Prácticamente todas las noches de nuestras vidas experimentamos una metamorfosis: nuestro cerebro altera profundamente su conducta y su misión, atenuando nuestra conciencia. Dormir crea conexiones neuronales que quizás nunca habíamos formado en el plano consciente.

El cerebro, que despierto está optimizado para recoger los estímulos externos, se enfoca cuando está dormido en consolidar la información recibida.

Las etapas del ciclo del sueño

Durante el sueño, generalmente pasamos por cinco fases, conocidas como etapas 1, 2, 3, 4 y REM (acrónimo en inglés de movimiento ocular rápido). Estas progresan en un ciclo desde la etapa 1 hasta la fase REM; y luego, el ciclo comienza de nuevo con la etapa 1. De esta forma, durante una noche de sueño, iremos y volveremos varias veces a las mismas etapas.

Invertimos casi un 50% del tiempo total del sueño en la etapa 2, aproximadamente el 20% en la fase REM y el 30% restante en las otras. No obstante, la duración es diferente según la edad: los bebés, por ejemplo, pasan casi la mitad de su tiempo de sueño en fase REM.

¿Qué es la fase REM?

La fase REM es el punto del sueño en el que el que podríamos decir que el viaje se pone raro. El sueño REM fue descubierto en 1953 (cuando el resto de fases llevaban descritas 15 años) por investigadores en la Universidad de Chicago.

Hasta entonces, este período solía considerarse una variación de la primera fase (vigilia) sin especial importancia, ya que los primeros encefalogramas no mostraban un patrón llamativo que llevara a pensar que esta fase tuviera nada de particular.

Pero luego, se documentó el característico movimiento veloz de los globos oculares y la congestión de los órganos sexuales que invariablemente lo acompaña y se comprendió que la práctica totalidad de los sueños ocurren en esta fase.

El sueño REM modula el estado de ánimo y consolida nuestros recuerdos; pero también nos enloquece.

¿Qué ocurre cuando soñamos?

Desde los antiguos griegos hasta Sigmund Freud, pasando por los adivinadores de trastienda, los sueños siempre han sido una fuente de fascinación y misterio, interpretados como mensajes de los dioses o de nuestro subconsciente.

Hoy, muchos expertos en el sueño no tienen el menor interés en las imágenes y los acontecimientos concretos que pueblan nuestros paisajes oníricos; creen que los sueños son el resultado de la actividad caótica de las neuronas y que, aun estando impregnados de resonancias emocionales, carecen de significado.

Mientras soñamos, la actividad cerebral se produce en planos tan profundos que no se registra bien en un electroencefalograma, pero con ayuda de tecnologías más modernas hemos deducido lo que ocurre a nivel físico y químico.

Aunque también soñamos durante el sueño NREM (fase 1, 2, 3 y 4 del ciclo), hasta que no entramos en el sueño REM no nos topamos con la enorme potencia de nuestra locura nocturna. Los sueños no son meros flashes, ocupan el período REM casi por completo, unas dos horas por noche. Se cree que durante este proceso, el cerebro se prueba a sí mismo.

Durante el sueño REM la temperatura interna del cuerpo se mantiene en cotas más bajas, la frecuencia cardíaca se eleva en comparación con otras fases del sueño y la respiración es irregular. Mientras dura, somos incapaces de mostrar reacciones físicas; y así y todo, nuestro cerebro se las arregla para hacernos creer que cabalgamos sobre las nubes matando dragones.

¿Por qué creemos en los sueños REM que lo que vivimos es real?

Cada vez que experimentamos el sueño REM enloquecemos en un sentido literal. Esta fase es un estado desatado de psicosis en el que soñamos, volamos y caemos, lo recordemos o no.

Si creemos en dragones durante este período, es porque en el sueño REM el gobierno del cerebro deja de estar en los centros lógicos y las regiones que controlan los impulsos. Además, se suprime la producción de dos elementos esenciales para la comunicación de las neuronas (la serotonina y la norepinefrina).

En consecuencia, nuestra capacidad de aprendizaje y memoria durante el sueño REM se ve gravemente mermada, aunque el cerebro está activo y consume tanta energía como en la vigilia.

El sueño REM está regido por el sistema límbico, la región del cerebro profundo donde surgen algunos de nuestros instintos más básicos. Freud tenía razón cuando afirmaba que los sueños beben de nuestras emociones primitivas: en el sistema límbico, residen nuestras pulsiones sexuales, la agresividad y el miedo; la felicidad y el amor.

El tronco cerebral, una pequeña protuberancia llamada puente troncoencefálico se sobrecarga durante el sueño REM. Los impulsos eléctricos del puente suelen dirigirse a la zona del cerebro que controla los músculos oculares y auditivos: por eso, los globos oculares se mueven de un lado a otro, quizá como respuesta a la intensidad del sueño.

Otro tanto ocurre con las regiones del cerebro que controlan la región motora, razón por la cual en los sueños experimentamos tantas veces la sensación de volar o caer. Y mientras soñamos, por absurdo que sea el escenario onírico y por mucho que se transgredan las leyes de la física, casi siempre creemos a pies juntillas que estamos despiertos.

La máquina de realidad virtual perfecta existe dentro de nuestra cabeza; y menos mal que estamos paralizados (aunque existen anomalías del sueño). El cerebro, el instrumento más sofisticado y complejo del universo, tiene pista libre cuando sueña. Se autoactiva. Es su recreo.

El verdadero misterio puede no ser por qué dormimos

Algunos postulan que durante el sueño REM alcanzamos nuestros máximos niveles de inteligencia, perspicacia, creatividad y libertad. Que vivimos de verdad. “El sueño REM tal vez sea lo que nos hace más humanos, tanto por sus efectos sobre el cerebro y el cuerpo como por la experiencia en sí misma”, concluye el investigador del sueño Michael L. Perlis.

Quizás llevamos desde Aristóteles formulando la pregunta equivocada y el verdadero misterio no es por qué dormimos, sino por qué, cuando la alternativa es tan portentosa, nos molestamos en estar despiertos. Tal vez, debamos ocuparnos de nuestros cometidos básicos solo para que el cuerpo esté en condiciones de dormir.