Sissi, las manías de la emperatriz

Isabel de Baviera, la mítica emperatriz austriaca, tenía múltiples manías y objetos que la acompañaban allá donde fuera

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La emperatriz Sissi, por Franz el Viejo. 1856

Cuando la joven Isabel se comprometió con su primo el emperador Francisco José tenía 16 años. Criada en un ambiente desinhibido y en contacto con la naturaleza, le costó toda una vida acostumbrarse a la rigidez de la corte. Tuvo cuatro hijos, dos de los cuales murieron, acentuando profundamente las depresiones periódicas que sufría. Conocida por su belleza y por sus extravagantes costumbres y manías tan alejadas de lo que se esperaba de una emperatriz, Sissi también fue una amante de los animales, de la cultura clásica, la poesía y los viajes. 

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Protegida contra el mal fario

Sissi llevaba siempre colgados de su reloj de bolsillo un buen puñado de amuletos. Entre ellos se encontraba una mano haciendo el signo de los cuernos para evitar que le echaran el mal de ojo.

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El botiquín de la emperatriz

En el botiquín de Sissi nunca faltaba la cocaína, que en esa época se usaba como antidepresivo y como sedante, ni una jeringuilla para inyectarla.

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Pensamientos íntimos

La emperatriz volcaba todas sus frustaciones en su diario personal, en el que se desahogaba y escribía poemas satíricos contra miembros de su familia, como por ejemplo su tío, el archiduque Guillermo.

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Obsesión con el peso ideal

Sissi estaba obsesionada con su peso, que se mantuvo toda su vida en 50 kilos. Báscula de la emperatriz. Museo Sissi, Viena.

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Entreno en palacio

La emperatriz era una obsesa del deporte y de estar en forma. Llenó el palacio de Hofburg de utensilios para sus ejercicios gimnásticos diarios, como anillas que colgaba del techo o estas espalderas.

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Una dieta proteica

La emperatriz se diseñó ella misma una dieta en la que predominaba el jugo de carne. Para ello usaba esta prensa.

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Sissi, las manías de la emperatriz

Isabel de Baviera o Elisabeth de Baviera, como se quiera decir, era una mujer que tenía múltiples manías y rarezas. A su obsesión enfermiza por su imagen y su alimentación se añadía su pasión por los animales, hasta el punto de pasear con sus perros por los salones de palacio. Su gran pasión por los caballos –contaba con decenas en sus cuadras–, se unía a su afán por mantenerse en forma y hacer ejercicio continuamente, cuando no andaba durante horas, montaba encima de uno de sus múltiples caballos. Para poder tomar leche fresca cada día mandó instalar un establo en el palacio de verano de Schönbrunn y durante sus largos viajes, solía transportar vacas, cabras o corderos con ella. Llevada por su pasión por Homero, convertía los trayectos hasta las islas griegas en una emulación de la Odisea, mandando que la ataran a un mástil. En sus numerosos desplazamientos, la emperatriz llevaba siempre consigo un nutrido botiquín, enseres para preparar la comida a su gusto, aparatos de gimnasia y algún cuaderno en el que anotaba sus pensamientos o se desahogaba escribiendo poemas satíricos.

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