«Los muertos son un negocio»

En un taller de momificación hallado cerca de El Cairo, los sacerdotes eran avispados emprendedores que ofrecían diversos paquetes funerarios para todos los presupuestos.

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La máscara de plata bañada en oro es la primera de su género hallada en Egipto desde 1939; la portaba una sacerdotisa de una enigmática secta.

La máscara de plata bañada en oro es la primera de su género hallada en Egipto desde 1939; la portaba una sacerdotisa de una enigmática secta.

Foto: Pete Oxley

El descubrimiento saltó a los titulares de todo el mundo cuando se anunció en julio de 2018: un equipo de arqueólogos acaba de exhumar una «funeraria» del antiguo Egipto bajo las arenas de Saqqara, una enorme necrópolis a orillas del Nilo, a unos 20 kilómetros al sur de El Cairo.

En los dos años transcurridos desde entonces, el análisis de los hallazgos y los nuevos descubrimientos en un pozo vecino lleno de tumbas han ofrecido mucha información sobre el negocio funerario en el antiguo Egipto. Durante siglos, la actividad arqueológica en la tierra de los faraones se centró en descubrir inscripciones y objetos de tumbas regias, y no en los detalles de la vida cotidiana. Probablemente hubo talleres de momificación en las necrópolis de todo Egipto, pero muchos pasaron inadvertidos por generaciones de excavadores ansiosos por alcanzar las tumbas subyacentes.

Hoy, con los hallazgos de Saqqara, el panorama está cambiando a medida que por fin se desentierran y documentan al detalle las pruebas arqueológicas de un potente sector de servicios fúnebres. «Los restos que hemos sacado a la luz revelan que los embalsamadores tenían un excelente sentido comercial –dice Ramadan Hussein, egiptólogo de la Universidad de Tubinga, en Alemania–. Se les daba bien ofrecer diferentes opciones». ¿La máscara mortuoria de oro y plata se le pasa de precio? Eche un vistazo a la opción de «yeso blanco y pan de oro», apunta Hussein. ¿No se puede permitir almacenar sus vísceras en vasijas de lustroso alabastro egipcio? ¿Qué le parece un excelente juego de arcilla pintada? «Habíamos leído sobre este asunto en los textos [antiguos] –explica Hussein–, pero ahora podemos contextualizar plenamente el negocio funerario».

Hussein empezó a trabajar en Saqqara en 2016; buscaba tumbas enterradas a gran profundidad que databan aproximadamente del año 600 a.C. Los primeros egiptólogos habían hecho caso omiso de estos pozos del yacimiento, pues ponían sus miras en enterramientos de períodos más antiguos de la historia de Egipto. La labor de su equipo se describe en una reciente serie de cuatro capítulos de National Geographic, El reino de las momias egipcias. Mientras sondeaba una zona que llevaba sin explorarse desde finales del siglo XIX, Hussein y su equipo descubrieron un pozo excavado en el lecho de roca que estaba lleno de arena y cascotes.

Valiéndose de una cuerda y una cesta, el egiptólogo Ramadan Hussein desciende al taller de momificación descubierto bajo las arenas de Saqqara, una vasta necrópolis a orillas del Nilo.

Valiéndose de una cuerda y una cesta, el egiptólogo Ramadan Hussein desciende al taller de momificación descubierto bajo las arenas de Saqqara, una vasta necrópolis a orillas del Nilo.

Foto: Piers Leigh

Tras retirar 38 toneladas de arena, los arqueólogos llegaron al fondo del pozo de 12 metros y encontraron una amplia cámara de techos altos, también cegada con arena y piedras que hubo que extraer. Entre los escombros había miles de fragmentos de cerámica. La excavación se prolongó meses.

Cuando la cámara quedó por fin vacía, el equipo descubrió con sorpresa que no se trataba de una tumba. La sala presentaba una zona elevada a modo de mesa y unos canales no demasiado profundos tallados en el suelo de roca a lo largo de una de las paredes. En un rincón, un recipiente del tamaño de un barril contenía carbón, cenizas y arena negra. Un túnel más antiguo –parte de una red de pasadizos que horada el subsuelo rocoso de Saqqara– permitía la circulación de aire fresco.

Los operarios utilizan un cabrestante manual para bajar herramientas y demás material al taller de momificación y las tumbas subterráneas. El complejo funerario ocupaba un lugar principal en Saqqara: a escasa distancia de la pirámide escalonada de Zoser, uno de los monumentos más antiguos y sagrados de Egipto.

Los operarios utilizan un cabrestante manual para bajar herramientas y demás material al taller de momificación y las tumbas subterráneas. El complejo funerario ocupaba un lugar principal en Saqqara: a escasa distancia de la pirámide escalonada de Zoser, uno de los monumentos más antiguos y sagrados de Egipto.


 

Foto: Piers Leigh

 

Aquellos indicios sugerían a Hussein que la cámara había sido un taller de momificación, debidamente equipado con su incensario de tamaño industrial, canales de drenaje para canalizar los fluidos corporales y un sistema de ventilación. «Si realizas evisceraciones en un subterráneo como ese, necesitas que circule el aire para evitar que haya insectos –dice Hussein–. La manipulación de cadáveres exige una ventilación constante».

A lo largo del año pasado, los expertos en cerámica lograron ensamblar los fragmentos y reconstruir cientos de pequeños cuencos y jarras, cada uno de ellos con su pertinente rótulo. «Hasta el último recipiente o cuenco lleva el nombre de lo que contenía» y la fase del proceso de embalsamamiento en la que se utilizaba, explica Hussein. «Las instrucciones aparecen escritas directamente en los objetos».

El hallazgo ha sido una bendición para los estudiosos de las prácticas funerarias del antiguo Egipto porque ofrece una visión única de los ritos sagrados –y las realidades prosaicas– de la momificación. Aunque existe abundante documentación sobre este sofisticado procedimiento en las fuentes antiguas, e incluso representaciones plásticas en muros de tumbas egipcias, hasta ahora no ha sido fácil localizar pruebas arqueológicas.

En el templo de Luxor, el faraón Ramsés II (en el centro) construyó una capilla en honor de la diosa madre Mut. En sus muros, la especialista en momias Salima Ikram localizó jeroglíficos que citaban a Niut-shaes, la deidad serpiente venerada por los sacerdotes de Saqqara.

En el templo de Luxor, el faraón Ramsés II (en el centro) construyó una capilla en honor de la diosa madre Mut. En sus muros, la especialista en momias Salima Ikram localizó jeroglíficos que citaban a Niut-shaes, la deidad serpiente venerada por los sacerdotes de Saqqara.


 

Foto: Bianca Zamfira

 

«Hay muy pocos talleres de momificación excavados en condiciones –afirma Dietrich Raue, conservador del Museo Egipcio de la Universidad de Leipzig–. Por eso tenemos una gran laguna de conocimiento al respecto». Los descubrimientos de Saqqara están contribuyendo a suplir esa carencia, añade Hussein. «Por primera vez podemos hablar de la arqueología del embalsamamiento».

Para los antiguos egipcios, convencidos de que el cadáver debía seguir intacto para albergar el alma en la otra vida, el embalsamamiento era una mezcla de rito sacro y procedimiento médico, un ritual cuidadosamente orquestado, con ritos y rezos específicos para cada uno de los 70 días que se tardaba en momificar un muerto.

En primer lugar se extirpaban los órganos internos y se colocaban en unos recipientes llamados vasos canopos. A continuación el cadáver se desecaba utilizando sales especiales, como el natrón. Después se ungía el cuerpo con aceites aromáticos y se envolvía en paños, en cuyos pliegues se introducían amuletos y sortilegios. Por último se daba descanso a la momia en el interior de su sepultura, surtida de las provisiones de ultratumba más lujosas que permitiese el presupuesto de cada uno.

Una maqueta digital generada con un escáner 3D muestra el pozo principal que desciende hasta un complejo de cámaras mortuorias. Las tumbas más ilustres estaban en la parte más profunda, más cerca del inframundo. El taller de momificación cuenta con una zona elevada a modo de mesa, canales de drenaje para evacuar los fluidos corporales y un sistema de ventilación.

Una maqueta digital generada con un escáner 3D muestra el pozo principal que desciende hasta un complejo de cámaras mortuorias. Las tumbas más ilustres estaban en la parte más profunda, más cerca del inframundo. El taller de momificación cuenta con una zona elevada a modo de mesa, canales de drenaje para evacuar los fluidos corporales y un sistema de ventilación.

Ilustración: Shadow Industries

Las colosales pirámides de los faraones y el oro cegador de la tumba de Tutankamón son archiconocidos recordatorios de las inversiones desorbitadas que los egipcios ricos hacían para garantizarse una eternidad con todas las comodidades. «Esta era una industria importantísima», afirma Hussein.

Pero el viaje de una momia no concluía con el embalsamamiento y la sepultura, como tampoco terminaba ahí la fuente de ingresos. Además de oficiar como sacerdotes y enterradores, los embalsamadores del antiguo Egipto hacían también las veces de agentes inmobiliarios. Aunque a los faraones y la élite egipcia se los momificaba y depositaba en ataúdes ricamente decorados dentro de tumbas espaciosas surtidas con ajuares funerarios, la investigación de Hussein demuestra que los sepultureros de entonces ofrecían paquetes económicos para adecuarse a todos los presupuestos. En la jerga comercial actual se diría que eran negocios integrados verticalmente, que ofrecían todos los servicios, desde la evisceración del cadáver hasta el cuidado y mantenimiento de las almas de los difuntos, todo ello, claro está, a precios de catálogo.

A unos pasos del taller de momificación de Saqqara los arqueólogos descubrieron un segundo pozo que conducía a un complejo de seis tumbas con más de 50 momias en su interior. En el fondo del pozo –a 30 metros de profundidad, donde el espacio era más caro por su proximidad al inframundo–, los enterramientos eran especialmente sofisticados. Entre ellos, el de una mujer que yacía en un sarcófago de caliza de casi siete toneladas de peso. En una cámara vecina reposaba otra mujer con el rostro cubierto por una máscara de oro y plata. Hacía más de 50 años que no se descubría en Egipto una máscara de esas características.

Para acceder a las cámaras funerarias cercanas a la zona donde se descubrió el taller, hubo que retirar la arena que había llenado este pozo vertical de 30 metros de profundidad excavado en el lecho de arenisca.

Para acceder a las cámaras funerarias cercanas a la zona donde se descubrió el taller, hubo que retirar la arena que había llenado este pozo vertical de 30 metros de profundidad excavado en el lecho de arenisca.

Foto: Will Churchill

Pero el complejo también acogía a egipcios de clase media o trabajadora, inhumados en sencillos ataúdes de madera o simplemente envueltos en paños y depositados en fosas de arena. Con herramientas de cartografía 3D, Hussein ha logrado reconstruir la disposición de los enterramientos. Sus hallazgos confirman el contenido de los papiros recuperados en Saqqara hace más de un siglo, según los cuales los embalsamadores con visión de negocio alojaban decenas de cadáveres en el pozo de enterramiento y después cobraban tasas o trocaban terrenos a cambio de ocuparse del mantenimiento espiritual de cada momia.

La sociedad del antiguo Egipto contaba con una clase sacerdotal dedicada al cuidado espiritual de los difuntos. Entre sus competencias figuraba el mantenimiento de las tumbas y la oración por sus ocupantes. Algunos sacerdotes eran propietarios de decenas de tumbas, en cada una de las cuales amontonaban cientos de momias. «La gente debía llevar ofrendas semanales a los muertos para mantenerlos vivos –dice Koen Donker van Heel, egiptólogo de la Universidad de Leiden que lleva años estudiando los contratos firmados por los sacerdotes y las familias de los difuntos–. Los muertos son un negocio. A eso se resume».

Por primera vez hay pruebas arqueológicas que confirman lo que hasta ahora eran teorías basadas en inscripciones y documentos legales milenarios. Ahí estriba la excepcionalidad de la excavación de Saqqara. Se inscribe en el cambio de rumbo que vive la egiptología: los investigadores se afanan en estudiar mejor los detalles que iluminan la existencia de los egipcios de a pie, en vez de limitarse a las tumbas más espectaculares.

«Ramadan está obteniendo gran cantidad de información que había quedado olvidada –dice Dietrich Raue–. En la superficie había toda una infraestructura que se retiró sin documentarse». Esto significa que el futuro podría deparar más hallazgos similares. Repasando informes de excavación antiguos, Hussein se percató de que el pozo que conducía al taller de momificación distaba menos de un metro del punto en que se habían detenido las excavaciones franco-egipcias en 1899. La cámara y todo lo que contenía estaba oculto por la arena que había sido paleada sin miramientos. «Quizá tendríamos que volver a los yacimientos explorados en el siglo XIX y principios del XX y excavarlos otra vez», concluye Hussein.

El esqueleto momificado de Tadihor, una mujer ilustre, resistió preservado más de 2.500 años bajo la tapa de un sarcófago que pesaba por lo menos 4.500 kilos.

El esqueleto momificado de Tadihor, una mujer ilustre, resistió preservado más de 2.500 años bajo la tapa de un sarcófago que pesaba por lo menos 4.500 kilos.

Foto: Piers Leigh
Tadihor fue enterrada con un inmenso ajuar que incluía vasos canopos finamente trabajados (a la izquierda) para depositar sus vísceras, delicadas jarras de embalsamamiento y cientos de ushabtis esmaltados, figurillas funerarias que, según las creencias del antiguo Egipto, servirían a los muertos para facilitarles su vida en el más allá.

Tadihor fue enterrada con un inmenso ajuar que incluía vasos canopos finamente trabajados (a la izquierda) para depositar sus vísceras, delicadas jarras de embalsamamiento y cientos de ushabtis esmaltados, figurillas funerarias que, según las creencias del antiguo Egipto, servirían a los muertos para facilitarles su vida en el más allá.

Foto: Piers Leigh
La tapa del sarcófago pétreo de Ayput descansa sobre bloques de piedra y rieles de madera.

La tapa del sarcófago pétreo de Ayput descansa sobre bloques de piedra y rieles de madera.

Foto: Barney Rowe
La paleorradióloga Sahar Saleem (en el centro) maneja un aparato de rayos X portátil para examinar los restos momificados de Ayput. El nombre es masculino, pero las dimensiones y la morfología de la pelvis y la redondez del cráneo sugieren a Saleem que este sacerdote momificado podría haber sido en realidad una sacerdotisa.

La paleorradióloga Sahar Saleem (en el centro) maneja un aparato de rayos X portátil para examinar los restos momificados de Ayput. El nombre es masculino, pero las dimensiones y la morfología de la pelvis y la redondez del cráneo sugieren a Saleem que este sacerdote momificado podría haber sido en realidad una sacerdotisa.

Foto: Piers Leigh
Los arqueólogos Maysa Rabeeh (arriba, a la izquierda) y Mohammed Refaat (a la derecha) estudian el deteriorado ataúd de madera de un sacerdote llamado Ayawet que fue sepultado con los brazos cruzados, postura divina normalmente reservada a los faraones.

Los arqueólogos Maysa Rabeeh (arriba, a la izquierda) y Mohammed Refaat (a la derecha) estudian el deteriorado ataúd de madera de un sacerdote llamado Ayawet que fue sepultado con los brazos cruzados, postura divina normalmente reservada a los faraones.

Foto: Piers Leigh

Este artículo pertenece al número 472 de la revista National Geographic.

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