La titánica lucha de Beethoven contra la sordera

Una conmovedora carta escrita por Beethoven es un fiel testimonio de su desesperación frente a la imparable pérdida de audición que sufría. Murió el 26 de marzo de 1827 en Viena, Austria, agobiado por su enfermedad.

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Testamento de Heiligenstadt

Esta carta fue escrita por Beethoven en esta localidad en 1803.

FOTO: AKG / Album

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Vista de Heiligenstadt

La población de Heiligenstadt a principios del siglo XX. Acuarela por Johann Tobias Raulino. Museo Municipal, Viena.

FOTO: Dagli Orti / Aurimages

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Trompetilla de Beethoven

Fue fabricada por el inventor Johann Mäzel para Beethoven, aunque no se sabe si éste llegó a utilizarla.

FOTO: Granger / Aurimages

Beethoven

La titánica lucha de Beethoven contra la sordera

En torno a 1798, Beethoven empezó a notar que estaba perdiendo el oído. Consultó a diversos médicos, el último de los cuales le aconsejó, en 1802, que se instalara durante unos meses en una tranquila localidad próxima a Viena, Heiligenstadt. Allí compuso varias obras e incluso comenzó la Tercera sinfonía. Pero en octubre comprendió que la cura no surtía efecto y que el avance de la sordera era imparable. Atormentado por un constante zumbido en los oídos y por las consecuencias profesionales y humanas del mal, escribió un conmovedor documento a modo de testamento personal. En él confesaba que había pensado en el suicidio, pero que al final decidió seguir adelante para servir al ideal de su arte. En cierto modo, se presentaba a sí mismo como un héroe que sufre y renace, igual que el protagonista de la sinfonía que terminaría poco después.

La carta que escribió, conocida como Testamento de Heiligenstadt, fue escrita en 1803 y dice así:

"Oh, hombres, que pensáis o decís que soy malévolo, obcecado o misántrópico, qué poco me comprendéis. Desconocéis la causa secreta que me hace mostrarme como tal ante vosotros [...] desde hace seis años me he visto atacado por una seria dolencia [...]. Ah, ¿cómo podría aceptar una enfermedad en el único de los sentidos que, en mi caso, debe ser más perfecto que los otros...? Oh, no puedo hacerlo, y por ello os pido que me perdonéis cuando veis que me retiro [...] qué humillación la mía cuando alguien que está junto a mí oye una flauta en la distancia y yo no oigo nada, o cuando alguien oye a un pastor cantando y de nuevo sigo sin oír nada. Incidentes como esos me llevan a la desesperación; un poco más y habría puesto fin a mi vida.

Sólo mi arte me ha detenido. Oh, me parecía imposible dejar este mundo antes de haber creado todo aquello que soy capaz de crear [...]. Divinidad, tú ves mi alma más recóndita, tú sabes que en ella mora el amor por la humanidad y el deseo de hacer el bien. Oh, mis semejantes, si alguna vez leéis esto, considerad la injusticia que habéis cometido conmigo [...]. Adiós, y no os olvidéis del todo de mí cuando esté muerto".

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