Expediciones fallidas

A lo largo de la historia, muchos han sido los viajes de exploración que no han prosperado, pero su fracaso no ha sido en vano.

14 de noviembre de 2013

Y así fue como un día ventoso de julio de 1897, bajo los auspicios de Alfred Nobel y el rey de Suecia, este funcionario de patentes y dos colegas subieron a la barquilla de un globo aerostático de unos 20 metros de diámetro en Danskøya (o isla de los Daneses), en el archipiélago de Svalbard. Llevaban trineos de madera, víveres para varios meses, palomas mensajeras para enviar información y hasta un esmoquin que Andrée esperaba vestir al final del viaje. Entre los aplausos y buenos deseos de la prensa y el público, se elevaron en el cielo confiando en so­­brevolar un lugar nunca visto por el ojo humano.

En cuanto despegaron, comenzaron a sufrir los embates del viento. La niebla se congelaba en la superficie del globo, creando un exceso de peso que lo hacía descender. Durante 65 horas y media el Eagle voló a ras de agua, rozando a veces el océano Ártico. Treinta y tres años después, unos cazadores de focas hallaron los cadáveres congelados de Andrée y su tripulación, además de sus cámaras y diarios, gracias a los cuales se supo que habían efectuado un aterrizaje forzoso sobre la banquisa a 480 kilómetros del Polo. El trío no resistió una extenuante caminata de tres meses en dirección sur.

"Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor"

El fracaso –jamás buscado, siempre temido, imposible de ignorar– es esa sombra que se cierne sobre cualquier tentativa de exploración, pero si no fuese por ese gusanillo que tras una empresa fallida nos espolea a examinar de nuevo y replantearnos la situación, el progreso sería imposible. («Inténtalo otra vez. Fracasa otra vez –escribió Samuel Beckett–. Fracasa mejor.») Hoy se reconoce cada vez más la importancia del fracaso. Los educadores buscan formas de que los niños aprendan a gestionarlo. En las escuelas de negocios se estudian las lecciones que de él pueden extraerse. Los psicólogos analizan cómo lo afrontamos, generalmente con miras a mejorar la probabilidad de éxito. De hecho, la palabra «éxito» deriva de la voz latina exitus, «salida», y sí, en efecto, salimos del fracaso para entregarnos al éxito. Uno no puede existir sin el otro. El veterano oceanógrafo Robert Ballard, con cerca de 130 expediciones submarinas y el hallazgo del Titanic en su haber, llama a esta interacción el yin y yang del éxito y el fracaso.

Hasta en los casos más estrepitosos, el fracaso proporciona una información que nos ayudará a hacer las cosas de otra forma la próxima vez. «Las cuatro primeras veces que intenté escalar el Everest aprendí lo que no hay que hacer –dice el alpinista Pete Athans, quien ha coronado el techo del mundo siete veces–. Fracasar te da la oportunidad de perfeccionar la estrategia, de abordar los riesgos de manera cada vez más inteligente.»

También sirve para recordarnos que cualquier empresa tiene su parte de suerte. Alan Hinkes, miembro del selecto grupo de alpinistas que han hecho cima en los picos más altos del mundo, ha tenido su dosis de infortunio: se fracturó un brazo; una rama le atravesó una pierna «como una lanza medieval», y a punto de coronar los 8.126 metros del Nanga Parbat, en Pakistán, un fuerte estornudo le causó una hernia discal y tuvo que abandonar. «Probablemente debería estar muerto», admite, pero añade: «Lo mío no han sido fracasos, sino “por los pelos” o “de milagro”».

Para la mayoría de los exploradores solo hay un fracaso que de verdad importa: no regresar vivo.

Para la mayoría de los exploradores solo hay un fracaso que de verdad importa: no regresar vivo. Para los que no exploramos, esos finales trágicos pueden resultar más fascinantes que los propios éxitos. Robert Falcon Scott, muerto con todos sus hombres después de alcanzar el polo Sur en 1912, es un héroe para los británicos. Los australianos recuerdan conmovidos una expedi­ción decimonónica que intentó cruzar el país de sur a norte y se saldó con la muerte de sus líderes. Estas historias quedan grabadas en nuestra memoria por la misma razón que lo hacen nuestros propios fracasos: «Recordamos nuestros fallos porque no dejamos de analizarlos», apunta Ballard. El éxito, en cambio, «se pasa rápido». Y demasiado éxito puede traducirse en un exceso de confianza, que a su vez puede desembocar en fracaso. En la temporada de escalada del Everest de 1996, en la que murieron 12 personas, alpinistas expertos cometieron el error de «creer que tenían un control absoluto sobre la montaña –dice Athans, que participó en las operaciones de rescate–. Las fórmulas inamovibles siempre dan problemas». El fracaso hace que estemos alerta y que no nos confiemos.

En general, los científicos son reacios a reconocer en público sus meteduras de pata, pues su reputación y la financiación de futuros proyectos dependen de la percepción del éxito. Pero en los últimos diez años, al menos media docena de revistas científicas –la mayoría de medicina y conservación– ha solicitado artículos sobre experimentos, estudios y ensayos clínicos fallidos, con la convicción de que los resultados «negativos» pueden dar lugar a conclusiones positivas.

El mundo empresarial, en especial el de la alta tecnología, comprende ya el valor de los resultados negativos, si son económicamente asumibles y no catastróficos. A fin de fomentar el espíritu emprendedor, el banco neerlandés ABN AMRO ha fundado el Instituto de Fracasos Geniales. Eli Lilly and Company, el gigante farmacéutico, comenzó hace dos décadas a organizar «celebraciones de resultados con orientación I+D» (en otras palabras, fiestas de fracasos) para reconocer el valor de los datos obtenidos en ensayos de fármacos que no funcionaron. (En torno al 90 % de esos ensayos son fallidos.) Algunas fundaciones incluso han empezado a solicitar a sus becarios que comuniquen lo que sale mal además de lo que sale bien.

Los directivos empresariales suelen buscar lecciones prácticas y concretas en los fracasos, pero también se benefician de verdades más generales. La historiadora Nancy Koehn, de la Escuela de Negocios de Harvard, calcula que en sus clases ha sacado a colación un centenar de veces, si no más, la historia de Ernest Shackleton, el explorador polar de origen irlandés cuya expedición transantártica de 1914-1916 se vio condenada al fracaso cuando su barco, el Endurance, quedó atrapado en el hielo. En un instante el objetivo de Shackleton pasó a ser que tanto él como su tripulación regresasen a casa sanos y salvos.

«Como exploración fue un fracaso monumen­tal –dice Koehn–. Pero por eso mismo tiene mucho que enseñarnos. Vivimos unos tiempos en los que muchas empresas cometen actos ilícitos, y cuando se les piden cuentas se lavan las manos. Por el contrario, Shackleton dijo: “Como que me llamo Ernest que esto lo arreglo”. Se sentía responsable de aquel desastre.» Y así fue. Shackleton devolvió a sus 27 hombres a sus hogares. «Demostró ser un magnífico gestor de crisis», dice Koehn. En su historia ejemplar, los alumnos «descubren qué son la perseverancia y la resiliencia, y aprenden mucho sobre la importancia de los pequeños gestos». Como las tazas de leche caliente con las que Shackleton reconfortaba a sus hombres en cuanto percibía el me­­nor indicio de que alguno de ellos flaqueaba.

Perseverancia. Resiliencia. Capacidad de adaptación y gestión de la crisis. Son todos elementos fundamentales de la exploración, y de la vida misma.

Perseverancia. Resiliencia. Capacidad de adaptación y gestión de la crisis. Son todos elementos fundamentales de la exploración, y de la vida misma. Mantener la perspectiva también ayuda: los exploradores tienden a pensar a largo plazo, reconociendo la naturaleza ilusoria del éxito y el fracaso. «Da idéntico trato a esos dos imposto­res», aconsejaba Kipling en su poema Si. «Pienso lo mismo –asegura el espeleólogo Kenny Broad. Muchos colegas suyos han perecido en la oscuridad de cuevas laberínticas–. A lo mejor un día tienes suerte. A lo mejor tienes suerte varias veces seguidas y empiezas a creerte muy competente. En la exploración de riesgo, la frontera entre éxito y fracaso es una línea muy fina.»

La expedición aerostática de S. A. Andrée era extrema para la época, y fue un fracaso en toda regla, pero «en aviación nada es seguro hasta que lo intentas», observa el historiador de la ciencia Urban Wråkberg, de la Universidad de Tromsø, en Noruega. Los avances tecnológicos permitieron finalmente solucionar los problemas de aviación en el Ártico (tres decenios después de la intentona de Andrée se realizó con éxito el primer vuelo al polo Norte) y abrieron además innumerables puertas en otros ámbitos. La comunicación vía satélite, la fiabilidad de las comunicaciones y los avances en meteorología y asistencia robótica, entre otras muchas innovaciones, han elevado las cotas de la exploración. Pero incluso Ballard, en cuyos grandes descubrimientos intervinieron robots, apunta que la tecnología «no lo posibilita todo».

Y menos mal. Porque «eliminar la incertidum­­bre es liquidar la motivación –dice Athans–. En la naturaleza de la condición humana está el de­­seo de ir más allá. Llegar hasta donde ya sabemos que podemos llegar no tiene gracia».

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