Vivir allí afuera

Queremos asentarnos en el espacio de forma permanente, pero… ¿estamos preparados para ello?

Amanece en Tempe Mensa, Marte. Son las seis de la mañana de un día de agosto de, pongamos, el año 2121. Un siglo nos separa del presente. El Sol ilumina tenuemente la ciudad vertical de Nüwa, horadada en la pared sur de esta alta meseta situada un poco por encima del ecuador marciano. En su parte superior se avistan numerosas cúpulas de polímero translúcido. Protegen de la radiación los cultivos de plantas y algas que suministran el 70 % de la comida que sostiene a esos humanos que, tras abandonar la Tierra, ocupan el primer asentamiento permanente en el espacio. Cerca, infinidad de paneles y concentradores solares cargan sus baterías para dispensar a esta ciudad la ingente energía necesaria, muy superior a la terrestre.

En el interior de Nüwa, donde se hallan las zonas residenciales, productivas y recreacionales, la temperatura es de 20 °C. Fuera, rara vez se alcanzan los 0 °C. Pero por la noche el termómetro descenderá drásticamente. Incluso más de 100 °C, más que en el rincón más frío de la Tierra.

En el acantilado, numerosos ventanales permiten que la luz, indirecta y tamizada, penetre en los macroedificios insertados en la roca. Cada uno puede albergar unas 4.400 personas. Unos recién llegados miran absortos el desolado paisaje exterior, un medio ambiente letal donde morirían en pocos minutos. Pese a la tormenta de arena persistente, lejos, en el valle, alcanzan a ver cómo las infatigables excavadoras extraen materias primas del suelo marciano. Todavía cansados por ese larguísimo viaje de ocho meses que los separó para siempre del planeta azul, se encuentran en pleno proceso de asimilación, percibiendo en primera instancia los efectos de un ambiente de hipogravedad: aquí, aunque la masa corporal es la misma, todo pesa un 60 % menos. ¿Qué les deparará este mundo incierto al que llegan cada vez más personas en busca de nuevos horizontes? ¿Qué tipo de sociedad se van a encontrar? ¿Podrá reproducirse el ser humano en estas condiciones? Hay tantas incógnitas por desvelar…

La Mars Desert Research Station, en Utah, es uno de los dos espacios análogos a Marte operados por la Mars Society. El otro es la Flashline Mars Arctic Research Station, situado en la isla Devon, en el ártico canadiense. Estas estaciones de investigación acogen estancias cortas de científicos de todo el mundo para que desarrollen experimentos en pro de la colonización de Marte y del espacio.

La Mars Desert Research Station, en Utah, es uno de los dos espacios análogos a Marte operados por la Mars Society. El otro es la Flashline Mars Arctic Research Station, situado en la isla Devon, en el ártico canadiense. Estas estaciones de investigación acogen estancias cortas de científicos de todo el mundo para que desarrollen experimentos en pro de la colonización de Marte y del espacio.

Foto: Benjamin Rasmussen / Getty Images

Desde que acabó la fase principal de construcción de Nüwa –las pirámides de Egipto no fueron nada comparado con esto–, miles de hombres y mujeres han vendido todas sus pertenencias terrestres para obtener un billete sin retorno a esta floreciente ciudad espacial que requiere de tantísima mano de obra. Todo está por hacer y no hay vuelta atrás.

De regreso al presente y a la Tierra. Los ideólogos de Nüwa, la hipotética ciudad marciana que quedó finalista en el concurso de la Mars Society, organización estadounidense dedicada a promover la exploración del planeta rojo, saben que su propuesta es solo un punto de partida. Un paso más en la dirección que marca la nueva carrera espacial en ciernes: la colonización del espacio. Nüwa fue diseñada en el marco de SONet (Sustainable Offworld Network), una red de profesionales que busca implementar «una nueva economía espacial que permita operar en el espacio sin depender de los recursos de la Tierra y acabe generando beneficios a toda la sociedad», afirma su instigador, el astrofísico Guillem Anglada-Escudé, investigador del Instituto de Ciencias del Espacio (ICE-CSIC). El científico, que en 2016 lideró el descubrimiento de Proxima b, el exoplaneta más cercano a la Tierra –aunque millones de veces más lejos que Marte–, cree que la exploración del espacio debe reformularse para que impulse la investigación y la innovación, busque soluciones a los problemas terrestres y fomente la cooperación internacional. «Ya no se trata de llegar a un nuevo planeta para plantar una bandera, sino de construir una base permanente y sostenible que acabe siendo independiente de la Tierra», dice. Marte es el candidato más favorable: parecido a nuestro planeta, se halla en la zona de habitabilidad y se intuye que pudo albergar vida alguna vez, incluso que la albergue todavía. Quizá nos saque de dudas el rover Perseverance, que desde el 18 de febrero busca en el cráter Jezero trazas de antigua vida microbiana con la ayuda del pequeño helicóptero Ingenuity. Un éxito de la misión Mars 2020 que la NASA lanzó el 20 de julio de 2020 durante la ventana de lanzamiento entre la Tierra y Marte que ocurre cada 26 meses.

Otras dos misiones quisieron aprovechar la oportunidad: una, la sonda Hope de la Unión de Emiratos Árabes, en órbita desde el 9 de febrero para estudiar la meteorología marciana; la otra, la misión china Tianwen, que el 12 de mayo posó su rover Zhurong en Utopia Planitia para explorar sus características geológicas.

Ojo al dato: es el sexto rover que logra aterrizar y operar con éxito en el planeta rojo y el único que no es estadounidense. Marte en el punto de mira.

Vista de la Tierra desde una cápsula Soyuz acoplada a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés). La estación puso fin a una carrera espacial de trasfondo bélico para abrir la puerta a la cooperación internacional y la exploración del espacio. En 2000 llegó la primera tripulación, compuesta por dos rusos y un estadounidense.

Vista de la Tierra desde una cápsula Soyuz acoplada a la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés). La estación puso fin a una carrera espacial de trasfondo bélico para abrir la puerta a la cooperación internacional y la exploración del espacio. En 2000 llegó la primera tripulación, compuesta por dos rusos y un estadounidense.

Foto: ESA/NASA

«Las misiones tripuladas son hoy la prioridad de los dos países que encabezan la nueva carrera espacial, Estados Unidos y China», explica Miquel Sureda, ingeniero aeroespacial de la Universidad Politécnica de Cataluña y miembro de SONet. Las primeras misiones serán exploratorias, añade, pero el objetivo es instalar un asentamiento permanente. Todo apunta a que el próximo hito será mandar de nuevo al ser humano a la Luna, algo que no ocurre desde la misión Apolo 17 de 1972. Aunque la NASA trabaja en la misión Artemisa para enviar en 2024 a un hombre y una mujer a la superficie del satélite, Sureda piensa que esa fecha no es realista y que a lo mejor China acabará por adelantarse. Lo de conquistar Marte aún tardará, opina. El cohete reutilizable Starship de SpaceX, la empresa que lidera el magnate y emprendedor sudafricano Elon Musk, en pleno período de pruebas, se postula como el medio de transporte más probable, aunque queda muchísimo trabajo por hacer e ingentes recursos que invertir. «No creo que ese viaje épico tenga lugar antes de 2040 –opina Sureda–. Para hacerlo realidad será necesaria una colaboración de alto nivel. El programa Apolo requirió el 5 % del presupuesto total de Estados Unidos y la participación de muchos sectores del país para ir a la Luna. Si queremos ir a Marte, hará falta una apuesta de ese tipo, pero a nivel planetario».

El astronauta diseñado por Javier Jaén, imagen de la exposición «Marte, el espejo rojo» del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), exhibe en su visera una sonrisa trazada por el reflejo del planeta rojo. ¿O quizás es Marte el que se ríe de nuestro sueño de ocuparlo?

El astronauta diseñado por Javier Jaén, imagen de la exposición «Marte, el espejo rojo» del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB), exhibe en su visera una sonrisa trazada por el reflejo del planeta rojo. ¿O quizás es Marte el que se ríe de nuestro sueño de ocuparlo?

Foto: CCCB / Javier Jaén

También lo fue, a otra escala, la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), detonante de una cooperación internacional sin precedentes que todavía hoy, 23 años después de su inauguración, continúa aunando el talento de hombres y mujeres de culturas e ideologías muy diferentes que colaboran estrechamente en nombre de la ciencia y el espacio.

«No esperamos que ese asentamiento marciano pueda empezar a construirse antes de 2050. Antes habrá que hacer multitud de estudios geotécnicos», advierte Alfredo Muñoz, miembro de SONet y director del estudio de arquitectura ABIBOO Studio, responsable del diseño de esta ciudad extraterrestre. «Una de las primeras cuestiones que nos planteamos al proyectar Nüwa es que sería una ciudad permanente, no un asentamiento temporal. Por tanto, sus habitantes deben sentirse seguros desde un punto de vista físico, pero también desarrollar un vínculo emocional y de identificación con su entorno», explica. Para ello, Nüwa integra construcciones escalables y diversas –en total, 12 módulos distintos, seis residenciales y seis productivos– que permiten crear muchos espacios diferentes. «Tras entender a qué retos nos enfrentábamos –como una baja presión atmosférica exterior cien veces inferior a la terrestre, la elevada radiación o el frecuente impacto de micrometeoritos– y qué objetivos científicos debíamos lograr, abordamos los primeros requisitos emocionales. Por ejemplo, asegurar la luminosidad. El mejor planteamiento para una ciudad permanente en Marte es una solución enterrada, pero sin luz natural, al menos de forma indirecta, no es viable. Por eso optamos por una opción intermedia. Girando 90 grados todo el sistema enterrado, creamos una ciudad vertical dentro de un acantilado».

Esta imagen, la más profunda del universo captada con luz visible, fue conformada tras sucesivas tomas de datos por el célebre Telescopio Espacial Hubble, puesto en órbita en 1990. La inspiradora imagen refleja una luminosidad gestada en los albores del universo, hace 13.000 millones de años.

Esta imagen, la más profunda del universo captada con luz visible, fue conformada tras sucesivas tomas de datos por el célebre Telescopio Espacial Hubble, puesto en órbita en 1990. La inspiradora imagen refleja una luminosidad gestada en los albores del universo, hace 13.000 millones de años.

Foto: NASA / ESA / H. Teplitz & M. Rafelski (IPAC/ Caltech) / A. Koekemoer (STSCL)/R. Windhorst (Universidad estatal de Arizona) / Z. Levay (STSCL)

Erigir un asentamiento permanente fuera de la Tierra conlleva, sin embargo, otros muchos interrogantes que trascienden la cuestión tecnológica y nos obligan a recapacitar sobre nuestra esencia. En plena emergencia ambiental en la Tierra, ¿qué nos hace pensar que en Marte lo haríamos mejor? El planeta rojo «nos conmina a revisar nuestro papel como gestores del planeta, erráticos manipuladores del cuerpo de Gaia, ignorantes de la íntima conexión existente entre todos los ecosistemas terrestres», rezaba un cartel de la exposición «Marte, el espejo rojo» alojada en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) hasta hace unos días. La muestra, que ha abordado el tema marciano desde múltiples puntos de vista –ciencia, arte, literatura…–, ha constatado una vez más la seducción que el planeta ejerce sobre muchos seres humanos, y en ella se ha mostrado también el proyecto Nüwa y otras iniciativas que allanan el camino hacia esta –¿ineludible?– aventura espacial que responde a la más atávica naturaleza humana: la exploración y la expansión de la especie. Ya llevamos años entrenándonos para ello. Varios experimentos científicos, pasados y presentes, han dedicado ingentes esfuerzos a temas que resultan clave para vivir allí afuera. Producir alimento es, evidentemente, una prioridad, pero también lo es aprender a vivir sin contacto con un exterior mortal de necesidad.

Ver más información en "El coste de la vida marciana"

«Se necesitan hombres para viaje peligroso. Salarios bajos, frío extremo, meses de completa oscuridad, peligro constante, retorno ileso dudoso. Honores y reconocimiento en caso de éxito», decía el anuncio que puso Ernest Shackleton en 1914 para su heroica misión antártica. La que nos lleve a Marte no será menos arriesgada y cuenta también, como aquella, con miles de voluntarios. ¿Estarán tan claramente advertidos como los que conformaron la tripulación del Endurance?

¡SEAMOS UNA ESPECIE MULTIPLANETARIA!, tuiteaba recientemente el entusiasta Elon Musk. Tan fervoroso mensaje debería ser matizado, opina Konrad Szocik, investigador de la Universidad de Tecnología y Gestión de la Información de Rzeszow, en Polonia. Es el primer firmante de un ensayo internacional que reflexiona sobre este presunto próximo gran paso de la humanidad. «Los retos más obvios de un asentamiento en Marte son los médicos y los tecnológicos. Pero solo son el preludio de otros mucho más complejos de tipo ético, social, antropológico y evolutivo», afirma. ¿Cómo reaccionaremos ante todos ellos a más de 400.000 kilómetros de la Tierra?

Recreación artística del hipotético paisaje del exoplaneta Proxima b, ubicado en la zona templada –y, por ende, quizás habitable– de la estrella más cercana al Sol, Proxima Centauri. Su descubrimiento en 2016, dirigido por el astrofísico Anglada-Escudé, allana el camino a detectar planetas similares al nuestro y hallar una vida extraterrestre de la que desconocemos absolutamente todo.

Recreación artística del hipotético paisaje del exoplaneta Proxima b, ubicado en la zona templada –y, por ende, quizás habitable– de la estrella más cercana al Sol, Proxima Centauri. Su descubrimiento en 2016, dirigido por el astrofísico Anglada-Escudé, allana el camino a detectar planetas similares al nuestro y hallar una vida extraterrestre de la que desconocemos absolutamente todo.

Foto: ESO/ M. Kornmesser

Nuestra experiencia es mínima: en toda la historia espacial, menos de 600 personas han permanecido en la órbita terrestre baja y solo una docena ha pisado el único cuerpo celeste al que hemos llegado, la Luna. Las «prácticas marcianas» –vivir en aislamiento en ecosistemas autosuficientes– que se han llevado a cabo en sitios análogos son varias. Ya en 1967 tres voluntarios rusos permanecieron un año en un espacio de 12 metros cuadrados y se sometieron a todo tipo de experimentos físicos y psicológicos en el Instituto de Problemas Biomédicos (IBMP) de Moscú. Más reciente fue otro experimento ruso, el Mars 500, en el que seis hombres pasaron 520 días entre 2010 y 2011 en aislamiento. En el espacio, el cosmonauta Valeri Poliakov permaneció 437 días seguidos en la Estación Espacial Internacional y el estadounidense Scott Kelly llevó a cabo una misión de un año. En Estados Unidos quizás el proyecto más conocido en tierra sea el Biosfera 2, construido entre 1987 y 1991 en Arizona para recrear el ecosistema terrestre en un espacio cerrado. Aunque el experimento, lleno de dificultades, aportó aprendizajes útiles, la tripulación, cuatro hombres y cuatro mujeres, acabó enfrentada. La denominada «psicología de entorno confinado» provocó la escisión en dos grupos, una tendencia al parecer común en este tipo de situaciones.

La astrofísica catalana Mariona Badenas, estudiante de doctorado en ciencias planetarias en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), participó en 2018 en la misión Latam-III desarrollada en la estación análoga marciana Mars Desert Research Station (MDRS), de la Mars Society, donde unas 200 tripulaciones internacionales (equipos de entre 5 y 7 personas) han hecho estancias de varias semanas para realizar experimentos destinados a avanzar hacia el anhelo humano de colonizar Marte. «En este tipo de experimentos te das cuenta de que realmente lo más difícil es la convivencia y no poder, por poner un ejemplo, ducharte a diario ni comer como en casa», cuenta Badenas, quien defiende una exploración espacial respetuosa y reflexiva, o, como ella dice, «a lo Carl Sagan». Sin duda, asegura, estudiar lo que pasa allí afuera ha repercutido de forma positiva en la Tierra, proporcionándonos tecnologías punteras en muchos sectores, sobre todo en medicina y comunicaciones, generando empleo y despertando muchas vocaciones científicas. El impacto que las inversiones en el espacio ha tenido en la sociedad es enorme, y aunque las cifras económicas suenen descomunales, no lo son tanto: la NASA gasta apenas el 0,48 % del presupuesto anual de Estados Unidos.

Un joven del siglo XXI contempla el cielo nocturno, al igual que hicieron nuestros ancestros hace millones de años. ¿Quién somos, de dónde venimos y adónde vamos? Unas preguntas que nos han modelado como especie.

Un joven del siglo XXI contempla el cielo nocturno, al igual que hicieron nuestros ancestros hace millones de años. ¿Quién somos, de dónde venimos y adónde vamos? Unas preguntas que nos han modelado como especie.

Foto: Stijn Dijkstra / Eyeem / Getty Images

Mientras el mundo se encandila con Marte, astrofísicos como Badenas o Guillem Anglada-Escudé prosiguen con la detección, validación y caracterización de exoplanetas que puedan ser similares a la Tierra. «Hoy sabemos que entre el 30 y el 60 % de las estrellas los tienen», dice Anglada-Escudé. Pero para avanzar en este tema se requerirán nuevos instrumentos. Uno de ellos será el Telescopio Espacial James Webb, desarrollado por más de una quincena de países y cuyo lanzamiento está previsto para este año. Otros telescopios mucho más grandes estarán listos en las próximas décadas si la economía del espacio lo permite.

Seguro que se avecinan sorpresas colosales, pues nuestra capacidad científico-tecnológica es asombrosa. Decía la neuróloga italiana Rita Levi Montalcini que mientras que las circunvoluciones neocorticales del cerebro humano han evolucionado extraordinariamente, otorgándonos grandes capacidades cognitivas, el sistema límbico, donde elaboramos las emociones, es mucho más primitivo. La disociación entre ambos, apuntaba, puede explicar por qué tendemos a poner nuestra potente innovación técnica al servicio de los instintos más bajos. Revertir esa tendencia sería un requisito imprescindible para una especie, la nuestra, fascinada por traspasar todos los límites. «Apenas nos pusimos en dos pies, y nos vimos en la sombra de la hoguera, escuchamos la voz del desafío. Siempre miramos el río, pensando en la otra ribera», canta Jorge Drexler.

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Helicopter landing composite

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LA EXPLORACIÓN ESPACIAL PROMUEVE EL AVANCE DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA

Recreación del vuelo del helicóptero Ingenuity sobre el cráter Jezero mientras el rover Perseverance prosigue sus análisis del suelo marciano (izquierda). Uno de los instrumentos que lleva, MOXIE, ha logrado todo un hito: fabricar oxígeno a partir del CO2 de la atmósfera de Marte. En el corto tiempo que llevamos explorando el espacio, la ciencia espacial ha derivado también en aplicaciones muy útiles en la Tierra.

Foto: NASA / JPL-Caltech

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Huella que Buzz Aldrin dejó en el regolito lunar. 

Foto: Stockbyte / Getty Images

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EXPERIMENTOS EN LA TIERRA: ENSAYANDO PARA LA VIDA ESPACIAL

El proyecto MELiSSA, de la ESA, en parte desarrollado en la Universidad Autónoma de Barcelona, persigue conseguir el reciclaje completo de todos los compuestos químicos, algo indispensable en misiones espaciales tripuladas de larga duración.

Foto: Alfons Rodríguez

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Biosfera 2 fue un proyecto desarrollado hace 30 años en Arizona, en el que cuatro hombres y cuatro mujeres habitaron el ecosistema cerrado más grande jamás creado. Las desavenencias entre los miembros del equipo empañaron los objetivos de la misión.

Foto: Corbis / Getty Images

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La Flashline Mars Arctic Research Station es  un hábitat análogo  a Marte, operado por  la Mars Society. Esta estación de investigación está en el desierto  polar canadiense y sus condiciones geofísicas tienen similitudes con las marcianas.

Foto: Yusuke Murakami

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El complejo Eden Project de Cornualles, Inglaterra, inspirado en la sustentabilidad, está conformado por cinco cúpulas geodésicas cerradas que albergan biomas muy diversos.

Foto: David Goddard / Getty Images

ABIBOO Nuwa Cliff and Valley

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NÜWA, UN ASENTAMIENTO PERMANENTE VERTICAL PARA 200.000 PERSONAS EN MARTE

Vista exterior de la ciudad de Nüwa, una de las propuestas finalistas de la convocatoria de la Mars Society. Fruto de un exhaustivo trabajo multidisciplinar, el proyecto plantea crear una colonia de hasta cinco ciudades de entre 200.000 y 250.000 habitantes cada una. Nüwa sería la capital. Enterrada en el acantilado, a sus pies numerosos pabellones facilitan la interacción social de los ciudadanos.

Foto: Abiboo Studio / Sonet

ABIBOO Nuwa Urban Interior1 como objeto inteligente-1

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PAISAJES INTERIORES DE LA CIUDAD MARCIANA: UN HÁBITAT SEGURO DONDE PODER ECHAR RAÍCES

El paisaje es esencial en estas ciudades marcianas. Al estar ubicadas en la pared de un acantilado, los ventanales de polímero permiten amplias vistas del exterior que brindan potentes experiencias emocionales a sus habitantes.

Foto: Abiboo Studio / Sonet

ABIBOO Nuwa Large pavilion

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En los pabellones, la vegetación y el agua recrean los paisajes terrestres. Aunque llevan la impronta marciana, crean un vínculo emocional e histórico para los ciudadanos de estas comunidades de humanos que dejaron la Tierra atrás.

Foto: Abiboo Studio / Sonet

ABIBOO Nuwa Interior Green dome type 2

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En el interior de los macroedificios hay zonas comunes como los green domes, o cúpulas verdes, que proporcionan luz natural tamizada a las zonas verdes, fuente de bienestar emocional para los ciudadanos.

Foto: Abiboo Studio / Sonet

ABIBOO Nuwa Agricultural modules

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Los cultivos, de tipo hidropónico, se albergarían en módulos con una atmósfera enriquecida en CO2 no respirable para los humanos. Las tareas de mantenimiento se harían de forma automatizada.

Foto: Abiboo Studio / Sonet

Este artículo pertenece al número de Agosto de 2021 de la revista National Geographic.

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