El campo de restos fue lo que más me impresionó. Allí, en ese espectral lecho marino frente a Terranova, las personas que murieron en la gélida madrugada del 15 de abril de 1912 volvieron a hablarme. Una caja de champán yacía en el fondo con las botellas aún sin descorchar, mudo recuerdo del Titanic como palacio flotante de ricos y poderosos. La madera había desaparecido tiempo atrás, consumida por moluscos devoradores de celulosa. Cerca de las botellas reposaban esparcidas baldosas decoradas con un motivo en rojo y blanco. De pronto reparé en un zapato de mujer. Junto a él había tres peinetas y un par de zapatos de niña, y al lado, un espejo de mano. ¿Habría pertenecido el zapato más grande a una señora que peinaba la hermosa melena de su hija? ¿Cómo sería el rostro de la joven que reflejara ese espejo? A escasa distancia había más zapatos: un par de chica joven, y otro par junto a algo que me pareció un chubasquero negro de marinero. Dos zapatos de un mismo par no pueden caer 3.800 metros por separado y aterrizar juntos. Debieron de efectuar el descenso juntos. Habían transcurrido 19 años desde que descubrí el Titanic como integrante de un equipo franco-americano, y acababa de regresar para ver los cambios obrados en el pecio desde entonces. Sabía que una empresa privada de salvamento, RMS Titanic, Inc., había realizado inmersiones y retirado legalmente miles de objetos de lo que yo considero un sepulcro sagrado. Lea el artículo completo en la revista.

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