La batalla de las Termópilas: los héroes de Esparta

Un puñado de combatientes helenos al mando del rey espartano Leónidas detuvieron durante tres días el avance del poderoso ejército persa contribuyendo a la salvación de Grecia

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La batalla de las Termópilas

Este óleo de Jacques Louis David recrea los instantes anteriores al definitivo combate en el que los pocos centenares de hombres al mando de Leónidas perecerían defendiendo su posición en las Termópilas. En el centro, el diarca espartano rodeado de hombres que se abrazan ante la perspectiva de una muerte segura. Museo del Louvre, París.

FOTO: Erich Lessing / Album

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El hoplita

El ejército griego estaba formado por ciudadanos-soldado (hoplitas) que defendían su libertad y se basaba en una formación de falange en la que era muy importante la solidaridad de sus miembros para protegerse unos a otros. Esta cerámica del siglo VI a.C. muestra a un hoplita bien armado, como los que lucharon en las Termópilas contra los persas.

FOTO: H. Lewandowski / RMN-Grand Palais

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Atenas, el objetivo persa

Tras vencer a los griegos en las Termópilas, los persas continuaron hasta Atenas, que había sido evacuada por Temístocles, y la arrasaron totalmente. En la imagen, la Acrópolis. 

FOTO: M. Pignatelli / Fototeca 9x12

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Los Inmortales, una tropa de élite

Los Inmortales eran la élite del ejército persa. Diez mil hombres que se iban sustituyendo a medida que caían, de ahí su nombre porque su número nunca menguaba. Este relieve de Persépolis muestra a algunos de ellos en formación. Siglo V a.C.

FOTO: Erich Lessing / Album

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Hoplón

Era el escudo redondo típico del hoplita y del que deriva el nombre de la figura del ciudadano-soldado griego. Podía llevar un animal representativo de su ciudad.

FOTO: Gary Ombler / DK Images

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Casco espartano

El armamento del hoplita espartano, el soldado más temido de Grecia, incluía un casco de bronce como éste.

FOTO: Luisa Ricciarini / Prisma Archivo

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La armadura hoplita

Con base de cuero, estaba hecha de cáñamo y varias capas de lino para amortiguar los golpes.

FOTO: Gary Ombler / DK Images

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De la derrota a la victoria

La batalla de las Termópilas terminó en una derrota anunciada, pero la resistencia espartana permitió al esto de los ejércitos de las ciudades griegas reorganizarse y obtener una victoria definitiva en la batalla naval de Salamina. Busto de Temístocles, el comandante que lideró la flota griega.

FOTO: Oronoz / Album

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Un hoplita de Salamina

Esta escultura de un hoplita egineta formó parte del frontón del templo a Atenea que la ciudad de Egina erigió para conmemorar la victoria en Salamina.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

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La batalla de las Termópilas: los héroes de Esparta

Malditos sean los que guardan las Termópilas». Esto debió de pensar Jerjes, el Gran Rey, señor del Imperio persa, al contemplar la tenaz resistencia de un puñado de griegos que, pese a su reducido número, conseguían frenar completamente a un ejército como nunca antes se había reunido. Unos pocos soldados bajo el mando del aguerrido rey Leónidas hacían frente a innumerables enemigos, sometiendo la voluntad del todopoderoso Jerjes y componiendo un ejemplo imborrable de valor y sacrificio. Jerjes había decidido conquistar y someter Grecia para vengar la vergonzosa derrota sufrida por su padre, Darío I, ante los atenienses en la batalla de Maratón librada diez años antes, en 490 a.C. Con este fin reunió un ejército inmenso, cuyos efectivos debían de oscilar entre 90.000 y 300.000 hombres. También remitió embajadores a las principales ciudades griegas, con un único mensaje: «Tierra y agua». La entrega de agua y tierra al Gran Rey suponía someterse a su poder, y algunos griegos lo hicieron. Pero no todos quisieron olvidar su libertad, y hubo quienes decidieron resistir hasta la victoria o el desastre.

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Reunidas todas las naciones de Asia en su ejército, Jerjes comandó sus tropas hasta Grecia. Mientras, oscuros presagios –un eclipse, una tempestad o el imposible parto de una mula– anunciaban desgracias y muchos pensaron que el Gran Rey había insultado a los dioses al lanzar la invasión. Ajeno a ello, el monarca condujo sus tropas hasta el norte de Grecia donde un angosto sendero discurría entre las montañas y el mar. El desfiladero que separaba a Jerjes de Grecia recibía el nombre de Termópilas, «Puertas Calientes», a causa de las aguas termales que brotaban en sus inmediaciones. Era el lugar donde, según el mito, había muerto el legendario Heracles y se lo consideraba la entrada a Grecia. Corría el mes de agosto del año 480 a.C.

Se organiza la resistencia

Una vez los griegos se vieron amenazados directamente por el vasto ejército llegado de Asia, nadie dudó de que el mando militar tenía que estar en manos de los espartanos. Los hombres de Esparta dedicaban su vida al entrenamiento constante de sus cuerpos para el combate. La agogé, la educación espartana, era un decálogo de supervivencia y esfuerzo con el que se adiestraba a los ciudadanos en el ejercicio de las armas. Por eso los espartanos eran llamados homoioi, "iguales", pues todos recibían la misma educación y tenían los mismos derechos.

Los griegos pusieron el mando militar en manos de los espartanos, que dedicaban su vida al entrenamiento militar

Hombres silenciosos y ajenos a la ostentación, los espartanos habían sido a lo largo de los últimos tiempos la gran autoridad en Grecia. Pero Esparta mantenía férreamente sus tradiciones y en aquellos momentos estaba celebrando las fiestas sagradas en honor del dios Apolo, las Carneias, durante las cuales estaba prohibido movilizar al ejército. En consecuencia, Leónidas, uno de los dos diarcas o reyes de Esparta, decidió tomar las riendas de la situación y someterse al juicio de la historia. Al no poder movilizar el ejército espartano para la guerra, convocó a los miembros de la guardia real y escogió entre ellos a quienes tenían hijos varones, con lo que aseguraba la supervivencia de sus familias si perecían en combate. Así reunió a trescientos espartanos, con los que se encaminó hacia el norte para frenar el avance del amenazador ejército enemigo.

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De esta forma, cuando Jerjes llegó a las Termópilas, los griegos ya habían organizado allí la resistencia. Desde el Peloponeso habían venido periecos e ilotas, habitantes de las inmediaciones del territorio de Esparta, escogidos por Leónidas con sumo cuidado tanto por su valía como por su rectitud moral. Se les sumaron fuerzas provenientes de Tespia y Focea, así como algunos locrios; e incluso los beocios (los habitantes de la región de Tebas), de quienes ningún griego se fiaba entonces porque eran sospechosos de pactar con el enemigo, enviaron algunos escuadrones. De este modo, es probable que las fuerzas griegas ascendieran a unos 7.000 combatientes.

Cuando Jerjes llegó a las Termópilas, los griegos habían organizado la resistencia con unos 7.000 hombres

Aunque los espartanos estaban profundamente adiestrados en el combate en formación cerrada –la falange, constituida por los hoplitas, infantes pesadamente armados–, mientras que el resto de los griegos probablemente eran artesanos y campesinos poseedores de una panoplia (el armamento hoplítico) y reclutados en virtud de ello, aunque no forzosamente eran conocedores de los entresijos del combate. Había muchos hombres, sí. Pero muy pocos soldados.

La sorpresa del Gran Rey

La orografía del terreno era del todo propicia a los defensores, pues el estrecho sendero tenía una amplitud aproximada de unos 15 metros. Jerjes no creía que los griegos quisieran hacerle frente y esperó tres días confiando en que huirían en cualquier momento. Al cuarto día liberó su cólera y lanzó contra ellos sus tropas de medos y cisios. Se dieron órdenes para que los griegos fuesen capturados vivos. Los persas atacaron con decisión, fiados en su superioridad numérica. Sin embargo, pese a que sus caídos eran reemplazados inmediatamente por hombres de refresco, los guerreros comandados por Leónidas no parecían menguar en la misma proporción y cerraban con su falange el fondo del desfiladero. El combate se prolongó durante toda la jornada y al final de la misma los griegos seguían en pie. Había concluido el primer día de la batalla.

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Al oponerse a los persas, los griegos vieron reforzada su creencia habitual de que los bárbaros eran todos unos esclavos, puesto que no eran realmente libres. En su opinión, los persas eran deudores de la voluntad de su amo, el Gran Rey, a quien estaban sometidos, y éste los enviaba al combate con completo desprecio de sus vidas; pero los griegos luchaban por convicción, defendiendo su forma de vida, que definían como resultado de la libertad. La pugna que oponía a unos y otros adquiría, así, a ojos de los griegos, un cariz universal al enfrentar a muchos esclavos contra muy pocos hombres libres. Las bajas entre los persas resultaban elocuentes a este respecto: los hombres libres eran superiores a los bárbaros.

El ejército de los hombres libres

El sistema de combe de los griegos se basaba en la falange, una formación compacta de hoplitas equipados con un casco, armadura, una lanza y un escudo redondo llamado hoplón (que daba nombre al hoplita). Cada soldado protegía a su compañero con su escudo mientras avanzaban hacia el enemigo. La falange de Leónidas era una unidad de combate firme, en una roca inamovible en la que venían a estrellarse las continuas oleadas de hombres enviados por Jerjes.

La falange griega era una unidad de combate firme basada en la solidaridad de los hoplitas que la integraban

Por el otro lado, los persas contaban con la desventaja de un equipo defensivo mucho más ligero y vulnerable y con el hecho de no poder desplegar su temible caballería debido a la orografía del terreno. Así que al segundo día, Jerjes decidió emplear a su tropa de élite, los Inmortales, diez mil hombres pertrechados con un equipo mucho más completo que el resto de la infantería persa. Pero la lucha volvió a provocar incontables bajas entre los persas y su grandioso ejército siguió estancado, incapaz de superar al pequeño grupo de enemigos apostado en el paso.

Traición y derrota

Entonces intervino en la contienda un agente inesperado. Al atardecer de la segunda jornada de lucha, un griego, Efialtes, habló a Jerjes de una senda secreta que permitía rodear la posición de los griegos y salvar el paso defendido por Leónidas. Los persas marcharon toda la noche y hacia el alba llegaron al lugar, que tomaron tras una refriega con el grupo de focenses apostado en el lugar para su defensa.

Los augurios y algunos vigias focenses corroboraron a Leonidas a primera hora del tercer día que la muerte estaba muy cerca. El diarca esparatno licenció a la mayoría de los hombres a su mando y se quedó tan sólo con los 300 espartanos y varios voluntarios que decidieron compartir el destino del rey.

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Mientras los aliados se retiraban para avisar del avence persa y ayudar en la defensa de sus ciudades, Leónidas y sus hombres quedaron en las Termópilas aguardaron el fin con serenidad. Esa misma mañana, Jerjes mandó cargar a sus hombres para desalojar el paso. Como respuesta, los griegos abandonaron la posición defensiva y salieron a campo abierto buscando el encuentro definitivo con la muerte. La batalla se volvió muy cruenta y perecieron más griegos allí que en los combates de los días anteriores. Con ellos cayó también una gran cantidad de persas. Los griegos luchaban con la furia de quien no alberga esperanza alguna. Con sus armas abolladas, rotas las lanzas, siguieron combatiendo espada en mano. La fiera determinación de los griegos era tal que Jerjes decidió acabar con los supervivientes mediante una lluvia de flechas para evitar que las bajas en su ejército siguiesen en aumento. Leónidas y sus hombres lucharon hasta el último aliento.

El cadáver del rey espartano sería cruelmente mutilado por los persas, quienes cortaron su cabeza para colgarla de un palo. Al fin y al cabo, Leónidas era, a sus ojos, responsable de la muerte de miles de sus compañeros. Pero él y sus hombres pasaron a ser, por su sacrificio, héroes imperecederos, símbolos del valor y de la entrega, y alcanzaron la eternidad de la gloria. La gloria de aquellos que guardan las Termópilas.

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Para saber más

La batalla de las Termópilas. Dos crónicas de la Antigüedad. Herodoto y Diodoro Sículo. RBA, 2009.

Termópilas, la batalla que cambió el mundo. Paul Cartledge. Ariel, Barcelona, 2008.

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