Las momias Chinchorro de Atacama, las más antiguas del mundo

En el desierto de Chile se descubrieron una serie de cuerpos de más de 5.000 años de antigüedad que fueron sometidos a unas sofisticadas técnicas de momificación

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momia-chinchorro-chile. La cultura de los Chinchorro

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La cultura de los Chinchorro

Se cree que los Chinchorro procedían de las montañas de Arica y se desplazaron hasta la costa del Pacífico donde se establecieron desde el 7020 a.C. hasta el 1110 a.C. Desarrollaron cultos específicos relacionados con la muerte, lo que queda demostrado por la complejidad de los procesos de momificación.

Foto: AGE fotostock

momia-bebe-chinchorro-chile-. Momias de bebés en el Museo Arqueológico de San Miguel de Azapa

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Momias de bebés en el Museo Arqueológico de San Miguel de Azapa

Desde 2500 a.C. se documenta un segundo tipo de momias, las conocidas como "momias rojas". El interior se rellenaba con cenizas, plumas, hierbas, tierra... Luego se incorporaba la cabeza, que había sido separada para secarla y rellenarla, y con una pasta se reemplazaba la carne de la cara, que una vez modelada se recubría con la propia piel del rostro del difunto. Una variación de esta técnica se usó con niños, cuyos cuerpos desollados y descarnados se vendaron con tiras de piel y se les pintó la cabeza de negro y el cuerpo de rojo. 

Foto: AGE fotostock

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Las momias Chinchorro de Atacama, las más antiguas del mundo

En 1917, cerca de la playa de Chinchorro, en el chileno desierto de Atacama, los investigadores hallaron unos cuerpos sorprendentemente bien preservados pertenecientes a una cultura desconocida hasta entonces. El arqueólogo Max Uhle –considerado el padre de la arqueología sudamericana– los estudió en 1919 y llegó a la conclusión de que se trataba de los restos de antiguos pobladores de la región que tuvieron contacto con otras culturas peruanas más avanzadas. Uhle clasificó estas momias en tres categorías: las naturales, que se habían momificado sin intervención humana; las de preparación compleja, y las que fueron revestidas con una capa de barro. Pero, por aquel entonces, la falta de métodos de datación efectivos impidió saber exactamente la antigüedad de los cuerpos, que se dataron erróneamente en dos mil años.

Los cuerpos tenían una antigüedad promedio de unos 7.000 años, lo que las convertía en las momias más antiguas del mundo

Fue en 1983, mientras se estaban realizando unas obras en un promontorio conocido como el Morro, cuando salió a la luz una especie de cementerio repleto de cuerpos que parecía muy antiguo. El antropólogo Bernardo Arriaza se hizo cargo de los trabajos de excavación y su equipo logró rescatar un centenar de momias que fueron llevadas al Instituto de Antropología de la Universidad de Tarapacá, en Arica, donde fueron estudiadas minuciosamente. Los resultados de la datación por Carbono 14 sorprendieron a todos: los cuerpos tenían una antigüedad promedio de unos siete mil años, lo que las convertía en las momias más antiguas del mundo, mucho más que las del antiguo Egipto.

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Se cree que los Chinchorro procedían de las montañas de Arica y se desplazaron hasta la costa del Pacífico donde se establecieron desde el 7020 a.C. hasta el 1110 a.C. Fueron un pueblo dedicado básicamente a la pesca y a la recolección de alimentos, que no desarrollaron, al parecer, ni la cerámica ni la metalurgia, ya que no se han hallado restos de estos elementos en las excavaciones. Pero, sorprendentemente, sí que desarrollaron cultos específicos relacionados con la muerte, lo que queda demostrado por la complejidad de los procesos de momificación y tratamiento de los cadáveres que llevaron a cabo.

Técnicas de momificación en Sudamérica

Al principio, los Chinchorro se limitaron a enterrar a sus muertos en el desierto, envueltos en esteras y pieles de camélidos, acompañados de algunos objetos de ajuar funerario como conchas, anzuelos o redes de pescar. Las primeras momias artificiales datan del año 5050 a.C. Son las conocidas como "momias negras", ya que los cuerpos presentan este color por haber sido pintados con manganeso. El proceso de momificación era muy complejo: se decapitaba el cadáver y se le cortaban los pies, se le cortaba la cabellera y se despellejaba. Se retiraba el cerebro y se rellenaba el cráneo con hierbas, ceniza, arena... Luego se ataba el cráneo y la mandíbula con una cuerda. El resto del cuerpo era despellejado y descarnado, y se dejaba sólo el esqueleto. Después se reconstruía el difunto: los huesos se unían con cuerdas y palos y se encajaba el cráneo. Una vez montado, el esqueleto se recubría con una pasta blanca de ceniza que sustituía la carne. Luego se colocaba la piel y la cabellera y se pintaba con manganeso.

Desde 2500 a.C. se documenta un segundo tipo de momias, las conocidas como "momias rojas". En este caso, los cuerpos no eran desollados, sino que se extraían los órganos con incisiones. El cuerpo vacío se secaba y se sujetaba mediante palos. El interior se rellenaba con cenizas, plumas, hierbas, tierra... Luego se incorporaba la cabeza, que había sido separada para secarla y rellenarla, y con una pasta se reemplazaba la carne de la cara, que una vez modelada se recubría con la propia piel del rostro del difunto. Una peluca de pelo humano completaba el conjunto, que era pintado de rojo. Una variación de esta técnica se usó con niños, cuyos cuerpos desollados y descarnados se vendaron con tiras de piel y se les pintó la cabeza de negro y el cuerpo de rojo –se han detectado altos niveles de arsénico de modo natural en la zona, lo que provocaba una alta mortalidad infantil–.

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A partir de 2000 a.C., se comenzó a realizar otra técnica de momificación que consistía en ahumar los cuerpos y recubrirlos con una gruesa capa de arena y arcilla. En este caso, las momias se fijaban en el suelo en el lugar donde iban a reposar, con lo que no podían ser transportadas. En los últimos años de existencia de la cultura Chinchorro, se abandona poco a poco la momificación intencionada y los cuerpos se entierran de nuevo en el desierto, dejando que la Naturaleza vuelva a ser la encargada de preservarlos para la eternidad.

Para saber más

José Miguel Parra. Momias. Crítica, Barcelona, 2010.

Museo de Historia Natural de Valparaíso

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