El judío errante, el mito de la eterna culpabilidad

En el siglo XVI se difundió la leyenda de un judío que vagaba desde hacía siglos para expiar su participación en la Pasión de Cristo

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judio-errante. El judío errante

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El judío errante

El punto de partida de la historia se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. Esta litografía ilustra el episodio dedicado a este personaje en la obra de José Coroleu Las supersticiones de la humanidad, editada en 1881.

Foto: Bridgeman / Aci

judio-errante-copla. "Tengo 1.800 años"

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"Tengo 1.800 años"

En el siglo XIX aún se publicaban coplas y hojas volantes con grabados del judío errante que contaban su historia. En esta de la izquierda, el judío explicaba: "Tengo 1.800 años; tenía doce cuando nació Jesucristo [...] Cielos, qué penosa es mi ronda. Doy la vuelta al mundo por quinta vez; todos van muriendo, y yo sigo con vida". Luego confiesa el pecado que cometió al maltratar a Cristo en la Cruz.

Foto: Jean-Gilles Berizzi / Rmn-Grand Palais

judio-errante-poema. Fuente bíblica

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Fuente bíblica

Un pasaje del evangelio de Mateo pudo servir también de inspiración para la leyenda. En él Cristo declara: "Hay algunos de los que están aquí que no probarán la muerte hasta que hayan visto al Hijo del Hombre viniendo en su reino". Sobre estas líneas, ilustración del poema Ahasvérus, de Edgar Quinet (1833).

Foto: René-Gabriel Ojéda / Rmn-Grand Palais

judio-errante-hamburgo. Vista de Hamburgo. Grabado de Civitates Orbis Terrarum. Frans Hogenberg. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid.

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Vista de Hamburgo. Grabado de Civitates Orbis Terrarum. Frans Hogenberg. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid.

La aparición más resonante y multitudinaria del judío herrante se produjo en Hamburgo en 1542, si damos crédito al testimonio de Paul von Eitzen (1521-1598), obispo de Schleswig. En su relato sobre la aparición de 1542, destacó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús. 

Foto: Oronoz / Album

judio-errante-jesuita. Un jesuita muestra un mapa del mundo. Edición de El judío errante, de E. Sue.

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Un jesuita muestra un mapa del mundo. Edición de El judío errante, de E. Sue.

En una novela, los descendientes del judío luchan contra los jesuitas que quieren robarles sus riquezas.

Foto: Thierry Ollivier / Rmn-Grand Palais

judio-errante-dore. El mito visto por Doré

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El mito visto por Doré

En 1856, Gustave Doré realizó doce magníficos grabados que ilustraban la leyenda del judío errante. En el que se muestra sobre estas líneas, el judío, vestido con harapos, con un bastón en una mano y una bolsa en la otra, atraviesa un cementerio cristiano. Sobre el cielo crepuscular el artista ha representado el ascenso de Cristo al Gólgota, con la Cruz a cuestas. La sombra del judío proyecta la misma escena, como manifestación del pecado que cometió durante la
Pasión de Cristo y de la culpa que lo persigue desde entonces.

Foto: Bridgeman / Aci

judio-errante-copla

El judío errante, el mito de la eterna culpabilidad

La figura del eterno caminante aparece en numerosas leyendas. En las grandes religiones se trata de individuos condenados a un perpetuo vagar por haber cometido una blasfemia o haber desobedecido a Dios, como es el caso en el judaísmo de Caín, de Pindola en el budismo o de al-Sameri en el Islam. El cristianismo, por su parte, creó la leyenda del "judío errante".

El punto de partida de la historia se encuentra en el Evangelio de Juan, en el que se menciona a ciertos personajes que al presenciar el suplicio de Jesús le negaron la ayuda o le mostraron desprecio. En otro pasaje también se alude a Malco, criado del sumo sacerdote de Jerusalén, que participó en la detención del Mesías en el huerto de los Olivos.

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A partir de estas referencias, en torno a 1228 el benedictino inglés Mateo París escribió una primera versión de la leyenda. Su protagonista era Cartáfilo, un portero del pretorio romano que debía encargarse de ejecutar la sentencia de muerte de Jesús. Cuando éste cayó en su camino al Gólgota, Cartáfilo lo golpeó, conminándole cruelmente a levantarse y seguir. Jesús le miró severamente y le advirtió que él caminaría a la crucifixión, pero que Cartáfilo caminaría sin descanso hasta el día del Juicio Final. Tras la muerte de Jesús, Cartáfilo, conmovido, se convirtió al cristianismo, tomó el nombre de José y se lanzó a un eterno vagar.

Mensaje antisemita

Desde el siglo XIII, otros relatos semejantes se propagaron por Italia, aunque cambiando el nombre del condenado, que a veces se llamaba Buttadeus, otras Juan de Espera en Dios o bien Giovanni Servo di Dio. Eran personajes de gran diversidad social y no se caracterizaban por su condición hebrea.

En cambio, a partir del siglo XVI la leyenda insistió en presentar al personaje errante como un judío. Sin duda, esta nueva identidad estuvo vinculada al surgimiento del antijudaísmo de masas. Los judíos fueron considerados como causantes de las desgracias sin fin durante las crisis de hambre y epidemias del siglo XIV. La desconfianza y sospecha condujeron a la aparición sucesiva de los guetos en las grandes ciudades italianas de Venecia y Roma, mientras que los judíos eran expulsados u obligados a la conversión forzosa en la mayoría de reinos europeos, entre ellos España, en 1492.

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Paralelamente, se desarrolló la práctica de los viacrucis o caminos de la Cruz, en la que los fieles revivían con máximo patetismo la muerte de Cristo, de la que se culpaba justamente a los judíos. Fue así como tomó forma una leyenda del judío errante de carácter abiertamente antisemita. El mismo adjetivo de "errante", usual desde finales del siglo XVII, subrayaba el paralelismo entre el protagonista de la leyenda y la experiencia de los judíos de la época, condenados a trasladarse de un país a otro.

Apariciones

Durante el siglo XVI empezó a hablarse de un personaje llamado Ahasvero que podía aparecer en cualquier lugar y momento, y que era en realidad un judío que había sobrevivido desde la época de Jesucristo. Los escasos viajeros europeos que se aventuraban por esos años en Palestina y Jerusalén hallaban siempre de un modo u otro al misterioso testigo de la Pasión.

En su peregrinaje a la ciudad santa, el noble veneciano Carlo Soranzo explicaba cómo fue abordado por un turco en las callejuelas de Jerusalén. El turco, por una módica suma, se ofreció a conducirle en secreto ante un prisionero extravagante. Se trataba de un individuo alto, con armadura, confinado en una habitación tras gruesas puertas de hierro. Había sido condenado a estar allí, sin comida ni bebida, hasta el Juicio Final. Pasaba los días caminando sin tregua de un cabo a otro del recinto, gimiendo y golpeándose el pecho. Era el judío errante.

En Europa se sucedieron las apariciones de este personaje. En 1604 fue reconocido en Francia por dos jóvenes gascones. Se trataba de un zapatero, cuya leyenda se acompañó de un cuarteto célebre que presuntamente recitaba el viajero: "Cuando yo contemplo el universo, / creo que Dios me hace servir de ejemplo, / para testimoniar su muerte y pasión, / en la espera de la Resurrección". En 1774 hubo una nueva aparición ante dos burgueses de Brabante, a los que se presentó como Isaac Laquedem.

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La aparición más resonante y multitudinaria se produjo en Hamburgo en 1542, si damos crédito al testimonio de Paul von Eitzen (1521-1598), obispo de Schleswig. Von Eitzen ya se había mostrado interesado por estos fenómenos escatológicos; por ejemplo, había compuesto una obra sobre el viaje de Cristo a los infiernos durante los tres días de su muerte. En su relato sobre la aparición de 1542, destacó que Ahasvero fue visto por centenares de personas y comunicó sombríos detalles sobre los padecimientos de Jesús y las iniquidades cometidas por Judas Iscariote.

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Un texto lo presentaba así: "Escuchaba el sermón con una devoción extraordinaria, con una atención insólita que sólo interrumpía cuando el predicador nombraba a Jesucristo. Entonces este personaje se inclinaba, se golpeaba el pecho y suspiraba con fuerza [...] Era un hombre taciturno y reservado, de conversación piadosa, pero que no hablaba si no se le dirigía la palabra. Empleaba siempre la lengua del país en el que se encontraba, comía y bebía poco y jamás se le vio reír. Si se le ofrecía dinero, no tomaba sino dos o tres sueldos que entregaba de inmediato a los pobres. Mucha gente de diversos países fue a Hamburgo para verlo, y se expresaron diversas opiniones. La más común era que a todos les parecía tener un aire familiar, como de un conocido de antaño".

En el siglo XIX, el mito cobró nueva vida gracias al éxito alcanzado en Francia por la novela de Eugène Sue El judío errante (1845), que imaginaba que este personaje vivía condenado a transmitir el cólera durante sus interminables viajes a lo largo de los siglos. Añadía una intriga de su cosecha: una familia francesa descendiente de la hermana del judío errante se vio obligada a emigrar de Francia a finales del siglo XVII a causa de su religión protestante. Antes, confiaron su riqueza a un judío y se dieron cita para recuperarla 150 años después, pero debían enfrentarse a una conspiración de los jesuitas que ansiaban hacerse con las riquezas.

Este folletín ofrecía una imagen favorable de los judíos, pero fue plagiado y adaptado en muchos relatos y monografías posteriores que en cambio tomaron un sesgo antisemita. Partes del libro se incorporaron al libelo Los protocolos de los sabios de Sión (1902), en el que el discurso anticlerical se transformaba en un alegato racista contra los judíos y alentaba los pogromos en la Europa oriental.

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