Gran angular

Más virus que estrellas en el Universo

La cantidad de virus que hay en la tierra es tan colosal como desconocida. Nosotros, los humanos, estamos azuzando su dispersión.

Fotomontaje que muestra una Tierra colonizada por virus  en contraste con un firmamento estrellado. Aunque cueste creerlo, el número de virus existente supera al de estos objetos celestes.

Fotomontaje que muestra una Tierra colonizada por virus en contraste con un firmamento estrellado. Aunque cueste creerlo, el número de virus existente supera al de estos objetos celestes.

Foto: John F Cote /Getty Images

22 de marzo de 2021, 10:13 | Actualizado a

No es una licencia poética, sino una estimación real: todo indica que en el mundo hay más virus que estrellas en el universo, una cantidad descomunal que se expresa con un uno seguido de treinta y un ceros: 1031. Lo explicaba un artículo publicado en la revista Nature hace unos años, en el que se añadía que si todos los virus de la Tierra se pusieran en fila, esta se extendería a lo largo de 100 millones de años luz. Teniendo en cuenta que un año luz equivale a 9,5 billones de kilómetros, la desmesura es total, inimaginable.

«La virusfera es un mundo colosalmente inmenso y desconocido, la gran mayoría está aún por descubrir», dice Ricard Solé, investigador ICREA en el Laboratorio de Sistemas Complejos de la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona. Los virus, añade este físico y biólogo, están presentes en todos los ecosistemas y aunque no se mueven por sí solos, se las apañan muy bien para transportarse. En la atmósfera se dispersan de aquí para allá adheridos a las partículas aéreas y constantemente caen millones de ellos desde el cielo. Estos agentes parasitan las células de todo tipo de organismos –animales, plantas, hongos, bacterias, protozoos…– con el único objetivo de proliferar. Como no pueden replicarse por sí mismos, acceden al interior de las células y ocupan su maquinaria reproductiva, forzándola a replicar las proteínas víricas y los ácidos nucleicos que se requieren para originar millones de nuevos virus. Aunque la transcripción es poco prolija y produce muchas mutaciones, a menudo estas acaban por propulsar la evolución de estos agentes parásitos. Hay tantos y son tan diversos que son difíciles de combatir. Cuando los nuevos virus están operativos, escapan de la célula, a menudo rompiendo su membrana, para esparcirse por el organismo y colonizar todas aquellas células en las que puedan penetrar.

«En los ecosistemas acuáticos también son sorprendentemente abundantes; de hecho, en el mar los virus constituyen el grupo más numeroso», afirma Solé. Un estudio de 2019 basado en los datos compilados durante la expedición oceanográfica realizada entre 2009 y 2013 a bordo del velero Tara arrojó resultados asombrosos: se catalogaron 195.728 tipos de virus, lo que multiplicó por más de 10 los cálculos precedentes. «Años atrás pensábamos que en los océanos no había virus. Hoy sabemos que los hay por billones y que además ejercen un rol muy importante en el funcionamiento de los ecosistemas marinos, pues eliminan a diario entre el 20 y el 40 % del total de las bacterias». Su presencia influye en los ciclos biogeoquímicos del océano, tanto en su capacidad de secuestro de carbono como en el intercambio de gases con la atmósfera. «Por tanto, se estima que desempeñan también un importante papel en el fenómeno del calentamiento global», apunta el científico. ¿Pero qué rol tendrán los virus en la emergencia climática? «No lo sabemos –responde–. Puede que tengan un efecto amortiguador… o todo lo contrario. Queda mucho por investigar, sabemos muy poco de ellos».

Los virus desempeñan en nuestro cuerpo funciones que van mucho más allá de ser tan solo «los malos de la película»

Estos agentes infecciosos tan ubicuos, que ni son organismos vivos ni seres inertes, también son profusos en nuestro organismo. Según David Pride, microbiólogo de la Universidad de California en San Diego, hasta 380 billones de virus habitan en nosotros cuando estamos sanos, junto con otros muchísimos y variados microorganismos. Ya lo explicó muy bien en su día Ed Yong en su exitoso libro Yo contengo multitudes: nuestro cuerpo alberga un maravilloso universo que vive en simbiosis con el entorno. Los virus desempeñan en nuestro cuerpo funciones que van mucho más allá de ser tan solo «los malos de la película»: presionan selectivamente a los hospedadores obligándolos a evolucionar, crean riqueza genética y regulan las poblaciones y la biodiversidad. «Sabemos que los genes heredados de antiguos retrovirus son un elemento clave en la maduración de la placenta de los mamíferos –dice Solé–. También hay indicios de que los virus empujaron a las células a que encerrasen su genoma en el núcleo para protegerlo del ataque de estos parásitos, y de que detonaron la aparición del sexo: quizá la mezcla de dos secuencias de ADN (la del padre y la de la madre) fue un mecanismo de escape para pasar desapercibidos ante los virus, especialmente eficientes reconociendo marcadores genéticos más simples, como los que albergan los organismos que se reproducen de forma asexual».

Desde hace millones de años el ingente batallón de virus que habita en las entrañas de la naturaleza se per­petúa propagándose entre los distintos organismos con los que comparte entorno, a veces infectándolos directamente y otras, a través de especies intermediarias. Durante la mayor parte del tiempo que los humanos llevamos en la Tierra, la mayoría de los virus han vivido alojados en animales que no estaban en contacto con las personas gracias al efecto barrera generado por los sistemas naturales, una fantástica zona de amortiguación que llevamos demasiados años destruyendo.

A medida que hemos ido invadiendo y alterando los entornos salvajes, a medida que comemos cada vez ma­­yor cantidad de fauna salvaje sin ningún tipo de control y estabulamos a miles y miles de animales para la cría intensiva de carne (a menudo en unas condiciones que hace que estén inmunodeprimidos), las posibilidades de contacto entre virus y humanos se disparan exponencialmente. Y «ellos», cabe subrayar, también son profusión entre los mamíferos: según un estudio de 2013 realizado por el epidemiólogo Simon Anthony, de la Universidad de Columbia, y el ecólogo de enfermedades Peter Daszak, de la organización EcoHealth, debe de haber unos 320.000 virus por descubrir habitando en las 5.500 especies de mamíferos conocidas. El coronavirus que hoy nos atenaza es solo uno de ellos.

Anochece y un nutrido grupo de murciélagos cola de ratón (Talarida brasilensis) abandona la cueva Bracken, en Texas, iluminada con luz infrarroja, para ir a  alimentarse de insectos.

Anochece y un nutrido grupo de murciélagos cola de ratón (Talarida brasilensis) abandona la cueva Bracken, en Texas, iluminada con luz infrarroja, para ir a alimentarse de insectos.

Foto: Karine Aigner / NPL/ Cordon Press

«Alterar los ecosistemas tiene muchas consecuencias y aún no somos conscientes de ello», asevera Jordi Serra-Cobo, ecoepidemiólogo e investigador en el Instituto de Investigación de la Biodiversidad (IRBio) de la Universidad de Barcelona. El deterioro de la naturaleza, el cambio climático, el aumento non stop de la población humana y la pasmosa facilidad con la que nos desplazamos por el planeta son, según el científico, el cóctel perfecto para la emergencia de nuevas enfermedades zoonóticas, ya sean causadas por virus o por otros agentes patógenos. Este doctor en biología lleva treinta años estudiando animales reservorio de virus, en especial a los murciélagos, en diversos puntos de España, el norte de África y el Amazonas peruano, pero también a los jabalíes, que, junto con mosquitos y roedores, son animales que pueden albergar muchos virus.

Ahora participa en el proyecto europeo CONVAT, liderado por la química Laura M. Lechuga desde el Instituto Catalán de Nanociencia y Nanotecnología (ICN2) de Barcelona. CONVAT es uno de los proyectos seleccionados por la Comisión Europea para avanzar en el conocimiento sobre el virus de la COVID-19 y su objetivo es el diseño de un biosensor basado en nanotecnología que en 30 minutos podrá detectar la presencia del SARS-CoV-2 de manera fiable y a bajo coste. Pero ese dispositivo no servirá solo para las personas. «Sus características lo hacen muy apropiado para que se pueda utilizar en las primeras fases de los trabajos de muestreo en animales, en especial cuando el volumen de muestras es muy ele­vado. Permite detectar de forma rápida y barata la presencia y concentración de coronavirus en cada muestra analizada. Después, si se quieren conocer las características moleculares de ese virus para posteriores estudios científicos, las muestras que hayan dado positivo serán analizadas con una prueba PCR», explica.

La relación de Serra-Cobo con los quirópteros empezó décadas atrás cuando inició un estudio para evaluar el riesgo potencial de que pudieran contagiar la rabia –un virus de la familia de los lisavirus– a las personas. «Los resultados han evidenciado que los lisavirus que albergan los murciélagos europeos difícilmente pueden transmitirse a los humanos», afirma. Cuando el biosensor esté listo, su primera misión será comprobar cuántos murciélagos acarrean el coronavirus, para así tener controlados hipotéticos puntos de riesgo. Serra-Cobo quiere dejar bien claro que estos animales deben ser protegidos, pues insiste en que «son muy importantes para mantener la salud y el equilibrio de los sistemas naturales».

El investigador pone como ejemplo a una colonia que conoce muy bien, la del macizo barcelonés de Sant Llorenç de Munt, donde en invierno se congregan hasta 17.000 ejemplares de murciélagos de cueva, los cuales eliminan cada año más de 25 toneladas de insectos. Entre ellos, a otros grandes reservorios de virus, los mosquitos, que nos deberían preocupar mucho más que los murciélagos: hoy en día en España han sido detectadas ya tres especies invasoras de mosquito del género Aedes, vectores potenciales de una veintena de virus. El mosquito tigre, Aedes albopictus, originario del Sudeste Asiático, entre nosotros desde 2004, es vector potencial del virus del chikunguña, del dengue o del Zika. La especie Aedes japonicus, procedente de Japón y detectada en 2018, acarrea el virus de la fiebre amarilla. Por suerte, una tercera especie, la africana Aedes aegypti, detectada en 2017 en Canarias, pudo ser eliminada tras una ingente labor de control.

En los últimos 20 años ha habido un claro aumento de epidemias causadas por virus.

Serra-Cobo también ha participado, con el Servicio de Ecopatología de Fauna Salvaje (SEFAS) de la Universidad Autónoma de Barcelona, en el seguimiento de los jabalíes de la barcelonesa sierra de Collserola, donde se constató una prevalencia del virus de la hepatitis E, de origen asiático, en un 20 % de la población. «La mayoría de las infecciones de hepatitis E en personas son asintomáticas, solo un pequeño porcentaje sufre consecuencias graves para la salud. Obviamente, si aumentan el número de ejemplares infectados y las interacciones entre las personas o sus animales domésticos con los jabalíes, se producirán más casos graves», dice. En Asia, este virus está siendo transmitido a humanos a través de las ratas.

En los últimos 20 años ha habido un claro aumento de epidemias causadas por virus. La COVID-19 es solo la más reciente de una larga lista de las que se ha hablado poco porque apenas han afectado a Occidente. Pero todos los expertos saben que tras esta pandemia vendrá otra. No sabemos cuándo, pero sí qué se debería hacer para gestionarla y retrasarla al máximo. Como ciudadanos, no podemos afrontar la emergencia del próximo virus como si se tratara del inminente impacto de un meteorito contra el que nada podemos hacer. Ni tampoco culpabilizar a una u otra especie silvestre. Si la «culpa» es de alguien, es de nuestra forma de interaccionar con la naturaleza. Matar a los murciélagos para frenar la COVID-19, un triste ejemplo que ya ha sucedido en algún lugar durante esta pandemia, es como si saliéramos a talar los árboles para evitar futuros incendios. Como decía la primatóloga Jane Goodall hace apenas unos días, la pandemia, al igual que el cambio climático, son consecuencia de nuestra falta absoluta de respeto por los animales y el medio ambiente. Si no cambiamos el chip, dijo, «estaremos acabados». Como ciudadanos, tampoco deberíamos permitir que haya en el mundo gobernantes que no acrediten entender este mensaje.

__________

Virus zoonóticos

El número de virus que se transmiten de animales a personas aumenta a medida que alteramos los sistemas naturales e incrementamos nuestra movilidad. Estos son algunos de los virus zoonóticos que hoy más preocupan a los expertos, numerados por orden cronológico.

1. Dengue: 1779, Java
Hospedador: mosquitos Aedes
En aumento en los últimos años, este virus origina 390 millones de casos anuales. Más del 70 % de la morbilidad se da en el sur de Asia y en el Pacífico Occidental. En España hubo dos casos en 2019.

2. Virus del Nilo Occidental: 1937, Uganda
Hospedador: aves
Intermediario: mosquitos Culex
En 1999 se introdujo en Estados Unidos y se expandió por las principales rutas de las aves migratorias de Israel, Grecia, Rumanía y Rusia. En 2018 provocó 181 muertes en Europa.

3. Chikunguña: 1952, Tanzania
Hospedador: mosquitos Aedes
La fiebre chikunguña se ha detectado en más de 60 países de Asia, África, América y Europa (incluida España).

4. Marburgo: 1967, Alemania
Hospedador: murciélagos pteropódidos
Surgido en monos verdes africanos de un laboratorio alemán, ha provocado un total de 571 casos y 470 muertes. Los casos más recientes son de 2014, en Uganda y los Países Bajos.

5. Virus de Lassa: 1969, Nigeria
Hospedador: roedores
Endémico de roedores africanos, se transmite al entrar en contacto con su orina o heces. Ha llegado a Europa.

6. Ébola: 1976, río Ébola
Hospedador: murciélagos pteropódidos
Intermediarios: primates y murciélagos
La fiebre hemorrágica del Ébola se identificó por primera vez en Sudán y R. D. del Congo. En 2014 hubo casos en Estados Unidos y España y es altamente mortal.

7. VIH: aislado en 1983
Hospedador: chimpancé y mono mangabey gris (Cercocebus atys)
Originado en África occidental, este virus saltó a un humano tras la ingesta de carne de primates. Ha causado 30 millones de muertes en todo el mundo.

8. Hendra: 1994, Australia
Hospedador: murciélagos pteropódidos
Intermediario: caballo
Detectado solo en Australia, enferma de gravedad a los caballos y ha causado algún contagio letal en humanos.

9. H5N1 (gripe aviar): 1997, Hong Kong
Hospedador: aves de corral
Enfermedad causada por el virus de tipo A de la gripe, la cepa H5N1 ocasionó una importante epidemia entre humanos en 2003.

10. Nipah: 1998, Malasia
Hospedador: murciélagos pteropódidos
Intermediario: cerdo
Causa encefalitis y es muy letal. El primer brote importante se dio en 2001 en Bangladesh. Desde entonces, en ese país asiático se dan brotes casi anuales.

11. Zika: 2007, Micronesia
Hospedador: mosquitos Aedes
El virus del Zika detonó un grave brote en Latinoamérica en 2015 y 2016. También se transmite de madre a feto (este nace con microcefalia) y por vía sexual.

12. H1N1 (gripe porcina): 2009, México
Hospedador: aves de corral y cerdos
La cepa H1N1 de la gripe A ocasionó en 2009 una epidemia en México, Estados Unidos y Canadá. Esa misma cepa desató la pandemia de gripe de 1918.

13. SARS-COV-2: 2019, China
Hospedador: murciélago pteropódido?
Intermediario: visón?
El coronavirus causante de la actual pandemia de COVID-19 ha ocasionado ya más de 6,6 millones de casos y 400.000 muertes.

Este artículo pertenece al número 471 de la revista National Geographic.