La aventura fue más o menos así: un grupo de científicos del Instituto Español de Oceanografía se hallaban a bordo del buque oceanográfico Ramon Margalef en la costa de Bueu, en Pontevedra, en un proyecto de investigación, RemediOS, sobre ecosistemas degradados. 

De pronto, las sondas acústicas comenzaron a registrar unos ecos recurrentes y persistentes, de una sonoridad inusual e inesperada, que se interpretaron como bioturbulencias con registros superiores a lo habitual. La estupefacción fue absoluta porque ese ajetreo frenético, ¿de dónde venía?

Por tierra y mar, se realizaron consultas, investigaciones, inmersiones, en un periodo de estudio en que se barajaron todos los datos posibles sobre la dinámica oceánica en aguas poco profundas. Finalmente, y con colaboración internacional, se resolvió el enigma: esas intensas corrientes marinas eran producto de la actividad sexual de los enormes bancos de anchoas, llamados también cardúmenes, que abundan en la zona.

En una gran bacanal submarina, desatada y sin barreras, con miles de hembras liberando sus huevos, machos su esperma, entregados a un acontecimiento natural donde rige el instinto, era tal el frenesí que se creaban unas enérgicas turbulencias que acababan incidiendo en la dinámica motora marina.

Si quieres saber el colofón de esta historia con final aún más feliz que el que te hemos contado, al menos para la ciencia, búscalo en este reportaje que publicamos en el número de febrero de National Geographic.

Por supuesto, “lo de las anchoas” es solo una de los miles de curiosidades picantes, por decirlo de algún modo, que ocurren en las profundidades del mar. Mucho más abajo, donde habitan las especies abisales, tiene lugar una de las fecundaciones más salvajes de la naturaleza: la de las Neroceatias.

Las hembras de esta especie tienen un tamaño diez veces mayor que el de los machos. Estos, para reproducirse, las muerden en su parte trasera, cerca de su oviducto, y liberan su esperma. Pero en mordiscos no termina el acto, porque estas hembras tan enormes no se quedan a medias. En un fenómeno único en la naturaleza, ella va absorbiendo literalmente, poco a poco, al pequeño pez macho hasta que este queda reducido tan solo a sus testículos, que acaban formando una protuberancia en esa parte trasera que él comenzó a morder. Y así se acaba el ciclo, casi nada, pobre macho.

Para endulzar un poco el final, te dejamos justamente con peces de agua dulce. Las tres especies de guramis del género Trichopsis, originales de lagos y lagunas de Asia, y que son muy demandadas para acuarios, tienen unas aletas pectorales con unos tendones que utilizan, cual cuerdas de una guitarra, para hacer un tipo de graznido y un ronroneo que suena como música e invita a un grácil cortejo. Si quieres saber más, consulta este artículo.

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