Jack el Destripador, el primer asesino en serie mediático de la Historia

La identidad del autor del brutal de asesinato de cinco prostitutas del East End de Londres en 1888 sigue siendo un misterio que alimenta todo tipo de teorías más de un siglo después. De hecho, a pesar de haber transcurrido más de un siglo, los investigadores siguen intentando descubrir al asesino con las técnicas de ciencia criminal más adelantadas que existen.

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Los abobinables crímenes de Whitechapel

En 1888, una serie de horribles crímenes cometidos en el barrio de Whitechapel fascinaron y horrorizaron a los londinenses y a Europa entera. Nada se supo del autor, bautizado como Jack el Destripador, lo que da idea de su brutal modus operandi . Esta ilustración publicada en el semanario francés Le Journal Illustré dos años y medio después de los crímenes recrea el hallazgo de una de las víctimas del célebre homicida.

FOTO: Rue des Archives / Album

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La primera víctima

Poco antes de las cuatro de la madrugada del 31 de agosto de 1888, el cuerpo sin vida de Mary Ann Nichols fue hallado en el pavimento de Buck's Row (en la actualidad Durward Street). Es el primero de los asesinatos que se atribuirían a Jack el Destripador. En la imagen, Woods Buildings, esta callejuela cercana al lugar todavía conserva algo de su aspecto victoriano.

FOTO: Look and Learn / Bridgeman / ACI

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Capital del imperio

A finales del siglo XIX Inglaterra era la más poderosa de las naciones de la Tierra y Londres, la mayor ciudad del mundo. Pero todo ese oropel escondía zonas miserables como Whitechapel, en la orilla norte del Támesis, a pocos minutos a pie desde el Puente de la Torre (en la imagen). Cuando Jack actuó, el puente estaba en construcción: las obras habían comenzado en julio de 1887.

FOTO: Chris Clor / Getty Images

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El barrio de las clases bajas

En el barrio donde tivieron lugar los crímenes del Destripador vivían 80.000 personas hacinadas entre la suciedad, el alcoholismo y el crimen. El fotógrafo John Thomson y el periodista Adolphe Smith publicaron en doce entregas mensuales un reportaje titulado La vida en las calles de Londres. La imagen de arriba fue tomada en una calle de Whitechapel.

FOTO: Museum of London / Bridgeman / ACI

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Los bajos fondos de la capital imperial

La venganza del abandono. El título de este grabado alude a las penosas condiciones sociales del East End, escenario de los crímenes del Destripador en 1888.

FOTO: Look and Learn / Bridgeman / ACI

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¿El arma del crimen?

Entre los objetos relacionados con Jack se cuenta este cuchillo de doble filo que supuestamente abandonó junto a una de sus víctimas –hecho que ninguna prueba avala–. Colección de Donald Rumbelow.

FOTO: Mary Evans / Cordon Press

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"Long Liz" Stride, la tercera víctima

Según el recuento más aceptado, las víctimas del Destripador fueron cinco: las cinco víctimas canónicas. Elizabeth Stride, cuyo cuerpo fue hallado la mañana del domingo 30 de septiembre, fue la tercera. La fotografía del cadáver fue tomada por Scotland Yard y, debido a que las cámaras de la época no podían enfocar hacia abajo, el cuerpo debía ponerse en vertical contra un muro.

FOTO: Rue des Archives / Album

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Oscuridad y anonimato

Las oscuras callejuelas de Whitechapel eran el lugar perfecto para los crímenes de Jack el Destripador. Los agentes de policía no podían ver más allá de la luz de una linterna de ojo de buey con la que patrullaban, como la de la imagen, que data de la época de los crímenes. Museo de Londres.

FOTO: Bridgeman / ACI

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Un asesino brutal

Mary Jane Kelly está considerada como la quinta y última víctima canónica de Jack el Destripador. El cuerpo brutalmente mutilado fue hallado la mañana del 9 de noviembre por su casero al ir a cobrar el alquiler.

FOTO: Mary Evans / Cordon Press

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La muerte de Mary Kelly

El grabado de la época muestra la entrada al edificio donde Kelly tenía su habitación, Miller's Court (arriba a la derecha). Arriba a la izquierda, el callejón que conectaba la calle Dorset con Miller's Court. El dibujo central muestra la entrada a la habitación a la que la prostituta acude acompañada de su asesino.

FOTO: Bridgeman / ACI

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Equipo escaso

Los medios para luchar contra el crimen de los agentes de a pie de la época eran, como mínimo, precarios. En 1884 empezaron a usar silbatos como el de la imagen para comunicarse entre sí y confiar en que su uso haría desistir de su actitud a los delincuentes sorprendidos en flagrante delito.

FOTO: Mary Evans / Cordon Press

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El patrón del asesino

Los ripperólogos coinciden en que las cinco víctimas canónicas murieron a manos de Jack el Destripador. Las cinco eran prostitutas, alcohólicas y vivían de manera tan miserable que muchas veces no tenían ni los pocos chelines que costaban las habitaciones en las que llevaban a cabo su oficio y dormían. La fotografía fue tomada hacia 1902 en la calle Dorset, donde mujeres y niños vivían en la basura.

FOTO: Mary Evans / Cordon Press

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Entre la realidad y el mito

La policía recibió muchas cartas firmadas por Jack the Ripper, como esta. La inmensa mayoría no fueron escritas por el asesino en serie, de hecho, algunas incluso fueron enviadas por los periodistas con la intención de aumentar la tirada de sus medios.

FOTO: DPA / Album

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Atención mediática

Sin duda, la fama de Jack el Destripador se debió a la brutalidad y el misterio con que acompañó cada uno de sus crímenes, que fueron debidamente amplificados por la cobertura sensacionalista que hizo la prensa de la época. Sobre estas líneas, una página de The illustrated Police News, un periódico semanal que abordó el caso ampliamente.

FOTO: Look and Learn / Bridgeman / ACI

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Muchos sospechosos pero ningún culpable

La prensa dio pábulo a todo tipo de especulaciones y bulos, siempre apuntando a los extranjeros. El mensaje estaba claro: un criminal tan horrendo no podía ser un gentleman británico. Cada asesinato de una mujer que ocurría por aquella época era relacionado con el Destripador. La imagen muestra la portada del Evening News Post, que anuncia el arresto de William H. Bry, que había matado a su mujer, uno de tantos sospechosos de ser Jack.

FOTO: Bridgeman / ACI

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Desconcierto policial

La identidad de Jack el destripador fue un misterio para sus contemporáneos y aún hoy sigue siéndolo. Scotland Yard siguió muchas pistas, hizo varias detenciones pero no hizo ningún avance efectivo para resolver el caso. Sobre estas líneas un cartel de la policía, que reproduce un supuesta carta del asesino, pidiendo ayuda a la población para identificar al criminal.

FOTO: Bridgeman / ACI

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La gallina ciega de Scotland Yard

Fueron muchos los factores que jugaron en contra de Scotland Yard para resolver el caso del Destripador con éxito. Entre los no menos importantes están los errores del propio cuerpo policial. La división entre sus mandos, la tardanza en reaccionar o el desconocimiento de la zona fueron algunos de ellos. El grabado, titulado La gallina ciega, publicado el 22 de septiembre de 1888, alude a esta incapacidad de la policía por dar con pistas que levaran hasta el asesino.

FOTO: Alamy / ACI

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Charles Warren, la sexta "víctima"

Sir Charles Warren fue jefe de Scotland Yard entre 1886 y 1888. Se vio obligado a dimitir ante las críticas por la ineficacia de la policía en el caso de Jack el Destripador.

FOTO: Bridgeman / ACI

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Victoria, una reina de época

Victoria I gobernó Reino Unido durante más de 60 años, una época de prosperidad que escondió las realidades miserables que posibilitaron la aparición de Jack el Destripador. En la imagen, la soberana retratada en una corona de plata.

FOTO: Oronoz / Album

01 Jack Destripador crimen Journal Illustre victima

Jack el Destripador, el primer asesino en serie mediático de la Historia

Finales del siglo XIX. Inglaterra es la más poderosa de las naciones de la Tierra, y Londres, la mayor ciudad del mundo. Incluso sin saberlo, eso es algo que cualquier viajero puede intuir de una mirada. Las torres del Parlamento de Westminster se alzan orgullosas para hablar del dominio político británico, del mismo modo que los bancos de la City controlan el comercio internacional. Mientras, el Times da cuenta de las diversiones de la aristocracia en todo lo que va del music hall a las batidas para la caza del zorro. Para guardar la paz, la Armada rige los mares y la admirada policía británica "revela, nada más verla, el esplendor del Imperio". Desde el palacio de Buckingham, la reina Victoria corona la edad de mayor brillo y poder de la historia de Inglaterra.

Sin embargo, no todo es brillo en aquella Inglaterra. Y para comprobarlo no hace falta irse a las minas de carbón o a los "satánicos telares" de Manchester. A muy poca distancia de las elegancias del West End, todavía existe en Londres una zona "inexplorada como Tombuctú". Es el East End y, dentro del East End, Whitechapel es el lugar donde la miseria toca fondo. Hablamos de un dédalo de callejas inundadas por las emanaciones malolientes del Támesis. De unos bajos fondos donde las enfermedades, el alcoholismo y la prostitución causan estragos entre sus ochenta mil almas. De un barrio cuyas casas, hacinadas, parecen inclinarse amenazadoramente sobre quien reúna el valor para pasearse a su sombra. Whitechapel es el Londres que el resto de Londres no quiere ver. Pero, en el otoño de 1888, toda Inglaterra terminaría por volver los ojos a esa barriada de mala nota. Porque Whitechapel iba a ser el siniestro escenario de los crímenes de Jack the Ripper, el Destripador.

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El enigma

Es posible que Jack el Destripador no fuera el más mortífero de los asesinos; a cambio, bien puede ser de los más crueles y –sin duda– es el más famoso de todos ellos. Será que su nombre todavía nos evoca ese miedo que sólo pueden provocar unos pasos en la oscuridad, el resplandor de un súbito cuchillo en una calle solitaria. Será que algunos criminales nunca fueron capturados, pero que a él hubo que ponerle un alias porque ni siquiera se capturó su identidad. Será, en fin, que "los crímenes de Whitechapel" conmovieron los cimientos bienestantes de la sociedad victoriana y desvelaron la existencia de una Gran Bretaña distinta, humillada y pobre.

Más de un siglo después de sus crímenes, lo que sabemos del Destripador es lo mismo que sabían en su época: nada

Sin embargo, estas explicaciones no bastan para aclarar por qué, más de ciento veinticinco años después, la figura del Destripador se ha convertido en leyenda; por qué siguen apareciendo libros y más libros en torno a sus crímenes; por qué hay revistas especializadas en estudiar su perfil o por qué las investigaciones han llegado incluso a dar nombre a una materia, la "ripperología", a medio camino entre la ciencia y la mera especulación. La respuesta es sencilla: de haber sido apresado, Jack el Destripador hace mucho que hubiera dejado de interesarnos. Pero ocurre que, tanto tiempo después, lo que sabemos de él es, en esencia, lo mismo que sabían en su tiempo: nada. Nada cierto, nada seguro, absolutamente nada. Por eso, a nadie debe extrañarle que, de tantos misterios como rodean al Destripador, cada pocos meses aparezcan puntualmente nuevas hipótesis sobre su identidad. Las ha habido para todos los gustos y todas las fantasías, como puede comprobarse con un dato: si para algunos the Ripper fue nada menos que un encumbrado personaje de la Casa Real, otros han postulado que el asesino era un gorila escapado del zoo. Entre ambos extremos, el elenco de los sospechosos abarcará desde gentes de tanto mérito como Lewis Carroll (el autor de Alicia en el país de las maravillas) hasta pobres como un zapatero londinense, cuyo único pecado fue el de ir por las calles con las herramientas de su oficio.

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Lo que se sabe de Jack el Destripador

En puridad, lo único que se sabe de Jack el Destripador, por obvio que suene, es que mató. Pero ni siquiera hay consenso en torno al número de sus víctimas. No en vano, sus asesinatos son tan sólo una parte de los once "crímenes de Whitechapel" que tuvieron lugar en la época. Y aun cuando las fuentes oscilen a la hora de dar cuenta de su actividad criminal, los investigadores más reputados limitan a cinco sus víctimas. Se trata de Mary Ann Nichols, Annie Chapman, Elizabeth Stride, Catherine Eddowes y Mary Jane Kelly, todas ellas prostitutas, todas ellas abatidas por el alcohol y todas ellas, por desgracia, mucho menos recordadas que su asesino.

La mayoría de expertos limitan a cinco prostitutas lo asesinatos de Jack el Destripador, las "víctimas canónicas"

También se ha acotado temporalmente la actuación del monstruo: de finales de agosto a mediados de noviembre, el Destripador asesinó durante apenas setenta días. Tal y como iba a escribir el detective Reid, uno de los más sagaces de los que siguieron el caso, "éstos son los únicos hechos comprobados. Todos los crímenes se cometieron tras el cierre de los bares; todas las víctimas eran de la misma clase –la más baja entre las bajas– y vivían no más lejos de un cuarto de milla unas de otras. Todas, además, fueron muertas del mismo modo".

El resto es todavía sombra y misterio impenetrable. De hecho, su crueldad sin precedentes fue en buena parte responsable del fenomenal pánico levantado tras las muertes: como dijo uno de los encargados de las autopsias, no le bastaba con matar, sino que también tenía que hacer un "daño gratuito al cadáver". Con pocas excepciones, su modus operandi era el siguiente: comenzaba por cortar de un lado a otro la garganta de la víctima con una cuchillada para, acto seguido, abrir, también a cuchilladas, su cavidad abdominal. En la mayor parte de los casos, pasaba entonces a extirpar sus órganos; en alguno de ellos, además, aprovechó para llevarse un riñón, por ejemplo, a modo de macabro souvenir. Ante tales matanzas, la descripción forense de los cadáveres todavía puede turbar al hombre más templado: "Las vísceras se hallaron en diversas partes: el útero y los riñones, bajo la cabeza; el otro pecho, junto al pie derecho, el hígado junto a los pies, los intestinos junto a su costado derecho [...] El corazón faltaba del saco pericárdico".

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Como bien apunta un ripperólogo, "el núcleo del miedo es que es incomprensible [...] y lo desconocido es lo más temido de todo". En el caso del Destripador, el misterio iba a ser el terreno cedido al temor. Nunca nadie oyó un solo grito, una petición de socorro, en un barrio donde las gentes vivían, literalmente, empaquetadas. Ninguno de los cadáveres presentaba las heridas defensivas que resultan de oponer resistencia a un ataque. De hecho, el único presunto avistamiento del criminal sólo ha servido para arrojar más pavor sobre su modo de matar. Compensa recordarlo. En la noche del 8 de septiembre de 1888, una mujer se encontró con Annie Chapman acompañada de un extranjero de piel morena y mediana estatura, ataviado con una capa oscura y una gorra como la de Sherlock Holmes. El encuentro se había producido recién pasadas las cinco y media de la madrugada; pues bien, a las seis y diez –cuando el médico G. B. Phillips acudió a levantar el cadáver–, el Destripador ya había matado a Chapman. Como sus otras víctimas, ella tampoco pudo "ni resistirse ni gritar".

De apariencia inofensiva

En un Londres todo miedo y rumores, hasta la reina Victoria iba a tener sus teorías sobre el asesino. En su caso, como en el de buena parte de la aristocracia, la hipótesis bien podía resumirse en el titular de un diario de la época: era imposible que un inglés hubiera cometido tales crímenes. Como fuere, la nobleza no fue la única en mostrar su partido previo, porque los asesinatos del Destripador sirvieron para que cada capa de la sociedad británica proyectara sus propias obsesiones. Por ser Whitechapel lugar de residencia de numerosos judíos, los antisemitas tuvieron su coartada. Y entre las clases más olvidadas cobró fuerza la convicción de que tales asesinatos sólo podían ser obra de algún aristócrata perverso. La intelectualidad de la época también tomó partido: para el dramaturgo George Bernard Shaw, los crímenes buscaban, ante todo, denunciar las penosas condiciones del East End. Y hasta las sesiones espiritistas, tan en boga en el Londres de entonces, iban a ofrecer sus dudosas conjeturas para la busca y captura del asesino.

La única testigo que dijo haber visto al criminal lo describió como un extranjero de piel morena y mediana estatura

Scotland Yard –la policía metropolitana de Londres– interrogó a cientos de personas. Se aludía a la cercanía de Whitechapel al puerto: podía haber sido un marinero de paso o tal vez un estibador. Se supuso que el asesino tenía que ser un médico o –como mínimo– un carnicero, es decir, alguien con conocimientos de anatomía o, por lo menos, de despiece. Pero incluso las posibles pistas multiplicaban la confusión. Por ejemplo, la inscripción en tiza junto al delantal ensangrentado de Catherine Eddowes, en la que se culpaba a los hebreos: "Los judíos son los hombres que no serán culpados por nada"; el texto fue borrado enseguida para evitar ataques antisemitas. O una de las piezas mayores de la ripperología: la carta con remite "desde el infierno" que, acompañada de un trozo de riñón, recibió la policía y que, por una vez, no parecía invención de la prensa.

Son pocos los consensos en torno a la personalidad del Destripador. Uno de los pioneros en la elaboración de perfiles criminales sería el doctor Bond, cuyo dictamen ha merecido el aplauso general: "El asesino debe de haber sido un hombre físicamente fuerte y de gran frialdad y audacia [...] En su aspecto exterior debe de ser un hombre tranquilo, de apariencia inofensiva, probablemente de mediana edad y vestido de modo cuidadoso y respetable". Hay otro rasgo que Bond no señaló: el asesino tenía un conocimiento minucioso de Whitechapel y sus ínfimas callejas. El perfil del doctor ha recibido alabanzas hasta hoy, pero se sigue sin contestar la pregunta básica: ¿Quién?

Una carta escrita "desde el infierno" acompañada de medio riñón es la prueba más creíble y más macabra de la personalidad del asesino

Para responderla, ripperólogos en busca de publicidad han llegado incluso a mencionar el nombre de William Gladstone, cuatro veces primer ministro de Gran Bretaña. Estratagemas de comunicación aparte, tanto la policía como la prensa de la época tuvieron sus preferidos. Y, del siglo XIX hasta hoy, la investigación ha venido sumando otros hasta engrosar un catálogo de centenares de sospechosos.

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Un sinfín de posibles culpables

Una de las supersticiones del caso afirma que éste se suicidó tras cometer los crímenes. Entre los investigados por la policía, Montague John Druitt cumplía ese papel: adulto joven, de buena ascendencia, pero venido a menos, su cuerpo apareció en el Támesis en diciembre. Eso sí, a efectos de culpa, él –como casi todos– tenía una buena coartada para librarse: el día del primer crimen se hallaba jugando al cricket en el condado de Dorset. También Seweryn Klosowski se vería exculpado: era conocido por su afición a envenenar mujeres, pero ocurre que los asesinos en serie rara vez cambian de modus operandi. En cuanto a Aaron Kosminski –a quien no ayudó ser judío polaco–, se le ha supuesto tan deteriorado mentalmente que de haber sido el autor de los crímenes hubiera sido incapaz de guardárselo. ¿Francis Tumblety? También investigado, es uno de los personajes excéntricos que rodean al caso: un médico extraño, dado a flirtear con la delincuencia y aparente poseedor de una colección de órganos humanos.

La prensa, por su parte, no dejaría de privilegiar con su atención a un cierto doctor Cream, también envenenador de amantes, que al parecer habría hecho una confesión –incompleta, eso sí– en su agonía: "Soy Jack el...". El estamento médico siempre ha tenido relevancia en el ámbito de las sospechas en torno al Destripador, y más aún si –como en el caso de sir William W. Gull– hablamos de quien era el médico de la reina Victoria, lo que aporta morbo añadido. Algo semejante le pasaría a sir John Williams, ginecólogo de la princesa Beatriz y acusado de asesinar a las prostitutas en un vano intento de investigar las causas de la infertilidad femenina.

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La pista aristocrática continuaría con todo un príncipe, Alberto Víctor, duque de Clarence, nieto de la reina Victoria, hijo del crapuloso Eduardo VII y segundo en la línea de acceso al trono. Desde sus primeras incriminaciones hace ya más de medio siglo, se supone que Alberto Víctor –solo, o en compañía de un supuesto amante– habría como mínimo conspirado para erradicar a quienes supieran de un presunto hijo ilegítimo suyo. Quien juzgue esta historia complicada puede ahondar en la de Alexander Pedachenko, quien (según cierto manuscrito perdido de Rasputín y en su calidad de agente de la policía secreta zarista, la Ojrana) habría cometido los crímenes para manchar la reputación de Scotland Yard. ¿No es inverosímil que Rasputín, nada menos, tuviera algo que ver con las muertes de Whitechapel? Será que la verosimilitud no ha sido nunca el fuerte de la ripperología.

Los estudiosos del tema han barajado centenares de nombres como sospechosos, algunos tan absurdos como el primer ministro Gladstone o un agente secreto ruso

Nadie sabrá nada

Los tratadistas más benevolentes afirman que las muertes de 1888 sirvieron para tomarse en serio la situación de suburbios en verdad mortales como Whitechapel. La insalubridad de esas zonas de peste llegaría, en efecto, a sede parlamentaria. Para entonces, sin embargo, la fiebre asesina del Destripador ya se había convertido, como dice uno de los grandes historiadores de la ciudad, "en un aspecto perdurable del mito de Londres". Jack the Ripper fue el primer criminal de una gran metrópoli. Y la atmósfera misérrima de aquel East End febril contribuyó a que "las calles y casas del barrio se identificaran con los mismos crímenes, hasta casi el punto de compartir la culpa", "como si el espíritu o la atmósfera de la ciudad hubiera tenido un papel" en las muertes.

Al final, el verdadero hito del caso de Jack el Destripador es que todos los crímenes sin resolver terminan por remitir al suyo. Quizá por redimir ese interés del morbo, no hace tanto que, en una encuesta, Jack the Ripper fue elegido "el peor británico de la historia". Es un consuelo para sobrellevar la triste verdad que, todavía en tiempos del asesino, afirmó uno de los prebostes de Scotland Yard: "Nadie sabe nada, ni sabrá nada en mil años, sobre la historia verdadera del Destripador".

Para saber más

Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa. Ignacio Peyró. Fórcola, Madrid, 2014.

Jack el Destripador: cartas desde el infierno. Stewart P. Evans, K. Skinner. Jaguar, Madrid, 2003.

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