Pompeyo Magno, historia de un fracaso

Miembro de una rica familia de provincias, Pompeyo se ganó muy pronto el apodo de "el Grande" por sus triunfos militares. Pero su enfrentamiento con César, su antiguo aliado, acabó causando su perdición

6 de marzo de 2018

En el año 61 a.C., se celebró en Roma una de las procesiones triunfales más fastuosas de su historia. Su protagonista era un general que entonces tenía 47 años, de atractiva presencia, porte majestuoso y –según parecía entonces– tocado por la fortuna. Aquél era ya su tercer triunfo, con el que parecía coronarse una carrera que justificaba el apodo de Magno, el Grande, que el pueblo le había otorgado años antes. El historiador Plutarco escribiría más tarde: "Otros antes que él habían triunfado ya tres veces. Sin embargo, él había obtenido su primer triunfo por su victoria en África, el segundo por su éxito en Europa y el último por dominar Asia, y todo ello hacía parecer que sus triunfos eran señal de que el mundo entero se había rendido a su poder".

La historia de Pompeyo el Grande fue la del ascenso de un hombre nuevo hasta la cúspide del poder en Roma. Su familia no figuraba entre los linajes más antiguos y aristocráticos de la Urbe, sino que constituía un ejemplo de linaje recientemente promocionado al orden senatorial en premio a sus servicios militares. Los Pompeyo eran originarios de la región del Piceno, en la Italia adriática. De hecho, los romanos de pura cepa les reprochaban sus ancestros galos, y su cabello rubio, una rareza en la Roma de aquellos tiempos, era visto con desconfianza.

Guerra en Hispania

Cuando Cneo Pompeyo Magno hizo su entrada en la arena política romana, la ciudad acababa de salir de uno de los mayores conflictos de su historia: la guerra civil librada entre 88 y 81 a.C. entre los partidarios de Cayo Mario, los "populares", de tendencias políticas populistas, y los de Lucio Cornelio Sila, los "optimates", conservadores y partidarios del poder del Senado. Estos últimos salieron vencedores y gobernaban Roma desde la muerte de su líder en 78 a.C.

Casi todos los miembros de la familia Pompeyo fueron partidarios y colaboradores de Sila, especialmente su padre, Cneo Pompeyo Estrabón, un militar que se había ganado fama de carnicero y malversador durante la guerra social (una revuelta de los aliados itálicos de Roma, que querían recuperar su independencia). El futuro Pompeyo Magno siguió su ejemplo e hizo sus primeras armas combatiendo a los populares, liderados por Mario. La campaña más importante se desarrolló en la península ibérica, donde se enfrentó al rebelde Quinto Sertorio. La guerra sertoriana, que empezó en 80 a.C., retuvo a Pompeyo en Hispania hasta 71 a.C., un año después de que Sertorio fuera asesinado por sus propios generales. Como recuerdo de su paso por la Península, Pompeyo fundó una ciudad en su propio honor –Pompaelo, la actual Pamplona y, además, elevó un monumento conmemorativo en el Coll de Panissars, en los Pirineos orientales, que se conserva en parte. En la dedicatoria, hoy perdida, el joven general dejó constancia del grado de destrucción que dejaba atrás: 876 comunidades sometidas por su espada.

Tan aplastante victoria fue recompensada en Roma con el consulado del año 70 a.C., a pesar de que Pompeyo no había ocupado ninguna de las magistraturas que se desempeñaban antes de recibir el nombramiento de cónsul. Su colega en el cargo fue el acaudalado Marco Licinio Craso, el líder de los populares, aunque no hubo demasiada colaboración entre ellos y su relación fue bastante tensa.

Al acabar su consulado, Pompeyo acrecentó su fama como general con dos nuevas campañas. La primera, en 67 a.C., consistió en acabar con la piratería en el Mediterráneo, especialmente activa en regiones como Sicilia, la costa adriática, Cilicia o Creta. Pompeyo dividió el Mediterráneo en trece sectores y los asignó a otros tantos generales, cada uno de los cuales erradicó sistemáticamente los piratas de su cuadrante. Así, mucho antes de concluir el año, se habían capturado 846 barcos, se conquistaron 120 poblados y se hicieron unos 20.000 prisioneros que fueron vendidos como esclavos. Las bajas entre los piratas ascendieron a unas 10.000.

Entre 66 y 63 a.C. tuvo lugar la segunda campaña de Pompeyo. Se desarrolló en Oriente y tuvo como objetivo acabar con el expansionismo de dos reyes hostiles a Roma: Mitrídates VI del Ponto y Tigranes II de la Gran Armenia. Las aplastantes victorias conseguidas por Pompeyo no sólo provocaron el suicidio de Mitrídates y la rendición del monarca armenio, sino que le permitieron anexionar nuevos territorios como Siria, Cilicia, Ponto y Bitinia, y reducir a los reinos vasallos de la zona a la condición de protectorados.

Conjurados por Roma

Aquellas dos campañas aumentaron el prestigio de Pompeyo como conquistador y, sobre todo, permitieron la reactivación comercial tanto por mar como en el frente oriental. Fue gracias a ellas como Pompeyo se ganó su fama de "hombre de suerte contrastada".

Mientras Pompeyo cimentaba en Oriente su fama como militar, Julio César daba sus primeros pasos políticos en Roma al conseguir en el año 63 a.C. el cargo de pontífice máximo, la magistratura religiosa suprema, que, además, era vitalicia. A su regreso a la capital, Pompeyo fue agasajado en una ceremonia triunfal en la que se mostraron inmensas riquezas y se repartieron 75 millones de dracmas en monedas de plata.

Sin embargo, Pompeyo topó con gran oposición en el Senado para proceder al reparto de tierras que había prometido a sus veteranos. Por eso no tuvo más remedio que acercarse a los líderes del partido popular, Craso y César, y constituir con ellos la alianza secreta que conocemos como primer triunvirato (60 a.C.). Gracias a esta asociación, Julio César fue elegido uno de los dos cónsules del año 59 a.C. y materializó las asignaciones de tierra que Pompeyo había prometido a sus legionarios.

Al término de su consulado, César se marchó a las Galias para conseguir los laureles militares que necesitaba para consolidar su carrera política. Él y Pompeyo se separaron como amigos y aliados, unidos además por el matrimonio de Julia, la hija de César, con Pompeyo. Diez años más tarde, cuando volvieron a encontrarse, se habían convertido en acérrimos rivales.

La inesperada muerte de Julia durante un alumbramiento, en 54 a.C., y la de Craso en su campaña contra Partia al año siguiente fueron hábilmente usadas por los optimates para atraer a Pompeyo a su bando. Éste se negó a concertar una nueva alianza matrimonial con César y, en abril de 52 a.C., aceptó el nombramiento de cónsul "sin colega", una designación peculiar ya que el consulado era una magistratura colegiada. Sin duda, era un modo hábil de evitar cualquier alusión al título de dictador. Al acabar su mandato se le concedió el título de procónsul, cargo que ejerció hasta su muerte en 48 a.C.

Pompeyo contra César

Los optimates ahondaron aún más el abismo entre Pompeyo y César anunciando que al término del mando de César en las Galias éste sería procesado por las malversaciones cometidas durante su consulado y exiliado fuera de Italia. Ante esta compleja coyuntura política, la única salida digna para César consistía en desafiar la autoridad del Senado, motivo por el cual en 49 a.C. cruzó la frontera entre las Galias e Italia, situada en el río Rubicón. Con ello se inició un nuevo episodio de guerra civil que se alargó hasta 44 a.C.

Pompeyo intervino en la primera fase de esta contienda como comandante del ejército de la República. Pero aunque sus efectivos eran muy superiores a los de su rival, no se atrevió a plantarle cara y retrocedió hacia el sur a medida que César avanzaba. Al llegar a Bríndisi embarcó todas sus tropas y cruzó el Adriático hasta la ciudad de Dirraquio (la actual Durrës, en Albania). Por su parte, César, convertido en dictador de Roma, se presentó allí y persiguió a su rival hasta la región griega de Tesalia, donde la fortuna militar de Pompeyo se truncó: el 9 de agosto de 48 a.C. fue derrotado en Farsalia por el superior genio militar de César.

Pompeyo se embarcó con unos treinta leales y huyó a Oriente, sin saber a quién pedir asilo. Sus íntimos le aconsejaron que no aceptara el perdón de César, pues les parecía indigno que su supervivencia dependiera de una gracia de su rival. Además, le sugirieron que se refugiara en Egipto, un consejo que los acontecimientos posteriores revelaron francamente funesto.

Asesinato en Egipto

Al llegar a Egipto, Pompeyo envió un mensajero al rey, el joven Ptolomeo XIII, que se hallaba en Pelusio guerreando contra su hermana y esposa, Cleopatra VII. El eunuco Potino, verdadero gobernante en la sombra, reunió a los consejeros reales y éstos decidieron que había que dar muerte a Pompeyo a fin de evitar que su estancia en Egipto sirviera a Roma de pretexto para inmiscuirse en los asuntos internos del país. Siglos después, Plutarco reprochó a los egipcios que quienes decidieron la muerte del general romano fueran un eunuco, un general egipcio (es decir, un extranjero) y un maestro de retórica que había convencido al auditorio con el argumento de que "un muerto no muerde".

Pompeyo, confiado, se dejó engañar por los enviados de Ptolomeo, quienes le ofrecieron un bote para llevarle a tierra firme. Una vez en la playa, cayó víctima de los puñales de sus atacantes, antiguos legionarios romanos. Según Plutarco, Pompeyo murió "sin decir ni hacer nada indigno, sino que, exhalando únicamente un suspiro, soportó con firmeza los golpes y expiró". Sus familiares y amigos contemplaron atónitos la ejecución desde sus navíos; amedrentados, levaron anclas y huyeron dejando la ofensa sin vengar. En última instancia, esta tarea fue asumida por Julio César, quien consideró odiosa la muerte y decapitación de su rival y castigó a los instigadores con la pena máxima.

De esta forma, Pompeyo acabó como el gran derrotado de la guerra civil romana del siglo I a.C. Para muchos de sus contemporáneos, Pompeyo constituyó la última esperanza para restablecer en el poder al sector más conservador del Senado, representado por los optimates. Su derrota en Farsalia significó el ocaso de la República y presentó al vencedor, Julio César, como un estadista dotado de mayor talento militar y político. Sin embargo, aun reconociendo la superioridad de César, sus contemporáneos vieron en Pompeyo una decencia moral de la que su rival carecía y construyeron en torno a su recuerdo una aureola de virtud sin tacha. Así se observa, por ejemplo, en la idealizada descripción de Plutarco, quien ensalza su modo de vida mesurado, sus triunfos militares, su persuasiva elocuencia, su afabilidad en el trato con la gente, su extrema generosidad a la hora de dar y la modestia al recibir lo devuelto.

Sin lugar a dudas, el principal servicio a la causa de los optimates lo prestó Pompeyo como general y se concretó en sus victorias. Su fama como militar invicto le granjeó el favor de los grandes personajes de la política de su tiempo, como Cicerón, quien depositó en él grandes esperanzas. Sin embargo, en el terreno de lo político, Pompeyo no estuvo a la altura de las expectativas que el Senado había depositado en él. Para empezar, su fidelidad a los optimates dependió de los beneficios que ello le reportara y no dudó en apoyarse en los populares cuando le convino.

¿Falta de visión política?

A diferencia de César, Pompeyo carecía de instinto político y no supo sacar provecho del sistema político romano. Al final, su respeto por el orden establecido resultó ser su talón de Aquiles, tal como acertadamente expuso su contemporáneo Veleyo Patérculo: "Excelente por su honradez, egregio en su integridad, de moderada aptitud para la elocuencia, muy ambicioso de la autoridad que le conferían las magistraturas, pero no por la fuerza [...] Jamás, o casi nunca, hizo uso de su poder para imponerse".

Pompeyo tampoco supo reaccionar ante la crisis del sistema republicano y optó por defenderlo, mientras que Julio César buscó los medios para dinamitarlo. Los optimates se aprovecharon de su carácter inseguro y dubitativo en todo lo que no tuviera que ver con la guerra para obligarlo a seguir sus instrucciones y convertirlo en el brazo armado de su partido. Y así, tras la marcha de César a las Galias, Pompeyo se dejó llevar por los acontecimientos y por quienes le aconsejaban –a diferencia de César, que siempre fue el protagonista de su propia biografía–.

Por último, tras el desastre de Farsalia, Pompeyo emprendió una precipitada huida. Si hubiera recapacitado un poco antes de dejarse llevar por el pánico, tal vez se habría dado cuenta de que no todo estaba perdido, y quizás el futuro de Roma habría seguido por otros derroteros.

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