Con total transparencia

Las ranas de cristal, diminutos anfibios translúcidos de América Central y del Sur, están llenas de sorpresas.

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El abdomen translúcido de una hembra de rana de cristal de manchas doradas (Hyalinobatrachium aureoguttatum) permite ver los huevos que alberga en su interior. Esta imagen se tomó en un estudio móvil.

Foto: Jaime Culebras

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Un macho de rana de vidrio reticulada (Hyalinobatrachium valerioi) pende boca abajo de una hoja  junto a sus huevos en  la selva caribeña de Costa Rica. Una teoría sugiere que las manchas del lomo de esta rana imitan a los huevos, lo que confunde a los depredadores.

Foto: Jaime Culebras

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Esta rana de cristal recién descubierta pertenece al género Hyalinobatrachium y mide menos de 2,5 centímetros de largo. Es un anfibio único por su reclamo agudo y por los puntos negros que motean su cuerpo, quizá para camuflarlo en el entorno selvático en el que vive.

Foto: Jaime Culebras

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Unos embriones de rana de cristal de Yanayacu (Nymphargus wileyi), endémica de  los Andes orientales  de Ecuador, penden del extremo de una hoja  de helecho. Cuando eclosionan los huevos, los renacuajos caen al arroyo para continuar en él su desarrollo.

Foto: Jaime Culebras

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Una araña se come los huevos de una rana de cristal variable (Espadarana proso-blepon) en la Reserva Río Manduriacu, en el noroeste de Ecuador. Las ranas de esta especie no cuidan de sus crías, sino que abandonan los huevos a su suerte.

Foto: Jaime Culebras

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La rana de cristal de Manduriacu (Nymphargus manduriacu) se describió científicamente hace apenas unos años. Esta rana poco común de manchas amarillas es una cazadora oportunista, que espera a que su presa –un pequeño insecto o una araña– pase por su lado para saltar sobre ella.

Foto: Jaime Culebras

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Una hembra de rana de cristal gigante de Magdalena (Ikakogi tayrona) cubre su puesta de huevos en la región de la sierra Nevada de Santa Marta, en el nordeste de Colombia. En la familia de las ranas de cristal, esta especie de 2,5 centímetros de longitud constituye una excepción: las hembras cuidan de sus embriones.

Foto: Jaime Culebras

Una noche de verano sin luna, en las estribaciones andinas de Ecuador, una diminuta rana de cristal se aposenta sobre una hoja, por encima de un arroyo.

Es un macho, y ha elegido la mejor ubicación para tratar de impresionar a una hembra, anunciando su presencia con un agudo reclamo.

El problema es que por buena que sea, la ubicación por sí sola no será suficiente. Por suerte, el anfibio verde amarillento ha observado a otros machos que se han apareado, y cuando ve una masa de huevos abandonada sabe qué debe hacer: se queda a su lado durante horas, fingiendo montar guardia. Entonces sucede algo extraordinario: empieza a atraer a hembras mironas, por lo visto convencidas de que es un padre experimentado.

«Es la primera vez que documentamos esta conducta en ranas y sapos», dice Anyelet Valencia-Aguilar, ecóloga del comportamiento de la Universidad de Berna, en Suiza. Ella ha registrado el teatro al que parecen entregarse los machos de una especie brasileña de rana de cristal y cree que al menos dos especies ecuatorianas podrían comportarse de la misma manera.

La investigación de Valencia-Aguilar es uno de los últimos descubrimientos sobre la biología de estos seductores anfibios, conocidos como ranas de cristal, o de vidrio, por la transparencia de su piel. Se conocen 156 especies de ranas de cristal distribuidas por todo el neotrópico, principalmente en el norte de los Andes y América Central. Los recientes avances en los campos de la óptica, la genética y la biología molecular permiten hoy a los investigadores asomarse a la vida de estos diminutos animales arborícolas, algunos más pequeños que un clip sujetapapeles.

Juan Manuel Guayasamín, biólogo evolutivo de la Universidad San Francisco de Quito, en Ecuador, ha descrito en los últimos años 56 especies de anfibios, entre ellas 14 ranas de cristal. «Es un trabajo importante que no se acaba nunca –asegura–. Estas minimaravillas no dejan de sorprendernos».

Los científicos han descubierto, por ejemplo, que los machos de algunas especies de rana de cristal son unos padres magníficos, un rasgo excepcional entre los vertebrados. Los de al menos 24 especies no solo protegen sus huevos de los depredadores, sino que les dispensan un cuidado activo, a veces durante semanas.

Una vez que la hembra culmina la puesta, entre 20 y más de 100 huevos según la especie, el macho los fecunda con su esperma. Mientras se desarrollan los embriones, los machos de algunas especies, como la rana de cristal de manchas doradas (Hyalinobatrachium aureoguttatum) y la rana de vidrio de Fleischmann (Hyalinobatrachium fleischmanni), «empollan» su prole, cuidando de que los huevos estén hidratados hasta que nacen los renacuajos, dice Jesse Delia, biólogo del Museo Americano de Historia Natural de Nueva York.

«El padre busca el rocío depositado en las hojas, lo absorbe a través de una zona hipervascularizada del vientre, lo almacena en la vejiga urinaria y luego lo transporta hasta los embriones –explica–. Lo que no sabemos es si les transfiere esa agua con la orina o a través de la piel del vientre».

Hace entre 25 y 35 millones de años, cuando aparecieron las primeras ranas de cristal, probablemente las hembras se ocupaban de todo, dice Delia. Más tarde, hace entre ocho y 25 millones de años, algunos machos empezaron a encargarse de la crianza, aunque el motivo es un misterio.

«Cada vez que pasó a ser competencia de los machos, el cuidado de la prole se volvió más prolongado y diverso desde el punto de vista conductual en comparación con el de las hembras, que abandonan los huevos mucho antes de que estén listos para eclosionar», apunta, quizá porque ellas estaban centradas en producir más huevos para la siguiente puesta.

Mientras tanto, una nueva investigación ayuda a esclarecer cómo se forma el ya legendario vientre transparente de la rana de cristal. Carlos Taboada, biólogo de la Universidad Duke, en Carolina del Norte, que trabaja con Delia, sospecha que las crías reorganizan físicamente el interior de sus células y tejidos para convertirse en adultos transparentes.

«No hablamos únicamente de una piel sin pigmentos. Se necesitan músculos y estructuras internas transparentes que dispersen la luz en el menor número de ángulos posible», dice Taboada. Es posible además que el líquido intersticial contenga una sustancia gracias a la cual la luz pueda viajar en línea recta, añade, reduciendo así la opacidad.

Taboada está estudiando otro mecanismo que quizá permita a estas ranas confundirse con las hojas verdes sobre las que dormitan durante el día. Lo describe como «un espejo biológico: una especie de escudo o cobertura de cristales, presente en muchos de sus tejidos, que refleja hasta el 50 % de la luz que les llega en condiciones normales. Esos cristales amplifican la señal [lumínica] y el color verde de la rana se ve más vivo».

La transparencia les confiere otra ventaja: disimula su inconfundible forma a ojos de posibles depredadores, como aves, arañas y serpientes.

«Es un tipo de camuflaje que llamamos difusión de bordes», apunta Justin Yeager, biólogo evolutivo de la Universidad de las Américas en Quito.

Los científicos que estudian las ranas de cristal tienen un aliciente extra: algunos de sus objetos de estudio están desapareciendo por momentos.

La agricultura, la ganadería y los proyectos mineros de los Andes están invadiendo los ya fragmentados hábitats forestales de las ranas. El área de distribución de algunas especies, como la rana de cristal de Manduriacu (Nymphargus manduriacu), se reduce ya a una sola cuenca fluvial.

La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza considera que 10 especies de ranas de cristal están en peligro crítico, 28 están en peligro y 21 son vulnerables a la extinción.

«Muchas especies se declaran en peligro nada más descubrirse», dice Guayasamín. Sin embargo, la conservación de estas poblaciones aisladas podría entrañar ventajas, afirma. Su esperanza es que autoridades, empresas privadas y organizaciones sin ánimo de lucro se animen a colaborar para establecer reservas en las zonas donde abundan estas delicadas criaturas, garantizando así que tengan una verdadera oportunidad de sobrevivir.

«Rana de cristal es un nombre perfecto –declara Guayasamín–, porque conjuga al mismo tiempo fragilidad y belleza».

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La periodista colombiana-estadounidense Angela Posada-Swafford está afincada en Miami Beach, Florida. Jaime Culebras reside en Ecuador; sus fotografías dan a conocer especies amenazadas
de reptiles y anfibios.

Este artículo pertenece al número de Agosto de 2021 de la revista National Geographic.

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