Capítulo del libro 'El cuerpo humano' de Bill Bryson:

"Cuando las cosas se ponen feas: las enfermedades"

Te traemos en exclusiva uno de los capítulos del último libro del divulgador Bill Bryson, 'El cuerpo humano: guía para ocupantes' (RBA Libros), que habla precisamente de un tema de moda: las enfermedades. ¿Qué es una epidemia? ¿Qué otras enfermedades han provocado epidemias en la historia? ¿Qué diferentes bacterias y virus han puesto en jaque al ser humano?

Portada del libro 'El Cuerpo Humano: guía para ocupantes'.

Portada del libro 'El Cuerpo Humano: guía para ocupantes'.

Parte I

En el otoño de 1948, los habitantes de la pequeña ciudad de Akureyri, en la costa norte de Islandia, empezaron a contraer una enfermedad que al principio se creyó que era poliomielitis, pero que luego resultó no serlo.1 Entre octubre de 1948 y abril de 1949 enfermaron casi 500 personas de una población de 9.600. Los síntomas eran asombrosamente diversos: dolores musculares, dolores de cabeza, nerviosismo, inquietud, depresión, estreñimiento, trastornos del sueño, pérdida de memoria, y una sensación de sentirse indispuesto indefinida, aunque bastante acusada. La enfermedad no mataba a nadie, pero sí hacía que casi todas las víctimas se sintieran fatal, a veces durante meses. La causa del brote fue un misterio. Todas las pruebas realizadas para detectar agentes patógenos dieron resultado negativo. La enfermedad era tan peculiarmente específica de la localidad que pasaría a conocerse como la enfermedad de Akureyri.

Durante alrededor de un año no ocurrió nada más. Luego empezó a haber brotes en otros lugares curiosamente distantes: Louisville, en Kentucky; Seward, en Alaska; Pittsfield y Williamstown, en Massachusetts; o una pequeña comunidad agrícola del extremo norte de Inglaterra llamada Dalston. En total, durante la década de 1950, se registraron un total de 10 brotes en Estados Unidos y 3 en Europa. Los síntomas eran muy similares en todas partes, pero a menudo presentaban peculiaridades locales. En algunos lugares, la gente decía que se sentía inusualmente deprimida o somnolienta, o experimentaba sensibilidad muscular en zonas muy localizadas. A medida que la enfermedad proliferaba, iba recibiendo nuevos nombres, como síndrome posviral, poliomielitis atípica, o neuromiastenia epidémica, que es la denominación más habitual actualmente. Por qué los brotes no irradiaban a las comunidades vecinas y, en lugar de ello, saltaban a través de grandes extensiones geográficas era solo uno de los numerosos aspectos desconcertantes de la enfermedad.

Prácticamente la totalidad de los brotes apenas atrajeron poco más que la atención local; pero en 1970, después de varios años de inactividad, la epidemia reapareció en la base de la Fuerza Aérea Lackland, en Texas, y esta vez los investigadores médicos empezaron finalmente a analizarla de forma más minuciosa, aunque hay que decir que no mucho más productiva. El brote de Lackland enfermó a 221 personas, la mayoría de ellas durante aproximadamente una semana, pero en algunos casos hasta todo un año. A veces solo enfermaba una persona en un departamento determinado, mientras que en otros casos lo hacía casi todo el personal. La mayoría de las víctimas se recuperaron por completo, pero algunas experimentaron recaídas semanas o meses después. Como de costumbre, no había nada en el brote que encajara en ningún patrón lógico, y todas las pruebas de detección de agentes bacterianos o virales resultaron negativas. Muchas de las víctimas eran niños demasiado pequeños para ser sugestionables, lo que descartaba la histeria, la explicación más común para justificar brotes masivos de otro modo inexplicables. La epidemia duró poco más de dos meses; luego cesó (aparte de las recaídas) y no se repitió jamás. Un informe publicado en el Journal of the American Medical Association concluía que las víctimas habían sufrido una «enfermedad sutil, pero, no obstante, primordialmente orgánica, cuyos efectos pueden incluir la exacerbación de una enfermedad psicogénica subyacente». Lo cual es otra forma de decir: «No tenemos ni idea».

Las enfermedades infecciosas, como veremos, son bastante curiosas. Algunas se comportan erráticamente como la enfermedad de Akureyri, surgiendo de forma aparentemente aleatoria, y luego permanecen en silencio durante un tiempo antes de aparecer de nuevo en otro lugar. Otras avanzan por el paisaje como un ejército conquistador. El virus del Nilo Occidental apareció en Nueva York en 1999, y al cabo de cuatro años ya había cubierto todo el territorio estadounidense. Algunas enfermedades causan estragos y luego se retiran discretamente, a veces durante años, y ocasionalmente para siempre. Entre 1485 y 1551, Gran Bretaña fue devastada en repetidas ocasiones por una aterradora enfermedad que pasaría a conocerse como sudor inglés, y que mató a un incontable número de personas. Luego desapareció de repente y nunca más se ha vuelto a saber de ella. Doscientos años después apareció en Francia otra enfermedad muy similar que recibió el nombre de sudor de Picardía. Luego también esta se desvaneció. No tenemos ni idea de dónde ni cómo se incubó, por qué desapareció cuando lo hizo, o dónde podría estar ahora.

Este tipo de brotes desconcertantes, especialmente los de pequeña extensión, son más comunes de lo que uno creería. En Estados Unidos, cada año enferman unas 6 personas —preponderantemente en el norte de Minesota— a causa del virus Powassan. Algunas víctimas únicamente experimentan síntomas leves parecidos a los de la gripe, pero otras sufren daños neurológicos permanentes; alrededor del 10 % de ellas mueren. No hay cura ni tratamiento. En el invierno de 2015-2016, en Wisconsin, un total de 54 personas de 12 condados distintos enfermaron a causa de una infección poco conocida debida a una bacteria llamada Elizabethkingia; 15 de las víctimas fallecieron.

Elizabethkingia es un microbio del suelo común, pero raramente infecta a las personas. Nadie sabe a ciencia cierta por qué se desbocó de repente en una amplia extensión de aquel estado y luego se detuvo. La tularemia, una enfermedad infecciosa transmitida por garrapatas, mata a unas 150 personas al año solo en Estados Unidos, pero lo hace con una variabilidad inexplicable: en los once años transcurridos entre 2006 y 2016, mató a 232 personas en Arkansas, pero solo a una en la vecina Alabama, a pesar de las abundantes similitudes entre ambos estados en cuanto al clima, el sotobosque y las poblaciones de garrapatas. Y la lista continúa.

Probablemente ningún caso ha resultado más difícil de explicar que el virus de Bourbon, llamado así por el condado de Kansas donde apareció por primera vez en 2014. En la primavera de ese año, John Seested, un hombre sano de mediana edad de Fort Scott, a unos 150 kilómetros al sur de Kansas City, estaba trabajando en su propiedad cuando notó que le había picado una garrapata. Al cabo de un tiempo, empezó a sentirse dolorido y febril. Al ver que sus síntomas no remitían, fue ingresado en un hospital local, donde le administraron doxiciclina, un medicamento específico para las infecciones por picadura de garrapata, pero no le hizo efecto. Durante uno o dos días más, el estado de Seested fue empeorando constantemente. Luego sus órganos empezaron a fallar. Murió al undécimo día.

El virus de Bourbon, como pasaría a conocerse, era un tipo de virus completamente nuevo. Provenía de un grupo denominado thogotovirus, que son endémicos de diversas regiones de África, Asia y Europa oriental, pero esta cepa en particular era totalmente novedosa. La razón de que apareciera de repente en pleno centro de Estados Unidos es un misterio. La enfermedad no afectó a nadie más en Fort Scott ni en ningún otro lugar de Kansas, pero, un año después, un hombre que vivía en Oklahoma, a 400 kilómetros de distancia, contrajo la misma dolencia. Desde entonces se han detectado al menos otros 5 casos. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos se muestran curiosamente reticentes a dar cifras, y únicamente han declarado que «a fecha de junio de 2018 se ha identificado un número limitado de casos de enfermedad por el virus de Bourbon en el Medio Oeste y el sur de Estados Unidos», una forma un tanto extraña de informar al respecto, puesto que resulta evidente que no hay límite en el número de infecciones que cualquier enfermedad puede causar. El caso confirmado más reciente en el momento de redactar estas líneas era el de una mujer de sesenta y ocho años a la que picó una garrapata mientras trabajaba en el Parque Estatal de Meramec, en el este de Misuri, y que murió poco después.

Es posible que todas estas escurridizas enfermedades infecten a muchas más personas, pero no de una forma lo bastante grave como para advertirlo. «Si los médicos no realizan pruebas de laboratorio diseñadas específicamente para detectar esta infección, la pasarán por alto», declaraba en 2015 un científico de los CDC a un periodista de la cadena de radio NPR, haciendo referencia en este caso al virus Heartland, otro misterioso agente patógeno6 (lo cierto es que estos son bastante numerosos). A finales de 2018, el virus Heartland había infectado a unas 20 personas y había matado a un número desconocido de ellas desde su aparición en las inmediaciones de la ciudad de St. Joseph, Misuri, en 2009. Pero hasta el momento lo único que sabemos con certeza es que estas enfermedades solo infectan a unos pocos desafortunados muy alejados entre sí y sin vínculos conocidos entre ellos.

A veces, lo que parecía una nueva enfermedad resulta no ser nueva en absoluto. Eso fue lo que ocurrió en 1976, cuando los asistentes a una convención de la Legión Estadounidense celebrada en el hotel Bellevue-Stratford de Filadelfia, Pensilvania, empezaron a enfermar por una dolencia que ningún experto era capaz de identificar. Al poco tiempo, muchos de ellos estaban moribundos. En cuestión de unos días, 34 habían muerto, mientras que otros 190 más o menos seguían enfermos, algunos gravemente. Un factor de desconcierto adicional fue que aproximadamente una quinta parte de las víctimas no habían puesto un pie en el hotel, sino que solo habían pasado por delante. Los epidemiólogos de los CDC tardaron un par de años en identificar a la culpable, una nueva bacteria de un género al que denominaron Legionella. Se había extendido a través de los conductos de aire acondicionado del hotel. Los desafortunados transeúntes se habían infectado al pasar por delante de la salida de aire exterior.

Solo mucho después se advirtió que la Legionella era casi con toda certeza la responsable de otros brotes igualmente inexplicables producidos en Washington en 1965 y en Pontiac, Michigan, en 1968. De hecho, resultó que el propio hotel Bellevue-Stratford había sufrido un brote más reducido y menos letal de casos de neumonía un par de años antes, durante una convención de la sociedad conocida como Orden Independiente de Odd Fellows; pero ese caso apenas había sido objeto de atención, puesto que nadie había muerto. Hoy sabemos que la Legionella es una bacteria frecuente en el suelo y en el agua dulce, y la llamada enfermedad del legionario ha resultado ser más común de lo que la mayoría de la gente cree.8 Solo en Estados Unidos se detectan alrededor de una docena de brotes cada año; unas 18.000 personas enfermaron lo bastante como para requerir hospitalización, aunque los CDC creen que probablemente la cifra real de casos es mayor.

Lo mismo sucedió con la enfermedad de Akureyri: según revelaron investigaciones posteriores, se habían producido brotes similares en Suiza en 1937 y 1939, y probablemente también en Los Ángeles en 1934 (donde se tomó por una forma leve de poliomielitis).9 Se ignora dónde estuvo antes, si es que estuvo en algún sitio.

Que una enfermedad se convierta o no en epidemia depende de cuatro factores: su grado de letalidad, su capacidad para encontrar nuevas víctimas, lo fácil o difícil que sea de contener y lo susceptible que resulte a las vacunas. La mayoría de las enfermedades realmente aterradoras no suelen tener los cuatro factores a su favor; de hecho, con frecuencia, las mismas cualidades que las hacen aterradoras las tornan también ineficaces a la hora de propagarse. El Ébola, por ejemplo, es tan terrible que toda la población del área de infección huye ante su presencia, haciendo todo lo posible para escapar al contagio. Además, incapacita a sus víctimas muy deprisa, por lo que la mayoría se retiran de la circulación antes de que puedan propagar la enfermedad. El Ébola es casi absurdamente infeccioso: una sola gotita de sangre no más grande que esta «o» puede contener 100 millones de partículas del virus, cada una de las cuales es tan letal como una granada de mano; pero su potencial destructivo se ve frenado por su torpe capacidad de propagación.

El virus de más éxito, pues, es aquel que no mata con excesiva eficacia, de modo que puede circular ampliamente. Eso es justo lo que hace que la gripe sea una perenne amenaza. Una gripe típica hace que sus víctimas sean infecciosas durante aproximadamente un día antes de mostrar los síntomas y alrededor de una semana después de recuperarse, lo que convierte a cada una de sus víctimas en un vector de

transmisión. La pandemia de gripe española de 1918 acumuló una cifra global de decenas de millones de muertos —según algunas estimaciones, hasta 100 millones— no por ser especialmente letal, sino por ser persistente y altamente transmisible. Se calcula que solo mató aproximadamente al 2,5% de sus víctimas. El Ébola resultaría más eficaz, y a la larga más peligroso, si mutara en una versión más suave que no generara tanto pánico en las comunidades y facilitara que las víctimas se mezclaran con sus desprevenidos vecinos.

Eso, obviamente, no es razón para caer en la autocomplacencia. El Ébola no se identificó formalmente hasta la década de 1970, y hasta hace poco todos sus brotes habían sido aislados y de corta duración; pero en 2013 se extendió a tres países: Guinea, Liberia y Sierra Leona, donde infectó a 28.000 personas y mató a 11.000. Eso ya es un brote importante. En varias ocasiones, gracias a los viajes aéreos, ha escapado a otros países, aunque afortunadamente se le ha podido contener en todos los casos. Pero puede que no siempre tengamos tanta suerte. La hipervirulencia hace que sea menos probable que las enfermedades se propaguen, pero no es garantía de que no lo hagan.

En realidad, es extraordinario que no haya desgracias más a menudo. Según un cálculo publicado por Ed Yong en la revista Atlantic, el número de virus de las aves y mamíferos que tienen el potencial de saltar la barrera de la especie e infectarnos también a nosotros puede ser de hasta 800.000. Eso supone un gran peligro potencial.

Parte II

A veces se dice —solo medio en broma— que la peor iniciativa de la historia desde la perspectiva de la salud fue la invención de la agricultura. Jared Diamond la ha calificado como «una catástrofe de la que jamás nos hemos recuperado». Paradójicamente, la actividad agropecuaria no trajo consigo mejores dietas, sino que, por el contrario, las empobreció casi en todas partes. Limitarse a una gama más reducida de alimentos básicos hizo que la mayoría de las personas sufrieran al menos algunas deficiencias dietéticas, sin ser necesariamente conscientes de ello. Además, vivir cerca de animales domésticos hizo que sus enfermedades fueran las nuestras. La lepra, la peste, la tuberculosis, el tifus, la difteria, el sarampión, las gripes..., todo ello saltó de las cabras, cerdos, vacas y demás directamente a nosotros. Según ciertos cálculos, aproximadamente el 60 % de todas las enfermedades infecciosas son zoonóticas (es decir, de origen animal). La actividad agropecuaria comportó el surgimiento del comercio, la lectoescritura y los frutos de la civilización, pero también nos trajo milenios de caries dentales, retrasos en el crecimiento y mala salud.

A menudo olvidamos cuán devastadoras resultaban muchas enfermedades hasta hace relativamente poco. Tomemos el caso de la difteria. En Estados Unidos, por ejemplo, en la década de 1920 —cuando todavía no se había encontrado una vacuna— afectó a más de 200.000 personas al año, matando a 15.000 de ellas. Los niños eran especialmente susceptibles a la enfermedad. Por regla general, empezaba con una ligera fiebre y dolor de garganta, de modo que en un primer momento se confundía fácilmente con un resfriado; pero pronto se volvía mucho más grave a medida que se acumulaban células muertas en la garganta, formando una capa membranosa (el término «difteria» proviene del griego diphthéra, «membrana») que hacía que resultara cada vez más difícil respirar, y la enfermedad se propagaba por todo el cuerpo dañando los órganos uno a uno. Habitualmente, la víctima fallecía al poco tiempo. Hubo muchos casos de padres que perdieron a todos sus hijos en un solo brote. Hoy en día, la difteria se ha hecho tan rara —en Estados Unidos, por ejemplo, solo se han detectado cinco casos en el último decenio— que muchos médicos tendrían dificultades para reconocerla.

La fiebre tifoidea no era menos aterradora, y causaba como mínimo el mismo sufrimiento. El gran microbiólogo francés Louis Pasteur supo entender la naturaleza de los agentes patógenos mejor que nadie en su época, pero, aun así, perdió a tres de sus cinco hijos a causa de la fiebre tifoidea. Esta última y el tifus tienen nombres y síntomas similares, pero son enfermedades distintas. Ambas son de origen bacteriano y se caracterizan por presentar dolor abdominal agudo, apatía y cierta tendencia a la confusión. El causante del tifus es un bacilo del género Rickettsia, mientras que la fiebre tifoidea la causa un tipo de Salmonella, y es la más grave de las dos. Una pequeña proporción de las personas infectadas con fiebre tifoidea —entre el 2 y el 5 %— son infecciosas, pero no tienen síntomas de la enfermedad, lo que las convierte en vectores de transmisión altamente eficaces, aunque casi siempre inconscientes. El más famoso de todos los transmisores fue una oscura cocinera y ama de llaves llamada Mary Mallon, que se haría célebre en los primeros años del siglo xx con el apodo de María Tifoidea.

Casi nada se sabe de sus orígenes. En su época se dijo indistintamente que era irlandesa, inglesa o estadounidense. Lo único que sabemos con certeza es que desde joven Mary trabajó en diversos hogares acomodados, principalmente en el área de Nueva York, y dondequiera que fuera siempre ocurrían dos cosas: la gente contraía la fiebre tifoidea, y Mary desaparecía abruptamente. En 1907, después de un brote particularmente grave, fue localizada y examinada, y a raíz de ello se convirtió en el primer caso detectado de portador asintomático; es decir, que era infecciosa, pero no padecía los síntomas. Eso la hacía tan temible que durante tres años estuvo retenida bajo custodia preventiva en contra de su voluntad. Finalmente la liberaron después de prometer que no volvería a realizar una actividad laboral que implicara manipular comida. Por desgracia, Mary no era precisamente una persona muy fiable, y casi de inmediato empezó a trabajar de nuevo en los fogones, extendiendo la fiebre tifoidea a varias localidades nuevas. Se las ingenió para eludir su captura hasta 1915, cuando 25 personas contrajeron fiebre tifoidea en el Hospital de Mujeres Sloane de Manhattan, donde Mary había estado trabajando como cocinera bajo un nombre falso. Dos de las víctimas murieron. Mary huyó, pero, tras ser capturada de nuevo, pasaría el resto de su vida bajo arresto domiciliario en la pequeña isla de North Brother, en el East River, donde moriría en 1938, veintitrés años después. Era personalmente responsable de al menos 63 casos de fiebre tifoidea y de 3 muertes confirmadas, aunque posiblemente la cifra real sea muy superior. La particular tragedia de este caso es que podría haber salvado a sus desafortunadas víctimas si simplemente se hubiera lavado las manos antes de manipular alimentos.

Puede que hoy la fiebre tifoidea no suscite la misma inquietud que antes, pero todavía afecta a más de 20 millones de personas al año en todo el mundo, y mata a un número que oscila entre 200.000 y 600.000 según las estadísticas que se utilicen como referencia. Se calcula que en Estados Unidos se producen 5.750 casos cada año; de ellos, aproximadamente las dos terceras partes tienen su origen en otros países, pero hay cerca de 2.000 casos en los que la enfermedad se contrae en el propio territorio estadounidense.

Si uno quiere hacerse una idea de lo que puede llegar a hacer una enfermedad cuando todos y cada uno de sus aspectos adoptan la peor forma posible, no hay mejor ejemplo que el de la viruela. Esta constituye casi con certeza la enfermedad más devastadora en toda la historia de la humanidad. Infectaba a casi todas las personas que se veían expuestas a ella y mataba aproximadamente al 30 % de sus víctimas. Se cree que solo en el siglo XX se cobró unos 500 millones de vidas. La asombrosa capacidad de infección de la viruela quedó vívidamente de relieve en 1970, en Alemania, cuando un joven turista desarrolló la enfermedad tras regresar de un viaje a Pakistán. Fue hospitalizado y sometido a cuarentena, pero un día abrió la ventana de su habitación para fumarse un cigarrillo a escondidas, y al parecer eso bastó para infectar a otras 17 personas, algunas de ellas situadas a dos pisos de distancia.

La viruela solo infecta a los humanos, y esa resultaría ser su fatal debilidad. Otras enfermedades infecciosas —especialmente la gripe— pueden desaparecer de las poblaciones humanas, pero mantenerse latentes, por así decirlo, en las aves, los cerdos u otros animales. La viruela, en cambio, no disponía de un refugio así para retirarse mientras los humanos la perseguían hasta arrinconarla gradualmente en zonas cada vez más pequeñas del planeta. En algún momento del pasado remoto había perdido la capacidad de infectar a otros animales para centrarse exclusivamente en los humanos. Al final resultó que había elegido al enemigo equivocado.

Actualmente, la única forma en que los humanos podemos contraer la viruela es provocándonosla nosotros mismos. Lamentablemente, eso es algo que ha ocurrido. En 1978, en la Universidad de Birmingham, una fotógrafa médica llamada Janet Parker regresó a casa del trabajo una tarde de finales del verano quejándose de un tremendo dolor de cabeza. Pronto empezó a encontrarse muy mal: febril, delirante y cubierta de pústulas. Había contraído la viruela a través de un conducto de ventilación de un laboratorio situado un piso por debajo de su oficina. Allí, un virólogo llamado Henry Bedson había estado estudiando una de las últimas muestras de viruela del planeta que todavía estaba permitido usar con fines de investigación. Trabajaba frenéticamente, puesto que había una fecha límite después de la cual sus propias existencias serían destruidas, y, evidentemente, eso le hizo ser descuidado a la hora de manipularlas de forma segura. La pobre Janet Parker murió unas dos semanas después de verse expuesta a la viruela: fue la última persona en caer víctima de la enfermedad. En realidad, se había vacunado contra la viruela doce años antes, pero esta vacuna tiene una duración limitada. Cuando Bedson se enteró de que la viruela había escapado de su laboratorio y había matado a una persona inocente, se dirigió al cobertizo que tenía en su jardín y se suicidó, por lo que, en cierto sentido, también se le podría considerar la última víctima de la viruela. La sala del hospital en la que se trató a Parker se mantuvo sellada durante cinco años.

Dos años después de la terrible muerte de Parker, el 8 de mayo de 1980, la Organización Mundial de la Salud anunció que la viruela había sido erradicada de la faz de la Tierra: era la primera y hasta ahora la única enfermedad humana considerada extinta. Oficialmente solo quedan dos reservas de viruela en el mundo, conservadas en congeladores bajo control gubernamental en los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos en Atlanta, Georgia, y en un instituto de virología ruso situado en las inmediaciones de Novosibirsk, en Siberia. Ambos países han prometido en varias ocasiones destruir esas últimas existencias, pero hasta el momento no lo han hecho. En 2002, la CIA afirmó que probablemente también había existencias en Francia, Irak y Corea del Norte. Nadie sabe tampoco a ciencia cierta si hay otras muestras que pueden haber sobrevivido accidentalmente, y, si las hay, cuántas son. En 2014, una persona que examinaba una zona de almacenamiento en un edificio de la Food and Drug Administration de Estados Unidos en Bethesda, Maryland, encontró viales de viruela que databan de la década de 1950, pero que todavía eran viables. Los viales fueron destruidos, pero aquel fue un inquietante recordatorio de cuán fácilmente se puede pasar por alto la existencia de ese tipo de muestras.

Con la viruela desaparecida, la tuberculosis es hoy la enfermedad infecciosa más mortífera del planeta. Cada año mueren entre 1,5 y 2 millones de personas por su causa. Es otra enfermedad que la mayoría de nosotros ignoramos, pero hace solo un par de generaciones era devastadora. En un artículo publicado en la New York Review of Books en 1978, el médico y escritor estadounidense Lewis Thomas recordaba lo inútiles que resultaban todos los tratamientos para la tuberculosis en la década de 1930, cuando él era estudiante de medicina. Cualquiera podía contraer la enfermedad —señalaba—, y realmente no había nada que uno pudiera hacer para protegerse de la infección: si la cogías, estabas perdido. «La parte más dura de la enfermedad, tanto para el paciente como para la familia, era que se tardara tanto en morir —escribía Thomas—. El único alivio era un fenómeno curioso cerca del final, conocido como spes phthisica, en que el paciente de repente se volvía optimista y esperanzado, e incluso ligeramente eufórico. Esa era la peor de las señales: la spes phthisica significaba que la muerte era inminente».

Como flagelo, la tuberculosis empeoró con el paso del tiempo. Hasta finales del siglo xix se la denominaba tisis (un término que etimológicamente significa «consunción»), y se creía que era hereditaria. Pero cuando el microbiólogo Robert Koch descubrió el bacilo que llevaría su nombre en 1882, la comunidad médica comprendió que se trataba inequívocamente de una enfermedad infecciosa —una cualidad mucho más inquietante tanto para los seres queridos como para los cuidadores de los enfermos—, y pasó a conocerse de forma generalizada como tuberculosis. Antes se enviaba a las víctimas a sanatorios por su propio bien; ahora había una necesidad más acuciante de alejarlos.

Casi en todas partes se sometía a los pacientes a un duro régimen. En algunas instituciones, los médicos reducían la capacidad pulmonar de los pacientes seccionándoles los nervios del diafragma (un proceso conocido como aplastamiento frénico) o inyectando gas en la cavidad torácica para que los pulmones no pudieran llenarse del todo. En otras, como el sanatorio de Frimley, en Inglaterra, los responsables probaron la táctica opuesta: se proporcionaba picos a los internos y se les obligaba a realizar un trabajo tan duro como inútil en la creencia de que eso fortalecería sus agotados pulmones. Ninguna de las dos prácticas hacía, ni podía hacer, el más mínimo bien.

Sin embargo, en la mayoría de los lugares, el enfoque adoptado consistía simplemente en mantener a los pacientes muy quietos para tratar de evitar que la enfermedad se propagara de los pulmones a otras partes del cuerpo. Los pacientes tenían prohibido hablar, escribir cartas, o incluso leer libros o periódicos por temor a que su contenido las causara una innecesaria excitación. La escritora estadounidense Betty MacDonald, en su libro The Plague and I, una obra publicada en 1948 que alcanzó una gran popularidad y cuya lectura sigue resultando amena, describía sus propias experiencias en un sanatorio para tuberculosos en el estado de Washington, explicando que tanto ella como los demás internos solo podían recibir visitas de sus hijos una vez al mes durante diez minutos, y de sus cónyuges y otros adultos durante dos horas los jueves y domingos. A los pacientes no se les permitía charlar o reír sin necesidad, ni cantar bajo ninguna circunstancia. Se les ordenaba permanecer completamente inmóviles durante la mayor parte del día, y tenían prohibido agacharse o alargar los brazos para alcanzar cosas.

Si hoy la tuberculosis está fuera del radar para la mayor parte de quienes vivimos en países industrializados, es gracias a que el 95 % de sus más de un 1,5 millones de muertes anuales se producen en países de renta baja o media. Aproximadamente, 1 de cada 3 habitantes del planeta es portador de la bacteria de la tuberculosis, aunque solo una pequeña proporción contrae la enfermedad. Sin embargo, esta todavía sigue presente. Solo en Estados Unidos mueren cada año 700 personas de tuberculosis. Asimismo, algunos distritos londinenses tienen tasas de infección casi equiparables a las de Nigeria o Brasil. Otro hecho no menos alarmante es que las cepas de tuberculosis resistentes a los medicamentos representan el 10 % de los nuevos casos. Entra plenamente dentro de lo posible, pues, que algún día, en un futuro no muy lejano, tengamos que afrontar una epidemia de tuberculosis que la medicina no podrá tratar.

Todavía hay por ahí un montón de enfermedades históricamente formidables a las que no hemos vencido del todo. Incluso la peste bubónica sigue existiendo, aunque cueste creerlo. En Estados Unidos, por ejemplo, se detectan una media de 7 casos al año, y la mayoría de los años se producen 1 o 2 muertes. Hay asimismo muchas enfermedades en el planeta que no afectan a la mayoría de los habitantes de los países desarrollados; enfermedades como la leishmaniosis, el tra-

coma o el pian, de las que pocos de nosotros hemos oído hablar siquiera. Pero el hecho es que estas 3, junto con otras 15, conocidas colectivamente como «enfermedades tropicales desatendidas», afectan a más de 1.000 millones de personas en todo el mundo. Más de 120 millones de personas, por poner solo un ejemplo, sufren de filariasis linfática, una infección parasitaria que causa deformidades; lo que resulta especialmente lamentable en este caso es que un simple compuesto añadido a la sal de mesa podría eliminar la filariasis dondequiera que aparezca. Muchas de las otras enfermedades tropicales desatendidas resultan especialmente horribles. Las lombrices de Guinea crecen hasta alcanzar una longitud de un metro dentro del cuerpo de sus víctimas, y luego escapan agujereando la piel. El único tratamiento, aun hoy, consiste en acelerar el proceso de salida enrollando los gusanos en un palo cuando emergen.

Decir que gran parte de nuestros progresos de cara a combatir estas enfermedades se han conseguido a duras penas es quedarse cortos. Considere, por ejemplo, la contribución del gran parasitólogo alemán Theodor Bilharz (1825-1862), a quien a menudo se considera el padre de la medicina tropical. Consagró toda su carrera —con un constante riesgo para sí mismo— a tratar de conocer y de vencer a algunas de las peores enfermedades infecciosas del mundo. Deseando entender mejor la naturaleza de la esquistosomiasis —una enfermedad auténticamente horrible, antiguamente denominada también bilharziasis o bilharziosis en su honor—, Bilharz se adhirió al vientre pupas del trematodo Schistosoma, el parásito responsable de la enfermedad, y durante los días siguientes tomó detalladas notas mientras estos excavaban su piel para dirigirse al hígado. Sobrevivió a la experiencia, pero murió poco después, con solo treinta y siete años, después de contraer el tifus mientras intentaba ayudar a detener una epidemia de dicha enfermedad en El Cairo. De manera similar, Howard Taylor Ricketts (1871-1910), el patólogo estadounidense descubridor del género bacteriano Rickettsia, fue a México a estudiar el tifus, pero contrajo la enfermedad y murió. Su compatriota Jesse Lazear (1866-1900), de la Facultad de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, viajó a Cuba en 1900 para tratar de demostrar que la fiebre amarilla se transmitía a través de los mosquitos, y una vez allí contrajo la enfermedad —probablemente tras infectarse intencionalmente— y murió. Stanislaus von Prowazek (1875-1915), de Bohemia, recorrió el mundo estudiando las enfermedades infecciosas y descubrió al agente responsable del tracoma, antes de sucumbir al tifus en 1915 mientras trabajaba en un brote producido en una prisión alemana. Y la lista podría seguir. La ciencia médica nunca ha producido a un grupo de investigadores más noble y desinteresado que el de los patólogos y parasitólogos que a finales del siglo xix y principios del xx arriesgaron y —con demasiada frecuencia— perdieron la vida tratando de vencer a las enfermedades más perniciosas del mundo. Se les debería dedicar un monumento en alguna parte.

Parte III

Si bien ya no nos morimos tanto por culpa de las enfermedades transmisibles, hay muchas otras que han venido a ocupar su lugar. Dos tipos de enfermedades en particular resultan más visibles hoy que en el pasado, lo cual se debe, al menos en parte, al hecho de que actualmente hay menos cosas que nos matan primero.

Una son las enfermedades genéticas. Hace veinte años se conocían unas 5.000 de ellas; hoy se conocen 7.000. El número de enfermedades genéticas sigue siendo el mismo; lo que ha cambiado es nuestra capacidad de identificarlas. A veces, un gen malintencionado puede causar un colapso, como en la enfermedad de Huntington, también conocida como corea de Huntington (del griego choreía, «danza»; una referencia extraña y decididamente insensible a los bruscos movimientos de los enfermos de esta dolencia). Es una enfermedad verdaderamente horrible que afecta a 1 de cada 10.000 personas. Los síntomas suelen aparecer cuando la víctima está en la treintena o la cuarentena, y progresan irremisiblemente hasta causar senilidad y muerte prematura. Su origen es una mutación del gen HTT, que produce una proteína llamada huntingtina, una de las más grandes y complejas del cuerpo humano, pero de cuya función no tenemos ni idea.

No obstante, es mucho más frecuente que haya en juego varios genes, habitualmente de formas demasiado complejas para poder entenderlas del todo. Los genes involucrados en la enfermedad inflamatoria intestinal, por ejemplo, superan con creces el centenar. Asimismo, se ha asociado al menos a 40 de ellos con la diabetes tipo 2; yeso antes de empezar a tener en cuenta otros factores determinantes como la salud y el estilo de vida.

La mayoría de las enfermedades tienen una compleja serie de desencadenantes, lo que significa que a menudo resulta imposible establecer su causa. Tomemos, por ejemplo, el caso de la esclerosis múltiple, una enfermedad del sistema nervioso central en la que los pacientes experimentan la aparición gradual de parálisis y pérdida del control motor, que casi siempre comienza antes de los cuarenta años. Su origen es indudablemente genético, pero existe asimismo un elemento geográfico que nadie sabe explicar en absoluto. Así, los habitantes del norte de Europa la padecen con mucha más frecuencia que los de climas más cálidos. Como ha observado David Bainbridge, «No está nada claro por qué un clima templado debería hacerte atacar tu propia médula espinal. Sin embargo, el efecto es evidente, e incluso se ha demostrado que si eres septentrional puedes reducir tu riesgo mudándote al sur antes de la pubertad». También afecta de manera desproporcionada a las mujeres, una vez más sin que nadie haya descubierto todavía ninguna razón para ello.

Por fortuna, la mayoría de las enfermedades genéticas son bastante raras, con frecuencia cada vez más. Una de las víctimas más famosas de un trastorno genético raro fue el artista Henri de Toulouse-Lautrec, que se cree que padecía picnodisostosis. Toulouse-Lautrec fue una persona de proporciones normales hasta la pubertad, pero luego sus piernas dejaron de crecer mientras el tronco seguía haciéndolo hasta alcanzar el tamaño normal de un adulto; debido a ello, cuando estaba de pie, parecía que estuviera de rodillas. Solo se tiene constancia de unos 200 casos de este trastorno en toda la historia. Las enfermedades raras, que se definen como aquellas que no afectan a más de 1 de cada 2.000 personas, encierran una paradoja en sí mismas: aunque cada una por separado no afecte a muchas personas, colectivamente afectan a un gran número de ellas: en total existen alrededor de 7.000 enfermedades raras, tantas que aproximadamente 1 de cada 17 habitantes del mundo desarrollado padece alguna de ellas, una proporción que no puede considerarse «rara» en absoluto. Pero, lamentablemente, mientras una dolencia afecte solo a un pequeño número de personas, es poco probable que reciba excesiva atención en cuanto a investigación. Como resultado, para el 90 % de las enfermedades raras no existe ningún tratamiento eficaz.

Una segunda categoría de trastornos que se han hecho más comunes en los tiempos modernos, y representan un riesgo mucho mayor para la mayoría de nosotros, son las que el profesor Daniel Lieberman, de Harvard, denomina «enfermedades de desajuste», es decir, enfermedades provocadas por el desajuste de nuestro actual estilo de vida indolente y excesivamente indulgente con respecto a nuestro cuerpo. La idea, básicamente, es que nacemos con el cuerpo propio de los cazadores-recolectores, pero luego nos pasamos la vida en el sofá viendo la tele. Si queremos estar sanos, tendríamos que comer y movernos de manera un poco más parecida a como lo hacían nuestros remotos ancestros. Eso no significa que tengamos que comer tubérculos y cazar ñus; pero sí deberíamos consumir muchos menos alimentos procesados y azucarados, reducir las cantidades y hacer más ejercicio. No actuar así es lo que nos está generando trastornos como la diabetes tipo 2 y las enfermedades cardiovasculares que están acabando con tantas vidas. De hecho —señala Lieberman—, en realidad, la atención médica no hace sino empeorar las cosas al tratar los síntomas de las enfermedades de desajuste de una manera tan eficaz que «perpetuamos involuntariamente sus causas». Como él mismo añade con escalofriante franqueza: «Lo más probable es que te mueras por una enfermedad de desajuste». Y lo que resulta aún más escalofriante: él cree que el 70% de las enfermedades que nos matan podrían prevenirse fácilmente solo con que viviéramos de una forma más sensata.

Cuando me reuní con Michael Kinch, de la Universidad Washington en San Luis, le pregunté cuál creía que era la enfermedad que planteaba un mayor riesgo para nosotros actualmente. «La gripe —me respondió sin vacilar—. La gripe es mucho más peligrosa de lo que la gente cree. Para empezar, ya está matando a mucha gente: entre 30.000 y 40.000 personas al año solo en Estados Unidos, y eso en lo que se considera un “buen año”. Pero también evoluciona muy deprisa, y eso es lo que lo hace especialmente peligrosa».

Cada mes de febrero, la Organización Mundial de la Salud, mediante el denominado Sistema Mundial de Vigilancia y Respuesta a la Gripe (integrado por numerosos organismos colaboradores como los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos, o el Centro Europeo para la Prevención y el Control de Enfermedades), decide con qué cepas se va a fabricar la próxima vacuna contra la gripe, generalmente basándose en lo que está sucediendo en Asia Oriental. El problema es que las cepas de gripe son extremadamente variables y tremendamente difíciles de predecir. Probablemente el lector ya sepa que las gripes tienen nombres como H5N1 o H3N2. Ello se debe a que todos los virus de la gripe llevan dos tipos de proteínas en su superficie: hemaglutinina y neuraminidasa, que se representan respectivamente mediante la H y la N de su nombre. H5N1 significa que el virus combina la quinta iteración conocida de la hemaglutinina con la primera iteración conocida de la neuraminidasa, y, por alguna razón, eso da una combinación especialmente fea. «H5N1 es la versión comúnmente conocida como “gripe aviar”, y mata entre el 50 y el 90 % de sus víctimas —explica Kinch—. Por fortuna, no es fácilmente transmisible entre humanos. En lo que va de siglo ha matado a unas cuatrocientas personas, alrededor del 60 % de las que ha infectado. Pero ¡cuidado si le da por mutar!».

Basándose en toda la información disponible, la OMS anuncia su decisión el 28 de febrero, y a partir de ahí todos los fabricantes de vacunas contra la gripe del mundo empiezan a trabajar en la misma cepa. Explica Kinch: «Entre febrero y octubre fabrican la nueva vacuna con la esperanza de que estemos listos para la próxima gran temporada de gripe. Pero cuando surge una nueva gripe realmente devastadora, no hay garantía de que realmente hayamos elegido el virus correcto».

En la temporada 2017-2018, por tomar un ejemplo reciente, las personas que se habían vacunado tuvieron solo un 36% menos de probabilidades de contraer la gripe que las que no lo habían hecho. En consecuencia, fue un mal año para la gripe: solo en Estados Unidos se calcula que murieron 80.000 personas. En el caso de que surgiera una epidemia realmente devastadora —pongamos por caso una que matara a niños o a jóvenes en grandes cantidades—, Kinch cree que no podríamos producir la vacuna con la suficiente rapidez como para poder administrársela a todo el mundo, aunque fuera efectiva.

«Lo cierto —afirma— es que, en realidad, hoy no estamos mejor preparados para afrontar un brote que cuando la gripe española mató a decenas de millones de personas hace cien años. La razón por la que no hemos tenido otra experiencia así no es porque hayamos estado especialmente atentos. Es porque hemos tenido suerte».

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