Mujeres en marcha

Movidas por el miedo, la esperanza o la desesperación, millones de mujeres de todo el mundo migran cada año en busca de una nueva vida.

Refugiadas climáticas

Refugiadas climáticas

Tras lavar la ropa en un charco del camino, una mujer cruza un campo agostado de regreso a casa, en una Somalilandia golpeada por la sequía. Un clima cambiante y extremo está dejando millones de damnificados en el Cuerno de África. Ante la mortandad del ganado bovino, caprino y camellar, los pastores seminómadas –como esta mujer– no han tenido más remedio que trasladarse, a menudo a campos de desplazados o a ciudades.

Foto: The Everyday Projects

Raxma Xasan Maxamuud no quería dejar su casa de Somalilandia, pero un implacable ciclo de sequías convirtió los ríos en polvo y secó los pastos de los que dependía su ganado. En Honduras, la violencia indujo a Kataleya Nativi Baca, una mujer transgénero, a emprender un peligroso viaje hasta la frontera de Estados Unidos.

Aproximadamente la mitad de los migrantes inter e intranacionales son mujeres. Algunas parten atraídas por la promesa de un futuro mejor, pero aquellas que pasan hambre o temen por su vida en sus países de origen ven en la migración una apuesta a la desesperada por sobrevivir.

Para hacer este artículo, fotógrafas de The Everyday Projects –una red de ámbito mundial dedicada a derribar estereotipos presentando perspectivas diversas– han explorado cómo las penurias y obligaciones, la violencia, la pobreza, el cambio climático y otras fuerzas socavan la vida de las mujeres y las empujan a embarcarse en viajes que las transforman.

Según un informe de la Organización Internacional para las Migraciones, en 2019 había 272 millones de personas (de las cuales 130 millones eran mujeres) residiendo fuera de su país de nacimiento. Más del 60 % de esa población migrante vive en Asia y Europa. Sin embargo, la mayor parte de la migración internacional se produce a nivel regional: el flujo de migraciones hacia y entre los países de Oriente Próximo, el norte de África y el África subsahariana es el que crece a mayor ritmo.

La tendencia de las últimas décadas es que las mujeres migren a países ricos para incorporarse al mercado laboral, no para llevar a cabo una reunificación familiar. Se colocan como cuidadoras de niños y ancianos o en el trabajo doméstico, así como en la industria manufacturera y la agricultura, un cambio que se ha dado en llamar «la feminización de la migración». Las mujeres migrantes tienen más probabilidades de estar sobrecualificadas para esos puestos de trabajo que los hombres, ganan menos dinero que ellos y envían una proporción mayor de sus ingresos a la familia que dejaron en su país de origen.

En el caso de las mujeres que huyen de la violencia o de la pobreza, las rutas clandestinas las hacen todavía más vulnerables al tráfico sexual, las agresiones y las violaciones. Y cuando migran a países con ordenamientos jurídicos débiles o viajan indocumentadas, pueden encontrarse con la vulneración sistemática de sus derechos básicos.

La migración forzosa de refugiados y solicitantes de asilo se incrementó una media del 8 % anual entre 2010 y 2017, frente al aumento de menos del 2 % registrado por la migración internacional. De los 33,8 millones de personas que se vieron obligadas a emigrar en 2019, casi la mitad eran mujeres. Ese mismo año otros 33,4 millones de personas, más de la mitad de ellas mujeres, no tuvieron más remedio que desplazarse dentro de sus propias fronteras; el 75 % de esos movimientos intranacionales obedecieron a catástrofes naturales.

El Banco Mundial calcula que la pandemia de COVID-19 provocó en 2020 una caída del 20 % en el envío de remesas. El miedo, la ira y la pobreza enardecen la animosidad y la xenofobia, y los migrantes suelen verse convertidos en chivos expiatorios, acusados de transmitir enfermedades o de generar los problemas sociales que exacerba la pandemia.

Las páginas siguientes presentan la historia de cinco mujeres migrantes que ilustran distintas facetas de la experiencia de la reubicación: la decisión de partir; la esperanza y la dureza del viaje; la llegada a un entorno desconocido; la adaptación a una vida nueva, y la asimilación de que, por dificultoso o traumático que resulte el desarraigo, la migración puede ser un camino hacia la libertad.

La periodista Aurora Almendral, radicada en el Sudeste Asiático, escribió un artículo sobre la cultura migratoria filipina en el número National Geographic de marzo de 2019.

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01 Somalia

Irse o morir

Lo perdió prácticamente todo cuando la sequía mató a su ganado. Hoy espera en un campo de desplazados.

Un camello joven tira del hiyab de Cadar Maxamed en Xinjiinle, en el norte de Somalilandia. El camello se llamaba Baruud («recio»), porque su madre sobrevivió a años de sequía, a diferencia  de la mayoría de los animales de Cadar. El ganado, camellar y de otros tipos, es la base de la riqueza de los pastores de la región.

Un camello joven tira del hiyab de Cadar Maxamed en Xinjiinle, en el norte de Somalilandia. El camello se llamaba Baruud («recio»), porque su madre sobrevivió a años de sequía, a diferencia de la mayoría de los animales de Cadar. El ganado, camellar y de otros tipos, es la base de la riqueza de los pastores de la región.

Foto: Nichole Sobecki

Primero empezaron a morirse las ovejas. Sin suficiente pasto, estaban flacas y apáticas; sus balidos perdían fuelle por momentos. «Se morían como si las hubiesen envenenado», explica Raxma Xasan Maxamuud. Pastores de Haya, una aldea del centro de Somalilandia –Estado no reconocido autoproclamado dentro de Somalia–, Raxma y su familia criaban 300 cabras y ovejas y 20 camellos. En 2016, cuatro semanas de sequía acabaron con todos sus animales.

Los pastores seminómadas somalíes, cuyo único calendario es la llegada regular de las lluvias, empezaron a notar que desde hacía un par de décadas las lluvias eran irregulares y ya no armonizaban con otros ritmos vitales, como la época de cría de sus animales. «Si todavía hay alguien que no se crea el cambio climático –dice Sarah Khan, jefa de la subdelegación en Hargeisa del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR)–, que venga aquí a echar un vistazo».

Una mujer mira hacia  el cielo en medio de un enjambre  de langostas en el centro de Somalilandia. La meteorología extrema se ha traducido en la mayor plaga de langostas del desierto en 22 años, con la consiguiente destrucción de cultivos.

Una mujer mira hacia el cielo en medio de un enjambre de langostas en el centro de Somalilandia. La meteorología extrema se ha traducido en la mayor plaga de langostas del desierto en 22 años, con la consiguiente destrucción de cultivos.

Foto: Nichole Sobecki

Raxma cree que tiene unos 36 años. Nació en lo que su comunidad llamó el año biyo badan, «mu-cha agua». Desde niña ha conocido graves sequías que solían tener lugar un par de veces por decenio, pero la de 2016-2017 destruyó en torno a un 70 % de la economía pastoril de Somalilandia, su sector fundamental. Los ríos y lagos pluviales que habían sustentado a generaciones enteras de pastores desaparecieron. En 2016, los pozos de Haya se secaron por segunda vez en cinco años.

El pueblo contrató camiones cisterna, pero «pasamos mucha sed», recuerda Raxma. A diferencia del año en el que ella nació, los de aquel bienio no recibieron nombre alguno; todos querían olvidar esos dos años. «Antes vivíamos como en un castillo –dice Raxma–. Vendíamos cabras, teníamos carne y mantequilla. No nos hacía falta ayuda de nadie. Éramos nosotros quienes ayudábamos a los demás, porque teníamos de sobra».

Raxma Xasan Maxamuud lleva tres de sus 36 años esperando en un campo de desplazados de las afueras de Burco, en Somalilandia. Añora la abundancia y la felicidad de su anterior vida como pastora, cuando la sequía aún no había acabado con los rebaños de la familia.

Raxma Xasan Maxamuud lleva tres de sus 36 años esperando en un campo de desplazados de las afueras de Burco, en Somalilandia. Añora la abundancia y la felicidad de su anterior vida como pastora, cuando la sequía aún no había acabado con los rebaños de la familia.

Foto: Nichole Sobecki

Los pastores somalíes no miden la riqueza por su capacidad adquisitiva, sino por el tamaño de sus rebaños. Perder el ganado equivale a que se te queme la casa y te vacíen la cuenta bancaria.

En Haya flotaba el hedor de miles de animales en putrefacción, pero durante tres meses, mientras la sequía de 2016 no hacía sino recrudecerse, la familia de Raxma resistió. Quienes todavía tenían camellos compartían leche con aquellos cuyos rebaños habían muerto. Empezó a escasear la comida; los adultos reservaban las porciones más grandes para los niños más pequeños. Hubo un brote de diarrea, relata Raxma, y la gente temió por su vida. Cuando no quedó un solo animal, los vecinos juntaron sus ahorros y alquilaron un camión para que los trasladase a un campo de desplazados internos cerca de Burco, en el centro de Somalilandia.

En Somalilandia, hasta 600.000 personas viven varadas en campos de desplazados, donde dependen de la ayuda humanitaria.

El Banco Mundial calcula que en 2050 habrá unos 143 millones de personas en el África subsahariana, el sur de Asia y Latinoamérica obligadas a desplazarse dentro de sus propios países por causa de las condiciones climáticas. Hoy Raxma y hasta 600.000 habitantes de Somalilandia están atrapados en los campos y dependen de la ayuda humanitaria para comer y beber.

Las hermanas Maryan, de 15 años, y Xaawa Yusuf, de 12, estudian árabe ante la casa familiar, en el norte de Somalilandia, bajo la mirada de su madre, Caasha Jaamac (en el centro), de 40 años. La familia ha tenido que recomponerse en dos ocasiones tras haberlo perdido todo, primero por la sequía y luego tras el paso de un ciclón.

Las hermanas Maryan, de 15 años, y Xaawa Yusuf, de 12, estudian árabe ante la casa familiar, en el norte de Somalilandia, bajo la mirada de su madre, Caasha Jaamac (en el centro), de 40 años. La familia ha tenido que recomponerse en dos ocasiones tras haberlo perdido todo, primero por la sequía y luego tras el paso de un ciclón.

Foto: Nichole Sobecki

Raxma no ha perdido la esperanza. A su hija menor, nacida en el campo, la llamó Barwaaqo, una palabra que evoca prosperidad, abundancia y la felicidad que se siente cuando los rebaños están sanos, las lluvias son copiosas y las tierras verdean. Ella lo perdió casi todo, pero el nombre de su hija es una expresión de gratitud porque su familia sigue viva, y eso es una auténtica riqueza. —A. A.

La fotógrafa Nichole Sobecki, afincada en Nairobi, se centra en la conexión de la humanidad con la naturaleza. Sígala en Instagram @nicholesobecki.Asma Dhamac informó desde Somalilandia.

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02 Honduras - México

El viaje

Huyendo del peligro en su hogar, inició un arriesgado viaje hacia la frontera entre Estados Unidos y México, donde encontró más violencia e incertidumbre.

Kataleya Nativi Baca, mujer transgénero de 28 años, huyó de Honduras tras años de feroz hostigamiento. En la imagen, después de cruzar a México en balsa desde Guatemala, continúa su largo viaje hacia la frontera de Estados Unidos.

Kataleya Nativi Baca, mujer transgénero de 28 años, huyó de Honduras tras años de feroz hostigamiento. En la imagen, después de cruzar a México en balsa desde Guatemala, continúa su largo viaje hacia la frontera de Estados Unidos.

Fotografía tomada con apoyo de la fundación internacional de mujeres profesionales de los medios de comunicación

Antes de partir de Tapachula, México, Kataleya Nativi Baca llamó a una hermana desde el apartamento que compartía con otros dos migrantes centroamericanos. «Mañana habré avanzado mucho», le dijo.

Kataleya, mujer transgénero de 28 años, era una paria en su San Pedro Sula natal, en Honduras. Su madre la despreciaba. Uno de sus hermanos le daba palizas. En un país donde la espiral de violencia es alimentada por el machismo, cientos de homosexuales, bisexuales, transgénero e intersexuales son hostigados, a menudo con violencia. Una red de grupos defensores de sus derechos detectó que desde 2014 más de 1.300 personas de estos colectivos han sido asesinadas en Latinoamérica y el Caribe, el 86 % en Colombia, México y Honduras. Para muchos, es preferible afrontar los peligros del viaje que les permitirá solicitar asilo en Estados Unidos que soportar los de su hogar.

Tapachula, una ciudad fronteriza del sur de México, concentra migrantes procedentes de América Central, el Caribe y África. Kataleya pasó allí cuatro meses, hasta que obtuvo el visado que le permitiría atravesar México con destino a Tijuana, ya en la frontera con Estados Unidos.

Samanta Hilton, Alexa Smith y Escarle Lovely en su ciudad natal, San Pedro Sula, en Honduras. América Latina es la región del mundo donde la vida de las mujeres transgénero como ellas corre más peligro.

Samanta Hilton, Alexa Smith y Escarle Lovely en su ciudad natal, San Pedro Sula, en Honduras. América Latina es la región del mundo donde la vida de las mujeres transgénero como ellas corre más peligro.

Fotografía tomada con apoyo de la fundación internacional de mujeres profesionales de los medios de comunicación

Antes de subirse al autobús, compartió una despedida agridulce con la gente que se cruzaba por la calle, el guardia de seguridad de su establecimiento favorito de comida rápida, sus compañeros de piso, unos desconocidos que acabaron siendo amigos tras compartir las penalidades de la huida. «Por fin me voy de Tapachula», dijo.

Una vez en ruta, el autobús no tardó en detenerse: los agentes de inmigración querían revisar la documentación de los pasajeros. Fue la primera de las 20 paradas y puntos de control que jalonaron de interrupciones y nerviosismo las siguientes 72 horas y 4.000 kilómetros. Muchos migrantes que no logran hacerse con un salvoconducto para atravesar México recurren al autostop o se echan a andar, temiendo encontronazos con las autoridades y los riesgos de montar como polizón en un tren de mercancías. Los peligros son muchos: violencia pandillera, agresiones sexuales, extorsiones, captación por parte de la delincuencia organizada, secuestros. Kataleya era afortunada: tenía papeles.

Kataleya pasó cuatro meses en Tapachula, en el sur de México, hasta que obtuvo el visado que le permitió recorrer en autobús –no a pie ni en autostop– los 4.000 kilómetros de distancia hasta la frontera con Estados Unidos.

Kataleya pasó cuatro meses en Tapachula, en el sur de México, hasta que obtuvo el visado que le permitió recorrer en autobús –no a pie ni en autostop– los 4.000 kilómetros de distancia hasta la frontera con Estados Unidos.

Foto: Danielle Villasana

Al tercer día de viaje, el olor del aseo era tan insoportable que los pasajeros se tapaban la nariz con telas cada vez que se abría la portezuela. Kataleya se lavaba con toallitas húmedas y se repintaba los labios. Cuando faltaban pocas horas para llegar a Tijuana, la emoción se apoderó del pasaje. La gente se apretaba contra las ventanillas, entrecerrando los ojos para ver mejor la línea de metal que serpenteaba por una vasta pradera amarilla: la valla fronteriza entre México y Estados Unidos.

La esperanza que animó a Kataleya a viajar a Estados Unidos ha dado paso a un miedo cerval del que no puede escapar.

En Tijuana, Kataleya entró en la lista de espera de solicitantes de asilo: ella era la número 4.050. En ese momento se estaba tramitando el 2.925. Seis meses después, cuando faltaban unos 15 días para que por fin se tramitase su expediente, el Gobierno de Estados Unidos cerró la frontera a la inmigración como consecuencia de la COVID-19 y paralizó todas las solicitudes de asilo.

Tijuana marcó el final de la travesía mexicana de Kataleya (con camiseta rosa) y el inicio de su solicitud  de asilo. La cita para  su tramitación se pospuso "sine die" cuando Estados Unidos cerró la frontera a todos los inmigrantes en marzo de 2020 por causa de la pandemia de COVID-19.

Tijuana marcó el final de la travesía mexicana de Kataleya (con camiseta rosa) y el inicio de su solicitud de asilo. La cita para su tramitación se pospuso "sine die" cuando Estados Unidos cerró la frontera a todos los inmigrantes en marzo de 2020 por causa de la pandemia de COVID-19.

Foto: Danielle Villasana

Atrapada entre la incertidumbre y la violencia de la frontera mexicana y el rechazo social de su país de origen, la esperanza que en su día la animó a viajar a Estados Unidos ha dado paso a un miedo cerval del que no puede escapar. En su actual limbo, ha sufrido robos y palizas en refugios para migrantes LGTBI. También ha dependido de varios hombres para sobrevivir. La desesperación se ha adueñado de su vida. «De la noche a la mañana, todo se vino abajo», asegura. —A. A.

La fotoperiodista y exploradora de National Geographic Danielle Villasana está especializada en temas de derechos humanos, género y salud. Sígala en Instagram @davillasana.

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03 Vietnam - Singapur

El contrato

Decidida a hallar una seguridad económica, dejó su casa de Vietnam y contrajo un matrimonio concertado con un hombre de un país más rico.

Esta mujer vietnamita se casó hace 11 años con un singapurense, con el que ha tenido dos hijos. No es feliz en su matrimonio, pero teme divorciarse: como otras migrantes por matrimonio, depende de su marido para renovar su residencia  y corre el riesgo de perder la custodia de sus hijos.

Esta mujer vietnamita se casó hace 11 años con un singapurense, con el que ha tenido dos hijos. No es feliz en su matrimonio, pero teme divorciarse: como otras migrantes por matrimonio, depende de su marido para renovar su residencia y corre el riesgo de perder la custodia de sus hijos.

Foto: Amrita Chandradas

El día de su boda, Ngoc Tuyen estaba rodeada de extraños. Sentada sobre un banco de madera del jardín botánico de Singapur, lucía un vestido rojo con apliques de encaje negro y una diadema con margaritas de abalorios. Había conocido al novio dos meses atrás, y a su familia política, tan solo 16 días antes, tras su llegada al país. Una intermediaria matrimonial tradujo la ceremonia al vietnamita y los contrayentes sellaron su compromiso con un forzado beso en los labios. Tras firmar una avalancha de papeles, el matrimonio quedó formalizado. «Un buen comienzo –dijo Tuyen–. Quiero trabajar pronto».

Tuyen es migrante por matrimonio, una de las decenas de miles de vietnamitas, la mayoría mujeres, que en el último decenio han salido del país para casarse. El proceso suele empezar cuando un intermediario matrimonial comunica a las vecinas de pueblos y ciudades de provincias la inminente visita de hombres procedentes de Corea del Sur, China, Taiwán y Singapur. Así fue como Tuyen, de 34 años, conoció a Tony Kong, de 45. Una agencia colgó en su Facebook la foto de él, con una dirección de Ciudad Ho Chi Minh y la fecha en la que vería y entrevistaría a potenciales esposas. En estos tratos, nadie se llama a engaño: las mujeres acuden dispuestas a negociar estipendios para ellas y sus familias; los hombres ponen sobre la mesa cuál es su salario. A cambio de su belleza, juventud y compañía, ellas exigen estabilidad económica y, en el caso de Tuyen, la oportunidad de trabajar y enviar dinero a los suyos. Las remesas son cruciales en las áreas rurales pobres de Vietnam.

Ngoc Tuyen y Tony Kong el día de su boda, celebrada en Singapur en noviembre de 2019. Un intermediario matrimonial había concertado su primer encuentro en Vietnam dos meses antes.

Ngoc Tuyen y Tony Kong el día de su boda, celebrada en Singapur en noviembre de 2019. Un intermediario matrimonial había concertado su primer encuentro en Vietnam dos meses antes.

Foto: Amrita Chandradas

«No es cuestión de amor», dice Mark Lin, dueño de la agencia matrimonial singapurense True Love Vietnam Bride. Al preguntarle si sus clientes masculinos son bien parecidos, hace una mueca antes de dar una respuesta diplomática: «Depende». Lin es consciente de que su negocio se basa en la desigualdad económica: la renta anual media en Singapur es de 75.600 euros; en Vietnam, de 6.370. Por muchos defectos que tengan sus clientes, tienen más dinero que sus rivales vietnamitas.

Tuyen pidió a Tony una paga de 300 euros al mes, que él regateó hasta 180, lo que ella ingresaba en Vietnam trabajando en un puesto de comidas. No es suficiente para mantener a sus padres y a su hijo de cinco años, pero confía en poder trabajar en un salón de manicura, si le conceden el permiso de trabajo, para así enviar dinero extra.

La Agencia Matrimonial Mayle es una de las pocas que quedan en Singapur tras la ofensiva gubernamental contra los intermediarios matrimoniales, a los que acusa de delito migratorio, tráfico de personas y estafa financiera. Muchos agentes trasladaron sus servicios a internet, donde las jóvenes pueden tratar de captar la atención de un hombre.

La Agencia Matrimonial Mayle es una de las pocas que quedan en Singapur tras la ofensiva gubernamental contra los intermediarios matrimoniales, a los que acusa de delito migratorio, tráfico de personas y estafa financiera. Muchos agentes trasladaron sus servicios a internet, donde las jóvenes pueden tratar de captar la atención de un hombre.

Foto: Amrita Chandradas

Para que una esposa migrante pueda residir y trabajar en Singapur, en primer lugar debe solicitar un permiso de visita de larga duración, que renueva su marido cada uno o dos años. Si el esposo no lo hace, la mujer se queda sin papeles y puede perder también los hijos del matrimonio. Los tribunales suelen conceder la custodia al progenitor singapurense, ya que los niños se benefician de la ciudadanía. Las madres, cuya permanencia en Singapur depende de sus maridos, a veces son víctimas de malos tratos, desatenciones e infidelidades, según apuntan los medios de comunicación y las organizaciones que les prestan apoyo.

Para residir y trabajar en Singapur, las migrantes casadas dependen de que sus maridos renueven sus visados.

Tuyen, que habla un mandarín precario con Tony, dice no saber qué es lo que su nuevo marido necesita de ella, pero por si acaso cocina para él y le hace compañía. No sabe cuándo llegará su permiso de visita de larga duración, ni si lo obtendrá. Eso depende del salario mensual de su esposo, que justamente ha estado en el paro. Tuyen tampoco sabe si podrá llevarse consigo a Singapur a su hijo, ni si podrá mantenerlo.

Pero el día de su boda interpretó de buen grado el papel de recién casada. «Soy muy feliz», dijo. Y acto seguido, por enésima vez, preguntó a la intérprete cuándo podría empezar a trabajar. —A. A.

Amrita Chandradas es una fotógrafa documentalista singapurense especializada en temas de identidad, medio ambiente y problemas sociales. Sígala en Instagram @amritachandradas.

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04 Myanmar - Australia

Encontrar la paz

Tras huir de la persecución religiosa y soportar un penoso viaje, ella y su familia han encontrado libertad y ayuda en un nuevo hogar.

Sajeda Bahadurmia, de 32 años, abraza a la mayor de sus seis hijos, Asma, de 16, en Sidney. Va cubierta con el pañuelo blanco que su madre le entregó como amuleto antes de emprender el viaje a Australia hace seis años. Musulmanes rohingya, huyeron de la persecución birmana. Pero el refugio que encontraron en Australia no es seguro, porque aún no han obtenido la residencia permanente.

Sajeda Bahadurmia, de 32 años, abraza a la mayor de sus seis hijos, Asma, de 16, en Sidney. Va cubierta con el pañuelo blanco que su madre le entregó como amuleto antes de emprender el viaje a Australia hace seis años. Musulmanes rohingya, huyeron de la persecución birmana. Pero el refugio que encontraron en Australia no es seguro, porque aún no han obtenido la residencia permanente.

Foto: Mridula Amin

A principio, Sajeda Bahadurmia, que por entonces tenía 26 años, no sabía si los hombres de uniforme le harían daño. Era 2013 y acababa de pasar 14 días –del 23 de abril al 6 de mayo– en un barco con su marido, Nayim Ullah, y sus cuatro hijos, cruzando el mar de Timor desde una ciudad portuaria de Indonesia hasta Darwin, en el extremo norte de Australia.

El barco de 45 metros de eslora estaba abarrotado: más de 100 migrantes, rohingya como ellos, que huían de la opresión vivida en Myanmar, además de decenas de bangladesíes y dos somalíes. Cada vez que una gran ola se estrellaba contra el casco, Sajeda contenía la respiración y apretaba más el nudo con el que se había amarrado a la cintura a su hijo de un año, mientras los tiburones rondaban en círculo en las aguas oscuras. Su hija, Asma, de 10 años, preguntó: «¿Vamos a morir?».

Noor Asma, una rohingya birmana, asiste a una clase de inglés en Sidney con su recién nacida en brazos. La mayoría de las alumnas rohingya de la clase llegaron en barco entre 2013  y 2016, huyendo de la violencia.

Noor Asma, una rohingya birmana, asiste a una clase de inglés en Sidney con su recién nacida en brazos. La mayoría de las alumnas rohingya de la clase llegaron en barco entre 2013 y 2016, huyendo de la violencia.

Foto: Mridula Amin

«Aquello se me quedó grabado para toda la vida –recuerda Sajeda–. Me dije: Si Alá me salva, nunca volveré a poner a mis hijos en peligro».

Cuando los recogió la Armada Real Australiana, Sajeda no sabía si los marineros la tratarían a patadas, sometiéndola a golpes, insultos y tocamientos, como hacían los militares birmanos. Pero fueron amables, relata. Respetaron las costumbres musulmanas y garantizaron que los chequeos médicos previos a su traslado a un centro de internamiento de Darwin los llevasen a cabo mujeres.

El Gobierno de Myanmar lleva mucho tiempo persiguiendo a la minoría étnica musulmana de los rohingya. El estallido de violencia en 2012 propició la partida de Sajeda y su familia. A finales de 2017, cerca de un millón de rohingya habían huido a la vecina Bangladesh y otros lugares.

«La noche es muy peligrosa», dice Asma, que ya tiene 16 años, al recordar cómo los militares irrumpían en sus casas. Violaban a las mujeres y arrastraban a los hombres a la calle, para detenerlos o enviarlos a hacer trabajos forzados. El Gobierno birmano proscribió el término «rohingya».

En Myanmar, alzar la voz podía pagarse con la vida. En Australia, Sajeda oyó a la gente expresar sus pensamientos, e hizo lo mismo.

En los tres meses que pasaron en el centro de internamiento, Asma y Sajeda vivieron como una ofensa que las autoridades se dirigiesen a ellas mediante números, correspondientes a la embarcación en la que habían llegado: ROM006 y ROM007. Aun así, pronto empezaron a adaptarse a su nueva vida. Cuando Asma se incorporó a la escuela pública, no hablaba una palabra de inglés, pero se reía con sus compañeros australianos mientras comían sus típicas salchichas con pan.

Por fin Sajeda, que ahora tiene 32 años, fue reasentada con su familia en Sidney, bajo los auspicios de un programa australiano que costeó su traslado en avión y corrió con los gastos de los primeros meses. En calidad de refugiados, tenían derecho a recibir ayudas públicas. Sajeda descubrió el kétchup y la barbacoa australiana. Trabajó de voluntaria en un comedor social, empezó a trabajar a media jornada en el colegio de sus hijos y se sacó el carnet de conducir. La familia se mudó a una nueva vivienda en Lakemba, un barrio de Sidney donde se oía hablar rohingya en las calles. Vio la alegría en los ojos de sus hijos cuando abrieron la puerta de su primera casa.

Sajeda, en el centro, se manifiesta exigiendo derechos para los refugiados llegados a Australia: muchos de ellos han estado durante años con visados provisionales, sin un permiso de residencia permanente; otros están en centros de internamiento de extranjeros. «Quiero que nuestras mujeres tengan oportunidades, como todas las demás –reclama–. Quiero que todo el mundo vuele, como vuelo yo».

Sajeda, en el centro, se manifiesta exigiendo derechos para los refugiados llegados a Australia: muchos de ellos han estado durante años con visados provisionales, sin un permiso de residencia permanente; otros están en centros de internamiento de extranjeros. «Quiero que nuestras mujeres tengan oportunidades, como todas las demás –reclama–. Quiero que todo el mundo vuele, como vuelo yo».

Foto: Mridula Amin

«La palabra "libertad" salió de la nada –dice Asma–. Mi destino está aquí. Ese sentido de pertenencia salía a borbotones de mi interior». En Myanmar, alzar la voz podía pagarse con la vida. En Australia, Sajeda oyó a la gente expresar sus pensamientos, e hizo lo mismo. A las puertas de la mezquita de Lakemba, cuando ve salir un río de musulmanes después de la oración, se maravilla: «Nunca había visto nada semejante», dice. —A. A.

Mridula Amin, fotoperiodista australiana afincada en Sidney, explora la identidad, la migración y la justicia social en la región Asia-Pacífico. Sígala en Instagram @mridulaamin.

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05 Pakistán

Nuevas opciones

Dejando atrás la violencia de su ciudad natal, eligieron estudiar… y hallaron una cultura más abierta que las inspiró a crear y descubrir.

Bibi Sabar, de 22 años, a la izquierda, se hace un selfi con una amiga delante de la mezquita Faisal de Islamabad. Bibi se mudó a Islamabad para estudiar informática a instancias de su familia, porque la violencia contra los hazaras en su Quetta natal hacía peligroso que asistiese a la universidad.

Bibi Sabar, de 22 años, a la izquierda, se hace un selfi con una amiga delante de la mezquita Faisal de Islamabad. Bibi se mudó a Islamabad para estudiar informática a instancias de su familia, porque la violencia contra los hazaras en su Quetta natal hacía peligroso que asistiese a la universidad.

Foto: Saiyna Bashir

La ciudad de Quetta, en Pakistán, está rodeada de imponentes montañas nevadas. Pero Farheen, de 22 años, jamás las pisó. Evitaba los bazares, tenía pocas amigas, no quería saber nada de los chicos. Adora la danza, pero solo bailaba en casa delante del espejo; las mujeres de su cultura pueden ser humilladas, o algo peor, si bailan en público. «No es que yo sea conservadora –dice–. Es que tengo pánico».

Farheen, que no tiene apellido, es hazara, una etnia afgana y minoría religiosa chiita que desde hace más de un siglo ha sido perseguida, discriminada y masacrada por otras etnias rivales, por los talibanes y por otros extremistas religiosos. La pobreza y los estallidos de guerra y violencia en Afganistán han empujado a numerosos hazaras a salir del país.

En la década de 1960 los abuelos de Farheen cruzaron a Pakistán y se establecieron en Quetta, que hoy acoge a medio millón de hazaras. La mayoría vive en uno de los dos enclaves amurallados, encerrados por controles policiales y por el miedo perpetuo a la violencia. Desde 2003, cientos, quizá miles, de hazaras de Quetta han muerto en ataques y atentados selectivos. La cultura hazara puede ser patriarcal hasta extremos brutales. «Hablan de los crímenes de honor como si tal cosa –cuenta Farheen, refiriéndose a la práctica masculina de asesinar a aquellas mujeres que en su opinión han avergonzado a la familia–. Me da miedo».

En Islamabad, Bibi toma un autobús con sus compañeros de universidad para visitar un centro comercial. La salida habría sido excepcional en Quetta, donde la violencia contra los hazaras, musulmanes chiitas, por parte de los militantes sunníes hace que tengan miedo de salir de sus barrios amurallados.

En Islamabad, Bibi toma un autobús con sus compañeros de universidad para visitar un centro comercial. La salida habría sido excepcional en Quetta, donde la violencia contra los hazaras, musulmanes chiitas, por parte de los militantes sunníes hace que tengan miedo de salir de sus barrios amurallados.

Foto: Saiyna Bashir

Según sus propias palabras, «al entrar en Quetta, tu mente empieza a cerrarse. Tu mente y tu corazón, las dos cosas». Pero cuando te alejas, podría haber añadido, tu mente y tu corazón se abren. Las hazaras descontentas con la vida estricta de Quetta piensan que para tener un futuro deben emigrar a países como Australia, Irán y Turquía. Para muchas jóvenes hazaras de Quetta, la educación se revela como el camino hacia una nueva confianza y hacia la libertad. En la interpretación hazara de los valores islámicos, la educación es socialmente deseable y un imperativo religioso, una búsqueda que acompaña de por vida tanto a hombres como a mujeres. Para Farheen esa búsqueda significó dejar Quetta en 2017 para estudiar filología en la Universidad Nacional de Lenguas Modernas de Islamabad, la capital de Pakistán.

Haleema, de 22 años, a la izquierda, una hazara de Quetta, charla con sus compañeros en una clase de poesía. Como complemento a los estudios universitarios que cursa en Islamabad, da clases a preescolares. Quiere ser maestra de escuela o profesora universitaria.

Haleema, de 22 años, a la izquierda, una hazara de Quetta, charla con sus compañeros en una clase de poesía. Como complemento a los estudios universitarios que cursa en Islamabad, da clases a preescolares. Quiere ser maestra de escuela o profesora universitaria.

Foto: Saiyna Bashir

Allí, a más de 600 kilómetros de su hogar, vio aliviados sus miedos. Empezó a coger el autobús para ir a clase y a frecuentar lugares públicos. Se volvió más abierta de mente. La primera vez que oyó hablar del K-pop, el género musical surcoreano, le pareció una barbaridad. «Los chicos parecían chicas, todos maquillados», dice. Pero empezó a fijarse en las letras, que eran muy pegadizas, y se enganchó a ellas. Hoy se confiesa arrepentida de haber sido tan crítica. «El K-pop me ha ayudado a estar más abierta a nuevas ideas».

Las hazaras de Quetta, permanentemente amenazadas por la violencia, a menudo deciden que para tener un futuro y poder estudiar deben dejar su ciudad.

Intrigada por la cultura coreana, decidió estudiar el idioma y practicar bailes K-pop. Los grupos cantaban sobre la homofobia, la salud mental y las dificultades de la adolescencia; todo eso la ayudó a dejar atrás años de ansiedad y depresión.

Otra hazara de Quetta, Farheen, de 22 años, estudia filología inglesa en Islamabad. En la foto aparece haciendo los deberes en un albergue femenino próximo a su universidad. Sobre su cama, fotos de estrellas del K-pop, a cuyas canciones atribuye haber desarrollado una mayor amplitud de miras para con temas como la homofobia y la salud mental.

Otra hazara de Quetta, Farheen, de 22 años, estudia filología inglesa en Islamabad. En la foto aparece haciendo los deberes en un albergue femenino próximo a su universidad. Sobre su cama, fotos de estrellas del K-pop, a cuyas canciones atribuye haber desarrollado una mayor amplitud de miras para con temas como la homofobia y la salud mental.

Foto: Saiyna Bashir

Ella ve su estancia en Islamabad como el primer paso para descubrir un mundo más allá de las murallas de Quetta. Cuando acabe la carrera le gustaría visitar Canadá, tal vez estudiar danza en Estados Unidos o conocer Afganistán, su patria hazara. No descarta vivir en Corea del Sur. Por encima de todo, Farheen está recorriendo un camino hacia la libertad, desembarazada de su pasado y de la historia de persecución de su cultura. Y donde realmente le gustaría ir, confiesa, es «a un sitio donde no me conozca nadie». A. A.

La fotoperiodista paquistaní Saiyna Bashir documenta temas de violencia étnica, sanidad, migración y cambio climático. Sígala en Instagram @saiynabashirphoto.

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Este artículo pertenece al número de Febrero de 2021 de la revista National Geographic.

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