A veces los cuentos de hadas se hacen realidad, solo que pueden tardar décadas. Cuando era niña y vivía en la ciudad, a Elena Anosova le contaban historias fantásticas de una aldea frecuentada por alces y lobos, historias de un bosque infinito, caminos impracticables y un entorno tan inhóspito como amado. Ya de adulta –ahora tiene 34 años–, esta artista visual visitó por fin el poblado que hace más de tres siglos fundaron sus antepasados, cazadores que formaron parte de las oleadas de rusos que, en busca de pieles, pusieron rumbo al este, se adentraron en Siberia y nunca regresaron.

Caballos semisalvajes
Foto: Elena Anosova

En el frío mes de marzo los aldeanos proporcionan alimento y calor a los caballos semisalvajes, como esta yegua preñada. Más adelante, cuando haga demasiado calor para cazar en motonieve, los hombres cargarán a lomos de estos animales las piezas cobradas, por lo general alces, renos y martas cibelinas. La familia de la fotógrafa ha puesto a esta yegua el nombre de Tuchka, que en ruso significa «nubecilla».

El padre de Anosova nació allí, y la mayoría de los 120 vecinos de la población –cuyo nombre y ubicación quieren mantener en secreto– son familiares suyos, en mayor o menor grado.

En Evenki, el idioma nativo, el topónimo significa algo así como «la isla». Un término que sintetiza a la perfección el trabajo de esta fotógrafa: la exploración del aislamiento y sus fronteras. Para llegar en jeep a esta «isla» onírica y sin mar, hay una ruta sobre la pantanosa taiga subártica que puntualmente, en invierno, se congela. Pero el medio más rápido es el helicóptero, que dos veces al mes despega de la ciudad de Kirensk, a 300 kilómetros de distancia. Si va lleno, hay que esperar 15 días para ir, o para volver.

Morro de alce
Foto: Elena Anosova

El morro de alce es un manjar reservado para los días de fiesta, y la pequeña Dasha, de cinco años, espera, caramelo en mano, a que se descongele una quijada de este animal. Dentro de unas horas su madre la desollará y la hervirá con especias para elaborar uno de los platos del banquete de Año Nuevo.

Una vez allí, Anosova descubrió que había mucho por hacer y poca prisa por partir. Hay que reunir a los caballos salvajes cuando hace demasiado calor para azar en motonieve, recoger las cosechas en los invernaderos calefactados y preparar conservas para el invierno. 

Se echa de menos el frío

El dinero en efectivo apenas es necesario, como no sea para alguna excursión a la ciudad, que se financia con la venta de pieles de marta cibelina. Tras visitar la aldea, la vida en la ciudad se antoja diferente. «Es difícil –dice Anosova–, añoras el silencio». Incluso el frío se echa de menos. Una de las fotografías de este artículo muestra a un hombre con la cara cubierta de nieve. Para Anosova simboliza cómo se vive allí: «simultáneamente en lucha y comunión con los elementos».

Una escena costumbrista
Foto: Elena Anosova

Como una Madonna con el Niño, Valentina, una prima de la fotógrafa, sostiene en brazos a su benjamina, Varvara, de 10 meses, que juguetea con una piel de zorro.

Unos perros muy cotizados
Foto: Elena Anosova

Los perros del pueblo  han encontrado acomodo en el frío del exterior, en un sofá abandonado. Los lugareños llevan un registro genealógico de cada can; hay lista de espera para hacerse con alguno de los que prometen tener buenas dotes para la caza y el rastreo.

Frío como fuente de vitalidad
Foto: Elena Anosova

En el pueblo no falta el agua potable, pero un cazador anciano, Valery (derecha, abajo), prefiere lavarse la cara con nieve todas las mañanas porque el frío se considera una fuente de vitalidad.