¿El futuro de los residuos? Consumir menos, reciclar más

Un gruista maneja una pinza mecánica en una planta de reciclaje de chatarra.

Un gruista maneja una pinza mecánica en una planta de reciclaje de chatarra.

Tras la recolección, los residuos metálicos se clasifican, fragmentan y compactan. Después se venden a la industria, donde se les dará una segunda vida.

Foto: Frank and Helena / Getty Images

Era el verano de 1997. El capitán estadounidense Charles Moore navegaba a bordo de su catamarán rumbo a California tras partir de Hawai cuando, de repente, se vio rodeado de una mancha flotante de basura compuesta por todo tipo de residuos plásticos. Se trataba del colosal vertedero oceánico, por entonces prácticamente desconocido, que se halla atrapado por las corrientes del giro del Pacífico Norte: una de las pruebas más evidentes de lo mal que hemos gestionado los residuos, en particular el plástico desde que su producción se disparó de forma descontrolada a partir de mediados del siglo pasado.

Pero si en la actualidad esa gestión es problemática, en el pasado fue nula. «Hasta hace poco más de un cuarto de siglo la recogida selectiva de residuos sencillamente no existía –explica Ángel Fernández, ingeniero de minas y presidente del Patronato de la Fundación para la Economía Circular–. Todo iba a parar a unos insalubres vertederos ubicados en las zonas más empobrecidas de las ciudades; gran parte se quedaba allí almacenada y otra era quemada en las plantas de incineración para generar energía en forma de vapor o electricidad». Afortunadamente, aquel año 1997, ya dentro del marco europeo, se hizo efectiva en nuestro país la Ley de Envases. Con ella aparecieron esos símbolos llamados Puntos Verdes en multitud de envases que garantizan que las empresas fabricantes se responsabilizan de su reciclado a través de un sistema integrado de gestión de residuos (SIG), como los que llevan a cabo entidades tales como Ecovidrio para el vidrio y Ecoembes para los envases domésticos (plástico, bricks, latas, cartón…). Hoy, nos cuentan desde Ecovidrio, 7 de cada 10 envases se reciclan y, según los últimos datos disponibles, la tasa de reciclado de vidrio supera el 79,8 %, algo más que la media europea, lo que consiguen gracias a los más de 240.300 contenedores verdes que hay en España.

Desde las páginas de la revista hemos seguido este tema de importancia capital.

Desde las páginas de la revista hemos seguido este tema de importancia capital.

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En el reportaje «El fin de la basura», publicado en marzo de 2020, nos preguntamos si es posible vivir en un mundo sin desechos. Y sobre todo, si podemos permitirnos el lujo de no intentarlo.

Foto: National Geographc

«Si por entonces cada ciudadano español generaba un promedio anual de 505 kilos de residuos urbanos (RSU), siendo España uno de los países que más residuos producía en Europa, hoy, con una producción de 455 kilos de RSU, estamos por debajo de la media europea –añade Ángel Fernández–. Aunque la evolución es evidente, aún tiramos en la fracción resto el 56 % de la basura. En total, tan solo se recicla el 36 % de los residuos, y con el resto se obtiene energía». Pero las directivas europeas nos instan a elevar ese porcentaje hasta el 65 % en 2035, lo que supone un reto brutal que recae en los ayuntamientos, los cuales en muchas ocasiones ya destinan el 50 % de su presupuesto a este fin. Otro avance, señala este experto en el campo de la sostenibilidad, la gestión y el tratamiento de residuos, es que por fin se ha aprobado la Ley de Residuos y Suelos Contaminados, que obliga a establecer en todo el territorio nacional la recogida selectiva de materia orgánica y textil, lo que conllevará decidir qué hacemos con todos los subproductos resultantes. «Mientras que la gestión de los envases y del vidrio se ha hecho a la altura de todos los estándares europeos, en lo concerniente al resto de los desperdicios todavía estamos en el furgón de cola», recalca Fernández.

Pero por mucho que mejoremos la gestión de nuestros residuos, sin duda el buque insignia para un futuro sostenible es implementar una sólida economía circular que permita compartir, alquilar, reutilizar, reparar, renovar y reciclar materiales y productos existentes todas las veces que sea posible para darles nueva vida y generar el mínimo de desechos. «Debemos invertir más en medidas preventivas que curativas», resume Fernández.

En conclusión, consumir menos. Mucho, mucho menos. Ese es quizás el mayor reto que tenemos por delante a escala global: comprender que debemos cambiar el chip, porque el consumismo desatado que practicamos en la actualidad supera con mucho los límites de regeneración del planeta.

Este artículo pertenece al número de Julio de 2022 de la revista National Geographic.

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