Un mundo viralizado

Informe: Jordania

Las penurias se acumulan para la ingente cifra de refugiados residentes en Jordania. Eludieron en gran medida la COVID-19, pero no el desempleo y las estrecheces que la pandemia trajo consigo.

En Jordania, país que alberga una de las concentraciones de refugiados más elevadas del mundo, unos sudaneses hacen cola para canjear vales en una tienda de comestibles de Ammán. Los toques de queda y la recesión económica derivada de la pandemia asestaron un golpe especialmente duro a los refugiados.

En Jordania, país que alberga una de las concentraciones de refugiados más elevadas del mundo, unos sudaneses hacen cola para canjear vales en una tienda de comestibles de Ammán. Los toques de queda y la recesión económica derivada de la pandemia asestaron un golpe especialmente duro a los refugiados.

Moises Saman

El brote de la pandemia  de COVID-19 en Jordania se sitúa el 3 de marzo, fecha en que se comunicó el primer caso confirmado. El Gobierno impuso una serie de medidas estrictas 16 días después; el día 19, un confinamiento total y absoluto durante 72 horas. A los 100 días se habían comunicado nueve fallecimientos.

El brote de la pandemia de COVID-19 en Jordania se sitúa el 3 de marzo, fecha en que se comunicó el primer caso confirmado. El Gobierno impuso una serie de medidas estrictas 16 días después; el día 19, un confinamiento total y absoluto durante 72 horas. A los 100 días se habían comunicado nueve fallecimientos.

Al principio, el Gobierno lo cerró prácticamente todo: fronteras, tiendas, escuelas, calles. Tanques y camiones militares impusieron un confinamiento absoluto: ni siquiera se podía salir a comprar comida o medicamentos. Ammán está construida sobre colinas, y desde la cocina de su casa el fotógrafo Moises Saman oía el eco de las sirenas en toda la ciudad, las mismas que alertan de un inminente ataque aéreo. Se quedó en casa con la familia hasta que empezaron a dejar salir a la calle durante las horas de luz solo en casos muy concretos. Entonces se dirigió a los lugares donde viven los refugiados.

Refugiadas sirias mantienen la distancia de seguridad al hacer cola en pleno desierto para recibir donaciones de Unicef: neceseres higiénicos y otros artículos de primera necesidad. Sus familias residen en un asentamiento de tiendas de campaña a las afueras de Al-Mafraq.

Refugiadas sirias mantienen la distancia de seguridad al hacer cola en pleno desierto para recibir donaciones de Unicef: neceseres higiénicos y otros artículos de primera necesidad. Sus familias residen en un asentamiento de tiendas de campaña a las afueras de Al-Mafraq.

Moises Saman

Jordania acoge a unos 750.000 refugiados registrados por ACNUR, agrupados en campamentos establecidos por la ONU o desperdigados en asentamientos y vecindarios. Provienen de lugares tan lejanos como Somalia y Sudán, pero la mayoría son sirios huidos de la guerra civil. Al fotografiar la pasada primavera el interior de sus chabolas y apartamentos urbanos, a menudo en compañía de trabajadores de Unicef, Saman constató que las terribles escenas que habían hecho temer lo peor en los asentamientos sobresaturados –una propa-gación incontrolable de enfermedad y muerte por coronavirus– se habían evitado. El férreo confinamiento jordano, sumado a un estricto rastreo de contactos, parecía haber puesto coto a la pandemia: a finales de agosto solo constaban 15 fallecimientos confirmados por COVID-19.

Para los refugiados y otros niños marginados, como estas chicas de la minoría étnica dom, los colegios y centros de asistencia constituían un salvavidas. Unos y otros permanecieron cerrados varios meses durante la pandemia.

Para los refugiados y otros niños marginados, como estas chicas de la minoría étnica dom, los colegios y centros de asistencia constituían un salvavidas. Unos y otros permanecieron cerrados varios meses durante la pandemia.

Moises Saman
En el campamento de Irbid, donde viven parte de los más de dos millones de palestinos residentes en Jordania, funcionarios del Ministerio de Sanidad hacen pruebas aleatorias para detectar la COVID-19.

En el campamento de Irbid, donde viven parte de los más de dos millones de palestinos residentes en Jordania, funcionarios del Ministerio de Sanidad hacen pruebas aleatorias para detectar la COVID-19.

Moises Saman

Lo peor llegó tras el confinamiento. A veces las penurias se acumulan hasta formar una masa indistinguible de aflicción. La pandemia frenó la economía, liquidando las actividades de las que dependen muchos refugiados. Los colegios y centros comunitarios cerrados de la noche a la mañana habían sido para los niños refugiados lugares seguros, en especial para las niñas, para quienes los estudios son la principal defensa contra un matrimonio prematuro. Cuando las clases empezaron a impartirse por internet y en la televisión pública, los niños que no tenían ordenador intentaron hacer los deberes y los exámenes con la única pantalla que había en casa: el móvil familiar.

Para los refugiados sirios, las repercusiones de la pandemia dieron otra vuelta de tuerca a una existencia ya de por sí dura. En el asentamiento de Al-Mafraq, una madre observa a sus hijos con el contenido de una caja donada por Unicef.

Para los refugiados sirios, las repercusiones de la pandemia dieron otra vuelta de tuerca a una existencia ya de por sí dura. En el asentamiento de Al-Mafraq, una madre observa a sus hijos con el contenido de una caja donada por Unicef.

Moises Saman
Un enfermero de Médicos Sin Fronteras se enfunda varias capas protectoras en un hotel de Ammán que alquila habitaciones para pacientes hospitalarios que se recuperan de una intervención quirúrgica.

Un enfermero de Médicos Sin Fronteras se enfunda varias capas protectoras en un hotel de Ammán que alquila habitaciones para pacientes hospitalarios que se recuperan de una intervención quirúrgica.

Moises Saman

Trabajar con el móvil consume datos; y obtenerlos cuesta dinero. A la lista de donaciones cruciales en esta pandemia –jabón, cubos, lápices–, Unicef añadió una forma de ayuda muy del siglo xxi: cuotas de datos para que los pequeños pudieran seguir estudiando.

Cuando la mezquita ammaní Al-Husseini abrió sus puertas tras meses de confinamiento, acudieron tantos fieles que muchos tuvieron que orar en el exterior. Tanto dentro como fuera, las alfombras de oración se colocaron bien separadas.

Cuando la mezquita ammaní Al-Husseini abrió sus puertas tras meses de confinamiento, acudieron tantos fieles que muchos tuvieron que orar en el exterior. Tanto dentro como fuera, las alfombras de oración se colocaron bien separadas.

Moises Saman
Una azotea, una ligera brisa y al menos algo que un joven jordano puede controlar en plena cuarentena. Durante el confinamiento era habitual ver los cielos de Ammán moteados de cometas, muchas de ellas de confección casera.

Una azotea, una ligera brisa y al menos algo que un joven jordano puede controlar en plena cuarentena. Durante el confinamiento era habitual ver los cielos de Ammán moteados de cometas, muchas de ellas de confección casera.

Moises Saman

Este artículo pertenece al número de Noviembre de 2020 de la revista National Geographic.