de Vizmanos, que, como todos los de Tierras Altas, es atendido por el equipo de profesionales del centro de salud de San Pedro Manrique, Francisco y Juana ya esperaban a Lola, como la llaman familiarmente. Ambos emigraron a Suiza y les fue bien, pero no dudaron en regresar a su pueblo a disfrutar de la jubilación. El haber conocido mundo les hace valorar lo que tienen aquí de un modo más especial si cabe. Hace unos años, en el bar de este pueblo me había tomado una cerveza con Jerónimo e Isaías, hoy fallecido. Como Marcelina, de Ventosa de San Pedro, madre de ganaderos que en su día me mostró con emoción el retrato de sus padres y que tampoco está ya entre nosotros. Si seguimos hasta Villartoso por el Cidacos, Fructuoso nos hablará de los tiempos de la trashumancia, que ya casi nadie practica, de cuando era mozo y llevaban el ganado andando y en tren hasta el valle de Alcudia, en Ciudad Real. Su hijo Félix, que trabaja en Soria, mantiene en sus ratos libres una punta de ovejas, más para curar la nostalgia de su padre que por necesidad. Más adelante, ya cerca de la salida del valle, en Bretún, vivió Sara, a quien visité por primera vez en compañía de Pilar, la asistente social, otro elemento clave del tejido asistencial. La señora Sara había sido famosa por su pasión al mostrar los importantes yacimientos de icnitas de la zona, cosa que hacía completando las descripciones científicas con su desbordante imaginación. Y por allí aún gastan sus días Ángel, antiguo pastor, y Crescencio Verguizas, alias Cachorro, de oficio incierto y beber certero.

En Villar del Río la carretera del Cidacos conecta con la general de Oncala a La Rioja. El Villar, como dicen por aquí, es la segunda población de la comarca con mayor número de habitantes, 141, solo por detrás de San Pedro, la capital, que declara cerca de 600 –«quita, quita algunos», me diría Toño–. Y aquí otra mujer sola, Juanita, y otra cocina… ¡glorioso recibimiento el del calor del fuego cuando afuera hiela! Vive acompañada del recuerdo de un marido al que amó y admiró, que la sedujo cuando regresó de Cuba. El bar del Villar es parada obligatoria. César y Lidia, ingeniero y topógrafa, llegaron de Madrid con su hijo Noah casi bebé y han regentado el bar del pueblo mientras intentaban encontrar algún pequeño trabajo de lo suyo, pero no han tenido éxito o acaso no han encontrado voluntad o apoyo. Después de cinco años han tirado la toalla; él ha marchado a Guinea a trabajar de ingeniero y ella ha regresado con su hijo a Móstoles, a casa de sus padres, a preparar oposiciones. Toño les bautizó al chaval como despedida. Algo hacen mal las Administraciones, algo hacemos todos mal, para que proyectos de vida como este no fructifiquen.

También cinco años llevan viviendo en Armejún Rubén y Olaya. Allí encontraron casa y alguna facilidad, y en esa casa han nacido sus dos hijos, Breogán y Lucio, con la asistencia de una matrona. Convicción y ganas no les faltan. Y eso que hablamos de Armejún, uno de los pueblos más aislados, que llegó a quedar deshabitado y está a hora y media de San Pedro, es decir, de cualquier tipo de servicio, por una endiablada pista de tierra que en invierno se hace intransitable por la nieve. La ilusión de esta familia, que ha llenado de juguetes y alegría un pueblo que solo habitan ellos, pende de un hilo: necesitarían que otras familias se animasen a acompañarlos en la aventura, y no parece fácil.

Mientras en algunos lugares prende de nuevo la vida, en otros se apaga poco a poco. Valdenegrillos se vació cuando lo de los pinos, y allí quedó rumiando su soledad el matrimonio formado por Zacarías y Romana, durante más de 40 años. Zacarías murió y allí sigue Romana, a sus 86 años, viviendo sola por su propia voluntad, sin luz ni agua corriente y a 12 kilómetros del primer pueblo habitado, para ella más de tres horas a pie y sin el apoyo de la burra, que les aliviaba el camino en tiempos de su marido. Es como si la historia del protagonista de La lluvia amarilla (cuya idea, por cierto, se le reveló a su autor no lejos de aquí) se hiciera realidad… pero encima en este caso la protagonista es mujer.

Como le sucedió a avelino Hernández, tuve «la tentación de saber qué sienten viviendo alrededor de tanto fin como supervivientes últimos». La respuesta me la dio Jaime Pascual, hoy guarda forestal y último habitante de Villarijo junto con su padre, a quien un día le dijo: «Vámonos, padre, antes de que nos volvamos locos». Enclavado en el fondo de un imponente valle y lejos de todo, Villarijo posee un microclima que permitió el cultivo del olivo y la producción de aceite en un trujal, tal vez el único que hubo en la provincia de Soria. Sus piedras, hoy en ruinas, duermen bajo la nieve, como el resto del pueblo.

Comenzamos este viaje con las palabras de un joven médico; dejemos que sean los versos de un poeta de la tierra, Fermín Herrero, en su libro Tierras altas, los que nos despidan:
Pero todavía en algunos es virtud la templanza y no se pierde el hombre por el lucro o la apariencia. Estos son los dominios del silencio. El tiempo aquí se para. Y me traduce.

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