Florence Nightingale, la heroína de los hospitales

Su labor como enfermera en la guerra de Crimea, ensalzada por la prensa de la época, hizo de Florence Nightingale un mito viviente en la Inglaterra victoriana

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Florence Nightingale

Florence Nightingale decidió a los 24 años dedicarse a cuidar de los más desfavorecidos. Con esa idea entró a trabajar en una clínica privada de Londres donde empezó a transformar el oficio de enfermera y mejorar la atención de los enfermos. La implementación de sus métodos en la guerra de Crimea y la mejora de las condiciones de los heridos le dio el reconocimiento internacional. Sobre estas líneas, Florence Nightingale hacia 1854.

FOTO: Getty Images

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Hospital de guerra

Florence Nightingale atiende a los heridos en la guerra de Crimera en el hospital de Scutari. La enfermera impuso una simples reglas de higiene, como airear y limpiar a fondo las salas de hospitalización, lavar a los pacientes y cambiar las sábanas o preparar comidas sanas para los enfermos, que mejoraron notablemente la situación en poco tiempo.

FOTO: Bridgeman / ACI

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Mary Seacole

Mary Jane Seacole, de padre escocés y madre jamaicana, viajó con sus propios medios a Crimea, donde asistió a los heridos de guerra desde un hotel próximo al frente con tanto o más éxito que Florence Nightingale.

FOTO: Mary Evans / AGE Fotostock

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Una presencia reconfortante

Los testigos de la época destacaban que además de los cuidados médicos, Florence Nightingale reconfortaba a los enfermos hablando con ellos, escribiendo cartas a sus famlilias o quedándose a su lado toda una noche. En la imagen, Nightingale  sostiene su lámpara mientras visita a los heridos en Crimea.

FOTO: Scala, Firenze

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Celebridad a su pesar

Aunque ella rehuía la fama, Florence pronto se convirtió en una celebridad. Los periódicos hablaban de ella como de una heroína y la gente se apasionaba por su dedicación. Arriba, en la portada del Illustrated Times el 2 de febrero de 1856.

FOTO: Mary Evans / AGE Fotostock

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Florence Nightingale, la heroína de los hospitales

Una luz mortecina vacila en las tinieblas de la sala del hospital. Proviene de la linterna turca que una mujer joven, de unos treinta años, de cabello castaño y ojos verdes, lleva consigo para visitar a los enfermos. La luz baja, la muchacha se inclina junto a un hombre moribundo, le acaricia la frente y le dirige unas últimas y reconfortantes palabras. En plena noche, los heridos esperan que pase, la llaman: quieren que les proporcione seguridad, que los asista, les muestre un rostro humano y compasivo en la terrible tragedia que supuso la guerra de Crimea (1853-1856).

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Surge, así, la leyenda de una figura compleja y formidable: Florence Nightingale, una de las grandes heroínas de la historia británica, quien, con su valor y tenacidad, no se doblegó ante las reglas de la rígida época victoriana y fundó las bases de la asistencia de enfermería moderna. Mujer poco convencional, decidida, acogedora y, al mismo tiempo, esquiva, rechazó la fama para seguir desarrollando su actividad altruista.

Florence nació en Florencia el 12 de mayo de 1820. Su padre, William Edward Nightingale, era un rico burgués; su madre, Frances Smith, pertenecía a la alta sociedad británica. Sus padres le pusieron el nombre de la ciudad en la que vino al mundo, del mismo modo que bautizaron a su hija mayor como Parthenope, porque nació un año antes en Nápoles (la Parténope de los griegos). Cuando sus hijas eran aún niñas, los Nightingale volvieron a Inglaterra, para instalarse primero en una lujosa mansión en Derbyshire y luego en Embley Park (Hampshire). William Nightingale y su mujer impartieron a las niñas clases de griego, latín, geografía y matemáticas, pero también de costura y bordado, con el fin de que se convirtieran en perfectas esposas, ya que éste era el único destino de las muchachas de buena familia en el mundo victoriano.

Vocación humanitaria

Florence parecía destinada a una suerte diferente. A los 17 años sufrió una depresión nerviosa que definió como "el primer llamamiento de Dios", y a los 24 resolvió dedicarse a cuidar del prójimo, vocación que decidió seguir a toda costa. Su familia le puso obstáculos, pero a ella no le importó. Rechazó a numerosos pretendientes, entre ellos el culto heredero Richard Monckton Milnes, que estaría siempre a su lado y se convirtió en miembro de la Fundación Nightingale. En una carta a su amiga Mary Clark Mohl, Florence escribió: "Estallo de indignación cuando veo a algunas madres o a ciertas esposas que dan prueba de ese egoísmo feroz que se denomina “amor materno” o“amor conyugal”. No, todos deben tener derecho a decir su propia verdad". La verdad de Florence era asistir a los enfermos con la ayuda de Dios. Más adelante confesaría: "Mi mente está obsesionada por el sufrimiento humano, me acomete por todos los lados. Apenas consigo percibir otras cosas".

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Su familia, y en particular su madre y su hermana, trataron por todos los medios de obstaculizar sus proyectos, pero la joven no cejó en su empeño. Estudió en Kaiserwerth, en la institución alemana para diaconisas dedicada al apoyo a los enfermos. A su vuelta a Inglaterra, veló a su hermana Parthenope, aquejada de fiebres reumáticas, a la que cuidó con abnegación.

En 1852, Florence recibió una oferta para dirigir una clínica privada en el número 1 de Upper Harley Street, en Londres, y la aceptó, decidida a transformar el oficio de enfermera. Hasta entonces sólo se dedicaban a esta actividad mujeres pobres y marginadas, muchas de las cuales acababan cayendo en el alcoholismo entre la suciedad de los hospitales, los sufrimientos de los enfermos y las pésimas condiciones de trabajo. Florence trató de ennoblecer el oficio, considerado entonces degradante, e intuyó que en su base había dos aspectos esenciales: la preparación y la higiene. Por otra parte, creía que la asistencia a los enfermos correspondía a todas las clases sociales y merecía una justa consideración, incluso en una sociedad tan elitista como la victoriana.

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La guerra de Crimea

Florence Nightingale tuvo ocasión de demostrar a su país y al mundo entero la validez de sus ideas cuando estalló la guerra de Crimea, en la que ingleses y franceses combatieron –y murieron– juntos frente a los rusos. El ministro de la guerra, Sidney Herbert, al que Florence había conocido durante una estancia en Roma, le pidió que partiera al frente para atender a los heridos. El 4 de noviembre de 1854, Florence llegó a Scutari (Üsküdar), hoy un barrio de Estambul, junto con 38 voluntarias católicas y protestantes. Tras un año de combates, los soldados se encontraban al límite de sus fuerzas y, además, eran víctimas de una epidemia de cólera. Al principio, la relación de Florence con los médicos no fue fácil, ya que éstos se negaban a reconocer la autoridad de una mujer que era una simple enfermera. Poco a poco, Florence consiguió imponerse y, sobre todo, imponer sus reglas: ordenó airear y limpiar a fondo las salas de hospitalización, mandó a sus colegas lavar a los pacientes y cambiar las sábanas, dispuso una lavandería y contrató a un cocinero francés, Alexis Soyer, para que preparase comidas sanas para los enfermos. La situación mejoró notablemente en poco tiempo. Hoy pueden parecernos reglas obvias de higiene y asistencia, pero entonces los hospitales de campaña eran un caos de gritos, sangre y suciedad. Florence pidió también que se aislasen con una cortina las camas en las que se llevaban a cabo intervenciones, con el fin de evitar traumas psicológicos y para respetar la intimidad de los pacientes. Finalmente, recopiló datos estadísticos y observaciones que publicó en un texto fundamental: Notas sobre enfermería (1859).

Célebre a su pesar

Florence pronto se convirtió en una celebridad. En Londres, los periódicos hablaban de ella como de una heroína y la gente se apasionaba por su dedicación. Aun después de contraer la llamada fiebre de Crimea, siguió trabajando sin descanso: de día velaba por la curación de los enfermos y pasaba la noche a su cabecera para confortarlos y escribir cartas a sus parientes.

De regreso a Inglaterra, la acogida de Florence fue triunfal. Aunque ella se negaba a mostrarse en público –"Para ser una digna sierva de Dios, la primera tentación que hay que vencer es el deseo de brillar en sociedad", afirmaba–, el pueblo y los reyes la aclamaban, e incluso se exhibió una estatua suya de cera en el museo de Madame Tussaud.

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Desde 1857, el estado de salud de Florence era precario y se vio postrada en cama en numerosas ocasiones. Sin embargo, ello no le impidió ocuparse del hospital Saint Thomas desde 1859 y fundar en él, en 1860, la Escuela Florence Nightingale de Enfermería y Obstetricia. Allí formó a mujeres jóvenes de la buena sociedad, con severidad y rigor, para convertirlas en enfermeras y que transmitieran sus enseñanzas. Incluso jefes de Estado extranjeros escribieron a Florence pidiéndole sugerencias y consejos. Gracias a su infatigable labor, la reina Victoria la condecoró con la Royal Red Cross en 1883, y el fundador de la Cruz Roja, Henri Dunant, le rindió homenaje afirmando que Florence Nightingale fue la persona que más le había influido.

Florence Nightingale murió el 13 de agosto de 1910, a los 90 años. Unos días después de su fallecimiento, en la iglesia de Saint Margaret, en el East Wellow, una multitud de nobles, funcionarios, enfermeras y gente corriente acudió a saludar por última vez a la mujer que, con orgullo, humildad y tenacidad, había convencido a la sociedad para que admirase una labor indispensable y altruista.

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Para saber más

Notas sobre enfermería. Florence Nightingale. Masson, Barcelona 2002.

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