Editorial

Explotación animal

Susan Goldberg, directora

El payaso triste

El payaso triste

Foto: Joan de la Malla / Wildlife Photographer of the Year 2018

El payaso triste

A la gente le encantan los animales. En National Geographic lo sabemos perfectamente: las fotos de animales siempre acumulan el mayor número de «me gusta» en nuestra cuenta de Instagram, los artículos sobre animales impulsan el tráfico de nuestra web, y los animales tienen una presencia importantísima en las páginas de nuestra revista. Pero a menudo ese amor por los animales hace que, sin saberlo, les causemos daño. Este mes exploramos el pujante sector del turismo de fauna salvaje, una actividad que permite a la gente valorar y ayudar a los animales si las cosas se hacen bien, pero que se convierte en una explotación lucrativa con terribles consecuencias si las cosas se hacen mal.

Enviamos a la reportera Natasha Daly y a la fotógrafa Kirsten Luce a recorrer el mundo con la misión de descubrir cómo viven los animales en cautividad cuando los turistas se hacen el último selfi y regresan a sus casas. Lo que averiguaron le romperá el corazón. Los turistas no tienen la menor idea de que los animales con los que interactúan tan felizmente en determinados recintos dirigidos por personas sin escrúpulos han sido –y son– maltratados. «No saben que los elefantes dejan que se les monten al lomo y actúan en espectáculos sin atacar a los humanos porque los “doblegaron” cuando eran unos bebés. Ni saben que los perezosos amazónicos sacados ilegalmente de la selva no suelen sobrevivir en cautividad más allá de unas semanas», escribe Daly.

Más impactante todavía es la revelación de que algunos elefantes de un complejo «ecológico» de Thailandia –cuyos clientes ven a los animales moviéndose libremente sin cadenas– son los mismos elefantes que, en otra atracción situada a pocos kilómetros, llevan a los turistas a cuestas y hacen números de circo, aguijoneados a veces por un afilado gancho de metal.

El turismo de contacto con animales salvajes no es nuevo. Pero examinarlo hoy, en la era de las redes sociales, es más urgente que nunca. ¿Quién de nosotros no querría abrazar un cachorro de tigre, inmortalizar el momento y compartir la foto? Es así, hasta que conocemos la realidad: los cachorros son arrancados de sus madres a los pocos días de nacer para que estas puedan volver a concebir sin dilación. Y nadie sabe bien qué ocurre con esos adorables bebés de tigre cuando se convierten en adolescentes díscolos.

Tal y como revela nuestra investigación, el sector del turismo se aprovecha del amor de la gente por los animales mientras los explota con ánimo de lucro desde que nacen hasta que mueren. Con los artículos de este mes sobre el bienestar animal y el trabajo continuado de nuestro equipo de Wildlife Watch confiamos en prestar a este tema tan importante como complejo la atención que merece. Es el primer paso para garantizar que la historia de los animales tenga un verdadero final feliz.

Publicado en la revista National Geographic de mayo de 2019.

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