La peste que asoló el Imperio de Justiniano

En el año 541, el Imperio bizantino fue golpeado por una terrible epidemia de peste. La capital perdió una cuarta parte de sus habitantes, y el propio emperador estuvo a punto de morir

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La Peste de Azoth

Este cuadro de Nicolas Poussin, de 1631, se inspiró en la peste que se desató el año anterior en Milán. Se conserva en el Museo del Louvre. La peste es la pandemia por excelencia, y en el imaginario colectivo se identifica con la peste negra, que devastó el continente europeo en el siglo XIV. 

FOTO: Erich Lessing / Album

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Basílica de Santa Sofía

El reino de Justiniano se hallaba en un momento de gran esplendor. Hacía menos de diez años que el emperador había estado a punto de ser derrocado por una rebelión popular, la revuelta de Niká, pero desde entonces había reconquistado las tierras de Italia y del norte de África que en su día pertenecieron al Imperio romano –del cual se sentía heredero legítimo– y estaba en guerra contra los persas por el dominio de Siria. Justiniano ordenó edificar la basílica más majestuosa del Imperio, Santa Sofía, sobre los cimientos de una antigua iglesia destruida durante la revuelta de Niká. 

FOTO: Juice Images / AGE Fotostock

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Castillo Sant'Angelo, Roma

Cuando la peste rebrotó y llegó a Roma en 590, el papa Gregorio Magno organizó una procesión de miles de personas (que debió de favorecer el contagio) para pedir ayuda a Dios. Según la leyenda, cuando el cortejo llegó ante el mausoleo del emperador Adriano apareció el arcángel san Miguel, que enfundó su espada llameante y detuvo la epidemia; de ahí que se conozca el mausoleo como castillo de Sant’Angelo.

FOTO: Getty Images

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Un médico saja un bubón a una paciente. Fresco de la capilla de San Sebastián. Siglo XV. Lanslevillard, Francia.

Una bacteria milenaria

En 2012, un grupo de investigadores alemanes secuenció el genoma extraído de los dientes de dos esqueletos del cementerio de Aschheim, en Baviera, enterrados hacia 570. La conclusión fue que habían muerto de peste. Los investigadores también lograron aislar la bacteria que los mató: la Yersinia pestis. Era la misma que despertó ocho siglos más tarde y que, con el nombre de peste negra, diezmó a un tercio de la población europea; la misma que golpearía Asia a finales del siglo XIX. No están claras las razones de estas pausas, que duraron siglos. Lo único seguro es que la bacteria responsable de los casos de peste que aún hoy afecta a miles de personas en todo el mundo (en 2017 hubo una epidemia en Madagascar) es la misma de la Edad Media.

FOTO: Scala, Firenze

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Sólido de oro con la efigie de Justiniano. Museo Británico

Entre dos mundos

El último emperador bizantino educado en la cultura latina nació en un pueblo de pastores de Macedonia y sucedió en el trono a su tío Justino en 527. Justiniano reinó durante 38 años, convirtiéndose en un personaje clave entre el mundo clásico y la Edad Media.

FOTO: Erich Lessing / Album

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Emperatriz Teodora. Mosaico de la basílica de San Vital, Ravena

El propio Justiniano enfermó gravemente, hasta el punto de que circuló el rumor de que estaba a las puertas de la muerte. En aquella situación de vacío de poder, su esposa, la emperatriz Teodora, acusó a los generales Buzes y el gran Belisario –el hombre que había derrotado a los vándalos en África y a los ostrogodos en Italia– de conspirar para hacerse con el trono.

FOTO: DEA / Album

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La peste que asoló el Imperio de Justiniano

La peste es la pandemia por excelencia, y en el imaginario colectivo se identifica con la peste negra, que devastó el continente europeo en el siglo XIV. Sin embargo, otra epidemia igualmente letal, pero menos conocida, mató a millones de personas casi un milenio antes: la peste de Justiniano, la primera pandemia pestífera de la que se conservan fuentes escritas.

Llegó de Etiopía, pero sólo se tuvo conocimiento de ella cuando alcanzó la ciudad de Pelusio, en Egipto, en 541. Desde allí remontó la costa de Levante: al año siguiente devastó Gaza, y en 542 atacó Jerusalén, Antioquía y Constantinopla, la capital bizantina.

El reino de Justiniano se hallaba en un momento de gran esplendor. Hacía menos de diez años que el emperador había estado a punto de ser derrocado por una rebelión popular, la revuelta de Niká, pero desde entonces había reconquistado las tierras de Italia y del norte de África que en su día pertenecieron al Imperio romano –del cual se sentía heredero legítimo– y estaba en guerra contra los persas por el dominio de Siria. Gobernaba desde una metrópoli que tenía entre 500.000 y 800.000 habitantes: campo abonado para una epidemia que se acabó desatando a mediados de la primavera.

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Fotografías

La mayoría de noticias sobre la epidemia las debemos al historiador Procopio de Cesarea, que estaba en Constantinopla cuando llegó la enfermedad. Lector de Tucídides y de su relato de la peste de Atenas (que seguramente fue tifus), Procopio se inspiró en aquel texto e hizo una descripción analítica de la situación, sin caer en especulaciones religiosas. Describió con gran minuciosidad los síntomas del mal, observando por ejemplo que los enfermos con bubones que crecían, maduraban y se drenaban tenían muchas probabilidades de sobrevivir, mientras que si permanecían turgentes e intactos el desenlace era mortal. Según Procopio, la peste mataba entre cinco y diez mil personas al día, una estimación quizás exagerada, pero que da una idea del pánico creado cuando la situación se descontroló. Constantinopla era una ciudad proyectada por los romanos, así que se daba mucha importancia al abastecimiento de agua fresca y se había fijado la ubicación de las tumbas lejos del centro urbano. Pero se vio impotente frente a la imprevista propagación del contagio.

Histeria colectiva

Uno de los problemas más acuciantes fue la retirada de cadáveres. Justiniano requisó tumbas privadas para llenarlas a rebosar de cuerpos que habían sido amontonados en fosas comunes, pero eso no fue suficiente y se empezó a excavar en todos los lugares disponibles, llegando incluso a llenarse de cadáveres las torres de las murallas, desde donde también se lanzaba a los muertos por los acantilados, esperando que la marea los arrastrara. Cuando el viento soplaba, el hedor que impregnaba el aire era insoportable.

En aquellos días debía de parecer un escenario espectral: desierta, con las tiendas cerradas y plagada de cadáveres

La vía Mese, la arteria principal de Constantinopla, de 25 metros de ancho, atravesaba toda la ciudad desde la puerta Áurea hasta el Gran Palacio. Jalonada por numerosas tiendas que vendían todo tipo de mercancías bajo los grandes pórticos, habitualmente estaba atestada de gente, pero en aquellos días debía de parecer un escenario espectral: desierta, con las tiendas cerradas y plagada de cadáveres que se pudrían bajo el sol estival.

El propio Justiniano enfermó gravemente, hasta el punto de que circuló el rumor de que estaba a las puertas de la muerte. En aquella situación de vacío de poder, su esposa, la emperatriz Teodora, acusó a los generales Buzes y el gran Belisario –el hombre que había derrotado a los vándalos en África y a los ostrogodos en Italia– de conspirar para hacerse con el trono. Cuando Justiniano se recuperó (según las creencias de la época, por un milagro), ambos perdieron sus cargos oficiales y Buzes fue encerrado dos años en una mazmorra, sin ver la luz del sol, mientras que Belisario fue desposeído de sus bienes.

En contraste con la lúcida descripción de los acontecimientos por parte de Procopio, otros realizaron lecturas espirituales y apocalípticas del suceso, en las que se hablaba de una enfermedad "diabólica" que operaba como un acto de venganza de Dios, enfurecido por los pecados de la población. Incluso las creencias paganas revivieron en un intento de poner remedio a la tragedia: había quienes recurrían a la oniromancia (la interpretación de los sueños) y a magos que preparaban ungüentos con polvos procedentes de los sepulcros de los santos. Se dijo que el historiador y obispo Gregorio de Tours curó a un muchacho haciéndole beber agua en la que había mezclado cenizas extraídas de la tumba de san Julián mártir.

Incluso las creencias paganas revivieron en un intento de poner remedio a la tragedia

La peste no significaba sólo muerte, sino también miedo e histeria. Juan de Éfeso observó lo que sucedía en su ciudad natal, Amida, en Siria: los habitantes cruzaban las calles cacareando como gallinas o ladrando como perros; los niños merodeaban entre las tumbas, gritándose y mordiéndose unos a otros, profiriendo gemidos que sonaban como trompetas, y no recordaban el camino de vuelta a su casa, si es que alguien los esperaba allí. Los desesperados habitantes gritaban que sólo la intervención de los apóstoles podía salvar la ciudad, mientras se refugiaban en las iglesias, donde morían, exhaustos por la enfermedad.

Consecuencias fatales

La economía quedó desarticulada cuando el número de muertos superó al de los vivos en edad de trabajar. Los salarios se dispararon a causa de la escasez de mano de obra, lo que provocó una ola de inflación que duró decenios, a pesar de que el comercio y los intercambios se habían paralizado. Se adoptaron medidas de emergencia para que el aparato administrativo del Imperio no quedase afectado y se intentó llenar los vacíos legales causados por el vertiginoso aumento de muertes imprevistas. El emperador promulgó una ley en la que estipulaba los derechos y deberes de los herederos de quienes morían sin testamento, incluso en lo que respecta a la regulación de las deudas contraídas. Los banqueros y prestamistas suspiraron aliviados.

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Las consecuencias resultaron devastadoras para el Imperio: las tropas, hasta entonces unidas y motivadas, se vieron diezmadas y debilitadas por la enfermedad, y en pocos decenios se perdieron los territorios conquistados con tanto esfuerzo. Además, los frecuentes desplazamientos del ejército fueron, sin duda, un vehículo de transmisión de la plaga. Ésta se extendió por todo el Imperio desde Constantinopla, y los puertos marítimos y fluviales se convirtieron en los puntos cruciales del contagio. No es de extrañar que algunos historiadores hayan visto en los golpes asestados por la epidemia una de las líneas divisorias entre la Antigüedad moribunda y la naciente Edad Media europea, pues el debilitamiento del Imperio bizantino facilitó el desarrollo de los reinos bárbaros de Europa.

Tras cuatro meses, la peste perdió vigor y en otoño de 542 abandonó Constantinopla. La ciudad había perdido casi el cuarenta por ciento de su población. En los dos años siguientes, la enfermedad acabó con la vida de cuatro millones de personas en todo el Imperio. Durante los dos siglos posteriores, la peste volvió en oleadas generacionales, pero sin la violencia inicial. El último brote se desató en Nápoles, en 767. Luego desapareció sin razón aparente durante seis siglos, hasta su fatal regreso en 1347: era la peste negra.

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