Los volcanes submarinos del Mediterráneo

Nos sumergimos en las profundidades del archipiélago de las Eolias, donde la actividad volcánica amenaza la vida de millones de habitantes de la costa sur de Italia.

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Gases que escapan de una cámara magmática
Laurent Ballesta

En Panarea, una de las islas del archipiélago italiano de las Eolias, los gases que escapan de una cámara magmática se mezclan con las frías aguas del Mediterráneo y crean las burbujas ácidas de un «jacuzzi natural». Las aguas circundantes son tan corrosivas que los romanos atracaban aquí sus naves para limpiar los cascos de incrustaciones.

La noche es hermosa y hay buena mar mientras nuestra embarcación recorre de norte a sur el litoral italiano. Voy al timón del Victoria IV y podría seguir perfectamente el rumbo fiándome de la sofisticada instrumentación del puente. ¿Pero cómo resistirme a confiar en esa ancestral guía de navegación conocida como el Faro del Mediterráneo? La lucecilla que centellea en la distancia no es producto del ingenio humano, sino de las intensas explosiones de lava de Estrómboli, una isla volcánica del archipiélago de las Eolias, al norte de Sicilia. Aunque su resplandor titilante apenas se percibe desde tan lejos, lleva encendido miles de años, y justo hacia él nos dirigimos.

Antiopella cristata, una babosa de mar de color naranja
Laurent Ballesta

La fauna y flora marinas ya están recolonizando las coladas de lava más antiguas. Esto atrae al depredador Antiopella cristata, una babosa de mar de color naranja con apéndices dorsales, o ceratas, de puntas blancas. 

El archipiélago de las Eolias se compone de siete islas principales y se enclava en el corazón del sistema volcánico más activo del Mediterráneo. La mayor parte de esa actividad tiene lugar muy por debajo del lecho marino. Estoy aquí con Francesco Italiano, destacado vulcanólogo, y Roberto Rinaldi, reputado documentalista, para inmortalizar, entre otras cosas, la furia de las fuentes hidrotermales que se forman en las laderas de los volcanes y escupen cortinas de burbujas de gases calientes ricos en minerales. La actividad volcánica de esta región sigue siendo una amenaza para los millones de personas que viven en la costa sur de Italia, e Italiano y sus colegas quieren hallar una forma más eficaz de prever las erupciones.

Yo, como biólogo que soy, quiero ver qué especies se adaptan y sobreviven en unos entornos tan hostiles. Tras pasar dos años organizando esta expedición, confiamos en desvelar algún que otro secreto. La belleza del mundo es importante, pero menos fascinante que sus misterios.

Las fuentes hidrotermales del lecho marino expelen gases sobrecalentados que rozan los 130 grados centígrados.
Sin embargo, la vida resiste.

 Anclamos primero en Panarea, la más pequeña de las Eolias, y buceamos en sus someras aguas ácidas. Cuenta la leyenda que los romanos atracaban aquí para limpiar los cascos de sus naves de crustáceos. La isla se considera un volcán inactivo, pero bulle de actividad. Hay remolinos naturales que desprenden olor a azufre, y nubes de burbujas de dióxido de carbono y sulfuro de hidrógeno que suben a la superficie con tanta regularidad que creemos estar nadando en medio de una lluvia invertida. Dondequiera que mire, percibo los efectos de esa acidez sobre la vida marina: el paisaje submarino está desprovisto de corales y crustáceos. Un gusano marino incauto se ha detenido demasiado cerca de las burbujas y su tubo calcáreo ya ha empezado a disolverse. En otras zonas, las praderas de Posidonia presentan hojas blanqueadas y quemadas.

Los únicos seres que parecen prosperar en este lugar son las bacterias anaerobias, que no necesitan oxígeno para sobrevivir. Sobre las paredes rocosas forman un grueso tapiz que se ondula suavemente bajo las caricias ácidas. Nosotros mismos sentimos que el ácido nos quema la cara y, cuando volvemos a la superficie tras varias horas en este entorno acérrimo, tenemos agrietados los labios y las mejillas, y las piezas cromadas de los trajes de buceo se han oxidado.

Colonias de bacterias anaerobias
Laurent Ballesta

Las colonias de bacterias anaerobias se ondulan sobre una pared rocosa próxima a varias fuentes hidrotermales del fondo marino. Las burbujas de dióxido de carbono, el agua caliente y los gases sulfurosos que emiten estas chimeneas impiden la presencia de muchos organismos.

 En las aguas de Panarea hay instalada una estación científica que monitoriza los sonidos de las burbujas en busca de indicios de que la actividad volcánica está intensificándose o disminuyendo. Italiano ha asociado el aumento de ese ruido con una gran erupción en Estrómboli. Pero para demostrar sus hallazgos necesita más pruebas, y quiere que le ayudemos a explorar un lugar sin parangón que descubrió hace diez años en el transcurso de una campaña de cartografiado del fondo marino en la que el sonar identificó un valle angosto situado en un eje extrañamente perfecto entre Panarea y Estrómboli, a 20 kilómetros de distancia. Tiene 90 metros de largo y 15 de ancho, y jalonándolo hasta donde alcanza la vista se eleva un rosario de chimeneas hidrotermales, altas y finas, formadas a lo largo de miles de años por la precipitación de óxidos de hierro. Italiano lo bautizó como el «Valle de los 200 Volcanes».

Aguas ácidas
Laurent Ballesta

Los efectos de las aguas ácidas sobre la biodiversidad son evidentes: no hay corales ni animales marinos con conchas calcáreas o duras. Un gusano marino incauto se asentó demasiado cerca de las fuentes hidrotermales de Panarea y el tubo calcáreo que lo protege ya se está disolviendo.

Descendemos 75 metros. El paisaje tiene un aire marciano con sus rojos, naranjas y amarillos, aunque a diferencia del planeta rojo, este lugar intimidante está vivo, como si lo sofocase el exceso de actividad. Exhala, gruñe, vomita. Las estrechas chimeneas expelen gases y agua caliente, y mientras una todavía se está formando, otra parece estar apagándose y una tercera ya ha empezado a desmoronarse. Se respira una intensa sensación de precariedad, pero así es la vida submarina: frágil y obstinada a la vez.

Observo cómo un pequeño platelminto se desliza sigiloso sobre las hojas de las algas pioneras que tapizan las laderas rojas de una chimenea con un diminuto bosque. El gusano abulta menos que una uña de mi mano, pero es bastante osado: se aventura hasta la boca de la chimenea. Cuesta imaginar qué interés tiene en moverse sobre óxidos de hierro en unas aguas ácidas cargadas de dióxido de carbono.

En medio de este mismo entorno inhóspito aparece un pignogónido marino, o araña de mar. Sus largas patas convergen en un cuerpo tan minúsculo que parece inexistente. Solo había visto un pignogónido de este tamaño en la Antártida.

Pignogónido o araña de mar
Laurent Ballesta

Un pignogónido o araña de mar se pasea por una chimenea hidrotermal.

Para tomar las muestras que Italiano necesita, introducimos un termómetro en las estrechas bocas de las chimeneas y recogemos un tubo de agua caliente y otro de gas. Solo nos da tiempo a reunir 20 muestras antes de subir a la superficie. Llevamos una hora en el fondo y necesitamos otras tres para ascender y dar tiempo a que tanto nuestro cuerpo como las muestras se descompriman poco a poco.

Se respira una intensa sensación de precariedad, pero así es la vida submarina: frágil y obstinada a la vez.

De nuevo a bordo del Victoria IV ponemos rumbo a Estrómboli, cuya cumbre humeante se adivina a lo lejos. Los frecuentes temblores causan desprendimientos de tierra, arena y rocas que lo destruyen todo a su paso. Un flanco de la isla es un paraje verde de olivos e higueras; el otro, un corredor ennegrecido por el que fluye la lava y se deslizan los derrubios rocosos en dirección al mar. El lecho marino se rediseña constantemente, catástrofe tras catástrofe, y tengo curiosidad por saber cómo se ha recuperado el ecosistema del fondo tras el último gran deslizamiento de 2002.

Cría de alitán
Laurent Ballesta

Al ser una isla volcánica activa, Estrómboli experimenta continuos derrumbes de rocas y arena que sepultan los organismos submarinos. Junto a unos corales blandos que se están recuperando tras quedar medio enterrados por un deslizamiento aparece una cría de alitán, una señal de que la vida se renueva.

A medida que descendemos, los campos de Cystoseira, unas algas pardas que forman matas rebosantes de fauna oculta, desaparecen abruptamente y dan paso a una arena negra y unas piedras dentadas. Podría parecer que estamos en un planeta yermo, de no ser por la aparición de un rape en la nube de polvo negro que levantamos con las aletas. Al inspeccionar la zona más de cerca, distinguimos una serie de especies pioneras que han empezado a recolonizarla. Un poco más allá, un campo de gorgonias blancas ha sobrevivido de milagro: los corales están semienterrados en la arena negra recién caída, pero siguen vivos. De pronto pasa un alitán de unos 20 centímetros de largo. Esta cría de tiburón de destino incierto simboliza a la perfección el ecosistema renacido.

Los constantes deslizamientos también han respetado milagrosamente una magnífica aguja de roca volcánica de 40 metros de altura. Rinaldi la encontró hace 30 años, y cuando la localizamos en este fondo reconfigurado, descubrimos que alberga una próspera fauniflora precisamente porque se ha salvado. La fragilidad de la naturaleza es un lugar común, pero la realidad es que la vida se aferra, se resiste y espera su momento.

Estrella de mar
Laurent Ballesta

La colada de lava que calcinó la vegetación del flanco norte de Estrómboli continúa su destrucción bajo el agua, sofocándolo todo a su paso. Lo que queda tras otro deslizamiento es arena negra, rocas y cenizas. La estrella de mar que yace aquí parece perdida en este desierto aún estéril.

Después de tres semanas al pie de los volcanes emprendemos las últimas inmersiones en la bahía de Nápoles, más o menos a 1,5 kilómetros de la tercera ciudad más grande de Italia, donde Rinaldi quiere explorar un hoyo en el fondo del mar. Los investigadores no saben nada de él, pero es toda una leyenda entre los pescadores del lugar. Se dice que en el fondo de la bahía hay una misteriosa «boca» que se traga sus redes, líneas y nasas. Mentiría si dijese que me apetece esta inmersión. El agua está verde, turbia y fría, y el fondo fangoso es un basurero. ¿Será cierto que en este lecho, blando y plano, está la entrada a una cueva vertical de roca, tan misteriosa que ningún instrumento ha sondeado jamás sus profundidades?

Hoyo en el fondo del mar en la bahía de Nápoles
Laurent Ballesta

Los submarinistas entran en un hoyo del fondo del mar de la bahía de Nápoles que es un cilindro casi perfecto. Es como si descendieran por un pozo. Entonces este se abre un abismo y se encuentran dentro de una enorme cámara donde el agua es más clara y en cuyas paredes hay vida marina establecida.

Descendemos y nos topamos de pronto con el borde de la abertura. El fango blando da paso a la roca negra. El profundímetro me indica que estamos a 50 metros cuando nos asomamos al agujero negro. Hay demasiada turbidez para ver todo el perímetro, pero parece que estamos ante un gran pozo cuyo diámetro podría superar los 10 metros. A 75 metros, el pozo se abre en un abismo tan amplio que la luz de nuestros focos no rebota contra ninguna pared. A 95 metros tocamos fondo. Localizamos las paredes de la cámara y descubrimos que en ellas se ha establecido un ecosistema. Son de roca negra y están cubiertas de pequeños invertebrados filtradores y raros crustáceos de largas pinzas. Entre estas criaturas que resisten aquí, en una suerte de prórroga vital, identificamos una especie poco común: una esponja carnívora.

Esponja carnívora Lycopodina hypogea
Laurent Ballesta

La esponja carnívora Lycopodina hypogea es una rareza. Aunque parece un inofensivo hisopo en miniatura, con sus ganchos puede agarrar a pequeños crustáceos que pasen demasiado cerca. Los tejidos de la esponja crecen entonces alrededor de la presa hasta engullirla. No se trata de un ataque relámpago ni de una lucha violenta, sino de la lenta asimilación de un organismo por otro a lo largo de unos días.

Una imagen de sonar resuelve el misterio de dónde nos hallamos: en el centro de una inmensa cámara circular, como si hubiésemos bajado al fondo de un gigantesco decantador de vino. Seguramente es una antigua cámara magmática, vacía ya de lava. Tarde o temprano se derrumbará sobre sí misma, generando un pequeño tsunami que llegará suavemente a las playas de Nápoles. En el fondo de la misma instalamos instrumentos para medir la circulación del agua, la temperatura, la acidez y los secretos de las profundidades.

Regresamos a la superficie con una sensación extraña. Nuestro viaje empezó en un mundo que conocíamos bien: el cielo, la superficie del agua, el mar, el lecho marino. No hemos bajado al fondo del mar, sino al subfondo. Y hay vida.

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El biólogo, fotógrafo y submarinista de profundidad francés Laurent Ballesta dedicó 28 días a fotografiar el fondo del Mediterráneo para el número de mayo de 2021 de National Geographic.

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Laurent Ballesta

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Estrómboli, Italia

Estrómboli, conocido como el Faro del Mediterráneo por la lava incandescente que mana de los cráteres de la cima durante sus erupciones casi continuas, se eleva poco más de 1.000 metros sobre el mar Tirreno, frente a Sicilia. Su flanco norte es un corredor ennegrecido llamado Sciara del Fuoco (carretera de fuego) por el que los derrubios volcánicos se deslizan hasta el mar.

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Laurent Ballesta

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Platelminto (Prostheceraeus vittatus)

Este platelminto (Prostheceraeus vittatus) es bastante atrevido. Se aventura hasta la cima de las chimeneas hidrotermales. Lo que le impulsa a caminar sobre óxidos de hierro en aguas ácidas cargadas de dióxido de carbono sigue siendo uno de los misterios de la naturaleza.

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Laurent Ballesta

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Babosa de mar

Una babosa de mar con papilas rojas (Diaphorodoris papillata) vaga entre los derrubios de una colada de lava.

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Laurent Ballesta

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Rape común (Lophius piscatorius)

La presencia de un rape común (Lophius piscatorius), un pez carnívoro, demuestra que toda la cadena trófica vuelve a estar en su sitio.

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Laurent Ballesta

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Valle de los 200 Volcanes

El llamado «Valle de los 200 Volcanes» describe un eje perfecto entre dos picos de las Eolias. Estas chimeneas altas y estrechas se formaron a lo largo de miles de años cuando los óxidos de hierro calientes emitidos por fisuras en el suelo marino cristalizaron al entrar en contacto con el agua fría del mar.

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Laurent Ballesta

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Invertebrados gigantes (Clavelina dellavallei)

Con forma de campana de cristal, estos invertebrados gigantes de la especie Clavelina dellavallei parecen encontrar en este entorno las condiciones ideales: no hay especies competidoras. En el Mediterráneo hay pocos lugares como este.

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Laurent Ballesta

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Estrella cojín o estrella disco (Peltaster placenta)

La vida prospera hasta en los entornos más hostiles. En la imagen, una estrella cojín o estrella disco (Peltaster placenta), conocida en la zona como stella biscotto por su parecido con una galleta.

Este artículo pertenece al número de Junio de 2023  de la revista National Geographic.

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