Francisco de Zurbarán, el genio del barroco hispano

El pintor extremeño Francisco de Zurbarán nació el 7 de noviembre de 1598 y terminó siendo uno de los grandes exponentes del barroco español, logró con la luz destacar el misticismo de sus personajes, dotándolos de una enorme fuerza visual y una fuerte carga expresiva.

Francisco de Zurbaran autorretrato

Francisco de Zurbaran autorretrato

Foto: CC

San Hugo en el Refectorio

Odile Delenda, una experta del maestro sevillano, define a Francisco de Zurbarán, nacido en Badajoz el 7 de noviembre de 1598, de la siguiente manera: "Fue tan moderno que se pasó de moda". Y es que en sus comienzos, su obra estuvo marcada por los fuertes contrastes entre las luces y las sombras y el realismo de sus figuras, altamente influenciadas por el estilo del pintor italiano Caravaggio, lo que hizo que algunos lo definiesen, de un modo bastante romántico, como "el Caravaggio español" (aunque él nunca aceptó esta comparación).

De aprendiz a pintor de los Dominicos

De los primeros años de la vida de Zurbarán poco se sabe. A pesar de que el joven estaba destinado a seguir los pasos de su padre en el negocio de la mercería, este inscribió a su hijo en el taller del pintor sevillano Pedro Díaz de Villanueva, el cual lo tomó como aprendiz durante tres años. En esa época, Sevilla era un ciudad con una enorme producción artística, donde destacaban Francisco Pacheco, Juan de Roelas y Francisco de Herrera el Viejo. Tras finalizar su aprendizaje, Zurbarán regresó a su Extremadura natal, donde se caso en dos ocasiones, hasta que en 1626 fue reclamado de nuevo en Sevilla para llevar a cabo un importante encargo.

A pesar de que Zurbarán tendría que haber seguido los pasos de su padre en el negocio de mercería, este lo inscribió en el taller de un reconocido pintor sevillano

La orden de los Dominicos solicitó al pintor 21 lienzos para el convento de San Pablo el Real de Sevilla. Sorprende que el encargo se lo hubieran hecho a un joven e inexperto Zurbarán, pero una de las explicaciones más plausibles podría encontrarse en el competitivo mercado sevillano del arte. En esos momentos la producción artística estaba monopolizada por Pacheco, Roelas, Varela, Legot y Herrera, entre otros, por lo que sus precios era considerablemente más elevados que los que podía exigir Zurbarán. Pero el principial motivo por el cual Zurbarán ofreció trabajar más barato a los dominicos fue para poder acceder a ese hermético mercado. De estos 21 lienzos se conservan varios: Curación milagrosa de Reginaldo de Orléans, Santo Domingo en Soriano, y los retratos de tres padres de la Iglesia, San Gregorio, San Ambrosio y San Jerónimo. En 1627, Zurbarán pintó el Cristo en la cruz. La obra fue tan admirada por sus contemporáneos, que el Consejo Municipal de Sevilla propuso oficialmente a Zurbarán que fijara su residencia en la capital hispalense.

San Hugo en el Refectorio

San Hugo en el Refectorio

Foto: CC

Velazquez y el titulo de "pintor del rey"

En 1628, el pintor firmó un contrato para realizar veintidós lienzos para el convento de la Merced Calzada, comprometiéndose a pintar todo aquello que el padre comendador le ordenase. Le suministraron toda clase de textos e ilustraciones para que se ajustara a la ortodoxia, quedando así la creatividad del artista prácticamente anulada. Ese mismo año, Zurbarán pintó su obra San Serapio, uno de los mártires de la Orden de la Merced, muerto en 1240 tras haber sido torturado, probablemente por piratas sarracenos.

En 1634, Zurbarán viajó a Madrid donde se encontró con su amigo Diego Velázquez, con quien analizó y meditó sobre sus obras.La fama del pintor extremeño era tan grande que el propio Velázquez sugirió a la corte madrileña que le llamaran para colaborar en la decoración del palacio del Buen Retiro. Zurbarán se encargó de pintar los Trabajos de Hércules que, debido al poco espacio del que disponía, sólo pudieron ser diez en lugar de los doce canónicos. También pintó una serie de batallas famosas de las que sólo se conserva La defensa de Cádiz. De regreso a Sevilla, y con el preciado título de "pintor del rey" bajo el brazo, Zurbarán pintó, sin cobrar por ello, y debido a la devoción que sentía por la Virgen María, un cuadro para la iglesia de Nuestra Señora de la Granada en Llerena (Badajoz), otro para la Cartuja de Nuestra Señora de la Defensión en Jerez de la Frontera y otro para la Iglesia de San Román en Sevilla.

Gracias a su amigo Velázquez, Zurbarán colaboró en la decoración del palacio del Buen Retiro pintando los Trabajos de Hércules. Poco después de convirtió en pintor del rey

La capital hispalense vivía del comercio con las Américas y era uno de los grandes puertos europeos. Allí llegaban los galeones cargados de oro y zarpaban con las bodegas repletas de productos españoles, y también cargados de obras de arte. Zurbarán empezó a producir pinturas religiosas para el mercado americano, en ocasiones series de santos. Ejemplo excepcional de su producción para el Nuevo Mundo fue la serie de doce cuadros titulada Las tribus de Israel, que se supone que no llegaron a su destino debido a un ataque pirata.

Zurbarán exporta a las Américas

Tras la muerte de su segunda esposa, Beatriz, en 1649, Zurbarán pintó Cristo en Emaús y San Francisco en éxtasis. Tras el exilio del Conde-Duque de Olivares, hasta ese momento favorito de Felipe IV y protector de los artistas andaluces –él mismo era sevillano–, unido a un frenazo en la actividad pictórica hizo disminuir los encargos. Pero todo ello no afecto a la actividad de Zurbarán, que siguió trabajando con normalidad.

A partir de 1636, Zurbarán intensificó la exportación artistica a América del Sur. En 1647, un convento peruano le encargó treinta y ocho pinturas, de la cuales veinticuatro tenían que ser de Vírgenes a tamaño natural. Para compensar las pérdidas sufridas a causa de la crisis artística en Andalucía, Zurbarán puso a la venta algunos cuadros de tema profano. Poco a poco, el pintor fue incrementando sus encargos e incluso consiguió un contrato para vender en Buenos Aires quince vírgenes mártires, quince reyes y hombres célebres, y veinticuatro santos y patriarcas, todos ellos a tamaño natural,y nueve paisajes holandeses. El hijo de Zurbarán, Juan, conocido por ser un excelente pintor de bodegones, trabajó muy probablemente para su padre y le ayudó en sus encargos –de su producción se conserva una magnífica naturaleza muerta en el Museo de Arte Bogdan de Kiev–.

A pesar del frenazo en la actividad pictórica en Sevilla, a Zurbarán nunca le faltaron los encargos e incluso consiguió un contrato para exportar sus obras a Buenos Aires

Tras una terrible epidemia de peste que asoló Sevilla en 1649, la desgracia se cebó en Zurbarán, que perdió a casi todos sus hijos. A ello se añadió un cambio en las técnicas pictóricas liderado por Bartolomé Esteban Murillo, que había comenzado a acaparar los encargos más interesantes. Zurbarán se planteó entonces cambiar su lugar de residencia y se trasladó a Madrid donde realizó cambios en su estilo, entre ellos el gusto por el sfumato, un efecto vaporoso que se obtiene por la superposición de varias capas de pintura extremadamente delicadas, proporcionando un aspecto de vaguedad y lejanía. De esa época cabe destacar la Virgen en la Anunciación y Cristo llevando la cruz. Durante su estancia en Madrid, Zurbarán buscó la protección de su amigo Velázquez, a cuyo favor testificó para que este pudiera ingresar en la prestigiosa Orden de Santiago.

Cristo crucificado con un donante (Zurbarán)

Cristo crucificado con un donante (Zurbarán)

Foto: CC

Declive, muerte y desaparición del artista

Zurbarán siguió pintando durante años. De 1658 destacan algunas de sus obras más emblemáticas: El lienzo de la Verónica, El reposo durante la huida a Egipto, San Francisco arrodillado con una calavera y La Virgen con el Niño y San Juanito, su última obra fechada conocida.

A pesar de no ser tan apreciado como Murillo, su nombre traspasó las fronteras de España tras su muerte y actualmente es uno de los pintores más reconocidos a nivel mundial

En condiciones económicas precarias, y en pleno declive de su carrera artística, el 27 de agosto de 1664 Francisco de Zurbarán murió en Madrid a los 65 años de edad. Fue enterrado en el convento de Copacabana –que fue destruido en el siglo XIX a raíz de la desamortización de Mendizábal, por lo que los restos del pintor se perdieron para siempre–. Su figura artística fue reivindicada tras su fallecimiento y, a pesar de no ser tan apreciado como su colega Murillo, su nombre traspasó las fronteras de España y hoy en día es uno de los pintores más reconocidos a nivel mundial.

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