Un caluroso día de octubre en la región montañosa de Texas, André Green II rasura con sumo cuidado una mariposa monarca.

Inclinado sobre su improvisada mesa de laboratorio, sujeta con destreza las vistosas alas de la mariposa entre el pulgar y el índice mientras le pasa un trocito de papel de lija por el tórax para eliminar algunos de sus minúsculos pelillos.

Green y sus colegas de investigación se han instalado provisionalmente en uno de los numerosos refugios privados de cazadores de la zona, en cuyas paredes se exhiben cabezas disecadas de presas cinegéticas, autóctonas y exóticas. Pero Green, profesor de ecología y biología evolutiva de la Universidad de Michigan y Explorador de National Geographic, solo tiene ojos para las treinta y tantas mariposas monarca que ha capturado hace unas horas. Aplica una gotita de resina entre las alas del ejemplar que sostiene en su mano y, a continuación, coloca un sensor diseñado a medida: un grupo de chips informáticos alimentados por un panel solar en miniatura que, en conjunto, pesan menos que tres granos de arroz. El suave aleteo es el único sonido que se oye en la habitación.

Oruga de la mariposa monarca
Jaime Rojo

La oruga de la mariposa monarca se alimenta exclusivamente de algodoncillo. A medida que madura, consume hasta 200 veces su peso corporal de esta planta venenosa. Esta toxicidad se mantiene en las mariposas adultas y es su principal defensa contra los depredadores.

Green y sus colaboradores confían en que esta mariposa y sus compañeras llevarán los sensores a las montañas del centro de México, 1.300 kilómetros más al sur. Al cabo de unas semanas, los propios investigadores las seguirán hasta México, donde intentarán detectar las señales emitidas por las antenas de los sensores. Si logran recapturar alguno de los ejemplares equipados con sensores –lo cual no está en absoluto garantizado–, también podrán acceder a los datos de luz y temperatura acopiados por el camino, y por ende trazar en el mapa la trayectoria seguida por cada monarca.

Al igual que otros proyectos de investigación sobre la mariposa monarca llevados a cabo en otros puntos de América del Norte, este ha contado con la ayuda de voluntarios deseosos de hacer algo por la especie. Al percatarse de que los ciclistas se desplazan aproximadamente a la misma velocidad que las monarcas en migración, los colegas de Green reclutaron a unos cuantos para probar la precisión de los sensores haciendo que los llevasen encima en rutas de varios días de duración. Por su parte, Green confirmó con experimentos de laboratorio que los sensores no interfieren en el vuelo. Y hoy por fin ha llegado el momento de someter esta tecnología innovadora a su primera prueba en el mundo real.

Calor y protección
Jaime Rojo

En la reserva de mariposas, una rezagada se une a las demás para pasar la noche, desplegando las alas en un intento de colarse en este popular dormidero. En esta cercanía extrema las mariposas encuentran calor
y protección.

Cuando acaba de colocar los sensores, Green se acomoda en un mullido sillón de cuero y observa las mariposas que aletean dentro de la jaula de red que tiene ante sí. «Este año nos daremos con un canto en los dientes si llegamos a captar la más mínima señal en México», dice. Para reunir una serie de datos significativos podrían necesitarse varias temporadas más de ensayo y error, pero él no tiene prisa. Sonriendo, dice con comedimiento científico: «Es una oportunidad de comprender este sistema en particular».

Cuando comienza a refrescar, Green lleva la jaula al exterior y desciende hasta el bosquecillo de pacanas que hay un poco más abajo del refugio de cazadores. Allí, junto a un arroyo, cientos de monarcas en migración se arremolinan en los rayos del sol poniente. Green extrae una por una las mariposas equipadas con sensores y las deposita con suma cautela en las ramas bajas, como si fuesen los frágiles adornos de un árbol de Navidad. Mañana por la mañana, si todo va bien, continuarán su viaje al sur, llevándose consigo sus secretos.

Pimpollos de oyamel
Jaime Rojo

José Humberto García Miranda, de la comunidad michoacana de El Rosario, planta pimpollos de oyamel, una conífera que con el tiempo proporcionará un hogar invernal a las monarcas migratorias. Para proteger estos plantones de las temperaturas extremas, junto a ellos crecen «plantas refugio».

El sistema que tanto fascina a Green es uno de los viajes más épicos, y peligrosos, del planeta. Aunque hay mariposas monarca en todo el mundo –en América del Sur, el Caribe, Australia, Europa y otros lugares–, las de América del Norte se distinguen por el excepcional alcance de sus migraciones estacionales. Cada otoño, las monarcas del norte de Estados Unidos y la zona meridional de Canadá vuelan hacia el sur para salvar el primer tramo de una ruta de 5.000 kilómetros que únicamente conocen las generaciones anteriores. Las supervivientes se congregan en el centro de México, donde invernan en los mismos bosques de oyameles –un tipo de abeto nativo de la zona– que el año anterior cobijaron a sus abuelas y bisabuelas.

Pese a décadas de estudio, esta ultramaratón anual –y la migración más corta que la población occidental completa a lo largo de la costa del Pacífico– solo se comprende parcialmente y resulta cada vez más peligrosa. Debido al cambio climático y a la pérdida de hábitat, las mariposas monarca de una y otra ruta migratoria se resienten de unas condiciones meteorológicas extremas y acusan la falta de fuentes de néctar. A ello se suma la escasez crítica de algodoncillo –las plantas donde desovan las monarcas reproductoras y que luego alimentan a sus orugas–, con la consiguiente merma de las poblaciones.

Amenazas de las mariposas monarca
Jaime Rojo

Las plantaciones de aguacate, en constante expansión, se acercan a las estribaciones del Cerro Pelón, un pico volcánico que se yergue en la reserva de mariposas. El uso agrario del suelo es una de las principales amenazas para las monarcas en todo su territorio; otra es el cambio climático.

Las mariposas monarca norteamericanas se enfrentan a un futuro tan negro que la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha clasificado a las dos poblaciones como vulnerables. Sobre la mesa está su inclusión en la lista de especies protegidas por la ley estadounidense de Especies en Peligro de Extinción. Los testigos del declive de las poblaciones confían en que este nuevo estatus se traduzca en un plan de acción internacional a largo plazo: Karen Oberhauser, quien estudia estos lepidópteros desde la década de 1990 y acaba de jubilarse como directora del Arboreto de la Universidad de Wisconsin-Madison, apunta que desde 2014, año en que se propuso por primera vez la protección de esta mariposa al amparo de la legislación estadounidense, la especie no ha dejado de sumar apoyos en las agencias gubernamentales y entre la comunidad científica. «El nivel de compromiso federal se ha disparado y ha atraído a nuestros círculos un gran número de mentes privilegiadas», señala.

Aunque la monarca no es la mariposa más grande ni la más vistosa de América del Norte, ningún otro insecto –y muy pocas especies en general– nos cautiva tanto. Sus viajes conectan a la gente a despecho de generaciones, fronteras nacionales e incluso, hay quien dice, la barrera entre la vida y la muerte. Algunos mexicanos que celebran el Día de los Muertos ven almas en vuelo en las monarcas en migración. En los días posteriores al 11 de septiembre de 2001, el personal de emergencias de Lower Manhattan reconocía en las monarcas que sobrevolaban la Zona Cero un símbolo de supervivencia y renacimiento. «Justo a esto nos referimos al decir que esta mariposa es “icónica”–explica la antropóloga Columba González-Duarte, de la Nueva Escuela de Investigación Social de Nueva York–. En el imaginario colectivo norteamericano se ha convertido en el insecto que no conoce fronteras, que logra lo imposible».

Un legado de la Geographic
Jaime Rojo

Un legado de la Geographic

Catalina Aguado Trail (antes Cathy Brugger) apareció en la portada de National Geographic en agosto de 1976, rodeada de mariposas monarca. Sus dos años de búsqueda de estas mariposas invernantes en las montañas del centro de México culminaron con éxito en enero de 1975. El reportaje anunciaba que su hábitat de invierno había sido «descubierto», y que el hallazgo de la naturalista llenaba una laguna crucial en el conocimiento del ciclo vital de esta especie.

Mucho antes de que hubiese constancia científica de los kilómetros que recorren las mariposas monarca norteamericanas, la gente ya celebraba sus apariciones periódicas. El poeta y novelista mexicano Homero Aridjis, en cuyas memorias relata su infancia en el estado de Michoacán, en el centro de México, durante las décadas de 1940 y 1950, escribe que el viento de otoño «traía ríos de mariposas» y que él y sus amigos subían hasta un prado de montaña cercano para verlas posarse en los abetos, cautivados por el espectáculo. 

En los años cincuenta el zoólogo canadiense Fred Urquhart y su esposa, Norah, fundaron la Asociación pro Migración de los Insectos, dando inicio a una larga tradición de participación ciudadana en la investigación sobre las mariposas monarca. En las décadas siguientes, la asociación reclutó a unos 3.000 voluntarios para que capturasen ejemplares y marcasen cada uno con una etiqueta diminuta que rezaba: «Enviar a la Universidad de Zoología de Toronto, Canadá». A partir de aquellos datos los Urquhart conjeturaron que las monarcas invernaban en México, pero no sabían el lugar exacto. En 1973, cuando publicaron un anuncio en un periódico de Ciudad de México pidiendo voluntarios, recibieron la respuesta de un expatriado estadounidense llamado Kenneth Brugger. Su esposa, Cathy, hoy Catalina Aguado Trail, había prestado gran atención a las monarcas y otros lepidópteros desde su infancia en Michoacán. Aceptó aportar sus conocimientos en la búsqueda de las zonas de invernada.

Durante dos años, primero solamente los fines de semana y más tarde a tiempo completo, la pareja recorrió las montañas del centro de México. La tarde del 2 de enero de 1975, mientras subían la cima volcánica de Cerro Pelón en moto y a pie, Trail alzó la vista, miró hacia los abetos y se detuvo en seco: los troncos y las ramas estaban cubiertos de miles de monarcas, tan juntas que sus alas se superponían. Cuando Brugger la alcanzó, ambos se quedaron en silencio, mudos de asombro.

Algodoncillo
Jaime Rojo

Wendy Caldwell, directora ejecutiva de Monarch Joint Venture, y Timothy Fredricks, de Bayer Crop Science (en primer término), marcan el algodoncillo de las inmediaciones de New Germany, en Minnesota, mientras Drew Smith y Christine Sanderson pilotan drones que exploran la abundancia de esta planta.

La euforia de Trail y Brugger pronto se tornó en preocupación. La zona de invernada mexicana de la mariposa monarca se reduce a 10 o 12 bosquecillos de oyameles dispersos en un área de 562 kilómetros cuadrados a gran altitud. En la década de 1970, las comunidades locales con derechos comunales sobre aquellos bosques se ganaban la vida vendiendo su madera, y el dosel perenne que protege a las mariposas monarca del tiempo invernal estaba menguando a pasos agigantados. La avalancha de visitantes curiosos podría alterar todavía más ese hábitat.

Cuando se corrió la voz, las montañas empezaron a llenarse de turistas deseosos de admirar a las mariposas. Pero la noticia también propició la adopción de medidas. La UICN instó al Gobierno mexicano a proteger aquellos abetales, y lo mismo hizo el colectivo ecologista mexicano Pro-Monarca. Aunque las autoridades establecieron una reserva nacional que en octubre de 1986 prohibió o limitó la tala en cinco de las zonas de invernada conocidas, los beneficios económicos que en teoría debería reportar el turismo para las comunidades locales fueron irregulares, y la tala continuó.

En 2000, tras un largo debate entre autoridades, científicos, ecologistas y vecinos, la reserva triplicó su superficie para abarcar la mayor parte del hábitat de invierno de la especie. El Fondo Mariposa Monarca, administrado por el Estado mexicano y apoyado por grupos conservacionistas internacionales, comenzó a cursar pagos a los residentes titulares de derechos dentro de las lindes de la reserva, compensando en parte la pérdida de ingresos por la venta de madera y el éxito de los programas de protección. Casi al mismo tiempo se fundó la organización Alternare, que trabaja con las comunidades cercanas a la reserva en proyectos que van desde la horticultura hasta la conservación del agua.

Gracias a estas y otras iniciativas, la tala en la reserva empezó a disminuir, y a principios de la década de 2010 la pérdida anual de bosque había pasado de cientos de hectáreas a menos de 10, un éxito de conservación. Desde 2019 la pérdida forestal ha vuelto a aumentar, esta vez debido a plagas de escarabajos xilófagos provocadas por la sequía y a las talas legales para controlarlas. Parte del problema, dice Isabel Ramírez, geógrafa de la Universidad Nacional Autónoma de México, es que las políticas estatales de gestión forestal no se han adaptado a la realidad de un clima cambiante.

el ciclo de vida de la monarca

A primerísima hora de un día de diciembre sigo a André Green y su equipo por un angosto sendero que se adentra en el santuario de la mariposa monarca de la Sierra Chincua, en pleno México central. Mi primera impresión es que los árboles altos y finos que nos rodean están cubiertos de un follaje rojizo. Cuando mis ojos y mi cerebro asimilan la verdadera estampa, me doy cuenta de que todos los abetos a la vista están cuajados de mariposas dormidas, con las alas plegadas de forma que muestran la palidez del envés. Las capas de insectos son tan pesadas que comban hasta las ramas más robustas. El aire fresco de la montaña parece vibrar, agitado por las infinitas alas que se mueven por encima de nosotros.

 

Mariposas alma
Jaime Rojo

Para celebrar el Día de los Muertos, Sabino Marín Reyes limpia y decora las tumbas de sus familiares en la localidad de Francisco Serrato, una comunidad indígena mazahua de Michoacán. Los mazahuas creen que las mariposas monarca son las almas de sus antepasados.

En la década de 1990 y principios de la de 2000, mientras se estaba llevando a cabo la lucha por la protección de las zonas de invernada, muchos científicos desde México hasta Canadá se esforzaban en comprender el asombroso viaje anual de las mariposas monarca. Un veterano investigador de la especie llamado Lincoln Brower y sus colegas descubrieron que, aunque las monarcas que pasan el invierno en México se dirigen al norte en primavera, no completan el viaje, sino que desovan en el norte de México y en la franja sur de Estados Unidos. Cuando esas descendientes maduran, son ellas las que continúan el viaje hacia el norte de Estados Unidos y el sur de Canadá, desovando a su vez por el camino. Durante el verano nacen dos o tres generaciones nuevas. La última de ellas, a diferencia de sus predecesoras, no se reproduce inmediatamente, sino que entra en un estado de maduración suspendida conocido como diapausa. Cuando los días empiezan a acortarse y las temperaturas empiezan a descender, estas adolescentes envejecidas ponen rumbo al sur, completando el retorno a México en una sola generación. Dado que las mariposas que se dirigen a México no pueden preguntar a sus bisabuelas por las rutas que conducen a las colonias de invierno, los científicos dedujeron que debían de ser capaces de orientarse por sí mismas. Mediante una serie de estudios, los investigadores averiguaron que las monarcas están dotadas de una brújula doble: un sistema primario que se guía por el sol y un sistema de refuerzo que utiliza el campo magnético de la Tierra.

 

Rastreo
Jaime Rojo

Una hembra de mariposa monarca equipada con un radiotransmisor de rastreo busca néctar en los alrededores de Ames, Iowa

En un estudio publicado en 2009, la bióloga Christine Merlin y sus colaboradores descubrieron que esta especie utiliza los relojes circadianos de sus antenas para corregir sus lecturas de la brújula solar en función de la rotación diaria del planeta. Aunque este sofisticado sistema permite a las monarcas mantener el rumbo, no explica del todo por qué son capaces de establecerse en las mismas zonas de invernada año tras año.

En el santuario de Sierra Chincua, el sol se eleva sobre el horizonte y la crepitación de los árboles va a más. Las monarcas están desplegando las alas para asolearse, calentando los músculos en preparación para levantar el vuelo, y todo el bosque parece iluminarse. En la empinada ladera sobre el sendero, uno de los receptores de radio del equipo está listo para detectar a cualquier mariposa portadora de un sensor, por si acaso alguna no solo ha llegado a México, sino que además ha elegido este abetal en concreto para pasar el invierno. Unas cuantas empiezan a revolotear de árbol en árbol, y pronto nos vemos rodeados por una cacofonía amortiguada de millones de alas en movimiento, un torrente que refulge por encima y en torno a nosotros. Algunas salen de la arboleda a raudales, mientras que otras zigzaguean entre los árboles, radiantes bajo la luz del sol que se filtra en el bosque, descendiendo de vez en cuando lo suficiente como para rozarnos la cara y las manos. Así y todo, el receptor sigue en silencio.

Campos magnéticos
Jaime Rojo

En la Universidad de Texas A&M, Christine Merlin estudia un ejemplar de su colonia de laboratorio como parte de su investigación sobre la percepción que estos insectos tienen de los campos magnéticos de la Tierra.

Desde que regresaron a sus laboratorios de las universidades de Michigan, Delaware y Pittsburgh, Green y sus colegas han mejorado la eficiencia energética de los sensores, asegurándose de que los paneles solares podrán captar suficiente luz solar en los sombríos bosques de la reserva. En octubre de 2023 acoplaron 175 sensores a otras tantas mariposas en Texas, aumentando así en gran medida la probabilidad de captar una señal cuando este invierno suban a Sierra Chincua.

«El de la monarca es un organismo prodigioso, y comprender cómo es capaz de hacer lo que hace nos permite entender el mundo biológico un poco mejor –dice Green–. Mientras ellas continúen mostrando esta conducta, yo seguiré interesado en superar los obstáculos para entenderlo».

Migración
Jaime Rojo

Mariposas en plena migración pasan la noche cerca de Monterrey, en México, bajo el resplandor de las luces urbanas.

Por qué debemos proteger la migración de las mariposas monarca de América del Norte? Las respuestas, pude descubrir mientras las seguía en su viaje, son casi tan variadas como sus paladines. Algunos, como Green, se sienten atraídos por sus misterios; otros admiran su belleza y tenacidad. Muchos voluntarios forjan amistades internacionales que llegan a valorar casi tanto como a las mariposas en sí.

Para Jane Breckinridge, cofundadora de la organización Tribal Alliance for Pollinators (Alianza Tribal por los Polinizadores), la restauración del hábitat de la monarca se enmarca en una iniciativa más general de apoyo a especies de todo tipo, la humana incluida. «Las monarcas son especiales y mágicas –afirma–. Pero se enfrentan a los mismos problemas que todos nuestros polinizadores nativos, que toda nuestra fauna nativa».

 

Franjas de pradera
Jaime Rojo

Las «franjas de pradera» de plantas nativas de este campo de Iowa protegen el suelo, conservan el agua y crean hábitat. 

Ciudadana de la nación muscogee del nordeste de Oklahoma, Breckinridge se crio en Tulsa, vivió 20 años en Minnesota y en 2004 regresó para instalarse en las tierras de su abuela. Allí abrió con su marido una granja de mariposas en la que cultiva una gran variedad de especies que vende a zoológicos y museos. También puso en marcha el programa Natives Raising Natives (Nativos Criando Nativos), que recluta a miembros de la tribu para criar mariposas –y cultivar las plantas autóctonas que necesitan– en su casa y obtener así unos ingresos extra. En 2014 pidió ayuda al profesor de la Universidad de Kansas Chip Taylor para restaurar un corredor de migración de mariposas monarca en tierras tribales de Oklahoma. Taylor, fundador de Monarc Watch, una organización de voluntarios para el seguimiento de estos insectos, respondió con entusiasmo; era consciente de que las monarcas necesitaban con urgencia más hábitat en Oklahoma. Pero sospechaba que no sería fácil: los remanentes de pradera autóctona son tan exiguos que suministrar semillas adaptadas a la zona exige una recolección muy laboriosa.

Diez años después, la Alianza Tribal por los Polinizadores es la mayor productora de plantas y semillas autóctonas de Oklahoma, y trabaja con tribus de todas las Grandes Llanuras y más allá. Las semillas de 230 especies autóctonas de las praderas se ofrecen sin coste a todos los miembros de las tribus, y cada año la modesta plantilla de la entidad distribuye decenas de miles de plantones a instituciones y particulares. Tribus de toda Oklahoma han documentado que las mariposas monarca reproductoras hacen un gran uso de los algodoncillos de sus jardines, diseñados para atraer polinizadores, que también albergan abejas nativas, pequeños mamíferos y otras especies. Las plantas también benefician a los humanos, ya que algunas tienen valor ceremonial o usos medicinales, y todas ellas son apreciadas por su colorido.

 

Puddling
Jaime Rojo

Las mariposas monarca de El Rosario pueden ser bastante activas cuando aprieta el calor del día. Para saciar su sed, cientos de ellas se arremolinan en el suelo cerca de un pequeño arroyo, donde obtienen líquido y minerales de la tierra húmeda, una conducta conocida como puddling.

La nación indígena muscogee habla dos lenguas, el muscogee y el yuchi. Esta última no tendrá más de 50 hablantes, pero la cifra está aumentando: en la escuela local de inmersión, alumnos de infantil y primaria dan la bienvenida al día en yuchi y, acto seguido, atienden su huertito escolar de plantas autóctonas. En el invierno de 2019, el personal de la escuela se apiñó en una furgoneta y viajó al centro de México para ver las mariposas que pronto volarían hacia la nación muscogee.

Para Halay Turning Heart, cofundadora de la escuela, la conexión entre su trabajo y la migración de las monarcas es obvia. Ella aprendió yuchi de niña y hoy lo habla con sus hijos pequeños. «Consideramos que la lengua es esencial para nuestra supervivencia y sabemos que las mariposas luchan a su vez por la suya –afirma–. Reconocemos que ellas pelean por su hábitat y nosotros contribuimos a recuperarlo». Contemplar las monarcas reunidas en México, recuerda, fue una experiencia impresionante y al mismo tiempo desgarradora: «Sabíamos que quizá no volveríamos a verlas de la misma manera. Sabemos lo rápido que pueden cambiar las cosas».

           «Reconocemos que ellas pelean Por su hÁbitat y nosotros contribuimos a RECuperarlo». Halay turning heart, nación muscogee

Si hay un lugar donde impresiona la magnitud del desafío que implica recuperar el hábitat de estas mariposas es el estado de Iowa. Su fértil suelo produce más de 50 millones de toneladas de maíz al año, casi todas destinadas a la alimentación del ganado o a la producción de etanol, y la Iowa rural es una sucesión infinita de campos de maíz y soja. En 1996, cuando Monsanto empezó a introducir cultivos modificados genéticamente resistentes al glifosato, principio activo del Roundup, las granjas de todo el Medio Oeste empezaron a utilizar este herbicida para mantener a raya las malas hierbas, y en el proceso aniquilaron el algodoncillo y otras plantas autóctonas benignas.

Frescor y humedad
Jaime Rojo

Cuando el sol se pone sobre la reserva, las monarcas se posan en grupo sobre los altos abetos. Las condiciones de frescor y humedad de estas altitudes son perfectas tanto para los árboles como para las mariposas, protegidas por el dosel del bosque y por la presencia de sus congéneres.

Hoy las plantas autóctonas hallan refugio en los terrenos del Centro de Praderas de Hierbas Altas de la Universidad del Norte de Iowa, cuyo personal cuida de pulcras hileras de algodoncillo, tradescantia y otras especies. Las semillas de las que brotan se recogen en los menguantes restos de pradera autóctona del estado, varios de los cuales resisten en los cementerios decimonónicos que figuraban en la breve lista de espacios vedados a los arados de los colonos. Todos los años se suministran semillas comerciales, algunas producidas a partir de este stock genéticamente diverso, a los departamentos de carreteras de los condados del estado, que las siembran en los arcenes de la red viaria de Iowa.

El programa, lanzado hace más de 30 años para llevar a cabo una gestión sostenible de la vegetación de las márgenes viarias, se ha convertido en una de las iniciativas de restauración del hábitat más exhaustivas del estado. Los responsables de las infraestructuras viarias de Iowa calculan que en torno a una cuarta parte de los arcenes del estado están sembrados de gramíneas y flores silvestres autóctonas, una vegetación que suele cobijar a mariposas monarca y otros insectos. A lo largo y ancho de la Iowa rural, los encargados de las márgenes viarias hacen las veces de embajadores que conciencian a la población sobre el valor de las praderas autóctonas, explicando que lo que podría parecer una zona de maleza que pide siega es en realidad un eco de las praderas del pasado que apenas exige mantenimiento y ofrece a cambio una enorme riqueza ecológica.

 

Un viaje de varias generaciones

Pero esos arcenes son una parte ínfima del territorio de Iowa, y los expertos advierten de que, para reproducirse a tasas que eviten su extinción, las mariposas monarca norteamericanas necesitan al menos el doble del algodoncillo que actualmente hay en todo el Medio Oeste, además de suministros fiables de otras plantas nectaríferas autóctonas a lo largo de sus rutas migratorias. «Necesitamos mucho más que el uno por ciento del suelo para compensar todo lo perdido», afirma Laura Jackson, directora del Centro de Praderas de Hierbas Altas. El estado apenas posee terrenos públicos –las márgenes de las carreteras gestionadas por el estado representan menos de una quinta parte–, por lo que Jackson y el resto del personal del Centro también trabajan en la restauración de hábitats de fincas privadas en el marco del Programa de Reservas de Conservación, que desde instancias federales arrienda tierras de labor con fines de conservación.

En 2018 empezaron a colaborar en un importante proyecto de restauración con Cathy Irvine, una maestra jubilada que ha donado al Centro casi 120 hectáreas de los campos de maíz y judías de su familia en memoria de su difunto marido, David. Una tarde de junio, un par de mariposas monarca pasa revoloteando por las 32 hectáreas ya cuajadas de algodoncillo, añil silvestre, equinácea púrpura y otras flores y hierbas autóctonas. «Aquí no volverá a sembrarse nada que no sea pradera», afirma Irvine con orgullo.

Si Iowa ejemplifica la dificultad de restaurar las praderas, la Pradera de Irvine ilustra sus posibilidades. Dar con la combinación perfecta de semillas autóctonas viables y terreno adecuado no es fácil, y los profesionales de la restauración conocen el fracaso más de lo que les gustaría. «En esto hay que ser humilde», dice Jackson. Los terrenos sembrados también necesitan quemas o siegas periódicas para evitar la proliferación de especies leñosas. Pero una vez que las plantas arraigan,
en poco tiempo puede consolidarse un hábitat valioso.
Irvine y Jackson esperan con impaciencia el día en que estas especies autóctonas broten en los arcenes de las inmediaciones, recolonizando el paisaje que poblaban sus antepasadas.

Cada primavera, la generación de mariposas monarca que invernan en México lleva a cabo una última hazaña espectacular: volar miles de kilómetros hacia el norte para desovar. En abril visito la nación muscogee y avisto una sola monarca, que identifico como una hembra por las gruesas venas negras de sus alas, revoloteando a poca altura sobre un putting green. Los bordes desgarrados de sus alas dan fe de su resistencia. Si no ha terminado de poner sus huevos –varios cientos en total, por norma general depositados uno por uno sobre el envés de las hojas de algodoncillo– pronto lo hará, pues está al final de su vida. Su progenie y la de sus descendientes completará el viaje al norte y llegará hasta el sur de Canadá.

 

Una misión continental

Este antiguo campo de golf, adquirido por la nación muscogee a un propietario privado, no tiene mucha pinta de hábitat de mariposas, pero la monarca está degustando néctar en un macizo de plantas autóctonas, y pronto se abrirán más flores. Collin Spriggs, botánico conservacionista de la Alianza Tribal por los Polinizadores, aparca su coche sobre la hierba y descarga fragantes bandejas de plántulas de menta limón y menta de montaña delgada. Al frente de la pequeña cuadrilla de jardineros está Brooklyn Bartling, técnica de vida silvestre de la nación muscogee.

Bartling me explica con entusiasmo que la nación proyecta reconvertir el campo de golf en una reserva natural y describe su labor de eliminación de plantas invasoras y sembrado de flores silvestres autóctonas. «Hago fotos de mariposas, orugas, bichos... de todo lo que veo por aquí –dice–. Quiero hacer llegar esa información al público, explicar el porqué de lo que estamos haciendo».

Spriggs y ella contemplan una planta de la brújula, una especie perenne autóctona que vigilan desde que la plantaron el año pasado. Aunque solo tiene dos hojas, me dice Spriggs, su raíz pivotante puede haber profundizado hasta 1,5 metros para acceder al agua incluso en plena sequía.

Bartling sonríe al oírlo y alza la vista para observar el campo de golf. «Aquí hay mucho potencial –afirma–. Mucho potencial».

----

Restaurar el hábitat de las monarcas empieza por el jardín de casa

 

Franjas financiadas por el Gobierno
Jaime Rojo

Una pareja de mariposas monarca encuentra una vara de oro sobre la que aparearse en una franja de pradera anexa a un campo de soja de una explotación de Iowa. Las franjas financiadas por el Gobierno federal pueden bordear los campos o formar bandas en medio de los cultivos.

En Estados Unidos, donde los céspedes y otros paisajismos residenciales cubren 56 millones de hectáreas, decenas de miles de ciudadanos están convirtiendo los jardines de sus casas en hábitats para la mariposa monarca y otras especies. «Es una iniciativa popular –explica el escritor y entomólogo Doug Tallamy, cofundador de la organización Homegrown National Park–. Nadie necesita autorizaciones
ni permisos para actuar en su hogar, y podrá disfrutar de los resultados». 

Para unirse al movimiento, basta con satisfacer las dos necesidades básicas de estas mariposas: un lugar donde criar y alimento para su larga migración otoñal.

Ginny y Bill Nelson han transformado los 1.000 metros cuadrados de su jardín de Wisconsin en una pradera casera. Empezaron hace 30 años con un parterre en el que plantaron especies autóctonas. Año tras año fueron sustituyendo el césped y los setos de hoja perenne por una cornucopia de especies nativas. Una tarde de verano Ginny vio a una monarca en las flores de un algodoncillo tuberoso. «Las mariposas siempre han estado aquí –dice–. Solo que yo no lo sabía».

----

National Geographic Society, organización sin ánimo de lucro dedicada a conservar los recursos de la Tierra, participó en la financiación de este artículo.

----

Este artículo pertenece al número de Enero de 2024 de la revista National Geographic.