Mordeduras que matan

Decenas de miles de africanos fallecen cada año por mordeduras de serpiente. Recibir un tratamiento médico no siempre es fácil y los antídotos escasean. Es una crisis sanitaria.

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Una víbora arborícola saca la lengua para «olisquear» el entorno. Las serpientes venenosas matan cada año a unas 30.000 personas en el África subsahariana, pero muchas otras muertes no se registran. La cifra real puede ser el doble.

Una víbora arborícola saca la lengua para «olisquear» el entorno. Las serpientes venenosas matan cada año a unas 30.000 personas en el África subsahariana, pero muchas otras muertes no se registran. La cifra real puede ser el doble.

Foto: Thomas Nicolon

Simon Isolomo se despertó sobre las 5 de la mañana, se despidió de su esposa y sus siete hijos y embarcó en su canoa. Aquel martes de diciembre de 2018 había empezado como tantas otras jornadas de los 30 años que llevaba pescando en la provincia de Équateur, en la República Democrática del Congo. Mientras remaba por el río Ikelemba hacia su campamento de pesca con un par de amigos, Isolomo, profesor de francés de 52 años, desayunaba kwanga, un popular plato de mandioca, y disfrutaba del frescor matutino.

El herpetólogo Mamadou Cellou Baldé posa con la colección de serpientes del dispensario que trata las mordeduras de serpiente en el Instituto de Investigación Biológica Aplicada de Guinea, en la ciudad de Kindia.

El herpetólogo Mamadou Cellou Baldé posa con la colección de serpientes del dispensario que trata las mordeduras de serpiente en el Instituto de Investigación Biológica Aplicada de Guinea, en la ciudad de Kindia.

Foto: Thomas Nicolon

Tres horas más tarde llegaron al campamento, e Isolomo se dispuso a comprobar los sedales que había instalado la víspera. Al notar resistencia en uno de ellos, hundió la mano en las aguas turbias. Sintió un dolor agudo que lo dejó mareado. La sangre manaba de dos heridas punzantes. Justo bajo la superficie del agua, una serpiente amarillenta con anillos negros –seguramente una cobra de agua anillada– se alejó nadando.

Los amigos de Isolomo lo ayudaron a subir a la canoa y se pusieron a remar con todas sus fuerzas para regresar a su aldea, Iteli. Cuando llegaron, unas tres horas después, estaba semiinconsciente. «Le había cambiado el color de los ojos y vomitaba», recuerda su esposa, Marie, y acto seguido se echa a llorar. Un sanador tradicional le aplicó un torniquete y partieron de nuevo en la canoa hacia el hospital de Mbandaka, la capital provincial, a 100 kilómetros de distancia. Pero antes de llegar, Isolomo dejó de respirar y murió.

Las marcas de la mano de Baldé muestran el avance de la inflamación en los 30 minutos posteriores a la mordedura de una víbora bufadora. Baldé se inyectó seis dosis  del antiofídico Inoserp Pan-Africa.

Las marcas de la mano de Baldé muestran el avance de la inflamación en los 30 minutos posteriores a la mordedura de una víbora bufadora. Baldé se inyectó seis dosis del antiofídico Inoserp Pan-Africa.

Foto: Thomas Nicolon

Su historia sintetiza una crisis sanitaria de alcance mundial: sufrió una mordedura de serpiente, en una zona remota a varias horas del hospital más cercano, y no vivió para contarlo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hasta 138.000 personas fallecen cada año en el mundo por mordeduras de serpiente, y un 95 % de esas muertes tiene lugar en comunidades rurales pobres de países en vías de desarrollo. Otras 400.000 sobreviven con amputaciones y otras discapacidades permanentes.

Una de las regiones más afectadas es el África subsahariana, donde se calcula que se producen unas 30.000 muertes anuales por este tipo de accidentes. Aunque hay médicos y otros expertos convencidos de que la cifra real puede ser incluso el doble. Un factor crucial es la grave escasez de la única terapia capaz de neutralizar las toxinas de las serpientes peligrosas: el suero antiofídico. El panorama se complica todavía más desde el momento en que muchas de las víctimas –por falta de recursos económicos o de medios de transporte, o porque desconfían de la medicina occidental– no acuden a los hospitales o llegan demasiado tarde. En muchos centros sanitarios el personal no está suficientemente formado para tratar las mordeduras de serpiente. Además, aun en el caso de que la medicación esté disponible, su precio es prohibitivo para muchas víctimas. Sumémosle a todo lo anterior que la mayoría de los antiofídicos africanos más eficaces deben conservarse en frío para que no pierdan estabilidad ni efectividad, algo casi imposible debido a los frecuentes cortes de luz, incluso en las ciudades.

Abdourahmane Diallo, de 12 años, y su padre (a la derecha) aguardan en el dispensario donde trabaja Baldé, uno de los pocos centros de África que tratan mordeduras de ofidios. Una serpiente no identificada mordió al pequeño en un tobillo mientras pastoreaba cabras. Los Diallo llegaron a Kindia cuatro días después y el niño fue tratado con éxito.

Abdourahmane Diallo, de 12 años, y su padre (a la derecha) aguardan en el dispensario donde trabaja Baldé, uno de los pocos centros de África que tratan mordeduras de ofidios. Una serpiente no identificada mordió al pequeño en un tobillo mientras pastoreaba cabras. Los Diallo llegaron a Kindia cuatro días después y el niño fue tratado con éxito.

Foto: Thomas Nicolon

Decidida a llamar la atención sobre esta crisis y captar financiación para su investigación y tratamiento, la OMS añadió en 2017 el envenenamiento por mordeduras de serpiente a su lista de enfermedades tropicales desatendidas, en la que figuraban ya la rabia, el dengue y la lepra. Y en 2019 anunció que se propone reducir a la mitad la cifra anual de muertes y discapacidades por esta causa antes de 2030, una meta que podría costar cerca de 117 millones de euros.

Elevar las mordeduras de serpiente a este nivel de preocupación es todo un aldabonazo para los ministerios de sanidad africanos, apunta el biólogo guineano Mamadou Cellou Baldé, de 66 años, director de investigación del Instituto de Investigación Biológica Aplicada de Guinea (IRBAG), sito en Kindia, donde atienden este tipo de accidentes. Baldé y otros expertos llevan años tratando de concienciar a las autoridades de la gravedad de esta crisis letal, sin obtener ningún resultado. «Vemos cómo se gastan millones en amañar hasta las elecciones locales, mientras los científicos africanos no tienen dinero para realizar investigaciones que salvarían vidas», dice Baldé.

Las mordeduras de serpiente se cobran más de 100.000 vidas cada año. En torno al 95 % de esas muertes se producen en comunidades rurales pobres de países en vías de desarrollo.

La mayoría de las víctimas de mordeduras de serpiente en África son agricultores que trabajan descalzos o con sandalias en fincas alejadas de todo, lo que los hace extremadamente vulnerables. La mordedura de una serpiente venenosa es el pistoletazo de salida de una carrera contrarreloj. Trasladar a la víctima al hospital más cercano puede llevar horas, incluso días. Y para entonces quizá sea demasiado tarde.

El veneno de los elápidos, una familia de serpientes que incluye a las mambas y las cobras, puede matar en cuestión de horas. Sus neurotoxinas paralizan rápidamente la musculatura respiratoria y causan asfixia. El veneno de los vipéridos, en cambio, puede tardar varios días en acabar con la víctima, interfiriendo en la coagulación y provocando inflamación, hemorragias y necrosis.

Una vez en el centro sanitario, la supervivencia del paciente depende de dos factores: ¿hay un suero antiofídico? Y, si lo hay, ¿sabe administrarlo el personal médico? En el África subsahariana, a menudo la respuesta a ambas preguntas es un no.

Algunas víctimas ni siquiera son trasladadas al hospital. Sus parientes acuden a sanadores tradicionales, que quizá les apliquen hojas o cenizas de huesos de animales, o les hagan un torniquete en la extremidad donde han recibido la mordida, con el peligro que eso entraña. Es cierto que algunas fitoterapias alivian el dolor y reducen la inflamación, pero no pueden evitar la muerte, dice Baldé.

La mordedura de una serpiente venenosa es el pistoletazo de salida de una carrera contrarreloj. El acceso al tratamiento puede llevar horas, incluso días. Y para entonces quizá sea demasiado tarde.

Eso no obsta para que los supervivientes aseguren que los curanderos les han salvado la vida. Alrededor de la mitad de las mordeduras son secas, es decir, sin inoculación de veneno, explica Eugene Erulu, médico del Hospital de Watamu, en el sur de Kenia, «de modo que los pacientes se recuperan y el sanador tradicional cree haberlos curado».

Hace unos 25 años Baldé estaba descansando bajo un mango en el IRBAG cuando llegó un hombre corriendo, con una niña inconsciente en brazos. La había mordido una serpiente, según dijo.

Baldé, que por entonces era entomólogo y estudiaba enfermedades transmitidas por vectores, entró con la pequeña de 12 años en el dispensario, pero no hubo nada que hacer. El instituto había sido un centro de tratamiento de mordeduras de serpiente a principios del siglo XX, pero hacia los años cincuenta reorientó su actividad. Nadie sabía cómo tratar a la niña.

Rémi Ksas, ayudado por Antoine Planelles, extrae veneno de una víbora de Gabón occidental para el laboratorio francés Latoxan, que suministra ingredientes a fabricantes de sueros antiofídicos de todo  el mundo. El veneno puede cotizarse a miles de euros el gramo.

Rémi Ksas, ayudado por Antoine Planelles, extrae veneno de una víbora de Gabón occidental para el laboratorio francés Latoxan, que suministra ingredientes a fabricantes de sueros antiofídicos de todo el mundo. El veneno puede cotizarse a miles de euros el gramo.

Foto: Thomas Nicolon

Conmocionado, Baldé se juró que aquella niña sería la última víctima desatendida. Abandonó los insectos por las serpientes y se propuso aprenderlo todo sobre sus mordeduras.

En sus muchos años buscando tratamientos, Baldé, hoy convertido en un herpetólogo de talla internacional que imparte conferencias sobre mordeduras de serpiente, afirma que lo mejor que ha encontrado es Fav-Afrique, un antisuero fabricado por la farmacéutica francesa Sanofi que demostró su eficacia contra el veneno de 10 de las serpientes más peligrosas de África. Pero en 2014 Sanofi dejó de fabricarlo porque no era rentable.

La producción de antídotos es un proceso largo y caro, y como la inmensa mayoría de quienes los necesitan son ciudadanos de países en vías de desarrollo, no reportan grandes beneficios.

Para fabricar un suero antiofídico se necesita veneno. Lo proporcionan laboratorios que pueden tener miles de serpientes en cautividad, a las que ordeñan más o menos una vez al mes para obtener su veneno. En función de la especie, la farmacéutica puede llegar a pagar varios miles de euros por un solo gramo de esta sustancia.

A continuación el veneno se inyecta –en cantidades tan pequeñas que no surten efectos nocivos– a caballos u otros grandes mamíferos, cuya sangre desarrolla anticuerpos. Luego se les extrae la sangre, y los técnicos del laboratorio separan y purifican los anticuerpos para fabricar el antisuero.

Incluso teniendo a mano un antiofídico de calidad, el éxito del tratamiento puede ser cuestión de cara o cruz. La composición química del veneno y sus efectos pueden variar de una serpiente a otra, incluso dentro de la misma especie. «Existe un enorme vacío de investigación y datos publicados», insiste Jordan Benjamin, creador de la Asclepius Snakebite Foundation, organización que desde Estados Unidos proporciona material y formación a centros médicos africanos.

«A veces los antídotos específicos para ciertas especies no son eficaces en algunas zonas», apunta Nick Brandehoff, director médico de la fundación. Por ejemplo, «el veneno de la víbora bufadora puede variar geográficamente. Es muy complicado».

En 2013 la empresa mexicana Inosan Biopharma puso en el mercado un nuevo antisuero capaz de neutralizar las toxinas de al menos 18 especies de serpientes, más que la mayoría de los antídotos disponibles en África. «Puede administrase aunque no esté claro qué especie causó la mordedura», explica Benjamin. El fámarco, Inoserp Pan-Africa, tiene una ventaja adicional: se presenta liofilizado. Poder prescindir de la refrigeración «marca un antes y un después», asegura Baldé, uno de los primeros profesionales en probarlo sobre el terreno.

Una víbora bufadora, una de las serpientes más peligrosas de África, se asolea sobre una roca en Guinea. En 2017 la Organización Mundial de la Salud añadió las mordeduras de serpiente a su lista de enfermedades tropicales desatendidas, en una llamada de atención sobre esta crisis sanitaria para captar fondos destinados a financiar investigaciones y tratamientos.

Una víbora bufadora, una de las serpientes más peligrosas de África, se asolea sobre una roca en Guinea. En 2017 la Organización Mundial de la Salud añadió las mordeduras de serpiente a su lista de enfermedades tropicales desatendidas, en una llamada de atención sobre esta crisis sanitaria para captar fondos destinados a financiar investigaciones y tratamientos.

Foto: Thomas Nicolon

Pese a su efectividad, Inoserp no se produce en cantidades suficientes. Hay una grave carestía de sueros antiofídicos en general: la cifra de viales en circulación no supone ni el 5 % del millón o dos millones que se necesitan cada año en el África subsahariana. Y aunque hubiera suficientes, la población rural de África –que a menudo no ingresa más de un par de euros al día– no podría costeárselos. Hospitales y farmacias pueden cobrar entre 60 y 100 euros o más por vial, y la mayoría de las víctimas necesita varias dosis.

Existen antiofídicos más baratos, pero no suelen dar buen resultado. «En varios países africanos nos hemos encontrado antídotos diseñados para tratar mordeduras de serpientes indias», dice Jean-Philippe Chippaux, experto en enfermedades tropicales del Instituto de Investigación para el Desarrollo (IRD) de Francia, que ayudó a redactar la estrategia de la OMS y ha participado en el desarrollo de sueros antiofídicos, entre ellos Inoserp.

«Los Estados deberían ofrecer apoyo financiero –dice Chippaux–. Deberían abaratar los antisueros para que la población pueda recibir tratamiento».

Inosan Biopharma está invirtiendo millones de dólares en aumentar la producción de Inoserp, con la esperanza de que los Gobiernos africanos se comprometan a adquirir volúmenes suficientes para frenar la crisis. «Por ahora no sacamos beneficios a Inoserp –dice su director ejecutivo, Juan Silanes–, pero nos enorgullece nuestra labor porque sabemos que es una causa importante».

Otras empresas investigan también nuevos tratamientos, pero ninguno está tan avanzado ni es tan prometedor como Inoserp, afirma Benjamin. Varias organizaciones filantrópicas están interviniendo allí donde no llega el Estado. La Fundación Asclepius, por ejemplo, proporciona Inoserp y formación médica a centros de salud de Guinea, Kenia y Sierra Leona. La James Ashe Antivenom Trust suministra antídotos a los hospitales del condado keniano de Kilifi, para que los pacientes reciban tratamiento gratuito.

Pero como apunta Baldé, prevenir la mordedura siempre es mejor que tratarla. Las campañas de concienciación en Guinea y otros países divulgan lo que este médico explica a sus pacientes: cálcese cuando vaya a caminar por lugares donde puede haber serpientes, y de noche lleve una linterna.

«Las mordeduras de serpiente siempre han sido un problema de los pobres, por lo que los políticos se desentienden», dice Erulu desde el Hospital de Watamu. Pero confía en que la nueva inversión global en prevención de la OMS dé resultado. «Los Gobiernos van a verse obligados a considerarlo un problema grave –dice–. Y ese es un gran paso».

Thomas Nicolon es fotoperiodista y Explorador de National Geographic especializado en las selvas tropicales. Este es su primer artículo para National Geographic.

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Ágil y arborícola, la mamba verde oriental es una de las cuatro especies de mambas africanas. Su mordedura puede inocular un veneno neurotóxico de acción rápida que paraliza los músculos respiratorios y provoca la muerte por asfixia.

Foto: Thomas Nicolon

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Es fácil pisar una víbora de Gabón, pues se camufla a la perfección y suele pasar horas inmóvil en el suelo de la selva. El veneno de esta gran víbora afecta a la coagulación de la sangre; muchos supervivientes de esta mordedura sufren amputaciones.

Foto: Thomas Nicolon

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Una cobra de bosque despliega el capuchón en posición defensiva. Las cobras africanas se adaptan bien a los hábitats humanos, como plantaciones frutales y barrios suburbanos.

Foto: Thomas Nicolon

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Lenta y de hábitos nocturnos, la víbora rinoceronte se oculta bien entre la hojarasca, por lo que es difícil advertir su presencia.

Foto: Thomas Nicolon

Ampliar el mapa de las "Zonas de riesgo".

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La entidad sin ánimo de lucro National Geographic Society ha ayudado a financiar este artículo.

Este artículo pertenece al número de Enero de 2021 de la revista National Geographic.

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