La rendición de Breda, la última victoria española del siglo XVII

Ambrosio Spínola asedió la ciudad holandesa de Breda durante 9 meses hasta que esta se rindió a los españoles el 5 de junio de 1625, un hecho histórico que plasmaría de manera genial Velázquez en su cuadro mal llamado "Las Lanzas".

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El sitio de Breda

Este gran óleo de Pieter Snayers, de 1'8 por 2'6 metros recrea la toma de Breda en junio de 1625 después de casi un año de asedio por parte de las tropas de los Habsburgo comandadas por el general Spínola. Museo del Prado, Madrid.

 

FOTO: Oronoz / Album

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Ambrosio Spínola, el asediador

El general Spínola inició su meteórica carrera militar, marcada por su excepcional habilidad como estratega, en Flandes en 1602, pasada la treintena. El asedio de Breda lo convirtió en el general más célebre de Europa, pero murió tan sólo cinco años más tarde marginado por el conde-duque de Olivares. Retrato de mano de Pedro Pablo Rubens, Galería Nacional de Praga.

FOTO: Art Archive

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Mauricio de Nassau, el rival

Mauricio de Nassau era hijo del líder de la independencia neerlandesa Guillermo el Taciturno y hermano de Justino, gobernador de Breda. Mauricio capturó ciudades aparentemente inexpugnables e intentó ayudar a su hermano a romper el asedio de las tropas españolas. Murió en 1625, poco antes de que la ciudad cayera en manos de Spínola.

FOTO: Aisa

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Las armas de los tercios

Una alabarda del siglo XVII, una de las armas de los tercios usadas en el sitio de Breda. Palacio Ducal, Venecia.

FOTO: Album

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Una escena inmortal

Diego de Velázquez inmortalizó la escena en uno de sus óleos más famosos, La rendición de Breda o Las Lanzas. La pintura enfatiza la clemencia de Spínola, y por añadidura de la monarquía española, con el enemigo derrotado. El óleo es una de las obras más conocidas de las que se encuentran en el Museo del Prado.

FOTO: Aisa

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Conflicto religioso

Tras la toma de Breda, las autoridades españolas obligaron a los habitantes locales restaurar las imágenes católicas de las iglesias y a erradicar el calvinismo. La ciudad sería recuperada definitivamente por los rebeldes en 1637. En la imagen, la catedral de Breda.

FOTO: AGE Fotostock

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El rey que perdió Flandes

Cuando Felipe IV retomó la guerra en Flandes en 1621, después de una tregua de 12 años, encargó a Spínola que reconquistara el territorio rebelde a cualquier precio. Aunque los ejércitos españoles tuvieron algunos éxitos al principio, la provincia obtuvo su independencia en 1648. Sobre estas líneas una medalla con el busto de Felipe IV. Museo Lázaro Galdiano, Madrid.

FOTO: Oronoz / Album

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Isabel Clara Eugenia

La gobernadora de los Países Bajos, Isabel Clara Eugenia, tía de Felipe IV animó a Spínola a mantener el sitio de Breda a pesar de que en la Corte eran no pocas las voces que abogaban por desistir del asedio al verlo como una empresa imposible. Tras su rendición, hizo una entrada triunfal en la ciudad. En la imagen, Isabel Clara Eugenia retratada por F. Poribus en 1599. Museo de Arte de Estonia, Tallín.

FOTO: Getty Images

02 Ambrosio Spinola sitio breda

La rendición de Breda, la última victoria española del siglo XVII

Uno de los óleos más famosos de Diego de Velázquez recrea el momento en el que, el 5 de junio de 1625, Justino de Nassau, gobernador de la ciudad de Breda, se rendía a las tropas españolas comandadas por Ambrosio Spínola, que habían sitiado la plaza fuerte de Flandes durante casi un año. La ciudad era una verdadera fortaleza y el asedio se había cobrado miles de vidas en ambos bandos. La victoria fue una de las más sonadas a cargo de Spínola y el ejército español en la guerra de Flandes, aunque no impediría la independencia de los Países Bajos en 1648.

En 1568, se había iniciado la rebelión de las Diecisiete Provincias contra su soberano –en aquel entonces, Felipe IIsolapada, desde 1618, con otro conflicto a escala europea, la Guerra de los Treinta años. En 1621, al expirar la tregua de los Doce Años entre los Habsburgo y sus súbditos, la monarquía española inició una nueva etapa en la guerra de Flandes. El conflicto duraba ya 60 años, y había resultado muy costoso en hombres y dinero. Pero Felipe IV y su valido, el conde-duque de Olivares, pretendían retener a cualquier precio aquellas tierras.

En 1568, los Países Bajos iniciaron una revuelta contra la Corona que se prolongaría ocho décadas y acabaría con la independencia de la provincia

Ambrosio Spínola, el más prestigioso general español del momento, quedó al mando de las operaciones en los Países Bajos. Para ello contaba con el apoyo de la gobernadora de Flandes, Isabel Clara Eugenia, tía del soberano español. En 1622 se apoderó de Jüllich y poco después avanzó sobre Berg-op- Zoom, aunque tuvo que levantar el sitio. Finalmente, en la primavera de 1624 puso sus ojos en Breda. Ciudad rica y populosa, era una de las cunas de la causa rebelde y su conquista representaría un importante golpe para los holandeses. La empresa, sin embargo, no era fácil. Desde que en 1590 cayera en manos protestantes, la ciudad había sido reforzada con fosos y enormes muros, lo que, según la mayoría de militares, la hacía casi inexpugnable.

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El espectáculo del asedio

La única oportunidad de Spínola era coger desprevenida a la ciudad cuando hubiese en su interior el mínimo de efectivos.Tras amagar un ataque sobre otros puntos, en la madrugada del 28 de agosto de 1624 se lanzó con su caballería sobre los arrabales, cortó los caminos y aisló a la ciudad. Durante el día fue llegando el resto de fuerzas hispanas y el sitio se formalizó. Los atacantes sumaban unos 18.000 hombres, mientras que los defensores, al mando de Justino de Nassau, eran unos 7.000.

Felipe IV encargó a Spínola en 1621 que reconquistara Flandes a cualquier precio

Esa misma mañana el general comenzó a trazar el plano de las obras de sitio, cuyo fin no sólo era rendir Breda, sino rechazar los intentos de socorro que llegarían desde el exterior. Trabajando a destajo, en sólo 17 días se completó el cinturón de trincheras, fuertes y parapetos que habrían de ahogar a los rebeldes. Era una doble línea fortificada protegida por 96 reductos, 37 fortines y 45 baterías. Una caravana de 400 carros abastecía a diario a los sitiadores, y evacuaba a enfermos y heridos.

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La fama de Spínola como ingeniero militar era conocida en toda Europa, por lo que no faltaron «turistas» que viajaron a Breda para admirar las obras de sitio. Entre ellos se contaron el rey de Polonia y el duque de Baviera, y dice la leyenda que también estuvo el joven Descartes. En toda Europa se cruzaban apuestas sobre el éxito o fracaso de la empresa. La misma corte de España consideraba una temeridad aquel sitio e insinuó su levantamiento, pero la gobernadora, que confiaba ciegamente en su general, convenció a Madrid de la necesidad de continuar.

¿Una ciudad inexpugnable?

Los defensores estaban tranquilos. Confiaban en la solidez de sus defensas y en la ayuda de Mauricio de Nassau, hermano de Justino. Mauricio también creía que Breda era inexpugnable y apenas molestó a Spínola en el levantamiento del sitio. Es más, creyendo desprotegida Amberes se lanzó sobre ella con el ánimo de tomarla, pero su intento fracasó estrepitosamente. Ante ello, Mauricio decidió tomarse más en serio el sitio de Breda y se plantó ante el ejército católico, listo para el ataque.

Breda era una ciudad muy bien defendida y pocos confiaban el éxito del asedio de Spínola

Spínola aceptó el reto y se preparó para hacerle frente, pero al final Mauricio desistió. Librar una batalla campal suponía arriesgarlo todo a una carta: si los holandeses ganaban, la ciudad se salvaría, pero si fracasaban estaría irremediablemente perdida. Por ello, el líder rebelde optó por la prudencia y se retiró, confiando en la capacidad de resistencia de la ciudad.

La llegada del invierno no sorprendió a los sitiadores. Se había previsto el mantenimiento de los convoyes diarios de abastecimiento, a pesar de los rodeos que tenían que dar para transitar por caminos secos y seguros. Mientras tanto proseguía el martilleo constante de la artillería de sitio y el estallido de las minas que plantaban los atacantes, y que iban demoliendo uno a uno todos los baluartes defensivos. Esto permitía que el enemigo se aproximase cada vez más a las murallas de la ciudad.A todo ello se unió la escasez de alimentos dentro de la plaza y, lo que era peor, la constatación de que los ansiados socorros no llegaban, pues la dureza del invierno también había hecho mella en el ejército de Mauricio.

Abandonados a su suerte

En un intento desesperado por romper el sitio, los defensores desviaron el cauce de un río cercano para que anegase el campamento de Spínola, pero éste, previsor, había ordenado levantar unos diques que lo impidieron. Poco después, los sitiados expulsaron de Breda a mil bocas inútiles, niños y ancianos, una práctica habitual cuando escaseaban los alimentos en una ciudad sitiada. Pero Spínola los rechazó y los devolvió a la ciudad para que continuasen siendo una carga para la defensa.

Los sitiados desviaron el cauce de un río para anegar el campamento español, pero unos diques que Spínola había ordenado levantar lo impidieron

En abril de 1625 Mauricio intentó socorrer de nuevo a Breda, pero se encontraba enfermo y volvió a fracasar. Murió poco después en La Haya, sin dejar de preguntar durante su agonía por la suerte de la ciudad. La noticia supuso un duro golpe para los sitiados, pero éstos intentaron un último ardid. Una noche, el capitán inglés Thomas Veer reunió en secreto a unos 500 hombres y llevó a cabo una audaz salida que sorprendió a los centinelas españoles e italianos apostados en los baluartes más próximos. La operación empezó siendo un éxito, pero la rápida llegada de refuerzos obligó a retroceder a los holandeses, y el intento fracasó.

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Tras nueve meses de asedio, los defensores ya no podían aguantar más. Las bajas eran numerosas; los alimentos escaseaban y no había perspectivas de ayuda. El 31 de mayo se iniciaron las conversaciones de rendición. Como el ejército de Spínola también estaba agotado, las condiciones fueron bastante ventajosas para los sitiados.

Las condiciones de la capitulación no fueron abusivas con los sitiados ya que el ejército de Spínola también estaba agotado

El 5 de junio, la guarnición superviviente de Breda –unos 3.500 hombres en un estado lamentable– salía con armas, banderas y bagajes. Los ciudadanos quedaban exentos de pagar ningún tributo, y sólo se les obligó a restaurar las imágenes de los templos católicos y erradicar la práctica del calvinismo. Justino de Nassau, acompañado de sus ayudantes, entregó personalmente las llaves de la ciudad a Spínola en la tienda de éste, que había sido engalanada para la ocasión.

La celebración de la victoria

La noticia fue recibida con gran alborozo en Bruselas y Madrid. Se celebraron misas, fiestas y fuegos artificiales. Días después, la gobernadora hizo su entrada en la ciudad bajo un arco de triunfo que el general genovés había hecho levantar y en el que una dedicatoria consagraba la victoria a ella y al rey Felipe IV. Las fiestas se prolongaron durante tres días seguidos, en los cuales la soldadesca gastó la prima que había recibido. El rey, como premio, nombró a su general Comendador Mayor de Castilla y el papa UrbanoVIII le envió varios regalos bendecidos. Pero Spínola contestó al monarca que prefería alguna compensación económica constante y sonante debido al estado de ruina personal en el que se encontraba, pues durante años había adelantado el dinero necesario para la guerra; se calcula, en efecto, que la Corona le debía varios millones de ducados.

La gobernadora de los Países Bajos, tía de Felipe IV, hizo una entrada triunfal en Breda tras su rendición

Breda supuso el cenit de la carrera militar de Spínola, pero también el canto del cisne del poderío militar español en Flandes. La falta de dinero hizo imposible emprender más ofensivas de envergadura y, al cabo de trece años, la ciudad se volvió a perder, esta vez definitivamente. En 1648, tras más de ocho décadas de guerras inútiles, España reconocía, por fin, la independencia de las provincias holandesas.

La Rendición de Breda según Velázquez

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