Prólogo del libro 'Cosmos: mundos posibles'

Carl Sagan y Ann Druyan comenzaron en 1980 la serie Cosmos, un recorrido por la historia de la astronomía y la ciencia. Ahora, con este libro, la guionista y productora estadounidense recorre 14.000 millones de años de evolución cósmica, pasando por los rincones más recónditos de la naturaleza. Aquí podrás leer el prólogo de este nuevo libro que promete hacer las delicias de los amantes de la ciencia.

Redacción

Cosmos. Mundos posibles.

Cosmos. Mundos posibles.

Cosmos. Mundos posibles.

Era una noche lluviosa en Queens cuando el futuro se convirtió en un lugar que podía visitarse. Un aguacero al atardecer no desanimaría a las doscientas mil personas que se habían congregado en Flushing Meadows para la ceremonia inaugural de la Exposición Universal de Nueva York de 1939, cuyo tema era «El mundo del mañana». Antes de su clausura en otoño de 1940, 45 millones de visitantes viajarían a esa tierra de promisión art déco. Uno de ellos era un niño de cinco años cuyos padres eran tan pobres que habían llevado la comida de casa. No podían permitirse gastar 20 centavos en un helado de chocolate cubierto de nata, ni comprar los llaveros y las linternas azules y naranjas de baquelita que su hijo tanto quería. De postre, tendría que conformarse con una manzana traída de casa. Pese a sus rabietas, el niño se fue con las manos vacías, pero con las coordenadas de su trayectoria de vida ya trazadas. En la zona de juegos del Pabellón de la Vida Eléctrica, probó un rayo de luz infrarrojo musical, y quedó encantado. Se había enamorado de aquel lugar llamado futuro, y sabía que el único modo de alcanzarlo era a través de la ciencia. Los sueños son mapas.

Las aspiraciones de ese mundo posible eran tan igualitarias como científicas. De hecho, una de sus comunidades modelo era Democracity, ciudad de la democracia. No había barrios marginales, pero sí un televisor, un procesador de texto y un robot. Fue allí donde, por primera vez, la gente vio cosas que cambiarían su vida.

Esa última noche de abril, el público había asistido para escuchar al máximo exponente de la ciencia desde que Isaac Newton dijera unas palabras. Albert Einstein era el telonero de un espectáculo en el que las fuerzas de la naturaleza realizarían una coreografía como si fueran los nadadores de una función de ballet acuático. Einstein iba a pronunciar un breve discurso de apertura y a encender el interruptor que iluminaría la exposición. El espectáculo prometía ser el mayor destello de luz artificial en la historia técnica, visible en un radio de 64 kilómetros. Algo alucinante, aunque no tanto como la fuente de ese repentino fulgor sin parangón. Al otro lado del río Este, en Manhattan, el profesor W. H. Barton júnior, del Planetario Hayden del Museo Americano de Historia Natural, calibraba los instrumentos que captarían los rayos procedentes de lugares desconocidos del universo y los transformarían en luz, arrebatando el poder al cosmos como Prometeo robó el fuego a los dioses.


Unas décadas antes, el científico Victor Hess había descubierto que el universo extendía su mano varias veces al día para tocar nuestro mundo. Rayos de radiación en forma de partículas cargadas llegaban a la Tierra. Un protón podría contener la energía de una pelota de béisbol lanzada a 96 kilómetros por hora. Se llamaron rayos cósmicos. Se instalaron tres grandes contadores Geiger en el Planetario Hayden al objeto de captar diez rayos cósmicos para la memorable inauguración de la Exposición Universal. Una vez que los contadores atraparan los rayos, la energía sería amplificada, y luego se enviaría a través de una red de cables hasta Queens, donde Einstein y una multitud aguardaban. Los rayos cósmicos suministrarían la energía necesaria para convertir la noche en día, e inundarían de una luz cegadora el nuevo mundo que la ciencia había hecho posible.

Pero antes, Einstein tenía que explicar al público qué eran los rayos cósmicos. Le pidieron que lo hiciera en menos de setecientas palabras. Al principio se negó. «Imposible», pensó. Los rayos cósmicos eran un misterio para Einstein y sus coetáneos y, cuando empecé a escribir este libro, seguía siéndolo para la comunidad científica. No obstante, la ciencia es implacable en sus esfuerzos de investigación, y, mientras terminaba la redacción de este libro, se demostró que los rayos cósmicos provienen de galaxias lejanas y se originan a partir de algunos de los procesos más violentos del universo. Einstein creía que setecientas palabras no bastarían para explicar la complejidad de ese misterioso fenómeno. Sin embargo, dado que era un ferviente partidario del deber científico de comunicarse con el público, aceptó.

Uno debe imaginar esa última noche de abril de 1939, una velada cargada de presagios. El mundo estaba a meses de la invasión alemana de Polonia, el inicio de la Segunda Guerra Mundial, la masacre más brutal de la historia. El pequeño Carl Sagan, de cinco años, se había quedado sin el postre y sin el recuerdo de la Exposición Universal que tanto anhelaba, porque sus padres y el resto de la humanidad estaban sumidos en la pobreza de la peor depresión económica jamás vivida. En Alemania, a raíz de la hiperinflación de la década de 1930, para comprar una barra de pan había que llevar los billetes en una carretilla, y la población, desesperada, se volcaba hacia un demagogo. Y, sin embargo, en un planeta donde 60 millones de personas estaban a punto de morir, y donde decenas de millones más padecerían sufrimientos inimaginables, en un mundo con algunas de las perspectivas más sombrías de la historia de la humanidad, la gente se había congregado en masa para celebrar el futuro.

Mientras el sol se ponía, Einstein se acercó al micrófono. Había cumplido sesenta años de edad el mes anterior, pero llevaba décadas disfrutando de una fama excepcional por haber descubierto nuevas realidades físicas en la mayor escala posible. Durante 2.400 años, desde la época del genio griego Demócrito, los científicos habían teorizado sobre la existencia de unidades invisibles de materia llamadas «átomos», pero nadie había podido probarlo. Con veinticinco años de edad, Einstein proporcionó la primera prueba definitiva de la existencia de los átomos y sus agrupaciones, las moléculas. Incluso calculó sus tamaños. Cuestionó la teoría ondulatoria de la luz y postuló que la luz viajaba en paquetes de partículas llamadas fotones.


Amplió la física clásica con su descubrimiento de la energía inherente a las partículas en reposo. Y comprendió que la gravedad curva la luz. La fórmula que concibió para expresar esa idea es muy conocida, pues constituye la más famosa de las manifestaciones científico-matemáticas. Einstein llevó la ley de gravitación universal de Newton a otro nivel de comprensión al entenderla como una propiedad del espacio-tiempo. Abrió las puertas a la astrofísica moderna y a la exploración de los lugares más oscuros del universo, donde la luz yace prisionera de la gravedad.


Einstein comenzó su discurso. Las personas que esa noche lo escuchaban de pie bajo la lluvia representaban una diminuta fracción de las que seguían el acontecimiento por la radio en Estados Unidos y en el mundo entero. Habló a la multitud sobre Victor Hess, el físico austríaco que había descubierto los rayos cósmicos mediante varios peligrosos viajes en globo realizados entre 1911 y 1913. Einstein dedicó algunas de sus setecientas palabras a recordar al mundo la condición de inmigrante de Hess, «que, como tantos otros, recientemente ha tenido que buscar asilo en este hospitalario país». Siguió explicando lo que los científicos sabían acerca de los rayos cósmicos, y concluyó especulando que esos conocimientos podrían proporcionar la clave para «la estructura más interna de la materia».


La voz de un locutor resonó en la noche de Queens: «Invitamos ahora a los mensajeros interplanetarios a revelar el Mundo del Mañana; el primer rayo que captaremos está a 8 millones de kilómetros, y viaja hacia nosotros a 299.338 kilómetros por segundo». Había empezado el recuento de los rayos cósmicos, que, a medida que iban llegando, se registraban en cada uno de los contadores Geiger. No obstante, cuando llegó el décimo y Einstein encendió el interruptor, el sistema de cableado se colapsó y algunos de los focos explotaron. Aun así, fue magnífico. Se había abierto una vía hacia el futuro. Al día siguiente, The New York Times informó de que, debido al acento de Einstein y la mala acústica de los amplificadores, los asistentes solo pudieron oír las primeras palabras del discurso: «Si la ciencia, como el arte, debe cumplir verdadera y plenamente su misión, sus logros no deben penetrar solo de forma superficial en la conciencia de las personas, sino con su significado interior».


Ese ha sido y será siempre el sueño de Cosmos. Cuando en un paseo aleatorio por YouTube di con las palabras que Einstein pronunció esa noche, que rara vez se citan, hallé el credo de mis cuarenta años de trabajo. Einstein instaba a derribar los muros en torno a la ciencia que han atemorizado y excluido a tantos, a traducir las ideas científicas de la jerga técnica de su sacerdocio al lenguaje llano que todos compartimos, para que podamos tomarlas en serio y que el encuentro personal con las maravillas reveladas nos transforme.


Carl Sagan y yo nos enamoramos en 1977, durante una colaboración para el mensaje interestelar de la sonda Voyager de la NASA. Carl era entonces un célebre astrofísico, comunicador e investigador principal de la misión de exploración de las Voyager. Ya habíamos trabajado en un proyecto televisivo. Nunca llegó a concretarse, pero, a raíz de aquella experiencia conjunta, Carl me pidió que fuera la directora creativa del mensaje que se conocería como el disco de oro.

La visión de Carl era que una vez que la Voyager 1 completara su legendario reconocimiento de lo que entonces se consideraba el sistema solar exterior y enviara la última imagen de Neptuno, debía girar su cámara hacia casa para documentar nuestro mundo. Durante años, llevó a cabo una campaña en solitario dentro de la NASA y se enfrentó a serias objeciones. ¿Qué valor científico podía tener una imagen como esa? Pero Carl estaba convencido de sus posibles efectos transformadores, y no aceptaría un no por respuesta. Cuando la Voyager 1 se elevó por encima del plano de nuestro sistema solar, la NASA se rindió. La sonda tomó las fotos del álbum familiar de los mundos de nuestro sistema solar, incluida una de la Tierra, donde sale tan pequeña que para encontrarla hay que forzar la vista.

La imagen del «punto azul pálido» y la meditación en prosa sobre ella de Carl han cautivado al mundo desde entonces. Son un ejemplo del tipo de progreso que cumple la esperanza que Einstein albergaba para la ciencia. Hemos desarrollado el nivel de inteligencia suficiente como para enviar una nave espacial a 6.000 millones de kilómetros y ordenarle que nos mande una imagen de la Tierra. Ver nuestro mundo como un único píxel en la inmensidad de la oscuridad constituye una declaración de nuestra verdadera situación en el cosmos, una declaración que todos los seres humanos pueden entender. No hacen falta estudios superiores. En esa foto, el «significado interior» de cuatro siglos de investigación astronómica se desvela de un vistazo. Esa imagen es ciencia y arte al mismo tiempo, pues tiene el poder de llegar al alma y alterar nuestra conciencia. Es como un buen libro, una buena película o una gran obra de arte. Traspasa nuestra negación y nos permite experimentar la realidad, una realidad a la que algunos nos hemos resistido durante mucho tiempo.

Un mundo tan pequeño no puede ser el centro de un cosmos que abarca todo cuanto existe, ni mucho menos el único centro de atención de su creador. El punto azul pálido es una reprimenda al fundamentalismo, al nacionalismo, al militarismo, a la contaminación… a todo el que no priorice la protección de nuestro planeta y la vida que sustenta en la fría e inmensa oscuridad. No es posible rehuir el «significado interior» y más profundo de ese logro científico.

Cuando Carl y yo empezamos a escribir el primer Cosmos con el astrónomo Steven Soter, en 1980, no conocíamos esa cita de Einstein.Solo sentíamos la apremiante necesidad de compartir el portentoso poder de la ciencia, de transmitir la elevación espiritual del universo que revela y de difundir las alarmas que Carl, Steve y otros científicos hacían sonar sobre nuestro impacto en el planeta. Cosmos dio voz a esos presagios, aunque también estaba repleto de esperanza, de un sentido de autoestima humana derivado, en parte, de la búsqueda de nuestro camino en el universo y el coraje de los científicos que se atrevieron a revelar y expresar verdades prohibidas.

La premiada serie televisiva y el libro original Cosmos, ambos de 1980, fueron muy bien recibidos por cientos de millones de personas en todo el mundo. Según la Biblioteca del Congreso, es uno de los «88 libros más influyentes de Estados Unidos», y ha sido incluido en la misma categoría que El sentido común, El federalista, Moby Dick, hojas de hierba, El hombre invisible y Primavera silenciosa. Fue con cierto grado de temor que, doce años después de la muerte de Carl, me dispuse a emprender, junto con Steve, otra serie de 13 horas de duración: Cosmos: una odisea en el espacio-tiempo. Mi peor temor durante los seis años que tardé en escribir y producir la serie era que mis limitaciones personales no hicieran justicia a Carl, a quien quiero y admiro infinitamente.

Esta, mi tercera serie de viajes en la nave de la imaginación, marca mi cuadragésimo aniversario como autora de Cosmos. La nave y el calendario cósmico no son los únicos artefactos de vuelos anteriores. Algunos tropos, anécdotas y herramientas didácticas poseen, en mi opinión, un poder explicativo inigualable, de modo que los he traído también en este viaje. Inevitablemente, habrá algunas repeticiones y superposiciones de conceptos que Carl y yo ya explicamos; no obstante, hoy son más urgentes que nunca. Me siento bendecida, una vez más, por contar con colaboradores brillantes; aún me preocupa no dar la talla. Con todo, los tiempos me impelen hacia delante. Todos sentimos el miedo que nuestro presente proyecta sobre nuestro futuro. Una parte de nosotros sabe que debemos abrir los ojos y actuar, o condenaremos a nuestros hijos a peligros y dificultades que nosotros mismos nunca hemos tenido que enfrentar. ¿Cómo despertar del sonambulismo que conduce a catástrofes climáticas o nucleares irreversibles, capaces de destruir nuestra civilización y una infinidad de otras especies? ¿Cómo aprender a valorar aquellas cosas sin las cuales no podríamos vivir —el aire, el agua, el tejido sustentador de la vida en la Tierra, el futuro— más de lo que valoramos el dinero y la conveniencia a corto plazo? Solo el despertar espiritual global puede transformarnos en lo que debemos ser.

La ciencia, como el amor, es un medio hacia esa trascendencia, hacia esa experiencia de unidad por estar plenamente vivos. El enfoque científico de la naturaleza y mi comprensión del amor son lo mismo: el amor nos pide que trascendamos las proyecciones pueriles de nuestros miedos y esperanzas personales y que abracemos la realidad del otro. Ese tipo de amor inquebrantable no deja nunca de atreverse a ir más allá. Precisamente así quiere la ciencia a la naturaleza. Esa falta de un destino final, de una verdad absoluta, hace de la ciencia una metodología meritoria de la búsqueda sagrada. Es una lección interminable de humildad. La inmensidad del universo —y el amor, que hace tolerable esa inmensidad— está fuera del alcance de los arrogantes. Este cosmos solo admite a aquellos que escuchan con atención la voz interior que nos recuerda que podríamos estar equivocados. Lo real debería importarnos más que lo que queremos creer. Pero ¿cómo diferenciarlo? Conozco una forma de levantar el velo de la oscuridad que nos impide experimentar la naturaleza en su totalidad. Son las reglas básicas del método científico: poned a prueba las ideas por medio de experimentos y observaciones; desarrollad las ideas que pasen la prueba; descartad las que no lo hagan; seguid las pruebas dondequiera que os lleven; y cuestionadlo todo, incluso la autoridad. Haced esto y el cosmos será vuestro.

Si la serie de peregrinaciones hacia la comprensión de nuestras circunstancias actuales en el universo, el origen de la vida y las leyes de la naturaleza no son búsquedas espirituales, entonces, no sé qué podría serlo. No soy científica, solo una cazadora recolectora de historias. Las que más atesoro son las de los buscadores que nos han ayudado a encontrar nuestro camino en el gran océano oscuro, y las islas de luz que nos han dejado. He aquí las historias de los buscadores que se atrevieron a aventurarse en el océano infinito del cosmos. Visitemos juntos los mundos que descubrieron: los mundos perdidos, los que están floreciendo y los que aún están por venir.

En las páginas que siguen, quiero contaros la historia del genio que envió una carta al futuro y que, cincuenta años después, guió la exitosa misión Apolo a la Luna. Y la del científico que estableció contacto con una forma de vida ancestral que, como nosotros, se comunica a través de un lenguaje simbólico. Esos seres que hacen cálculos matemáticos con fundamentos físicos y astronómicos viven en una democracia consensuada que no tiene parangón con la nuestra.

Quiero llevaros a los mundos que la ciencia nos ha permitido imaginar, revivir e incluso visitar: uno donde llueven diamantes y otro donde pudo haber comenzado la vida en nuestro planeta, una antigua ciudad en los fondos abisales. Quiero que seáis testigos de una de las relaciones estelares más íntimas del cosmos: dos estrellas fundidas en un abrazo perpetuo, unidas por un puente incandescente de 12 millones de kilómetros de longitud. Adentrémonos juntos en las profundidades de la red terrestre mundial, una colaboración ancestral entre los reinos de la vida. Quiero hablaros de un científico poco conocido que proporcionó la clave de un mundo perdido. Ese mismo hombre descubrió hace más de doscientos años un agujero lógico en la realidad que aún no ha podido ser explicado, pese a los grandes esfuerzos de Einstein. Más conmovedora para mí es la pasión de un hombre que escogió una muerte lenta y terrible a manos de uno de los asesinos más aterradores de la historia. Podría haberse salvado diciendo una mentira científica. Pero no pudo hacerlo. Sus discípulos lo acompañaron voluntariamente hasta el martirio para proteger algo que para ellos no debe haber sido más que una abstracción: las generaciones venideras. Nosotros.

Y llegamos al mundo posible más emocionante de todos: el futuro que todavía podemos forjar en la Tierra. La mala utilización de la ciencia pone en peligro nuestra civilización; no obstante, la ciencia también posee poderes redentores. Puede limpiar una atmósfera planetaria sobrecargada de dióxido de carbono. Puede neutralizar los contaminantes que hemos diseminado tan descuidadamente. En una sociedad que aspira a convertirse en una democracia, un público consciente y motivado puede hacer realidad ese mundo posible. Estas son las historias que más optimismo me infunden sobre nuestro futuro. A través de ellas, he llegado a sentir con mayor intensidad el amor por la ciencia y la maravilla de estar viva en el momento presente, en estas coordenadas específicas del espacio y el tiempo; a sentirme menos sola, más en casa, aquí en el cosmos.


ANN DRUYAN

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